X

Durante uno de esos momentos de soledad en casa, intento auto convencerme de que estoy cómodo tirado en el sillón fumando, con el cenicero a mi alcance, aunque de vez en cuando me caiga alguna ceniza encima, en incluso me queme. Lucho por sentirme libre aunque sea solo durante unos minutos. No es mucho pedir, en principio.
En la tele hay un montón de gente dando tumbos en las faldas de una montaña, bajando a trompicones detrás de un queso. Luego hay una viejecita japonesa que dicen que tiene ciento quince años y se conserva en “un estado esplendido”, aunque ya no pueda ni hablar. Después sale un equipo de fútbol en “una sesión suave de entrenamiento”. Y en unos cuantos minutos insustanciales acaba el telediario. La chica que lo despide hasta mañana, a la cual no he visto jamás de cintura para abajo, acaba con media sonrisa congelada en la cara, con una frialdad escalofriante, pese a toda su belleza, que no es poca. Ella es una de las mujeres a las que quisiera conocer enteras y sonrientes; una de tantas. Se acumulan los ceros. El teléfono interrumpe mi libertad, y al contestar, una voz femenina dice: He leído tu relato “Seducción” ¿Qué significa cuando el personaje suelta eso de <<Yo soy el diablo>>?
Después de colgar sin decir nada, tengo que volver a coger el teléfono, porque vuelve a sonar, aunque yo no sé que va a ser la misma mujer diciendo: ¿Es usted X?
Y yo vuelvo a colgar, otra vez sin decir nada. Decido que voy a salir a dar una vuelta. Me digo que el puto teléfono fijo está coartando mi libertad. Tengo que sentirme libre, es algo esencial. Sobro en casa. Sobrar se ha convertido en algo habitual en mí, incluso en mi piso de soltero.
Ya cuando vivía en casa de mis padres, y a medida que iban pasando los años, ellos me miraban como diciendo: ¿No te vas a independizar, joder? Siempre me lanzaban indirectas mientras yo intentaba crear mis fronteras con la consola u otras estratagemas. No daba problemas, iba a mi rollo. Pero a ojos de la sociedad, con un trabajo fijo, y viviendo en casa de mis padres, es decir, sin gastos, era como un parásito, un deshecho, un cabrón que quería gastarse toda su pasta en discos y videojuegos, y que no se echaba novia porque no quería. Y es verdad que no quería. Oía hablar a mis amigos de cada una de las relaciones que iban teniendo y cómo comenzaban, con el estrés que implicaba, y cómo se acababan, con los malos rollos y los dolores de cabeza. Yo no quería eso aún. Antiguamente tus padres te cogían por los hombros y te decían: ¿Ves a aquella chica? Pues te vas a casar con ella.
Hoy en día tienes libertad para elegir, bueno, para señalar a alguien por lo menos, cosa que no implica que “esa” alguien vaya a querer nada contigo. Pero poca gente se para a pensar en todo el estrés que esa libertad de elección provoca. De ahí quizá que mucha gente humilde dijera que vivía en armonía durante las dictaduras. Las circunstancias tomaban tus decisiones y a ti solo te quedaba quejarte. Era una vida cómoda para los apáticos. Yo tengo bastante de eso. Pero, lamentablemente, no hay ningún golpe de estado a la vista, y he tenido que aprender a jugármela y reconocer cuando me he equivocado. La libertad es necesaria pero también es un arma de doble filo. La New Age es una farsa. Llámalo drogas. O egoísmo. Pero lo cierto es que si los jóvenes no valoramos en su justa medida la democracia, es porque no hemos vivido en una posguerra. Lo irónico del asunto es que así es como realmente se puede valorar el asunto objetivamente; cuando no has pasado hambre; cuando nadie te ha puesto una pistola en la cabeza. Si queremos ser ácratas, no es tan solo por una cuestión de rebeldía.

