Historias escabrosas

Soledad vive desde hace dos semanas tres pisos por encima del mío. Llevo como una hora hablando con ella. Al aire libre. Los dos sentados en un banco. Es lo que te dicen que hagas cuando te quedas bloqueado: que salgas a dar un paseo largo, para desintoxicarte. Soledad me dice llorando en el parque:

-¿Pero por qué?

– Soy demasiado mayor para ti, Soledad.

Soledad tiene nueve años. Según sé, lleva dos años haciendo terapia con una docente, por motivos que desconozco. Dice que está harta de ir a esas citas con quien sea que la trata. Dice que por qué no tengo novia.
Dice: estoy enamorada de ti.

Yo soy escritor. Escritor de cuentos juveniles. Ya me han publicado siete. Tres de ellos son de terror. Terror juvenil. Y Soledad es una de mis lectoras.

– Vale, bueno… – dice sollozando Soledad, manoseando un ejemplar de “Misery”, que me sorprende que la dejen leer. Vibra mi móvil, siempre inoportuno, y suena con la sintonía de Misión Imposible; y siempre me viene a la cabeza la imagen de Tom Cruise colgando en aquel habitáculo mortecino. Es mi madre, me la quito de encima. Y Soledad dice:

– ¿Pero… qué hago si me vuelve a pasar esto?

– ¿Si te vuelve a pasar qué?

Silencio. Y digo:

– ¿Si te vuelven a rechazar?

– Sí…

Le cojo el libro y abro el papel doblado y pequeño que utiliza como punto. Le hago el primer dibujo que se me ocurre y le escribo algo que le pueda hacer gracia a modo de contestación. Se lo doy. Lo mira. Sonríe, mirándome a los ojos. Soledad tiene una cara preciosa; morena, pelo rizado abundante, ojos oscuros y grandes. Es así. De hecho, ella insiste en que cuando aún era un bebe rodó un anuncio de pañales. Pero su cara no encaja con su carácter. Enseguida mira mal a cualquiera que la llame “Sole”. Ella se llama Soledad. Se te llena la boca con su nombre. Auguras un futuro brillante por delante.

Al día siguiente de dar calabazas a una niña de nueve años, decido que tengo que volver a escribir. Llevo tres meses sin escribir. Tres meses bloqueado. Después de una hora de desesperación delante de la pantalla blanca del ordenador, alguien llama a la puerta. Abro.

– Hola – dice ella. No sé quien es. Pero su cara me suena. Lleva unos tejanos y un top.

– Hola…

– Soy la madre de Soledad – dice sonriendo, dice enrojeciendo.

Es verdad. Es directamente Soledad con veinte años más. Solo que Nuria, que es como me dice que se llama, podría anunciar ropa interior. La hago pasar y sentarse. Ha traído consigo una especie de diario, en el que hay dibujados multitud de corazones, siempre de color negro. Y frases como: “Todo se pudre”, “La muerte me mira”. Pienso en Stephen King. Me cuesta creer que la niña haya escrito esto. Hacia el final del diario mi nombre coge protagonismo, acompañado de mas frases;”Haría lo que fuera por él”, “Le quiero, le quiero, le quiero”. Sí. Más que bonito es tétrico.

– Quiero pedirte perdón. – dice la esplendorosa Nuria. Dice:

– Primero porque estabas trabajando, y te he interrumpido. Y bueno… por lo de la niña.

Me quedo embobado un momento. Y digo:

– No te preocupes.

Digo:

– La verdad es que llevo tres meses bloqueado, y no he conseguido teclear nada.

– Ya lo sé, me lo ha dicho ella.

Silencio. Digo:

– Oh… Y la niña no me ha molestado. En serio.

Y se produce otro silencio. Los dos sentados en el mismo sillón feo color mierda que me regaló mi madre. Intento mirarla cuando no me mira. Intenta mirarme cuando no la miro. Estamos sentados allí, delante de la televisión, en la que en esos momentos hablan de un tío que quiso pedirle matrimonio a su novia, mientras hacía puenting. La cuerda se rompió o se desenganchó. Y lo peor es que no se mató. Te presentan la noticia intentando que las palabras sensacionalismo y audiencia no pasen por tu cabeza.

– Ahora se le ha metido en la cabeza que quiere escribir; como tú. – Dice Nuria, sonriente, sonrojada – Me ha pedido que te pida consejo; que lo que más le gustan son tus historias más escabrosas. Dice que no entiende de dónde sacas lo que escribes.

Comienza a subir cierta impostura por mi garganta. Y suelto, falsamente natural:

– Dile que lo que escribo siempre parte de un hecho real – digo –, lo demás me lo invento.

