Viaje a Lourdes

Es cierto, a veces divago como un chiflado con fantasías que duran años y pasan por mi cabeza en cuestión de minutos, o incluso horas.

Así soy, es cierto.

En la barra de bar de un burdel, con una chica bailando encima, esquivando mi cubata, con chicas que vienen a intervalos de dos minutos, a las que rechazo, y con el sentido común cada vez más anulado, me siento bien. O es lo más cerca que estoy de sentirme bien. Dicen que la felicidad tiene que ver con tener la conciencia tranquila. Debe ser eso.
Siempre viene aquí una chica que no es prostituta, y se sienta a mi lado. Ella sólo está en mi cabeza. La señorita indiferencia. Nadie más la ve, y al igual que la muerte, trabaja en todos los lados, omnipresente. Es curioso que tanto la muerte como la indiferencia tengan el articulo “La” delante. Piensas en que hay otro concepto que es Dios, que es masculino, y sin embargo aún no he notado actividad que pueda denotar su existencia. Quizá eso quiera decir en cierto modo que la existencia de la mujer tiene sentido y es real, y que la existencia del hombre sólo tiene fines reproductores; cualquiera que me vea aquí sentado borracho, aunque sólo fuera por un minuto, no tendría dudas.
– ¿Otra vez aquí? – me dice, la indiferencia, claro.
– Sí.
– No se por qué vienes aquí.
– ¿Tú no lo sabes?
Mi fantasía, como la de muchos hombres corrientes, es rubia, guapa, como un cruce de Cameron Díaz y… no sé, otra rubia guapa. No sé si es mi conciencia o si es mi demonio o mi ángel o un oráculo. Sólo hablo con ella cuando estoy muy borracho. Bueno, es verdad, miento. La demás gente me ve hablar solo, pero nunca molesto a nadie y nadie me dice nada.
– Lo cierto es que si vienes aquí para no hacer nada – me dice ella -, podrías ir a no hacer nada a otro lado. Un día, por casualidad, te podrían ver salir de aquí tus hijos.
– Qué hijos…
Hijos… te enamoras un día y en unos cuantos polvos te ves en una tienda comprando zapatos diminutos. Yo no tengo hijos. Mis fantasías no se acuerdan de las cosas de una vez para otra; así siempre me puedo desahogar sin resultar pesado. Tampoco tengo mujer.
Salgo del tugurio y el sol me da en la cara sin piedad. No sé qué hora es, pero no miro el reloj. La señorita indiferencia no está ya, es decir, más o menos siempre está, pero ya no la veo. Hay que concentrase en seguir adelante. Llego a casa.
Me espera un día de arduo trabajo y no tengo ganas de hacerlo. Y no lo hago. Es la primera vez que voy a obviar mis obligaciones. Es el día del Señor, joder. No he dormido y ya está, no tengo por qué maltratar mi vida de esta manera, mi dignidad no merece esto.
Mientras camino por la calle, la indiferencia vuelve a aparecer haciendo ruido con sus zapatos de tacón, y sonriendo, rubia, triunfal.
– ¿No vas a ir a trabajar?
– No.
– ¿Y eso?
– ¿Tú me lo preguntas?
No es alarmante, la mayoría de gente dialoga con preguntas. Poca gente tiene respuestas convincentes. Es verdad que yo hablo solo. Pero también es cierto que normalmente la gente no escucha cuando le hablas. Todo es una cuestión de apariencia. Si hay alguien a tu lado nadie te tomará por loco. Haz amigos, cásate, ten hijos. O si no, haz lo que quieras. Aunque puede que realmente te apetezca casarte, etc. Yo de momento prefiero seguir hablando solo.
La soledad, bueno, en fin… Por las noches, utilizar la mano izquierda es un buen sistema cuando das con la fantasía adecuada.

Cuando casi todo es anodino y sólo trabajas y vas a dormir y trabajas y vas a dormir, pues bueno, el tiempo pasa volando. Así que ya han pasado dos años.
Aquel día que no fui a trabajar cogí un avión y me fui a Milán. Después volví, a los dos días. Aquel viaje no significó nada para mí.

