Archivos Mensuales: junio 2007

Mary Carmen S. A

Mucha gente, cuando ve el tamaño de mi oficina y sus vistas, tiende a asociar mi situación laboral con mis labios carnosos. No soy tan tonta para no saber que el físico es clave para todo. No diré dónde trabajo porque carece de importancia. Sólo hay que saber que en mi mesa hay un ordenador y papeles, que en una esquina de la oficina hay una planta que no se quién riega o si está ya muerta o es de plástico.

Hoy es un día más, y eso quiere decir sólo eso, que no es un día especial, y me jugaría cualquier cosa a que no lo va a ser, excepto quizá mis tetas.
El teléfono suena, cosa que pasa a menudo, a cada puto momento.
– Mary Carmen Blanco, ¿en qué le puedo ayudar?
– … Me dijiste que hoy no trabajabas…
– Hola, Alberto…
Alberto se presentó un día en mi casa con un ramo de flores; está obsesionado con ir al gimnasio, con los coches, y parece que conmigo. A mi me resbala, sinceramente. No siempre puedes aguantar sin decir lo que piensas.
– … Me dijiste que hoy no trabajabas…
– Y era verdad, pero me han llamado y…
– No quieres verme, ¿verdad? Es eso.
Alberto es el tipo de tío que piensa que a base de insistir caeré en sus brazos, como si esas teorías optimistas de <<lucha-por-lo-que-quieres-y-lo-conseguirás>> no fallaran nunca. Lucha, a ver que pasa. Pero hoy no es mi día, Alberto no es mi hombre, y quisiera que esta no fuera mi vida.
– Alberto, voy a colgar.

Silencio al otro lado de la línea. Cuelgo.
El tío que se encarga de la contabilidad me gusta. Es de esas personas que tiene detalles con los demás sin llevar escrito en la frente: ¿has visto que amable soy?, todos deberíais seguir mi ejemplo… No, él no es así. Simplemente es buena persona, como esas personas de las que después de haber matado a toda su familia los vecinos hablan maravillas por la tele; claro que, él aun no ha matado a nadie. Y creo que ese “aun” nos incluye a todos, como seres humanos débiles y atontados. Él se llama Juan, simple y seco, al contrario que mis bragas si pienso mucho en él. A veces viene a mi despacho a cotejar datos, aclarar cifras; viene por cuestiones frías, porque no le queda más remedio. El ámbito personal no existe entre nosotros. No podría decir si le gusto porque no lo sé.
Salgo de mi oficina. Cuando llego sedienta hasta la máquina de refrescos que hay en uno de los anodinos pasillos del edificio, el chico de siempre está rellenándola. Me mira, casi consternado;
– No te preocupes, no tengo prisa… – digo.
No responde nada. Sólo suda. A los dos minutos acaba, y se va casi corriendo. Saco una botella de agua.
– Lo tienes en el bote – oigo.
Y es Marisa.
– ¿A quién?…
– Joder, al de los refrescos. Siempre te está mirando cuando coincidís en la cafetería de abajo, y cuando te topas con él aquí se pone a temblar como un flan.
Marisa es una chica alegre; tanto que sus escotes ya no sorprenden. Me propone habitualmente juegos lesbicos en su piso; tiene el pelo teñido de rojo y nunca habla sin decir joder antes o después de las frases. En el fondo es una de esas mujeres al las que no les importaría prostituirse de tener que sacar a un par de críos adelante, si no tuviera alternativa; no se por qué, es una perugrullada, pero siempre lo he pensado.
– Es tímido – digo.
– Ja ja… no me jodas…
– Vuelvo a mi despacho…
– Joder… ¿tanto trabajo tienes?
– Sí, Marisa, estoy hasta el cuello – miento.
El resto del día, como advertí, no pasa nada. Otro día a la basura. A veces pienso en esas estadísticas que te dicen el porcentaje de tiempo que te pasas durmiendo en la vida. Parece que nadie se atreve a calcular cuánto tiempo disfrutamos del hecho de vivir. Mejor olvidemos los porcentajes por el momento. A veces, en el despacho, giro mi silla hacia el ventanal que tengo y miro con atención la cornisa, a la que tengo tan fácil acceso que da miedo.
En casa, me dedico a ver telebasura, sin ganas de hacer esfuerzo para nada más que no sea eso. A veces casi entiendo por qué la gente busca parejas estables, familia, estabilidad en general. La pereza es la reina de mi mundo, solo desbancada a veces por la resignación; pero siempre hay que mirar el “fotofinish”. Es escalofriante lo importante que es la resignación, pienso, mientras me meto en la cama. Lo malo es que la resignación no llega sola. Es tu deber tenerla. Todo el mundo intenta tenerla los lunes por la mañana. Si la resignación se vendiera en pildoritas como el xanax, ya habría un porcentaje importante de muertos por sobredosis. La gente haría terapia de grupo hablando de la felicidad natural. Alguien se levantaría y diría: hola, me llamo Fulana, y soy adicta a la resignación en cajas de doce. Y todos: Hola, Fulana.

Imagina a un montón de yonkis asaltando farmacias los días que no tuvieran ganas de trabajar. Imagina a los médicos recomendándote hacer ejercicio para ayudarte a tener resignación de una forma natural. En definitiva, imagínate a un montón de gente muerta de asco.

Me duermo: Un montón de tíos corren hacía mí, en un prado inmenso. Por supuesto, van desnudos, y todos tienen la misma cara. Despierto sobresaltada, y una sensación de alivio natural me invade porque miro el reloj y aún son las tres de la mañana.
Pero parpadeo y reloj me despierta a las siete con su sonido estridente. Resignación. Sólo es martes. Juan tiene fiesta. Hoy aun será peor que ayer. Saco fuerzas de flaqueza y me visto. Me voy de casa sin desayunar y camino por la calle con una mueca más misteriosa que la de la Mona Lisa. Muchas veces tengo fantasías en las que, al doblar la calle, me encuentro el edificio de la empresa ardiendo con los papeles cubriéndolo todo y todos los empleados sin poder entrar con cara de circunstancias. Pero al llegar todo sigue igual; el edificio está intacto y mi oficina me espera, con una inmensidad de aburrimiento que masticar. Al entrar me cruzo con el chico de los refrescos, que al verme hace un asentimiento al que no me veo capaz de responder. En la cafetería de la empresa la gente suplica cafés solos, droga legal para sobrellevar la realidad. Marisa conversa con un tío que entró nuevo hace poco enalteciéndose en la silla para que su escote esté bien presente. Los nuevos tardan unos días en superar lo de las tetas de Marisa; esta noche el susodicho nuevo se lo pasará bien. Juan, que debería tener fiesta, habla con su secretaria en la barra. Me pongo nerviosa de golpe y me voy a encerrar a mi oficina. Tiraré por el camino del café de máquina, igualmente efectivo. Beber café para despertar es como barrer la mierda debajo de la alfombra, pero da igual, la mierda no se ve debajo de la alfombra, y yo me paso casi todo el día sola dentro de cuatro paredes esperando reunir suficiente valor para cambiar mi vida o acabar con ella. Últimamente miro demasiado esa cornisa que da al vacío; es seductora la mayor parte del tiempo. Das un paso y tienes vacaciones eternas.
Cotejo cifras y cuadro números dentro de mas números mientras pienso en cómo coño he acabado aquí, aunque lo sepa. Cada vez que oigo pasos fuera espero que alguien llame a la puerta, y que sea Juan. No parece que nunca vaya a venir a rescatarme en un caballo blanco apestando a estiércol de edad media; lo más parecido ha sido darme los buenos días. No lleva anillos, aunque según Marisa lo hacen todos los tíos en un entorno lo suficientemente femenino. Hace siglos que no me masturbo. Parece que se me acumule la ansiedad; ni tan siquiera sé de los síntomas que confirman una depresión para pedir un buena baja; no sé cómo se prueba eso. Debería llenársete el cuerpo de granos; granos por depresión; iría al despacho del director y le diría apagada: lo siento, pero no hay día en que no piense en llegar hasta la calle desde la cornisa. Pero me da miedo, porque no se que hay después. Me consuelo pensando en que eso le pasa a más gente. No me funciona lo de levantar el ánimo comprando un montón de ropa cada dos por tres; sólo sería una depresiva más a la moda.
A eso de las once de la mañana miro hacia la ventana y el corazón me da un vuelco, hay dos limpia-ventanas subidos en esa especie de andamio colgante y sujetos por arneses. Los dos sonríen ante mi desconcierto. Siempre me pasa lo mismo con los limpia-ventanas. Me vuelvo hacia el ordenador, intentando concentrarme, cosa muy difícil cuando te asquea tu tarea. Oigo el parloteo y las risas de los dos tíos, que deben hablar a gritos teniendo en cuenta el grosor de los cristales. Suenan unos golpes y cuando me giro hacia la ventana uno de los dos tíos se ha sacado el pene y lo menea mirándome. Los dos lloran de risa. Me levanto sinceramente asustada y me voy al despacho del director.
Llamo a la puerta y abro sin esperar permiso;
– Francisco…
– ¿Sí?…
El director se llama Francisco Garrido. No deja que nadie le llame Paco. Es un ser aparentemente tímido y Marisa dice que le gusto. Tiene una verruga cerca de la oreja derecha y está casado. Y no me gusta.
Le cuento lo del limpia-ventanas, con apuro.
– Vale – dice –, hablaré con ellos, no te preocupes.
– Gracias…
– …Y… Mary, ya que estás aquí, quiero comentarte una cosa…
Se levanta y cierra la puerta de su despacho, invitándome a sentarme. Me comenta que se va a ir de la empresa, que tiene la tarea de elegir a un substituto. Me dice que ha pensado en mí.

