Otra moda

Entramos en la tienda. Es de antigüedades. Te mueves entre las figuras y los objetos procurando no romper nada. Huele a polvo y barniz. Piensa en aquella tienda en la que compraron a Gizmo en la película. Esa es la idea. Todo está en penumbra. Desde cualquier sitio te miran animales de distintos materiales, o disecados. Hay cuadros, cuadros de atrezzo, como de película de terror. El dueño tiene fama de acumular trastos para reciclarlos y convertirlos en antigüedades. Lo que dicen las malas lenguas es que el dueño de esta tienda recupera animales atropellados, los diseca, y a los pocos días ya están a la venta con la etiqueta del precio colgando. Esa es la idea; la penumbra; leyendas. Si compras algo de lo que hay en esta tienda y te pasa algo malo, la gente pensará que te lo has buscado. Maldiciones, esa es la idea. Superstición. Credulidad. Igual que la gente cree en Dios, puede creer en cualquier cosa. La idea es que, teniendo en cuenta nuestra poca vista para la ciencia, podemos convertir cualquier cosa en pesadilla.

Hay gárgolas de distintos tamaños, con dientes afilados. Hay cajitas en las que no sabrías qué guardar, negras, con cerraduras. Ponte en lo peor. Hay telarañas, pero de verdad, en las esquinas. Es la decoración que quisieran conseguir en los túneles del terror. Esto, piensas, es auténtico. No es como la imitación de selva de un parque temático, en la que los sonidos de los pájaros provienen de altavoces escondidos en arbustos adulterados para parecer frondosos y exóticos en cuestión de días. No, esto no huele a estafa.

Mi hermana se llama Beatriz, y siempre está bebiendo de alguna lata de refrescos. Y pobre de ti que la llames Bea. Si abres su armario te costará encontrar alguna prenda que no sea negra. Hace años que no la veo sin su rimel. Todo negro; sus uñas, sus labios. Y por algún motivo, eso siempre nos ha acercado. Quizá porque nuestra madre siempre ha querido verla disfrazada de muñequita, siempre ha habido miradas de complicidad entre nosotros, y de condescendencia hacia nuestra madre. Es como si no tuviera una hermana. Es como si fuera una compañera de piso. Pero con cinco años menos. Lo cual nos lleva a ahora. Si ella quiere venir a toquetear cachivaches polvorientos, yo tengo que acompañarla. Sus diecisiete años no son aún fiables para mis padres. Aún, la idea que tiene esta chica de un sueño erótico se parece mucho a matar zombis con un rifle de repetición. Ya se le pasará, piensa mi madre. Mi padre pasa del asunto, no sé si porque la ha dado por perdida o porque realmente no le da importancia a su aspecto. O quizá piense también que se le va a pasar. Ya puede Beatriz ser todo lo cariñosa que quieras, que mi madre la ve como el demonio. Son cuestiones prácticas. Y en eso tiene algo de razón mi madre. Triste razón. Si vas a buscar trabajo con unas medias de red y un anillo en la nariz y lo labios pintados de negro, pues ya sabes, ya te llamaremos.

Una de esas cajas negras, que parecen hechas para guardar joyas antiguas, le llama la atención a Beatriz. Tiene una pestaña metálica camino de oxidarse; Beatriz abre la caja, que es de madera, del tamaño de un puño cerrado, y dice: me gusta. Está a precio de ganga. Nos vamos hasta el mostrador cerca de la puerta de salida; el anciano dueño nos mira. Beatriz comienza a remover su mano derecha dentro de su bolso negro. Saca una cartera negra, desgastada en los bordes. Saca cinco euros, y se los da al anciano. El hombre, sin decir nada, los coge. Y no esperes a que aquí te den una bolsita con el nombre de la tienda impreso en tinta en los dos lados. Beatriz, contenta con su adquisición, toquetea la caja mientras salimos a la calle. Le digo que qué va a guardar ahí. Da igual, dice, me encanta. Podría beber de ella, dice. La caja es negra y barnizada, claro, y cuadrada; en dos de sus caras sonríe la cara de un payaso en relieve. Lo que me viene a la mente es que ahí se podrían guardar dedos cercenados, ojos humanos. No me viene a la cabeza nada positivo. ¿Te acuerdas de aquella caja que salía en Mulholland drive?, me dice mi hermana. Me dice que esta caja le ha hecho pensar en aquella. Le digo que sí, pero que creo que la de la película era azul. David Lynch es otra obsesión de mi hermana, aun en la adolescencia. Mi madre siempre me recuerda que yo fui quien la animó a ver Carretera perdida, que no debí hacerlo. Un día la chica se puso muy pesada con comprar unas cortinas rojas que cubrirían todas las paredes en su cuarto. Y mi madre dijo que no, el cuarto de su hija no iba a parecer la habitación de un burdel. En lugar de eso, las paredes de la habitación son negras. Hay un poster de Posesión infernal, el único que a mi madre no le parece ofensivo o de mal gusto.

Cuando llegamos a casa, mi padre le dice a Beatriz que no, ella no va a dormir en un ataúd. ¿Qué más da?, ruega Beatriz, ¡ocupa menos que la cama! Pero mi padre dice que no, no le van a comprar un ataúd, a menos que se muera. Mi hermana sube las escaleras hacia su habitación, maldiciendo en susurros. Mi madre me dice al oído que esto ya es demasiado, que ayer encontró un consolador bajo el colchón de la cama de mi hermana; un consolador negro, me especifica. ¿Si fuera rosa sería distinto?, digo. ¡Hablo en serio!, me dice, y me dice que si yo sé si ella ya… si ella… Y yo le digo que no tengo ni idea. Le miento.