Un día, una de las chicas del burdel me dijo que yo le gustaba, que me lo haría gratis. Creo que era la única española del lugar. Me rendí, pensando que al acabar me cobraría y que todo era cuento. Pero no, despidieron a la chica. Noelia.
Ahora está abierta de piernas, pariendo. La quiero, de verdad, pero es repugnante. Pienso que hay gente que graba estas cosas para tener un filtro, para no tener que mirar a una mujer desgarrada sin más. Mientras ella da a luz, una enfermera está intentando limpiar mis vómitos. Me dicen que salga, por favor. No me siento emocionado, sólo profundamente mareado. Parece que me voy a morir. Un crío, ¿qué voy a hacer con un crío? Lo quisimos así, aún no sé el sexo. Si es niña y se parece a la madre, será guapa, sin duda. He tenido pesadillas en las que intento meter mano a mi propia hija, cuando ella ya ha entrado en la adolescencia. Luego despierto y me siento como una basura.
Al cabo de media hora sale el doctor, sonriente. Es una niña. Entro a ver a Noelia, que tiene un trozo de carne redondo y ensangrentado en sus brazos, envuelto en una manta; mi hija. Lourdes; lo decidimos los dos.
Los primeros días resulta hipnótico mirarla. Por primera vez sabría diferenciar a un bebé de todos los demás, y por primera vez unos excrementos no me huelen mal; sólo me huelen. Y sí, siento esa sensación de que podría hacer cualquier cosa por ella; por Lourdes. Me estoy empezando a parecer cada vez más a los demás. Escucho música comercial, puedo ver el telediario perfectamente mientras como, ya no bebo tanto como antes, no veo a la señorita indiferencia desde hace mucho, y hasta he dejado de hablar solo. Me encanta este tipo de felicidad que siento ahora. Ya no tengo conciencia colectiva, no me afectan las guerras lejanas, no me da miedo de la contaminación y puedo fingir que me hace gracia lo que me dice la gente. Lo dicho, como los demás.
Quizá este comportamiento nuevo que tengo se deba a que Lourdes no siente ni sabe de nada de lo que le rodea, y ahora eso es lo único que me importa; lo que ella sabe, lo que ella siente.

Pasan cinco años. La niña crece muy rápido y mis sospechas se cumplen, es como Noelia. Es más, físicamente es una versión mejorada. Mi niña. Es cierto que aún es muy pequeña, pero he visto fotos de Noelia y no era así, ella era más tosca. Lourdes en cambió es más dulce, más Lourdes.
El hecho de que Noelia y yo nos divorciáramos hace dos años no la pudo afectar, y me alegro. Tampoco le afectó que su madre llenara la bañera y se encerrara en el cuarto de baño hace dos meses. La policía metió la navaja con sus huellas en una bolsita. Sospechaban de mí.

Me siento morir, otra vez. Ha vuelto la bebida y sufro igual que sufría antes. Cuando eres pequeño todo va a cámara lenta, y en la edad adulta todo pasa a toda leche. Un día veo a Lourdes sentada en mis rodillas, y al día siguiente trae a un chico a casa porque ya tiene dieciséis años. Las pesadillas que tenía no se cumplen. No miro a mi hija con deseo, pero sé lo que tiene, y sí, desearía matar a sus novios lentamente. Sé lo que buscan.

En el entierro de Noelia, su madre me dijo que su hija iría al infierno; había sido prostituta y encima se había suicidado. Escupió encima del ataúd. Noelia no merecía aquello; casi diría que tuvo mala suerte al cruzarse conmigo en la vida. Aunque no sé qué pasó para que nos separáramos, y tampoco se por qué se suicidó. Y nunca lo sabré. No exactamente. Nadie lo sabrá. No se puede estar seguro de nada como no puedes entregar tus esperanzas a una creencia, cualquiera que sea. La madre de Noelia no pensaba igual. Yo también quisiera ser así. Me he pasado la vida estudiando, analizando y enterándome de las cosas, sin darlas nunca por sentado; y llegas a la conclusión de que el conocimiento es amigo del sufrimiento. En serio, son íntimos. Cuanto más sabes más tiende a afectarte lo que te rodea. Me he vuelto más sensible con el tiempo a medida que sabía más y más. Yo, profesor de universidad, y todo cuanto necesitas para que te respeten absolutamente, y aquí estoy, y soy un desgraciado, cuando hay fontaneros que salen los domingos a pasar el día con su familia, con una sonrisa en la cara. Yo no tengo problemas para llegar a fin de mes. He publicado dos libros y conseguido cierta celebridad, sin embargo preferiría ser uno de esos fontaneros. Tiene sentido.