Cuando despierto el lunes de la siguiente semana, soy directora de empresa. Mi despacho nuevo es más grande, pero da a la misma cornisa que el anterior. Tengo más trabajo y muchas más responsabilidades. Gano aproximadamente tres veces más que antes, pero mi vida personal ha desparecido, no existe, adiós. Como directora de empresa paso un montón de horas de los nervios. Atiendo al teléfono cinco veces más que antes. Todo es más que antes. A final de mes cobraré un montón de dinero con el que no sabré que hacer, y con el que no tendré tiempo de hacer nada. Vivir para trabajar. Trabajar.
Al acabar el día entro en la cafetería. En la barra están los dos limpia-ventanas. Charlan con Francisco Garrido; el amable Francisco Garrido que me ha cedido su esclavitud. Hago un amago de irme, pero finalmente me siento y pido un cortado. Francisco se vuelve hacia donde estoy;
– ¿Cómo ha ido el primer día de ama del mundo?
Ha bebido demasiado de lo que sea, los ojos le brillan, los limpia-ventanas se ríen y también están borrachos, además de extrañamente expectantes.
– Sé que siempre has trabajado lo tuyo para conseguir los ascensos. Ya has llegado a lo más alto… Estos dos quieren saber si también haces trabajos particulares – dice.
Los tres comienzan a carcajearse mientras yo salgo escopeteada de allí. Siento la necesidad de vomitar, voy al lavabo más cercano. El sabor de la comida de a mediodía vuelve a mi boca. Lo hecho todo pensando en semen; pensando en cuando se la chupé, en su despacho; pensando en todas la veces que la he chupado para llegar cada vez un poco más arriba. A veces me derrumbo a llorar y otras veces vomito. Es de esas cosas. Si una vez lo hiciste, luego ya parece tonto parar. Alguien decía que desde más arriba se llega más lejos.
Y hay gente que asocia mi ascenso laboral con mis labios carnosos. Asaltaría farmacias para conseguir dignidad en cajas de doce. Hay tres cosas que hacen falta para triunfar: talento, oficio y suerte, pero yo nunca he tenido suerte. Es por eso que para ascender me he inventado mis propias alas, aunque sean alas hechas de naturaleza humana. Aún hay dos alternativas en mi vida. Hay también ciertos factores, como Juan, o echar un polvo de vez en cuando con Marisa, que pueden decantar mi ánimo hacia la decisión más luminosa. Sí. Y la cornisa que da al vacío desde mi oficina no se me va de la mente.

🙂 😉 xD

😦 😦 😦

Apocalipsis (Revisión)

Querido diario;

Hace mucho que no escribo. Pero en fin, empiezo. Nos sacaron de clase sin dar explicaciones. El Ejército.

Era turbador. Después yo me enamoré. Y después viene cuando supe que se había acabado el mundo. Sí, todo a la mierda, nada de metáforas. Sólo tengo dieciséis años, y ya puedo decir que yo estaba allí, con mi despertar sexual, cuando todo sucedió.

Ah, y también me acabaron acusando de necrófila. Fue divertido. Es divertido. El planeta está patas arriba. Casi todos han muerto. Pero yo no. Pasaron muchas cosas. Muchas. Un montón. Esto es, desde el principio, la historia del final de la mayoría, mi crecimiento personal.

Durante la clase de matemáticas, dos señores del ejército llamaron a la puerta. Después supe que era el Apocalipsis el que llamaba a la puerta, pero en aquel momento resultaba muy emocionante salir de clase. Aunque dejó de ser divertido cuando nos metieron en un camión verde sucio del ejército, y nos llevaron hasta una zona que no sabia ni que existía. Me acordé de un documental de nazis que nos pasaron en el colegio. El camión estaba a reventar de gente. No se podía respirar. Fuera se oían alarmas, gritos, un bebé llorando; se oían persianas de tiendas que se cerraban bruscamente a mediodía.

Al final acabé en un Bunker frío y metálico con dos matrimonios jubilados, y con Marta, y con el chico que me gusta. Es decir, sólo éramos siete personas. Los jubilados no parecían asustados ni sorprendidos; Marta se comportó como una putilla, incluso en esas circunstancias. Era extraño, pero mejor así. Aquel sitio era pequeño y gris. Había humedad. Yo estaba cagada de miedo, emocionada, y con ganas de decirle algo a… al chico que me gusta. Me gustaba. Me gusta. Pero bueno, eso es otro tema. El caso es que el chico en cuestión aún no tenía nombre para mí porque era alumno nuevo, y el día de la clase de matemáticas era sólo el segundo día de clase después de las vacaciones, y yo no asistí al primero, y claro, el primero es en el que se hacen las presentaciones, así que de momento tan solo es… el chico que me gusta. Gustaba. Gusta. Ya estamos otra vez. Bueno, como dije antes, pasaron muchas cosas, y no creo que me acuerde de todas.

El primer día en el Bunker todos hicimos gala de nuestro pánico. Se oyeron frases pre-apocalípticas de todo tipo: <<Nos van a matar>> o <<Nos quieren matar>> o <<Un meteorito, será un meteorito>>. Se dijeron muchas chorradas. Excepto una. Nadie dijo nada a propósito de cierta posibilidad. Nadie, excepto yo: <<Será una invasión extraterrestre>> Y aunque bromeaba, todos me miraron de aquella manera. Joder, ¿nadie quería reírse un rato? Además, los yayos ya tenían un pie en la tumba. Marta es gilipollas, y después… después está el chico que me gusta que… no nos engañemos, cuando te gusta alguien y no estás segura de ser correspondida, la persona amada se convierte en un incordio. Y joder, allí estaba yo, encerrada con el chico que me gusta y con la chica más desarrollada de la clase. A estas edades unas buenas tetas son lo que realmente cuenta. Un chico de quince años es altamente impresionable con eso. Yo tengo las tetas pequeñas.Y claro, la cosa no siguió bien.