Subo las escaleras, llamo a la puerta de Beatriz, la abro, asomo la cabeza y digo:

– Ya saben lo del consolador.

– Me da igual…

– ¿Para eso es la caja? ¿Para guardar el consolador?

– No – dice, mientras bebe sorbos largos de una lata de Pepsi -, no seas capullo, ahí no cabe…

La primera vez que maté a una rata fue asqueroso. Me salpicó la sangre a la cara; la exprimí haciendo que el líquido cayese dentro de una botella de agua. Digamos que yo antes lo daba todo por sentado. Eso era antes, sí. A mi hermana no la dejan salir de casa a según que horas, que es cuando en ciertas zonas las ratas salen a pasear. Esto es lo que llamarías hacer el trabajo sucio. La mente enferma de mi hermana la salvó. Si es locura o no, pues bueno, es un tema complicado. A partir de los quince años mi hermana caminaba pálida por casa. Enfermaba de forma habitual. Quien más quien menos hemos leído alguna novela de Anne Rice. Pero si te documentas, la mitología recoge una veintena de clases de vampiros distintos. Si eres los suficientemente crédulo y te informas, acabas descubriendo que mi hermana es una vampira Sucubo, que en su mayoría se han encontrado entre gente eslava, y también entre las comunidades gitanas. O es todo eso, o mi hermana está loca, como una puta cabra. Y yo también.

Así que cuando una vez ingresó en el hospital sin parar de decir que tenía sed y que se moría, lo que hizo fue robar una muestra de sangre, y se la bebió cuando no había enfermeras delante. Y el resto te lo puedes imaginar. Inexplicable. Un milagro de la medicina, decían los médicos. Una enfermedad desconocida que viene y se va igual que ha venido. ¿Así es como son los milagros?, pensé yo, el único que supo la verdad.

Y al parecer fue el primer novio de mi hermana el culpable de todo. Un chico que estaba en las últimas, que no sabía lo que le pasaba, y que una noche besó a mi hermana. Basta con un corte en el labio. Ella me contó que él comenzó a absorber su labio cortado por el frío, hasta que consiguió zafarse de él. Y unas semanas después yo me vi buscando ratas que matar; mirando cómo podía colarme en los hospitales para robar sangre, porque mi hermana se apagaba lentamente sin su dosis diaria. Estas son ese tipo de cosas que no le cuentas a la gente. Ese primer novio suyo, acabó lanzándose por la ventana del décimo cuarto piso en el que vivía con sus padres, quizá por haber descubierto la verdad, o porque aún no.

Las estadísticas recogen cada año decenas de muertes sin explicación. Un vampiro te dirá que muchas de esas muertes las provoca la búsqueda de una explicación racional. Un vampiro te dirá que sí es probable que exista el demonio, pero que de Dios aún no se sabe nada. Piensa en todos esos adolescentes que huyen de casa sin motivo aparente. Si crees que has visto un ovni, pues es igual, lo olvidas y no se lo cuentas a nadie; puedes vivir con ello. En cambio, si descubres que tu dieta consta sólo de sangre, pues puede que hoy en día el sexo ya no sea el tema tabú estrella entre padres y adolescentes.

Es una elección sencilla. Muchas veces he soñado con mi hermana mordiéndome. Todo el mundo se pregunta cómo es que Beatriz no crece. O por qué lleva siempre el mismo peinado. Nadie asocia esas cosas a la inmortalidad. La gente cambia de residencia, se muda y no vuelves a saber nada de ellos. Pero mi hermana no. Así que si no quiero que salga en plena noche un día y mate a los vecinos, la elección es sencilla: los animales.

Si veías a mi hermana con catorce años, aún no te hacía pensar en tumbas y cadáveres. Sólo era otra niña más con ropa al uso, que se miraba al espejo para ver si le crecían ya de una vez los pechos. Pero luego su primer novio la besó. Y, veamos, dijimos, si esto hay que mantenerlo en secreto, ¿cuál es la mejor forma de hacerlo? ¿Cuál es la vía más rápida para alimentar los prejuicios de la gente? Y enseguida pensamos en Marylin Manson, la ropa negra. Monta un show en casa; vístete un día de vampiresa urbana y diles a tus padres que ese es tu nuevo look. Di a la gente que tu ilusión es poder dormir por las noches en un ataúd. Empapela tu habitación de posters tan provocadores y sangrientos que tus padres tendrán que quitarlos. Todo ese truco de renovación fue provocado por una palidez en el rostro de Beatriz, que no casaba bien con los tonos pastel. Había que tapar el hecho de que ella, realmente, ya estaba muerta; pero la muerte, en el mundo en el que vivimos, puede no ser más que otra moda.

 

 

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4 comentarios en “Otra moda

  1. Me daba la sensación que ya había estado en esa tienda…

    No sé mucho sobre vampiros pero ¡¡la de enfermedades que llevan las ratas!!! Aunque, en fin, si ya está muerta… 😛

    Cambias mucho de estilo. Nunca me canso…

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