Al encontrarme en la calle he llamado a un par de amigos con el móvil, pero ninguno podía quedar. Así que decido que voy a ir a una cafetería y me voy a sentar solo y tranquilo, con mi libertad de decisión y un café descafeinado.
Ya allí, estoy rodeado de lo que yo y mis amigos siempre denominamos “teens”. Chicas de no más de diecisiete años y no menos de catorce. En definitiva chicas de las que están descubriendo su sexualidad y que en verano, según su aspecto (casi siempre delicioso) pueden convertir a cualquiera en un viejo verde. Al observar cómo van vestidas, con sus tejanos desgastados, sus sandalias, y sus diademas de niña pequeña, puedes llegar a la conclusión de que la anarquía ha llegado a la moda. Ha habido tantos cambios estéticos a lo largo de la historia que ahora todo se fusiona y se confunde. Habría que dinamitar las pasarelas y acabar con los concursos de Mises. Pero la estética poco importa; la chica del telediario siempre lleva un anodino traje de chaqueta y hoy por hoy es uno de mis mayores mitos eróticos.
Mientras observo con disimulo todos esos tangas pienso en cómo la filosofía de ”volver a comenzar” que a tenido la New Age ha fracasado por completo. No solo no hemos vuelto a comenzar; además ahora ya estamos tan habituados a eso de las desgracias ajenas, que nos conformamos con que la sangre no nos salpique y no atraviese fronteras. Lo que Douglas Coupland denominó “la generación X” tenía más sentido, dentro de su sin sentido. Tenía la ventaja de no ser una filosofía hipócrita; la verdadera facilidad de pasar de todo reconociéndolo sin problemas. Hoy en día la gente hace lo mismo, aunque no se conforme con llevar unos tejanos viejos y una camiseta raída. La sociedad occidental está sumergida en un estado perpetuo de pasotismo universal capitalizado. En resumen: damos asco.
Mi móvil suena y tengo la esperanza de que sea un colega, pero es la misma voz femenina de todo el día, – ¡vaya mierda de relato! – y cuelga. Hay gente que no se cansa. Mientras saboreo el café, entra en la cafetería otro grupo de chicas. Conozco a una de ellas. Una ex compañera del colegio. Me ve y se acerca hasta mi mesa solitaria; no duda en sentarse a mi lado.
– ¿Qué tal, X?
– Bueno, no estoy mal.
Mientras habla recuerdo su imagen de pequeña, y cómo mis previsiones han fallado. Las chicas que te gustan cuando eres pequeño resultan acabar siendo seres flacuchos y sin gracia, pero quizá las que estaban rellenitas…
– Pues íbamos a ir al cine pero… no sabemos qué ver. Bueno, yo quiero ver esta de aquí…
Me la señala en el periódico.
– Es buena, la he visto… – digo -, de hecho pienso ir a verla otra vez.
– ¡Claro, joder!… tiene muy buena pinta… ¿lo veis?
Ella también sufre del síndrome del cinéfilo. Me encontré a esta chica un día hace tiempo en la discoteca, y comenzamos a hablar de la época del colegio. Los dos éramos tímidos y retraídos. Ella sacaba buenas notas. Yo no. Aquella noche, borracho, dije muchas cosas. Hablé con ella tan sinceramente como sé hacer, y a mi manera. Aquello le debió gustar, porque hoy me mira con aprobación, y se ha ilusionado bastante al verme. Los veintitantos le han sentado de maravilla, ella era una chica rechoncha, aunque siempre tuvo una sonrisa bonita, y ahora aún mejor. Al acabar nuestra conversación se va con sus amigas a la otra mesa. Una de las chicas dice: Es mono. Las otras se ríen, y mi conocida se ruboriza. Aunque estoy comenzando a sudar, me pongo a mirar el diario como si leyera, y poco rato después me tranquilizo porque ellas ya hablan de sus cosas. Entonces mi móvil vuelve a sonar. Por fin un colega. Quedamos en vernos en media hora, en un bar cercano. Pero no, porque ante mi sorpresa, la chica, mi compañera, vuelve a mi mesa.
– X…
– Dime…
– Como estas no quieren… ¿quieres venir tú conmigo a ver la peli?
– EEh…
Y otra vez, ahora, puede que sea el principio de algo, y cuando has leído los suficientes libros y visto las suficientes películas; cuando te crees sabedor de cómo están las cosas; de cómo son las cosas; lees los periódicos; pero sobretodo cuando recuerdas a tus amigos siendo victimas del genero femenino (aunque no siempre fueran ellos las víctimas), entonces una duda inmensa (teniendo en cuenta cómo está el mundo) te invade, pero no sé cual es. Así que no tengo las respuestas, pero tampoco las preguntas. Miro a la chica pensando – Sí, vale – antes de decirlo;
– Sí, vale…
Su cara se ilumina un segundo. Y ahora no me siento libre, pero sí feliz. Y esta noche rajaré mis vaqueros. De perdidos al rio. Como decía alguien, o ese tipo al que buscas siempre que te miras en el espejo: Disparadme, y embadurnad la pared con mis sesos.

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6 comentarios en “X

  1. Ok!!! una pregunta… no sé si no lo he entendido… ¿qué tiene que ver la chica que te llama todo el rato con la historia?

    Me ha gustado mucho. Me da la sensación que si esto no es real, poco le falta…

  2. me ha gustado mucho. un buen puñado de disertaciones aparentemente inconexas, y qué coño, inconexas de todo punto. se deberían escribir más relatos así. porque sí.

    un saludo, compañero. te sigo también por aquí!

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