Poder

Tenía esa pinta de no haber vivido casi nada. De piel tan blanca, impoluta y suave, que casi pensarías que estaba embalsamada. Cuello fino, cabello siempre recogido en un moño. Siempre los hombros al descubierto. Al verla te venía a la mente un armario repleto de kimonos. Era una muñeca de porcelana viva de metro sesenta. Era china.

En su escote siempre revoloteaba un colgante; un símbolo; regalo de su abuela, decía ella. Su casa tenía ese olor característico de restaurante chino. Las paredes estaban llenas de apliques y adornos; todo era dorado o rojo. Las copas y la vajilla y los cuadros y todos los objetos, podían sumar un centenar de dragones dibujados o cosidos o moldeados. Su padre era un señor callado y amable. Su madre era ella con veinte años más, y callada y amable. La belleza exótica que tenía esta mujer en cuestión; esta chica de dieciocho años, te hacía reaccionar como cuando ves a un cachorro, o algo demasiado bonito y caro tras el cristal de un escaparate. Ella era ese primer contacto visual en el que tienes que prestar atención para creer lo que ves, eso, pero constantemente.

Casi te extrañaba que su padre no la tuviera atada, enjaulada, en casa. Si la veías caminar sola por la calle, te destrozaba el corazón. Hay estudios que dicen que si los hijos son guapos, los padres son más tiernos con ellos, y cuando la mirabas a ella te lo creías. Dolía.

Substituía las erres por eles como en todas esas bromas rancias de la gente. Decía, medio en inglés medio en castellano, que añoraba su país. Decía que había venido aquí porque sus padres la habían obligado.

La conocí porque un amigo conocía a alguien que la conocía. Todos me decían: Tienes que verla. Y la veías y te entraban ganas de ponerte a escribir en vertical. Te veías casándote con ella en medio de una lluvia de pétalos a miles de kilómetros de tu vida. Luego desaparecía. Te quedabas con unas ganas enormes de volverla a ver. La belleza se antojaba como algo demoledor e injusto; la mayoría de todas las demás mujeres, a su lado, se las podía haber tragado la Tierra.

Como muchas chicas chinas en España, ella había cambiado extraoficialmente su nombre. En lugar de decirte su nombre, te decía que se llamaba Cristina. Para no avergonzarse y ser más próxima, prefería que la llamaras así. Nunca decía dónde trabajaba su padre. Los rumores decían que era una familia de mucho dinero. Ella te contaba sin atisbo de vergüenza que ya había sido abordada en discotecas por tíos mucho mayores que ella. Eran ofertas. Podría haber sido actriz o modelo. Podría haber sido una estrella del porno. Tal y como es el mundo, y echándola un vistazo, podría arrasar el planeta sólo con sonreír, coqueteando. Podría haber amasado cifras millonarias con los contactos adecuados sólo con quitarse la ropa. Decía que ella tenía una amiga prostituta. Y decía que se parecía a ella. Dicha amiga se abría de piernas sólo en hoteles de lujo, en mansiones, en condiciones de higiene inmejorables. Dicha amiga se sacaba, mínimo, unos cinco mil euros al mes. Y traduce ese mismo dinero a monedas de otros países, los que se te ocurran, ya que la demanda de su sexo se elevaba a categoría internacional. La amiga en cuestión hablaba de millonarios célebres mayores de cincuenta años que estaban casados, y sus mismas mujeres le abrían la puerta a ella; le decían: <<Está arriba, en el dormitorio, esperándote>>. Así de importante es el dinero para mucha gente, decía dicha amiga.