Con el tiempo se me pasa la depresión; pasa cuando tienes dinero. Voy a épocas. Mi hija es el motor que hace que todo esto siga funcionando. Estamos hoy, un día cualquiera, sentados, los dos, comiendo. Lourdes cumple mañana los diecisiete años. Está distante. Casi no me habla. Creo que es porque hace dos días interrogué a uno de sus amigos, que vino a hacer un trabajo con ella.
Si ella me dejara de hablar definitivamente, me hundiría, no podría seguir. El día pasa. Intento darle conversación y hacerla reír. Mi niña es un encanto, pero si quiere puede ignorarte al cien por cien. Y lo está haciendo conmigo. Llega la noche y se encierra en su cuarto. Puedo oír a los Chemical brothers a todo trapo. Se siente capaz de hacer lo que quiera conmigo; sabe que puede hacer lo que quiera conmigo; yo lo sé.
Al día siguiente, al levantarme, ya se ha ido a clase. Me maldigo a mi mismo por no haber ido a despertarla con un beso. Debería haber sido yo quien la felicitara primero y quien le diera un abrazo. Pero la he cagado, otra vez.
Me paso la mañana nervioso, esperando a que llegue para comer. No puedo concentrarme para escribir si la musa no está presente, sonriente en mi cabeza.
Espero sentado en un sillón cercano a la puerta, con tembleque en las rodillas y ensayando lo que le voy a decir. Pero no sé que decirle. No sé lo que se le dice a una chica mosqueada de diecisiete años para que te perdone, nunca lo he sabido.
Al oír girar la llave en la cerradura, respiro hondo. Ella entra y la saludo tímidamente. La felicito y me responde secamente agradecida. Esto no marcha.
He preparado cordero con patatas para la comida; sé que le gusta. Comenzamos a comer y no tengo fuerzas para seguir luchando con ella. Ya no sé ni cómo voy a dar pie para darle el regalo. No sé que hacer; nunca lo he sabido menos.
Llega la hora de los postres.
Antes de atacar a su flan, Lourdes se me queda mirando. Hace un puchero medio sonriente y burlón y le brillan los ojos. Me está perdonando. Debe verme muy mal.
– Levántate de la silla – me dice, con una amplia sonrisa.
Me levanto algo desconcertado. Ella se me acerca y comienzo a oler su perfume de adolescente más madura que yo. Me separa los brazos y me abraza. Me dice que no esté triste. Me dice esas cosas que te dan vitalidad para seguir luchando durante mucho tiempo más, teniendo en cuenta que salen de su boca. Yo la abrazo también, intentando que no me vea a punto de llorar. Nadie me ha hecho llorar tanto como ella siempre, de felicidad, de miedo.
Mantiene el abrazo y yo me alegro.
– ¿Ya está, cariño?
Y su voz ha cambiado.
– ¿Ya está?
Y otra voz;
– Es un encanto, paga cincuenta euros sólo porque le abracen…
Y oigo risas. Me separo de mi abrazo y veo a Juliette, una puta, una de las prostitutas. Me vuelvo hacia la barra, alguien ha tumbado mi sexto cubata; la chica que estaba bailando en la barra. Alguien dice:
– Vamos a cerrar, cariño.
La señorita indiferencia esta allí, todavía, a mi lado.
– ¿Otra vez en el mundo de Oz, cariño?
– ¿Tú me lo preguntas?

Y sí, a veces divago como un chiflado.
Salgo del tugurio y recuerdo que es domingo, y que tengo que ir a trabajar. Pero creo que no iré.
Me voy a casa a dormir. Por la tarde, cuando despierto, cojo el primer vuelo a Milán. Tengo que huir hacia algún tipo de realidad que no sea la mía. No sé que va a pasar. La señorita indiferencia está sentada a mi lado en el avión;
– Vaya – me dice –, así que al final vas a dar un paso real hacia alguna parte. Dejando de lado el trabajo. Ahora que te estaba cogiendo cariño…
– No pasa nada con mi trabajo, siempre se necesitan fontaneros.
El avión surca el cielo hacia el cambio, para bien o para mal. Un cambio que necesito. Buscando algo bueno de verdad.

 

 

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5 comentarios en “Viaje a Lourdes

  1. a veces somos capaces de construirnos nuestras propias realidades paralelas cn solo cerrar los ojos…yo lo hago continuamente, cuando no me gusta lo que veo, lo que oigo…

    abrazos…tan necesarios y tan escasos hoy en día ¿verdad?

  2. Con tantas fantasías ¡¡debería escribir un libro el hombre!!

    “y llegas a la conclusión de que el conocimiento es amigo del sufrimiento. En serio, son íntimos” de acuerdo al 100 % 😉

    ¡Un beso!

  3. El profesor viaja a Milán. Su mirada atraviesa la ventanilla del avión perdida en una llanura de nubes que abarca todo cuanto alcanza a ver.
    La hija con la que mientras fue una niña había tenido una complicidad plena ya solo le profesa indiferencia. Su mujer ha muerto para todo lo que no sea la más absoluta cotidianidad entra la que obviamente hace mucho que no figura el sexo. Su mente analítica y racional utiliza ambos argumentos como la justificación a su búsqueda de putas cada vez más jóvenes.
    Está extremadamente serio, la sin razón de su vida lo atenaza, podría llorar sin lágrimas mientras se desliza sentado a escasos metros de las nubes, cuando incomprensiblemente se dibuja una sonrisa en su boca. El fontanero que les esta cambiando el cuarto de baño le ha explicado vehemente antes de salir de casa, un fin de semana de dominguero con mayúsculas en el que fue feliz con su familia.

    ¿Dónde estudio el fontanero la asignatura de la felicidad?

  4. enorme, tío, enorme.

    me encantan esos relatos en que te metes en el papel y luego todo es mentira. es el argumento mismo de la vida, las ilusiones y el desengaño.

    óle tus cojones, jordi.

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