Vivos y muertos

Hay quien clasifica las rosas en relación al número de pétalos. En biología se hace así. Por ejemplo, las flores de los rosales silvestres tienen cinco pétalos. No es la típica flor suntuosa. Dorotea tiene un rosal así. Espera su muerte en calma, jubilada, viuda, sola. Un pueblo apartado es la coartada perfecta para que tus hijos en edad de merecer no vengan casi nunca a visitarte. Casa pagada y amueblada, y soledad; y un rosal silvestre. El dolor se mide según el tiempo que lleves aguantándolo. Lo que antes te parecía terrible ahora es el día a día. Tu dolor anterior es rutina presente. Dorotea se ha acostumbrado a estar sola en el umbral del otro barrio. Sus piernas aguantan, pero el bastón ya se ha hecho indispensable. Como el drogarse. La gente mayor se hace amiga de las drogas para evitar los dolores y postergar la muerte, mientras muchos jóvenes atraen a esta por el mismo camino, pero con toda la vida por delante.

Los días comienzan muy temprano para Dorotea. La idea de irse a dormir un día y no despertar nunca más, te anima a madrugar. El día debe empezar pronto para que sea largo. Los últimos días aquí no puedes pasártelos en la cama pensándotelo. Te mueres: aprovecha el tiempo.

Dorotea se despierta a veces de madrugada, exaltada. Los sueños comenzaron unos meses antes de morir su marido; hace unos cinco años. No sueña cosas terribles que tengan que ver con la muerte. No son pesadillas. Pero a Dorotea no le parecen sueños agradables. Son sueños eróticos. Pornografía.

Hay quien clasifica a las personas en relación a la cantidad de dinero que tienen. Dorotea tiene sus ahorros en un bote, encima de la nevera. La idea de que un día alguien entre a su casa a robar es cosa de risa. Y de todas formas Dorotea entristece cuando ve el bote, porque es como si después de muerta aún fuera a necesitar el dinero.

Cuando despierta sudando y exaltada, intenta ahuyentar las imágenes explicitas con las que ha soñado. Primeros planos de operación quirúrgica; porno moderno; un tío cachas que arrastra por los pelos hasta la cocina a una chica joven que pone cara de dolor cuando la ensartan, y aun así pide más. Y, uf, abres los ojos, ves el techo de la habitación. Otro sueño. Aun con el sol a medio salir, Dorotea suele coger su bastón y sale a regar el jardín. La magnitud de tus aventuras está condicionada por tu edad. Hay gente joven que hace puenting; pero si llegan a los ochenta años, saldrán a la calle, darán una vuelta a la manzana, y eso ya habrá sido un subidón. Imagina que tienes agorafobia, y entenderás que fuera de tu casa hay un sin fin de aventuras. O eso, o tienes ochenta años. Cualquier limitación convierte lo cotidiano en una odisea. La muerte propia es curiosa; divertida; a más se acerca mayor valor tienen tus actos. Basta con que no se te acabe el dinero antes de hacerte viejo, y ahí fuera hay un montón de emociones para la gente que ya no puede hacer puenting.

También hay quien clasifica las vidas de los demás en distintas categorías, pero siempre en comparación con la de uno mismo. Dorotea tiene algunos vecinos, no muchos. De entre estos vecinos hay quienes piensan que ella ya ha muerto; otros dicen que no, que está en buena forma; y el resto no se acuerdan de ella, sobre todo porque no se acuerdan ni de sí mismos. Dorotea una vez estuvo un buen rato hablando con una de sus vecinas. Fue un día especial. La mujer en cuestión la estuvo llamando Maria durante toda la charla, y justo antes de irse le dijo que si se acordaba de Dorotea, aquella mujer tan amable que ya murió. Y Dorotea dijo que no, que no se acordaba de Dorotea. Así de tétrica puede acabar siendo tu vida; tus conocidos hablando con un fantasma mientras comentan que ya has muerto, pero que eras muy amable. La vecina confusa murió poco después de que muriera el marido de Dorotea. Pero la verdad es que Dorotea ya no está segura de quién muere y quién sigue vivo en aquel pueblo. Así que lo que hace es evitar conversaciones en las que pudiera quedar como una vieja torpe; demasiado vieja; demasiado torpe.