En el sexo, como en el dinero, lo que importaba era ir bien servido. Cristina, con su falso nombre y su espiritual carácter, sabía muy bien de lo que te hablaba. Sabía muy bien hasta dónde tenía que llegar, y por qué. Llegabas a comprender la confianza que tenían sus padres en ella. Siempre manipulaba piedras de todo tipo, anillos, colgantes. Era aficionada a la reflexologia. En casa movía los muebles de sitio, y afirmaba que podía hacer variar la cantidad de energía positiva de una habitación; podía alegrarte o hacerte enfermar a su antojo sólo con mover una mesa, cambiando la televisión de sitio; eso decía. Y con todo, creyeras lo que quisieras creer, sus padres siempre estaban tranquilos y relajados en casa; era una balsa. Cualquier modo de masaje o truco místico era conocido por ella. Te podía hablar de sexo tántrico, y echar pestes de la gente que folla en los asientos traseros de sus coches; ¿Quién puede disfrutar así?, decía con su acento. Sacaba a colación cómo perdió su virginidad a los catorce años con el mismo tono con el que te recomendaría una receta de cocina.

Tenía debilidad por esas blusas que siempre dejan un hombro al descubierto, con el tirante del sujetador a la vista.

¿Cuánto rato se puede hablar de una mujer? Mucho. Pero pensar, puede que no dejes de pensar en una durante toda tu vida. Aunque sólo sea belleza. La gente se puede estar durante horas hablando de un coche, de un edificio, de formas bonitas y sugerentes. Por la culpa indirecta de gente como Cristina, somos los causantes de nuestra propia dictadura individual. La palabra victima se acerca a lo que somos si alguien como Cristina te presta atención; y si te habla, aunque digas que no, vas a pasar a ser su esclavo.

Durante una época, muchos, sólo veíamos en ella mucho donde tocar, lamer, morder. La amiga que iba siempre con ella se llamaba Eva. Y Eva era invisible. Es decir, si lo hubiese sido no hubiésemos notado la diferencia. Belleza cruel, demoledora, injusta. Si Dios reparte la belleza, está claro que lo hace igual que todo lo demás.

Pero luego comenzamos a conocer a Cristina. Y si la gente se obsesiona tanto por la superficie de todo, es porque quizá nos da miedo lo que podamos descubrir. Quizá no es tanto superficialidad como cobardía.

En el periódico se sucedían las desapariciones de hombres adinerados. Y ninguno de nosotros, los que conocíamos a Cristina, podíamos haber pensado nunca en lo que estaba pasando de verdad; la realidad. No pensabas ni en Cristina, ni en Eva, ni en la amiga prostituta de lujo de ambas cuando leías las noticias sobre los nuevos desaparecidos.

Cristina y Eva y Violeta, la puta, montaron un centro de reflexologia. Era su centro improvisado y desprovisto de titulaciones, que financió el papá de Cristina, se llamara como se llamara. La fachada de la casa tenía una pinta estupenda. El tirón era el efecto de la prostitución internacional; la fama. Sólo un anuncio en los periódicos y se corrió la noticia de que aquella putita oriental de lujo había dejado de viajar, para montarse un centro neurálgico de “masaje”. Los clientes no se hicieron esperar. Llegaban allí y Eva los recibía en un mostrador. Les decía que esperaran, que enseguida Cristina y Violeta les atenderían. Y muchos decían: ¿Es Violeta de verdad? Violeta, la puta de lujo; la que al parecer hacía maravillas si podías pagarla. Y Eva decía que sí, era Violeta de verdad.

Luego los clientes entraban en una habitación. Y allí acababan.

Cristina tenía esa pinta de no haber vivido casi nada. Y sabía lo que la gente era capaz de hacer; y de la importancia del sexo. Sabía un buen rato sobre el dinero. Podía haber arrasado el mundo sólo con sonreír, coqueteando, y eso fue lo que intentó. Cristina quiso arrasar el mundo de la belleza y la superficie y las conversaciones interminables sobre interiores y coches y peinados. Arrasar el mundo de la belleza y el dinero, con belleza y dinero. La Robin Hood de los no tocados por el Dios material. Cristina abría la puerta cuando los clientes decían desde la sala de espera: ¿Se puede?

Los clientes entraban en la habitación, y en ella estaban Cristina y Violeta esperando sonrientes y esbeltas con sus minifaldas y maquillajes. El cliente miraba desconcertado a su alrededor y veía todo tipo de mesillas y lamparitas y muebles. Energía negativa. Había una televisión, el suelo era de parqué. Y el cliente comenzaba a sentirse mal. Se apoyaba donde podía. Cristina y Eva llevaban diversos colgantes, pulseras, piedras en los bolsillos, y el cliente las miraba y ellas comenzaban a sonreír; las veía cada vez más borrosas. ¿Se siente mal, señor? ¿Está usted bien? ¿Trajo el dinero en metálico como acordamos por teléfono?