Nos traían comida abriendo la única compuerta que había en el techo. No nos explicaban nada, supongo que por esa manía de los gobiernos de mantener al pueblo ignorante, y así poder manejarlo a su gusto. Al abrir aquella compuerta siempre olía a quemado, como a barbacoa. La primera vez que la abrieron Marta echó a llorar, la muy gilipollas.

Dentro de lo extraño que resultaba todo, todo acabó resultando bastante previsible, por lo menos para mí. La cosa no iba a seguir bien, y no siguió bien. Al quinto día Marta comenzó a morrearse con el chico que me gusta. En realidad ya sabía como se llamaba en ese momento pero, que se joda. Era asqueroso. Se morreaban todo el día. Y todo el día él le estaba manoseando las tetas y dándole palmaditas en el culo. Y hasta una noche me despertaron… con ruido, como chapoteos, chasquidos. Pero no quiero pensar en ello. Así que, el chico que me gusta paso a ser el chico que me gustaba. Sí, el chico que me gustaba le metía la lengua hasta la campanilla a Marta mientras los yayos miraban, y hacían comentarios sobre lo bonita que es la juventud. Su puta madre es bonita, que os den por culo, pensaba yo. Un día, ya muy enfadada, y entre risas, para deshaogarme, dije mirando a los abuelos;

-Si no nos sacan de aquí pronto, ustedes ya mismo se nos mueren, ¿verdad?

Y todos me miraron.

Y las cosas tenían que comenzar a ir a peor. Cierto día entró un señor de uniforme en el Bunker. Preguntó por mí, con nombres y apellidos. Después, muy serio, me dijo:

-Tus padres han muerto.

Eso dijo. Algo así. Y se quedó paralizado, sin saber qué más decir. Y se fue, sin escuchar la lluvia de preguntas comunes que después le cayó encima. Los militares nunca soltaban prenda. Pero yo no dije nada. Marta se pasó el día con sus tetas apretadas a mi, abrazándome, mientras yo permanecía en estado catatonico. El chico que me gustaba no hacía nada. Yo rezaba para que cuando saliera de aquí todo estuviera arrasado. Rezaba para pasar el resto de mi vida entre miseria y ruinas. Rezaba por una muerte lenta. Pensaba que si al salir de aquí todo seguía igual, no lo podría soportar. No así. Pensaba: Muerte. Y no concretaba. Sólo quería muerte. Mía o ajena, ya me daba igual. Eso era lo que me pasaba, que ya me daba igual todo.

Mi vida había pasado ya a otra fase. Mi cinismo se multiplicó por mil. Mi nihilismo se convirtió en mi religión, y yo en una auténtica fanática. Autoflagelación, misas negras, gente arrodillada ante símbolos. Me encantaba pensar en todo eso. Durante días me convertí en carne de secta. Sólo me faltaba tener los ojos rojos, vomitar sangre. El mundo no se acaba una vez para todos y ya está. Me di cuenta entonces. Hay Apocalipsis minúsculos todos los días. No sé si fue fortaleza o si simplemente allí no tenía ocasión de cortarme las venas o de ahorcarme o de despeñarme. Y el caso es que me acostumbré a la muerte de mis padres; y seguramente lo hice en un tiempo record. Quizá también ayudó en cierto momento el hecho de que pasó algo realmente repugnante dentro de aquel bunker. Una de las viejecitas dio todo un discurso comentando que su vida sexual con su marido “aquí presente” seguía siendo muy activa, y que allí, en nuestra compañía, ya llevaban mucho tiempo sin hacerlo, sin “hacer el amor”. Se me puso la piel de gallina. Dijo que esa noche, mientras nosotros durmiéramos, y con nuestro consentimiento, ellos querían “hacer el amor”. Mis padres dejaron de existir del todo. O por lo menos yo dejé de llorar.

Ante el supuestamente entrañable discurso de la mujer, todos asintieron, enternecidos. Yo no dije nada. Ya había perdido la cuenta de las cubanas que Marta le había hecho al chico que me gustaba mientras pensaban que nadie más estaba despierto. Puta…

Los yayos comenzaron a retozar a las doce, completamente desnudos, y convencidos de que todos nos habíamos dormido ya. Las distancias allí eran demasiado cortas, y los camastros hacían demasiado ruido, sumado al la impresión de toda aquella carne arrugada y a los gemidos apagados de la señora, aquella noche fue bastante insoportable. Aunque por lo menos el chico que me gustaba se quedó sin su sesión de tetas lolitescas.

Al día siguiente la mujer estaba hiperactiva. Y ese día a mediodía nadie vino, no hubo preguntas a ningún señor de uniforme. Comenzamos a sufrir de verdad. Hambre. Pasó lo que más miedo nos daba. Dejó de llegar comida. Lo cierto era que si no salíamos de allí era por miedo. No estábamos encerrados. Y la posibilidad de un virus ya la teníamos casi descartada. Los soldados que nos traían la comida venían sin ningún tipo de protección o escafandra, y nosotros no estábamos en cuarentena que supiéramos. Así que, nos pusimos en huelga de hambre forzada. Aguantaríamos un día más. Y después saldríamos al exterior. El día siguiente se hizo eterno.

Yo, cuando era más pequeña, me comía los mocos. Es cierto. Dejé de hacerlo, cuando un día, descubrí algo, frotando con mis dedos debajo de mis bragas, ALLÍ. Me descubrí sexualmente al mismo tiempo que dejé de comerme los mocos. En realidad fue hace sólo un año. No quería que los chicos me vieran con el dedo en la nariz, y quería que no sólo fueran mis dedos los que frotaban ahí abajo. Quería placer externo. Quería todo lo que estaba teniendo Marta todas las noches. Putas tetas… Eso quería, follar. Pero ese día volví a mi costumbre infantil. Y ya no me importaba que me vieran. A la mierda con eso. Estaba aburrida y hambrienta, y tenía algo que llevarme a la boca. Todos me miraron y me criticaron. Me hablaron de educación. Todos, menos el chico que me gustaba. Me gusta.

A las diez de la noche hubo alguna llorera, por el hambre, de la viejecita ninfomana. Nadie se podía dormir. Hacia las siete de la tarde de ese día, antes, el chico que me gustaba había pasado a ser de nuevo el chico que me gusta. Se sentó a mi lado sin mediar palabra. Marta, aunque disimulaba, estaba destrozada. Mis tetas, por alguna razón, le estaban comiendo el terreno a las suyas. Las circunstancias facilitaban esos comportamientos compulsivos. O el chico que me gusta estaba loco, o era un cerdo y se aprovechaba de nostras. Y por mi, bien. Esa noche cumplía los dieciséis años, exactamente a las doce y media de la noche.

Cabalgué encima del chico que me gusta. Al principio dolió un poco, y hubo sangre (…). Pero después no dolió, y me aseguré de que Marta lo oyera todo. No sé si era venganza o qué, pero disfruté. Él lamió mi sangre, y me dio un poco de asco, pero me encantó, y fue la noche más excitante de mi vida, durante lo que aún no sabía que era el fin del mundo, o el primer fin del mundo, o el Apocalipsis, o lo que sea. Y por la mañana, temprano, salimos.