Hago un silencio que acaba siendo muy cargante. Y digo:

– Supongo que últimamente no me pasa nada que merezca la pena ser escrito… ¿Cómo es que no ha venido? Soledad, digo.
Suena mi móvil. Tom Cruise. Es mi madre. Adiós mamá. Gracias mamá. Y Nuria prosigue. Nuria dice:

– Está haciéndose la maleta. Va a pasar el fin de semana con sus abuelos…

Asiento de forma exagerada, mirándola, con cara de sorpresa, diciendo sin hablar: qué responsable, qué madura. Qué polvo tienes…

Y Nuria dice:

– Para ciertas cosas es muy inteligente, pero muchas veces me da miedo… Sin embargo ya tiene sus propias llaves de casa y todo. Yo soy viuda… y he estado muy encima de ella. Hace cosas que no hacen las niñas de su edad…

No sé qué decir. Me quedo asintiendo como un imbécil. Creo que estoy quedando mal, y ella murmura:

– Bueno… me tengo que ir a llevar a la niña.

No te vayas…
Se va. Y al cabo de unas dos horas vuelve. Llama a la puerta. Abro.

Pasan veinticinco horas. Suena el reloj. Me levanto de la cama, procurando no despertar a Nuria. Desde que nos quitamos la ropa hasta que decidimos intentar dormir recibí tres llamadas; mi madre, mi madre y otra vez mi madre. Durante la mañana intento ponerme a escribir. Nada.
Nuria y yo pasamos el domingo pensando cómo le vamos a contar esto a Soledad. No se lo podríamos ocultar, claro. Pero aun así, se lo ocultamos.

Pasan dos semanas y Nuria y yo nos vemos todos los días, sobre todo en horario escolar. Por las tardes. Paseos. Cine. Cenas. Excusas. Sexo. Sexo. Sexo.

Un lunes. Llegamos a casa a las cuatro de la tarde. Nos desconcertamos. La casa huele a podredumbre. La televisión está puesta y el equipo de música conectado a casi el máximo volumen. Suena loser, de Beck. Nuria se dirige hacia el lavabo. Abre la puerta lo suficiente para entrar. Soledad no ha puesto el pestillo. Nada más entrar se lleva la mano a la boca, suelta un gritito. Se acurruca en un rincón. Comienza a sollozar. No sé qué pasa. Me quedo paralizado. El suelo está salpicado de sangre, pero no me atrevo a acabar de abrir la puerta para ganar visibilidad. De repente, por la puerta de entrada al piso, que hemos dejado abierta ante el desconcierto, entran dos policías, y acaban de abrir la puerta del lavabo. En el suelo hay el cuerpo de un niño. Sin cabeza. Se puede ver el hueso seccionado, y cómo saltan tímidos chorros de sangre que parece negra en el paisaje blanco impoluto del lavabo.
Uno de los polis le dice al otro, gritando, que apague la música. El hombre va a ello, pero no da con el botón adecuado y tampoco encuentra el volumen. En el lavabo, Soledad, que estaba en el otro rincón, aparece en escena. Está empapada de sangre de cuello para abajo. Se acurruca en los brazos de su madre, con semblante inexpresivo. La música sigue atronando. El poli que no está intentando apagar la música, se ha puesto a trastear en la habitación tonos pastel de Soledad.
Y entonces, Soledad me grita:

– ¡Escribirás sobre esto!

El poli que no está intentando apagar la música, sale de la habitación de la niña.

-¿Usted ha hecho esto? – me grita, por encima de la música. Y me enseña un papel con el dibujo de una cabeza desmembrada. Una cabeza sonriente separada de un minúsculo cuerpo. Una viñeta cómica. La frase que hay debajo de la cabeza, reza: “Al próximo que te rechace, le cortas la cabeza”.

– ¡Escribirás sobre esto! –grita Soledad.

– ¿Usted ha hecho esto? – sigue gritándome el policía

– ¡Escribirás sobre esto!

No reacciono. El móvil empieza a vibrar en mi bolsillo. Mi madre, seguramente.

-¡Escribirás sobre esto!

-¿Usted ha hecho esto?- dice otra vez el tipo, agitando el papel. Y está el poli que intenta apagar la radio, y está Nuria. Pienso que la quiero. Y está Soledad, a la que ya tengo miedo, y está Tom Cruise vibrando en mi bolsillo. Veo una gota de sudor empapando las gafas de Tom, rodeado de nada blanca. Y hay un niño muerto. Y está muerto por mi culpa.

Y al fin deja de atronar la música.

– ¿Escribirás sobre esto?

– Perdone – me toca en el hombro -, ¿esto es suyo o no?

 

 

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8 comentarios en “Historias escabrosas

  1. Nunca se sabe hasta que punto influimos en los niños…
    Buen relato Jordi,si es cierto que pone la carne de gallina,ahí está tu magia,consigues que “nos metamos” en lo que escribes.
    Un abrazo.

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