Animales

Mónica escruta su plato, su entrecot, la salsa, desvía la vista hacia el pan, coge cuchillo y tenedor. Mónica corta un trozo de carne, y antes de metérselo en la boca, me mira y dice:

– Por regla general no suelo hacer esto.

– ¿Esto?

– Esto, comer carne.

– Pues… podías haber… pedido otra cosa.

– ¡No!, no. Me gusta la carne. Es solo que no me gusta la idea de que esto haya sido antes algo capaz de sentir. Antes de que sólo pareciera un plato de quince euros, ¿entiendes?…

Asiento, bastante aterrorizado. Ella piensa que no tengo novia. Cada palabra que sale de su boca no parece durar más de una fracción de segundo. Lleva el pelo rubio, largo, cardado de tal forma que podría ser una chica Playboy de los ochenta. El vestido de una pieza parece vaya a reventar, haciendo que se le marquen los pezones. No consigo recordar cuándo decidí quedar aquí con ella. Y no consigo recordar por qué, sexo aparte. Engulle toda la carne antes animal vivo, y la miro y no se me ocurre nada que pueda ir más allá del sudor. El restaurante es tan caro que parece que todas las mujeres se ven obligadas a competir con la decoración. Y ella va y dice:

– ¿Piensas que soy una zorra, verdad?

Sí, pienso, joder, claro que sí, y digo:

– No, ¿por qué?

– Ya… No suelo ir vestida así, no sé por qué hoy me ha dado por ir en plan putón.

Los hombres que habitan el restaurante miran a Mónica, vuelven su cabeza cuando creen que nadie les ve, cuando sus parejas están en el lavabo. Te imaginas a un diseñador dibujando el vestido que lleva Mónica ignorando que son estas cosas las que nos convierten en misóginos. Miro a esta mujer y soy consiente de que ella puede sacar lo peor de mí. No hay nada en ella ahora mismo que no sugiera la idea de follar hasta desfallecer.

No dice nada que me interese realmente. No parece estar demasiado interesada por mí y actúa como si cada día tuviera esta cena con un tío distinto. Probablemente es así. Cuando mi novia ve a chicas como esta siempre saca las uñas, y siempre tiene razón. Mónica ataca su comida sin ningún complejo. Mi móvil suena. Me disculpo y salgo del restaurante. Mi novia;

– Hola – digo.

– … – me dice.

– Sí, lo siento, es que aún tardaré un par de horas.

– … – se rinde.

– Muy bien, un beso, te llamo.

Vuelvo al interior del comedor de lujo. Mónica me mira, interrogante;

– Un compañero de trabajo – digo. Apago el móvil. Ya tenemos los postres delante y estos ya no han sido un animal antes y Mónica no dice nada desde hace un rato. Mónica suda por la frente de tanto como ha comido. Clava su cuchara en la bola de limón y luego la chupa como si estuviera sedienta. Sonríe. Noto cómo mete su pie derecho descalzo por debajo de mi pantalón. Y me dice que en su casa, que prefiere que vayamos a su casa.