El único consejo que podría dar es: Si te meten en un Bunker apaga el móvil, no hagas como en el cine. Por algún tipo de intuición, yo lo apagué. Al salir del Bunker nos encontramos lo que yo quería. Un paraje desértico, con coches volcados y edificios en ruinas, el cielo azul, y el sol azotando. Muy a lo lejos se veía el edificio al que una vez me llevó mi padre, y en el que se daban clases a chicos superdotados. No encajé. El edificio estaba literalmente partido por la mitad, con la otra mitad en el suelo, derruida. Había otros edificios iguales. A lo lejos corría un elefante, haciendo ese ruido de elefante; parecía asustado. Algunos coches aún ardían después de vete a saber lo que fuera que había pasado. Era lo más tétrico y bonito que había visto jamás, y no tenía que ver con la vida, ni con la poesía. Conecté mi móvil y la batería estaba por la mitad. Llamé a todo el mundo que había en mi agenda y sólo se oía estática, lo cual quizá se podía traducir en la muerte de todo el mundo que estaba en la agenda de mi móvil. Y caminamos.

Nos metimos en una casa que encontramos. Estaba medio derruida. Por alguna razón yo pensaba que todo esto tenía que acabar pronto. No sé de que modo, pero sí acabar. Aunque mientras tanto, al llegar la noche, me follaba cada día al chico que me gusta y que me gustaba, mientras las tetas de Marta pasaban hambre. Sí, en eso estaba, porque veía acercarse el fin. Es otro consejo que podría dar: folla, como si se acabara el mundo.

En el vigésimo día de nuestra convivencia en la casa derruida, una facción armada de “la resistencia”(que es como se presentaron ellos) vino a “rescatarnos”. Pero… ¿resistencia a qué?

Al cabo de tres horas y ya en un edificio sano, al que no había llegado la destrucción, dos tipos de corbata metieron a los yayos en una habitación. “Niños no”, dijeron. Yo pegué la oreja a la puerta;

“El caso es que… la… asi qu… est… y no pod… aunqu… y buen… todo pod… y no puede ser que… a no se… y clar… la invas… los clar… de la n… nodriza…”

¡¡¡JA!!! Ya está, los marcianos, les dije al chico que me gusta y a Marta. Después me llevé al chico que me gusta y me lo tiré en el lavabo, como para celebrarlo. No sé que había que celebrar, oh si, que estábamos vivos. Marta se quedó sola en la sala de espera, ella y sus tetas, que pronto serían absorbidas por algún bicho de otro mundo, pensaba yo. Y me clavaba en el chico que me gusta, hasta que vi que cerraba los ojos, y sacaba una babilla por la boca. Una babilla blanca y verdosa. Me levanté de él. Estaba muerto. Otro Apocalipsis minúsculo.

Dos horas después, yo y Marta declarábamos en una oficina de la policía. El poli nos miraba. Dijo algo así como;

– Supongo que ya sabréis lo de los marcianos…

Marta puso los ojos como platos. Yo estaba descolocada. Y tampoco recuerdo que fuera eso lo que dijo el tío, pero venía a decir lo mismo. Se llevaron a Marta a otro cuarto y hablaron con ella, largamente. Después me llamaron a mí. El policía paseó un rato alrededor de la mesa en la que yo estaba sentada. Y cuando ya pensaba que mi vida no daba para más, el tipo dijo: ¿Te excitan los cadáveres?

Así que esto es lo que ha pasado desde que no te escribo. Ahora estoy en un reformatorio casi vacío. Me hacen hablar sobre mis padres y sobre todo lo que me hace sufrir. Pero es divertido hacer el papel para ellos. De repente el mundo se ha vuelto interesante. El chico que me gustaba estaba algo así como abducido, encontraron algo extraño dentro de él. De ahí su comportamiento. Siempre será el chico que me gusta. Dicen que los alienígenas se han mezclado con la poca población humana que queda, adoptando nuestro aspecto o algo así. Me dijeron que mi fluido vaginal pudo hacer reacción a su sistema corpóreo y el chico murió. Aunque pudo ser mi sangre. Pero me gusta pensar que maté a un alienígena a polvos. La mayoría de chicas que están enamoradas acaban a abandonadas o desencantadas; pero yo maté al hombre de mi vida a base de sexo. Dicen que hay gente que acaba estupidizada en casa, sin moverse, con la mierda que sea que se les mete dentro; es el nuevo abuso sexual; la nueva necrofilia. Los abducidos o medio extraterrestres también tienen dignidad y no hay que aprovechar para follárselos por mucho que accedan sin decir ni mu. Las nuevas reglas las impone “La resistencia”.

Los informativos dicen que van a volver, para quedarse, o que es una posibilidad. Cuando me meten en una habitación para hablar con una chica joven muy amable dos veces por semana, siempre acabo diciendo que no sé por qué es, pero nunca puedo dejar de pensar en el siguiente Apocalipsis.

 

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Estilo

Al llegar a la habitación del hotel todo está infectado de Prada. Son las ocho de la tarde. Todo es elegante y sobrio. Hay una televisión inmensa encerrada en un mueble rectilíneo y frío color beish. Todo está enmoquetado. Es un Hotel de cinco estrellas y es tal como debe ser. Todo es in y huele bien, la habitación es inmensa. Me tomo un Xanax porque estoy histérico mientras Claudia saca una gramo de cocaína que hemos conseguido colar en el aeropuerto. Deja el gramo en su bolsita encima de una de las lustrosas mesillas que flanquean la cama de matrimonio, en el enorme cuarto en el que dormiremos unos días. En la terraza hay un yacuzzi, cosa que sólo encontramos otra vez en otro hotel, creo que en Sydney, o quizá en San Francisco. Claudia se levanta la camiseta de manga corta Gucci a la altura de las tetas delante de uno de los numerosos espejos, mirándose los abdominales, duros y bronceados. Y luego, mientras Claudia se mete la primera raya de la noche, recuerdo el día de hace dos veranos en el que una modelo quiso follar conmigo en los lavabos del Performer, un club de Manhattan; Claudia era perseguida por Jared Leto por todo el lugar; todo estaba lleno de modelos y diseñadores y lesbianas. Se esfuma el recuerdo de aquel día porque Claudia dice: No me gusta el cielo de esta ciudad. Y le voy a decir algo, hasta recuerdo que, pensándolo bien, no sé dónde mierda estamos.

Salimos a eso de la nueve a la calle. La ciudad es alta, brillante. Meto las manos en los bolsillos en busca de Clonopin o más Xanax. Tengo mucho calor y la camisa diseñada por Robert Stevenson se me pega a la espalda. Claudia camina firme con un cigarrillo en la boca y un traje de chaqueta de Radek Lost. Nos cruzamos con una chica tirada en el umbral de un local, está como en trance y vomita rodeada de otras chicas que no pueden contener la risa. Un coche de bomberos pasa a toda castaña con la sirena puesta acentuando mi ansia de Xanax. Donde vamos es un local que nos recomendó John Leguizamo en la fiesta de fin de año que pasamos en el Le Tourneur de París; aquel día sospecho que Claudia me mintió a propósito de un rollo que tuvo con una gogó del local; una chica pelirroja me persiguió durante dos horas en la pista de baile; yo estaba en mi mejor momento.