Era espiritualidad filtrada, manipulada, a expensas de la muerte, en contra del escepticismo. Si algo iba mal, una de las dos movía una mesita, un mueble sueco, cambiaba de sitio el televisor. El cliente acababa empeorando tarde o temprano, notando cómo la erección inicial iba menguando, cómo el aire dejaba de entrar en los pulmones. Era como una muerte por anoxia; como los bebés que despiertan un día muertos sin motivo aparente. Los clientes se apagaban. Un tembleque o la posibilidad de resurrección se solucionaba dando la vuelta al cuerpo inerte, tapándole la nariz y haciéndole tragar algo de cianuro. Aunque la mayoría de veces el veneno era como intentar matar a quien fuera dos veces.

Cristina y Eva llevaban su vida con normalidad occidental. Abrían su centro dos veces por semana, martes y jueves. Y eso bastaba. Violeta hacía trabajos por su cuenta, a nivel local. Los sábados salían las tres, bebían, fumaban. Eran las chinas divertidas, inocentes. Las chinas que todo el mundo veía así. Mientras lo cadáveres se amontonaban en un cuarto trastero, cubiertos de café en polvo para disimular el olor. Daba igual si eran trucos policiales o espirituales. La muerte no es exigente. El físico humano es débil. Quizá no sea espiritualidad envenenada, se decía a sí misma Cristina. Quizá la gente está tan obsesionada con la cáscara de todo que se mueren si no es como esperan. Se desvanecen. Pero es igual si luego van a resucitar, si tienen un tembleque; unas gotas de cianuro y… glu, glu, glu…

Eran chinas. Al verlas te imaginabas armarios enteros llenos de Kimonos. Veías sus ojos rasgados y que siempre sonreían, y pensabas: mira, las chinas.

Cuando un día la policía tiró la puerta del centro de reflexologia abajo, ellas se entregaron sin demasiado apuro. La cárcel sólo iba a ser otro lugar en el que ser chinas y estar muy buenas. Sólo más gente preocupada por las mismas cosas, pensaban, pero metidas en celdas. Cristina, en uno de los múltiples interrogatorios, con su frente amplia, impoluta y suave, y sus labios minúsculos, con ese aspecto que te hace pensar en bodas y parajes maravillosos en los que el mundo es perfecto y justo, le dijo a uno de los policías: ¿De verdad cree que vamos a estar mucho tiempo encerradas?

 

 

 

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8 comentarios en “Poder

  1. “la veías y te entraban ganas de ponerte a escribir en vertical” ¡Qué buena! xD

    No sé por qué no podía imaginármelas con minifaldas y vestidas de occidentales sino con kimonos…:P

    Yo conocí a una coreana que se hacía llamar Peggy. Yo creo que en realidad lo hacen para evitar que pronuncies su nombre mal. La llamaba por su nombre real Kun Young, pero los ingleses eran incapaces y la llamaban algo mucho más parecido a “coño”, lo que hacía que yo no pudiese parar de reír.

  2. Recibí tu correo, gracias por la respuesta.
    Es el texto más hermoso que has escrito, aunque ya sabes…quitaría algunas partes. No sé cuánto tiempo más estaremos “encerradas” 😀 Pero, estamos encerradas?

    Un besito y un abrazo, también

    R.

  3. Fe de erratas:
    La primera oración dice, “aún con lo que quiere mi sensibilidad”. Debe decir: “aun con lo que hiere mi sensibilidad.”

  4. Si llenara esta entrada con mil comentarios, sería suficiente para terminar el encierro?… al menos el que no me permite entrar al msn hoy 😦 Ojalá sirvan estos 4 comments mientras tanto. Buenas noche Jordi, no dejes de escribir nunca 🙂 Muassss

    R.A

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