Y vamos a su casa y follamos y me comenta que nunca es tan impulsiva y quedamos para otro día y un día llamo a mi novia y le digo que tengo que hablar con ella y en un bar hablamos y ella se pone a llorar. Se va del bar porque le digo que ya no es como al principio, ya no me gusta, me aburre estar con ella. Y se acabó. Y esta parte no es tan corta pero así es como estaría bien que fuera, tres puntos y algunas comas. Porque lo que pasa luego es otra vez el principio de algo. Otra vez la vida es genial porque ella no es carnívora, no es impulsiva. No en el fondo. Y a quién le importa el fondo. A nadie le importa un comino, y a mí tampoco, ni a ella. Dinero y cambios es lo que está de moda. Ser atractivo está de moda, vestir bien, Mónica y sus tetas están de moda. Paseamos y hacemos el paripé y cenamos y hacemos cuentas hasta que llega la hora de los orgasmos, porque el amor ha muerto desde que todo el mundo sabe que es temporal. Nos dedicamos a ser drásticos y a Mónica le comienza a gustar que la azote durante el sexo. Así que lo hago, y a mí también me gusta que me clave las uñas en la espalda. Hasta que acaba el show y llega el día siguiente que da paso al día siguiente y así todos los días hasta que Mónica me habla del orgasmo espinal. Me dice que quiere correrse así, que tengo que cogerla por el cuello hasta que casi pierda el sentido en el momento del orgasmo. Al evitar que llegue oxígeno al cerebro durante unos segundos se obtiene un orgasmo del que la gente que lo practica solo habla en susurros. A Mónica le parece fantástica la idea de que eso a todo el mundo le parezca aberrante. Esa es nuestra forma de amor, nuevas estratagemas para que el momento más importante del día sea cada vez más depravado e inhumano. Lo que nadie llamaría “hacer el amor”. Lo que hay entre los dos tiene que ser atroz, el otro extremo de los paseos por el parque y las bodas por la iglesia. Lo que hay entre nosotros es donde ha culminado lo obsoleto, lo romántico, adolescentes llorosas rechazadas. Esa clase de sufrimiento no compensa en placer en la balanza casi nunca. No si te empeñas en creer en la bondad del ser humano que aunque esté contigo sigue teniendo donde elegir. Coger por el cuello a Mónica durante el sexo está significando nuestra unión más fuerte, la muerte de la monogamia, la forma más sincera de humanidad descontrolada. Así es como intentamos cambiar el mundo, mostrándonos a él como lo que somos; animales, como los que acaban en los platos de los restaurantes rodeados de trocitos de zanahoria. Llevamos nuestro rollo cada día hasta el extremo, convirtiendo nuestras citas de cines y heladerías en sesiones de silencio relajado en las que ninguno tiene por qué hacerle la pelota al otro. Lo que llamarías individualismo en pareja; yo te invito al cine pero esta noche tienes que lucirte como nunca, otra vez.

Y muchas veces vamos a habitaciones de hotel con el objetivo de despertar con el ruido a cualquiera que esté pared con pared. Vamos con maletas llenas de juguetes con los que Mónica experimenta. Esto es lo que se llama: modificación de la realidad que te quieren vender. Más que amor, procura que el lubricante que compras sea efectivo; más que un polvo, usa la marcha atrás antes de correrte para alargar más la historia. Porque esto es una historia, y ya no hay mucha gente que crea en las historias romanticas que acaban bien.

Lo que pasa nuestra última noche es que no siempre las cosas salen según el plan. Llegamos a una habitación de hotel, después de una hora de coche. Y una vez en la habitación, Mónica comienza a dejar toda su ropa desperdigada por el suelo de dos estrellas.

Cuando el plan es el orgasmo espinal, no es una buena idea que te corras al mismo tiempo que tu pareja, no es bueno perder el control en ese momento en el que tu acompañante vuelve a necesitar aire. Así que lleno la punta del condón de esperma, y lo siguiente que veo es que Mónica tiene la sonrisa congelada. Y no se mueve. Y no es que me entristezca la idea de su muerte porque me haya enamorado de ella, es solo que no me gusta la idea de que ella haya sido antes algo capaz de sentir.

 

 

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7 comentarios en “Animales

  1. Quien juega con fuego al final se quema.

    Y como dice una amiga mía: “Lo mejor es empezar haciendo el amor para acabar follando”

  2. Uffff…El relato genial.
    Los “juegos de cama”,necesarios para que la rutina no acabe con la pareja…
    Hasta donde llegar?…eso ya…es a gusto del consumidor.
    “Todo vale”, si funciona…y dos estan de acuerdo.
    Un beso Jordi.

  3. Supongo que los límites deben ser no hacer daños, ni físicos ni morales, irreversibles.

    Ana, creo que mi amiga, tu y yo pasariamos ratos inolvidables.

  4. El sexo es adictivo…
    Una droga de nuestro cerebro…
    Pero yo tengo justo el problema al reves…
    Follo y disfruto poco del sexo..
    Lastima¡
    Claro he probado el solomillo, y ahora paso de los sandwich de jamon york
    Para eso me lo hago sola…

  5. muy ameno. introduces reflexiones en las que he meditado alguna vez. lo de los animales antes vivos presentados con trocitos de zanahoria. el fin del amor. tragedias cotidianas.

    el final me lo esperaba porque soy un malpensante profesional. pero no te has recreado nada y eso me gusta. dices lo justo con mucha ironía al final.

    eres mi Raymond Carver particular. pero más entretenido a veces.

    te sigo leyendo, crack.

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