Llegamos al local en cuestión. Pasamos por la entrada para Vips. Las limusinas se detienen en frente del lugar cada pocos minutos. Ya dentro, alguien que parece Christina Ricci me saluda con la mano desde lejos. Le devuelvo el saludo. Está pinchando Richie Hawtin, el que dicen algunos el mejor DJ del mundo. Nos cruzamos con dos lesbianas que saludan a Claudia. Claudia me presenta a ellas. Me miran con recelo. Seguimos caminado entre la gente dirección a los lavabos. Claudia me grita al oído que su camello me espera en el servicio de caballeros. Asiento con la cabeza, algo más animado. Saco mi cartera de piel y por fin llegamos hasta los servicios. Sambora, que es como llaman al camello, me mira desde la pared del fondo de los servicios. Mete la mano en un bolso masculino diseñado por Lorna Smith. Me dice:

– ¿Dónde está tu novia…?

– No te interesa mi novia. No te interesa ninguna mujer.

– Cómo sabes que no… – sonríe -. ¿Es verdad que has estado liado con el abogado de Liv Tyler?

– Eso quisieras. Eso te daría alguna esperanza.

Meto un billete en su bolso. Él me pasa dos bolsitas: cuatro gramos. Me dispongo a salir del servicio sin despedirme. Oigo: Ciao, guapo.

Le doy a Claudia sus dos gramos, los mete en su bolso y me voy otra vez al servicio, en el que ya no está Sambora. Me meto en uno de los habitáculos, me meto una raya. Pasan unos minutos, la coca me hace efecto. Salgo a la pista de baile y parece que han pasado dos horas desde que esnifé. Veo a Claudia coqueteando con una negra de pelo corto, traje negro ajustado, quizá de Bernard Sullivan, ese diseñador de Las Bahamas. Alguien me toca en el hombro, me vuelvo y veo a una chica morena de corta estatura. Me mira sonriente, esperando una reacción. Me grita por encima de Ritchie Hawtin: ¡¿No te acuerdas de mí?! Yo la sigo mirando, me encojo de hombros y hago que no con la cabeza. La chica hace ademán de insistir, pero al final arruga el entrecejo y se marcha, visiblemente decepcionada. Después de la escenita, recuerdo que aún no recuerdo dónde estoy, en qué ciudad, en qué país. Mañana tienes un desfile, pienso. Mañana tienes que ir con Claudia a un desfile para Roberto Giordano. Mañana cambiarse veinte veces de ropa y sonreír. En un país sin nombre. Dejo de agobiarme y me acerco a la barra. Hay una carta de bebidas. Señalo a una chica hispana guapísima la última bebida de la carta, la más cara. Ella me sonríe y se va a preparármela. Miro a mi alrededor: negros, hispanos, rubios, albinos, inglés, francés, italiano… Imposible saber dónde estoy. Los carteles y las señales de tráfico hubieran ayudado en la calle de haber prestado atención. La chica hispana me trae un vaso de tubo con algo azul dentro, azul o verde, o quizá negro por el reflejo de las luces. Le doy un billete demasiado valioso a la chica y me alejo de la barra. Doy un sorbo, la bebida tiene un sabor dulzón; el borde de la copa está cuajado de azucar. Sigo echando de menos el Xanax. Claudia se besa en la boca con la chica negra. Sabe que, aunque la vea, mañana no podré asegurar si no lo he soñado. Dos chicas rubias de baja estatura se me acercan, se me aprietan a las caderas y comienzan a moverse, a bailar; parecen gemelas. Entre las dos me empujan hasta la zona de los sillones; hay uno libre. No sé si es el cubata o las drogas o los dos, pero ya sentados una de las chicas comienza a bajarme la bragueta y no hago nada por detenerla. La misma chica que me dijo que si me acordaba de ella, viene otra vez y me tira su bebida encima, me grita: ¡eres un cabrón! Y se va. La otra rubia me desabrocha dos botones de la camisa. Miro el reloj. Será por las drogas, pero fuera ya debe estar amaneciendo. Entre la gente veo a Claudia de vez en cuando, que sigue comiendo lengua de negra. Me relajo.

Alguien me zarandea. No han pasado ni veinte minutos, o eso creo. Claudia me mira, me dice: vamonos, es muy tarde. Las gemelas rubias están recostadas sobre mí. Me miro la camisa y veo una mancha de lo que parece esperma. Todo está borroso. Caminamos entre la poca gente que queda. Alguien detiene una limusina fuera del local. Entramos en ella. El sol está a punto de salir. Claudia se recuesta sobre mí. Agotados, entramos en el hotel, en el ascensor, en nuestra habitación. Nos dejamos caer.

 

Cuando despierto me entra el pánico, comienzo a dar vueltas por la habitación pensando: Xanax, Xanax, Xanax…

Me meto una pastilla en la boca y cuando me empieza a hacer efecto me enciendo un cigarrillo. Claudia sigue en la cama, despierta. Lee con ojos entornados un libro de Bret Easton Ellis. Son las doce del mediodía y pienso que no hemos acudido al desfile, que era hace una hora. Claudia dice mirando el libro: el desfile se ha suspendido, Roberto ha tenido un infarto esta mañana, pero ya está bien. Respiro aliviado y me dispongo a utilizar el jacuzzi de la terraza. Me estoy quitando la ropa mientras le digo a Claudia que quién era aquella negra, y por qué le estaba comiendo la boca.

– Joder, tío… eso lo has soñado.

– No… la verdad, no creo.

– Siempre te digo que la única mujer a la que me tiraría sería Madonna… y cada vez menos.

– No me…

– Sin embargo – me interrumpe –, aquella rubia sí que te hizo una mamada a ti. Pero, aunque no me hace ni puta gracia, te lo perdono, porque estabas totalmente ido. Siempre compras el doble de la droga que necesitas. Y además, ya tienes el Xanax – parlotea, sin apartar la vista del libro.

Desisto de seguir hablando con ella, y me quedo totalmente desnudo para meterme en el jakuzzi. Cojo mi mp3, en él tengo el What´s the Story Morning Glory de Oasis y el Black Album de Metallica. Con la melodía alucinógena del Wondewall vuelvo a pensar en aquella chica a la que no conseguí recordar. Y sigo sin recordarla, no consigo ni recordar la pinta que tenía ayer. Claudia comienza a dar vueltas por la habitación, histérica, y dice que si yo no voy a estar dispuesto a follármela ahora, por lo menos podría ayudarla a encontrar su consolador.

 