Otra gente clasifica a los seres vivos según su nivel de racionalidad. Y por esa máxima, supuestamente, lo seres humanos estamos en lo más alto de la cadena alimenticia. Nos matamos entre nosotros como mantis religiosas, pero es igual; hemos creado ordenadores y todo tipo de chismes y cachivaches que resultan muy útiles para la vida moderna. Nuestra mente es versátil; no solo se centra en crear. Así de inteligentes somos. Como el hijo de Dorotea. Que conoció a la chica guapa oficial del pueblo, y adiós, a la ciudad, con los demás seres racionales. O la hija de Dorotea, que a saber qué hace, pero no le debe ir mal. A ninguno de los dos les debe ir mal, porque ya no llaman nunca. Para pedir dinero.

Dorotea, siendo Maria, aquel día especial, y aun estando muerta para su interlocutora, dijo que somos como fichas de dominó puestas en fila. Sólo tócanos. Quizá Dios empujó la primera. Y fuimos cayendo unos detrás de otros. Y mientras estás de pie y lejos del desastre, quizá no dediques mucho de tu tiempo en pensar en las fichas que ya están a punto de caer. Lo rancio no es asunto tuyo, porque quizá eres feliz, y quizá seas un hijo de puta. Los hijos de Dorotea no dudarán en vestir sus mejores galas para el entierro de Dorotea el día que ella no despierte más, le decía Dorotea siendo Maria a aquella huésped de Alzheimer. Hijos de puta, decía. Sus sueños la han vuelto arisca. Dice tacos habitualmente, hablando sola, contagiada por la violencia ficticia nocturna. Como si fuera una adolescente, sueña con orgías en las que todas las mujeres son ella de joven. Y despertar, y soñar y despertar otra vez. Pero sobre todo, piensa siempre Dorotea, lo importante es volver a despertar. Y olvidar aquel pene lleno de venas, la chica aterrorizada, los gritos.

Puedes también clasificar a la gente entre vivos y muertos. Es fácil, enseguida se ve la diferencia. Dorotea no era una belleza espectacular cuando era joven. No era una flor suntuosa. Piensa en las rosas silvestres. O en esa chica que ves de vez en cuando, y cada día es más guapa. Belleza en progresión ascendente. Olvida las rosas enormes que le regalas a tu madre el día de la madre. Dorotea era bajita y tímida. El diamante en bruto del pueblo. Si la veías con veinte años no podías creer que fuera la misma chica que cinco años atrás tenía quince. Ojos color miel como cuando la ves anunciada en la tele, cayendo a cámara lenta en lo que sea, en una tostada. Y las típicas formas femeninas que nunca cansan. Ese michelín tan de moda en las mujeres de los años cincuenta también lo tenía Dorotea. La imagen saludable a lo Marilyn Monroe que ha sido substituida por el ruido de una adolescente vomitando en un lavabo público, pues bien, es la versión joven de Dorotea.

En aquella época sólo podía hacer caso a sus padres y odiar en silencio a sus dos hermanos, porque su padre sólo quería niños. Podía escribir un diario a duras penas y sentir a través de las paredes cómo su madre intentaba silenciar lo que Dorotea nunca ha sabido si eran gemidos de placer o de dolor; las dos cosas eran factibles. Si los sueños son producto de algo vivido, Dorotea tiene mucho material. Sólo espera no quedarse viva y desmemoriada. Cuando la gente te habla de esa película que has de ver antes de morir, nunca nadie dice qué es lo que debe ver la gente que tiene Alzheimer. Si no recuerdas nada, ¿qué pasa? ¿Y si vas al cielo y sigues sin recordar nada? Así que, como Dorotea no cree en esa dichosa película de su vida, sólo espera morir mientras mira algo bonito. Eso, piensa, va a ser lo más cerca que va a estar de ir al cielo. El ateísmo a estas edades no es fácil de sobrellevar.

Un día cualquiera el sol se va otra vez. Dorotea, que ha estado durante días notando un dolor intenso en el pecho, y a sabiendas de lo que es, por si acaso, antes de dormirse, se lleva una foto suya a la cama, de cuando era joven, y se queda mirándola, mirándose, un buen rato antes de dormirse. Para, probablemente, no despertar más.

 

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3 comentarios en “Vivos y muertos

  1. Antes que nada… ¡Felicitats! :)(Porque es tu santo, ¿verdad? Lo celebres o no.)

    Este relato es diferente a los demás, no tiene tanta acción. Retratas bien lo que debe ser la vida de algunos ancianos. Es triste pensar que te se olvidan de ti, incluso en vida. Y olvidar tú a los demás. Eso es también deprimente pero, quizás entonces, al no recordar nada, tampoco sepas lo deprimente que es. En fin, el relato, como siempre genial.

    Nota: “sobre todo” no “sobretodo”. En catalán – suponiendo por llamarte Jordi que lo seas – sí se escribe junto. De ahí el posible error.

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