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Tierra

Dios, en serio, cómo me molesta el puto sol en la cara. Cómo me gustaría haber nacido perro domestico, o planta o vaca. Qué pereza me da ir a dormir y luego qué pereza me da levantarme. Qué asco me da poner la tele, y qué asco me da apagarla y el silencio. Qué duro resulta hacer el papel cada día para todo el mundo. Qué fría y del montón resultas una vez ya te he conocido. Qué coñazo es que las cosas sean misteriosas y fascinantes hasta que te ves envuelto en ellas. Qué tontería es salir a dar una vuelta en coche si no vives en Arizona y no puedes atravesar desiertos, qué triste es cuando lo único que hay son semáforos y colas. Qué caliente está siempre la comida y qué mala cuando comienza a enfriarse. Qué malas son las guerras y qué frustrante es que ya solo me parezcan relleno en el telediario. Qué fútiles resultan las ideas si no son ellas las que han dado contigo, qué aburridas, qué poca gracia. Qué aburrimiento mirarse al espejo, qué decepción todos los días. Qué nerviosismo, porque lo que se tiene siempre es la antesala de lo que se quiere, y otra vez, y otra. Y otra vez, y así siempre, hasta que vuelves a poner la tele, y vuelves a apagarla y vuelve a aterrorizarte el silencio. Qué círculo vicioso en el que todo acaba. Qué constante miedo por perder todo eso que te deja fatigado cada día. Qué Dios te salvará, qué ángel, qué mujer u hombre, qué servicio a domicilio. Con qué cuchara se come esta puta sopa, qué tenedor se usa aquí, quiénes son tus amigos, qué dicen de ti. Cómo se ve tu vida desde fuera. Y si eres niña, qué dijeron tus padres, que esperaban un varón. Qué se puede decir si ya eres varón y ha dado igual. Quién coño hace tantas preguntas para no dar ninguna solución. Quién espera. Quién ayuda. Quién resuelve. Qué coño hace esa princesa con ese. Quién mierda quiere venderse como si fuera el príncipe. A dónde vas, mira a tu alrededor antes. Por favor, fíjate, no tropieces. Qué narices hace todo lleno de baches. El suelo no acaba nunca de hundirse, tú nunca acabas de sonreír, no hay manera. Sonríe, vamos, sonríe, sonrííííííe. O mejor, haz lo que quieras. La mano, o los dedos, a veces se convierten en una gran solución. Quién dijo que la soledad… que… quién mierda lo dijo. Mírate cinco minutos al ombligo. Uno, dos… Vale, quizá no ha servido de nada, era una forma de hablar. Pero es igual, tranquilo, a nadie el importa una mierda el fondo. Si eres hombre, no sé, cuenta chistes malos. Y si eres mujer, pues da tus medidas, venga. Quién decidió poner tantos límites para hacer inabastable la injusticia. Qué frío está el cañón de la pistola cuando has tomado una decisión impopular, y qué sensación de alivio a veces al arrepentirse. Y sales. Y quién le dio a las drogas propiedades sugestivas y placenteras. Quién asoció el sexo con el sida. Quién puso el alcohol en nuestras manos. Qué mente retorcida nos puso aquí para que nos matáramos o para morir. A quién se le ocurren semejantes ideas. Cuánta crueldad, cuánto poder, cuánta pobreza. Pero no damos para más; bebe, baila, pon la tele. En serio, hay que distraerse, Hey girl, Hey boy, Superstar Djs, ¡Here we go! Blancanieves te espera, sigue buscando, el cielo sigue abierto, el sol nos da en la cara, no existen los príncipes, no hay futuro, solo un trozo de vida. Quién nos dio la capacidad de juzgar. Cuándo moriremos. Qué hacemos aquí. Quién la cagó tanto. Qué haces desde las cinco de la mañana hasta las dos de la tarde. Por qué. O qué haces por las noches. O todo el día. Quién nos impuso el trabajo. Quién cree aún en lo de la manzana. Y por qué no una fresa, o el sexo. Qué mota minúscula puede concentrar más ridículo en el espacio, cuál que no sea la Tierra. Y ahí sigue la estrella, invadiéndolo todo, dejándonos a todos en evidencia. Nos deslumbra mientras morimos pobres o somos millonarios o ponemos la tele o nos quejamos. Nos ilumina mientras decidimos cual va a ser la mejora humana con la que vamos a hacer que todo esto que llamamos vida se convierta en muerte, en más muerte. Para que así, esa mota espacial y temporal que somos, dé paso a algo mejor y más brillante.

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Animales

Mónica escruta su plato, su entrecot, la salsa, desvía la vista hacia el pan, coge cuchillo y tenedor. Mónica corta un trozo de carne, y antes de metérselo en la boca, me mira y dice:

– Por regla general no suelo hacer esto.

– ¿Esto?

– Esto, comer carne.

– Pues… podías haber… pedido otra cosa.

– ¡No!, no. Me gusta la carne. Es solo que no me gusta la idea de que esto haya sido antes algo capaz de sentir. Antes de que sólo pareciera un plato de quince euros, ¿entiendes?…

Asiento, bastante aterrorizado. Ella piensa que no tengo novia. Cada palabra que sale de su boca no parece durar más de una fracción de segundo. Lleva el pelo rubio, largo, cardado de tal forma que podría ser una chica Playboy de los ochenta. El vestido de una pieza parece vaya a reventar, haciendo que se le marquen los pezones. No consigo recordar cuándo decidí quedar aquí con ella. Y no consigo recordar por qué, sexo aparte. Engulle toda la carne antes animal vivo, y la miro y no se me ocurre nada que pueda ir más allá del sudor. El restaurante es tan caro que parece que todas las mujeres se ven obligadas a competir con la decoración. Y ella va y dice:

– ¿Piensas que soy una zorra, verdad?

Sí, pienso, joder, claro que sí, y digo:

– No, ¿por qué?

– Ya… No suelo ir vestida así, no sé por qué hoy me ha dado por ir en plan putón.

Los hombres que habitan el restaurante miran a Mónica, vuelven su cabeza cuando creen que nadie les ve, cuando sus parejas están en el lavabo. Te imaginas a un diseñador dibujando el vestido que lleva Mónica ignorando que son estas cosas las que nos convierten en misóginos. Miro a esta mujer y soy consiente de que ella puede sacar lo peor de mí. No hay nada en ella ahora mismo que no sugiera la idea de follar hasta desfallecer.

No dice nada que me interese realmente. No parece estar demasiado interesada por mí y actúa como si cada día tuviera esta cena con un tío distinto. Probablemente es así. Cuando mi novia ve a chicas como esta siempre saca las uñas, y siempre tiene razón. Mónica ataca su comida sin ningún complejo. Mi móvil suena. Me disculpo y salgo del restaurante. Mi novia;

– Hola – digo.

– … – me dice.

– Sí, lo siento, es que aún tardaré un par de horas.

– … – se rinde.

– Muy bien, un beso, te llamo.

Vuelvo al interior del comedor de lujo. Mónica me mira, interrogante;

– Un compañero de trabajo – digo. Apago el móvil. Ya tenemos los postres delante y estos ya no han sido un animal antes y Mónica no dice nada desde hace un rato. Mónica suda por la frente de tanto como ha comido. Clava su cuchara en la bola de limón y luego la chupa como si estuviera sedienta. Sonríe. Noto cómo mete su pie derecho descalzo por debajo de mi pantalón. Y me dice que en su casa, que prefiere que vayamos a su casa.

Y vamos a su casa y follamos y me comenta que nunca es tan impulsiva y quedamos para otro día y un día llamo a mi novia y le digo que tengo que hablar con ella y en un bar hablamos y ella se pone a llorar. Se va del bar porque le digo que ya no es como al principio, ya no me gusta, me aburre estar con ella. Y se acabó. Y esta parte no es tan corta pero así es como estaría bien que fuera, tres puntos y algunas comas. Porque lo que pasa luego es otra vez el principio de algo. Otra vez la vida es genial porque ella no es carnívora, no es impulsiva. No en el fondo. Y a quién le importa el fondo. A nadie le importa un comino, y a mí tampoco, ni a ella. Dinero y cambios es lo que está de moda. Ser atractivo está de moda, vestir bien, Mónica y sus tetas están de moda. Paseamos y hacemos el paripé y cenamos y hacemos cuentas hasta que llega la hora de los orgasmos, porque el amor ha muerto desde que todo el mundo sabe que es temporal. Nos dedicamos a ser drásticos y a Mónica le comienza a gustar que la azote durante el sexo. Así que lo hago, y a mí también me gusta que me clave las uñas en la espalda. Hasta que acaba el show y llega el día siguiente que da paso al día siguiente y así todos los días hasta que Mónica me habla del orgasmo espinal. Me dice que quiere correrse así, que tengo que cogerla por el cuello hasta que casi pierda el sentido en el momento del orgasmo. Al evitar que llegue oxígeno al cerebro durante unos segundos se obtiene un orgasmo del que la gente que lo practica solo habla en susurros. A Mónica le parece fantástica la idea de que eso a todo el mundo le parezca aberrante. Esa es nuestra forma de amor, nuevas estratagemas para que el momento más importante del día sea cada vez más depravado e inhumano. Lo que nadie llamaría “hacer el amor”. Lo que hay entre los dos tiene que ser atroz, el otro extremo de los paseos por el parque y las bodas por la iglesia. Lo que hay entre nosotros es donde ha culminado lo obsoleto, lo romántico, adolescentes llorosas rechazadas. Esa clase de sufrimiento no compensa en placer en la balanza casi nunca. No si te empeñas en creer en la bondad del ser humano que aunque esté contigo sigue teniendo donde elegir. Coger por el cuello a Mónica durante el sexo está significando nuestra unión más fuerte, la muerte de la monogamia, la forma más sincera de humanidad descontrolada. Así es como intentamos cambiar el mundo, mostrándonos a él como lo que somos; animales, como los que acaban en los platos de los restaurantes rodeados de trocitos de zanahoria. Llevamos nuestro rollo cada día hasta el extremo, convirtiendo nuestras citas de cines y heladerías en sesiones de silencio relajado en las que ninguno tiene por qué hacerle la pelota al otro. Lo que llamarías individualismo en pareja; yo te invito al cine pero esta noche tienes que lucirte como nunca, otra vez.

Y muchas veces vamos a habitaciones de hotel con el objetivo de despertar con el ruido a cualquiera que esté pared con pared. Vamos con maletas llenas de juguetes con los que Mónica experimenta. Esto es lo que se llama: modificación de la realidad que te quieren vender. Más que amor, procura que el lubricante que compras sea efectivo; más que un polvo, usa la marcha atrás antes de correrte para alargar más la historia. Porque esto es una historia, y ya no hay mucha gente que crea en las historias romanticas que acaban bien.

Lo que pasa nuestra última noche es que no siempre las cosas salen según el plan. Llegamos a una habitación de hotel, después de una hora de coche. Y una vez en la habitación, Mónica comienza a dejar toda su ropa desperdigada por el suelo de dos estrellas.

Cuando el plan es el orgasmo espinal, no es una buena idea que te corras al mismo tiempo que tu pareja, no es bueno perder el control en ese momento en el que tu acompañante vuelve a necesitar aire. Así que lleno la punta del condón de esperma, y lo siguiente que veo es que Mónica tiene la sonrisa congelada. Y no se mueve. Y no es que me entristezca la idea de su muerte porque me haya enamorado de ella, es solo que no me gusta la idea de que ella haya sido antes algo capaz de sentir.

 

 

Viaje a Lourdes

Es cierto, a veces divago como un chiflado con fantasías que duran años y pasan por mi cabeza en cuestión de minutos, o incluso horas.

Así soy, es cierto.

En la barra de bar de un burdel, con una chica bailando encima, esquivando mi cubata, con chicas que vienen a intervalos de dos minutos, a las que rechazo, y con el sentido común cada vez más anulado, me siento bien. O es lo más cerca que estoy de sentirme bien. Dicen que la felicidad tiene que ver con tener la conciencia tranquila. Debe ser eso.
Siempre viene aquí una chica que no es prostituta, y se sienta a mi lado. Ella sólo está en mi cabeza. La señorita indiferencia. Nadie más la ve, y al igual que la muerte, trabaja en todos los lados, omnipresente. Es curioso que tanto la muerte como la indiferencia tengan el articulo “La” delante. Piensas en que hay otro concepto que es Dios, que es masculino, y sin embargo aún no he notado actividad que pueda denotar su existencia. Quizá eso quiera decir en cierto modo que la existencia de la mujer tiene sentido y es real, y que la existencia del hombre sólo tiene fines reproductores; cualquiera que me vea aquí sentado borracho, aunque sólo fuera por un minuto, no tendría dudas.
– ¿Otra vez aquí? – me dice, la indiferencia, claro.
– Sí.
– No se por qué vienes aquí.
– ¿Tú no lo sabes?
Mi fantasía, como la de muchos hombres corrientes, es rubia, guapa, como un cruce de Cameron Díaz y… no sé, otra rubia guapa. No sé si es mi conciencia o si es mi demonio o mi ángel o un oráculo. Sólo hablo con ella cuando estoy muy borracho. Bueno, es verdad, miento. La demás gente me ve hablar solo, pero nunca molesto a nadie y nadie me dice nada.
– Lo cierto es que si vienes aquí para no hacer nada – me dice ella -, podrías ir a no hacer nada a otro lado. Un día, por casualidad, te podrían ver salir de aquí tus hijos.
– Qué hijos…
Hijos… te enamoras un día y en unos cuantos polvos te ves en una tienda comprando zapatos diminutos. Yo no tengo hijos. Mis fantasías no se acuerdan de las cosas de una vez para otra; así siempre me puedo desahogar sin resultar pesado. Tampoco tengo mujer.
Salgo del tugurio y el sol me da en la cara sin piedad. No sé qué hora es, pero no miro el reloj. La señorita indiferencia no está ya, es decir, más o menos siempre está, pero ya no la veo. Hay que concentrase en seguir adelante. Llego a casa.
Me espera un día de arduo trabajo y no tengo ganas de hacerlo. Y no lo hago. Es la primera vez que voy a obviar mis obligaciones. Es el día del Señor, joder. No he dormido y ya está, no tengo por qué maltratar mi vida de esta manera, mi dignidad no merece esto.
Mientras camino por la calle, la indiferencia vuelve a aparecer haciendo ruido con sus zapatos de tacón, y sonriendo, rubia, triunfal.
– ¿No vas a ir a trabajar?
– No.
– ¿Y eso?
– ¿Tú me lo preguntas?
No es alarmante, la mayoría de gente dialoga con preguntas. Poca gente tiene respuestas convincentes. Es verdad que yo hablo solo. Pero también es cierto que normalmente la gente no escucha cuando le hablas. Todo es una cuestión de apariencia. Si hay alguien a tu lado nadie te tomará por loco. Haz amigos, cásate, ten hijos. O si no, haz lo que quieras. Aunque puede que realmente te apetezca casarte, etc. Yo de momento prefiero seguir hablando solo.
La soledad, bueno, en fin… Por las noches, utilizar la mano izquierda es un buen sistema cuando das con la fantasía adecuada.

Cuando casi todo es anodino y sólo trabajas y vas a dormir y trabajas y vas a dormir, pues bueno, el tiempo pasa volando. Así que ya han pasado dos años.
Aquel día que no fui a trabajar cogí un avión y me fui a Milán. Después volví, a los dos días. Aquel viaje no significó nada para mí.

Un día, una de las chicas del burdel me dijo que yo le gustaba, que me lo haría gratis. Creo que era la única española del lugar. Me rendí, pensando que al acabar me cobraría y que todo era cuento. Pero no, despidieron a la chica. Noelia.
Ahora está abierta de piernas, pariendo. La quiero, de verdad, pero es repugnante. Pienso que hay gente que graba estas cosas para tener un filtro, para no tener que mirar a una mujer desgarrada sin más. Mientras ella da a luz, una enfermera está intentando limpiar mis vómitos. Me dicen que salga, por favor. No me siento emocionado, sólo profundamente mareado. Parece que me voy a morir. Un crío, ¿qué voy a hacer con un crío? Lo quisimos así, aún no sé el sexo. Si es niña y se parece a la madre, será guapa, sin duda. He tenido pesadillas en las que intento meter mano a mi propia hija, cuando ella ya ha entrado en la adolescencia. Luego despierto y me siento como una basura.
Al cabo de media hora sale el doctor, sonriente. Es una niña. Entro a ver a Noelia, que tiene un trozo de carne redondo y ensangrentado en sus brazos, envuelto en una manta; mi hija. Lourdes; lo decidimos los dos.
Los primeros días resulta hipnótico mirarla. Por primera vez sabría diferenciar a un bebé de todos los demás, y por primera vez unos excrementos no me huelen mal; sólo me huelen. Y sí, siento esa sensación de que podría hacer cualquier cosa por ella; por Lourdes. Me estoy empezando a parecer cada vez más a los demás. Escucho música comercial, puedo ver el telediario perfectamente mientras como, ya no bebo tanto como antes, no veo a la señorita indiferencia desde hace mucho, y hasta he dejado de hablar solo. Me encanta este tipo de felicidad que siento ahora. Ya no tengo conciencia colectiva, no me afectan las guerras lejanas, no me da miedo de la contaminación y puedo fingir que me hace gracia lo que me dice la gente. Lo dicho, como los demás.
Quizá este comportamiento nuevo que tengo se deba a que Lourdes no siente ni sabe de nada de lo que le rodea, y ahora eso es lo único que me importa; lo que ella sabe, lo que ella siente.

Pasan cinco años. La niña crece muy rápido y mis sospechas se cumplen, es como Noelia. Es más, físicamente es una versión mejorada. Mi niña. Es cierto que aún es muy pequeña, pero he visto fotos de Noelia y no era así, ella era más tosca. Lourdes en cambió es más dulce, más Lourdes.
El hecho de que Noelia y yo nos divorciáramos hace dos años no la pudo afectar, y me alegro. Tampoco le afectó que su madre llenara la bañera y se encerrara en el cuarto de baño hace dos meses. La policía metió la navaja con sus huellas en una bolsita. Sospechaban de mí.

Me siento morir, otra vez. Ha vuelto la bebida y sufro igual que sufría antes. Cuando eres pequeño todo va a cámara lenta, y en la edad adulta todo pasa a toda leche. Un día veo a Lourdes sentada en mis rodillas, y al día siguiente trae a un chico a casa porque ya tiene dieciséis años. Las pesadillas que tenía no se cumplen. No miro a mi hija con deseo, pero sé lo que tiene, y sí, desearía matar a sus novios lentamente. Sé lo que buscan.

En el entierro de Noelia, su madre me dijo que su hija iría al infierno; había sido prostituta y encima se había suicidado. Escupió encima del ataúd. Noelia no merecía aquello; casi diría que tuvo mala suerte al cruzarse conmigo en la vida. Aunque no sé qué pasó para que nos separáramos, y tampoco se por qué se suicidó. Y nunca lo sabré. No exactamente. Nadie lo sabrá. No se puede estar seguro de nada como no puedes entregar tus esperanzas a una creencia, cualquiera que sea. La madre de Noelia no pensaba igual. Yo también quisiera ser así. Me he pasado la vida estudiando, analizando y enterándome de las cosas, sin darlas nunca por sentado; y llegas a la conclusión de que el conocimiento es amigo del sufrimiento. En serio, son íntimos. Cuanto más sabes más tiende a afectarte lo que te rodea. Me he vuelto más sensible con el tiempo a medida que sabía más y más. Yo, profesor de universidad, y todo cuanto necesitas para que te respeten absolutamente, y aquí estoy, y soy un desgraciado, cuando hay fontaneros que salen los domingos a pasar el día con su familia, con una sonrisa en la cara. Yo no tengo problemas para llegar a fin de mes. He publicado dos libros y conseguido cierta celebridad, sin embargo preferiría ser uno de esos fontaneros. Tiene sentido.

Con el tiempo se me pasa la depresión; pasa cuando tienes dinero. Voy a épocas. Mi hija es el motor que hace que todo esto siga funcionando. Estamos hoy, un día cualquiera, sentados, los dos, comiendo. Lourdes cumple mañana los diecisiete años. Está distante. Casi no me habla. Creo que es porque hace dos días interrogué a uno de sus amigos, que vino a hacer un trabajo con ella.
Si ella me dejara de hablar definitivamente, me hundiría, no podría seguir. El día pasa. Intento darle conversación y hacerla reír. Mi niña es un encanto, pero si quiere puede ignorarte al cien por cien. Y lo está haciendo conmigo. Llega la noche y se encierra en su cuarto. Puedo oír a los Chemical brothers a todo trapo. Se siente capaz de hacer lo que quiera conmigo; sabe que puede hacer lo que quiera conmigo; yo lo sé.
Al día siguiente, al levantarme, ya se ha ido a clase. Me maldigo a mi mismo por no haber ido a despertarla con un beso. Debería haber sido yo quien la felicitara primero y quien le diera un abrazo. Pero la he cagado, otra vez.
Me paso la mañana nervioso, esperando a que llegue para comer. No puedo concentrarme para escribir si la musa no está presente, sonriente en mi cabeza.
Espero sentado en un sillón cercano a la puerta, con tembleque en las rodillas y ensayando lo que le voy a decir. Pero no sé que decirle. No sé lo que se le dice a una chica mosqueada de diecisiete años para que te perdone, nunca lo he sabido.
Al oír girar la llave en la cerradura, respiro hondo. Ella entra y la saludo tímidamente. La felicito y me responde secamente agradecida. Esto no marcha.
He preparado cordero con patatas para la comida; sé que le gusta. Comenzamos a comer y no tengo fuerzas para seguir luchando con ella. Ya no sé ni cómo voy a dar pie para darle el regalo. No sé que hacer; nunca lo he sabido menos.
Llega la hora de los postres.
Antes de atacar a su flan, Lourdes se me queda mirando. Hace un puchero medio sonriente y burlón y le brillan los ojos. Me está perdonando. Debe verme muy mal.
– Levántate de la silla – me dice, con una amplia sonrisa.
Me levanto algo desconcertado. Ella se me acerca y comienzo a oler su perfume de adolescente más madura que yo. Me separa los brazos y me abraza. Me dice que no esté triste. Me dice esas cosas que te dan vitalidad para seguir luchando durante mucho tiempo más, teniendo en cuenta que salen de su boca. Yo la abrazo también, intentando que no me vea a punto de llorar. Nadie me ha hecho llorar tanto como ella siempre, de felicidad, de miedo.
Mantiene el abrazo y yo me alegro.
– ¿Ya está, cariño?
Y su voz ha cambiado.
– ¿Ya está?
Y otra voz;
– Es un encanto, paga cincuenta euros sólo porque le abracen…
Y oigo risas. Me separo de mi abrazo y veo a Juliette, una puta, una de las prostitutas. Me vuelvo hacia la barra, alguien ha tumbado mi sexto cubata; la chica que estaba bailando en la barra. Alguien dice:
– Vamos a cerrar, cariño.
La señorita indiferencia esta allí, todavía, a mi lado.
– ¿Otra vez en el mundo de Oz, cariño?
– ¿Tú me lo preguntas?

Y sí, a veces divago como un chiflado.
Salgo del tugurio y recuerdo que es domingo, y que tengo que ir a trabajar. Pero creo que no iré.
Me voy a casa a dormir. Por la tarde, cuando despierto, cojo el primer vuelo a Milán. Tengo que huir hacia algún tipo de realidad que no sea la mía. No sé que va a pasar. La señorita indiferencia está sentada a mi lado en el avión;
– Vaya – me dice –, así que al final vas a dar un paso real hacia alguna parte. Dejando de lado el trabajo. Ahora que te estaba cogiendo cariño…
– No pasa nada con mi trabajo, siempre se necesitan fontaneros.
El avión surca el cielo hacia el cambio, para bien o para mal. Un cambio que necesito. Buscando algo bueno de verdad.

 

 

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