Estilo

Al llegar a la habitación del hotel todo está infectado de Prada. Son las ocho de la tarde. Todo es elegante y sobrio. Hay una televisión inmensa encerrada en un mueble rectilíneo y frío color beish. Todo está enmoquetado. Es un Hotel de cinco estrellas y es tal como debe ser. Todo es in y huele bien, la habitación es inmensa. Me tomo un Xanax porque estoy histérico mientras Claudia saca una gramo de cocaína que hemos conseguido colar en el aeropuerto. Deja el gramo en su bolsita encima de una de las lustrosas mesillas que flanquean la cama de matrimonio, en el enorme cuarto en el que dormiremos unos días. En la terraza hay un yacuzzi, cosa que sólo encontramos otra vez en otro hotel, creo que en Sydney, o quizá en San Francisco. Claudia se levanta la camiseta de manga corta Gucci a la altura de las tetas delante de uno de los numerosos espejos, mirándose los abdominales, duros y bronceados. Y luego, mientras Claudia se mete la primera raya de la noche, recuerdo el día de hace dos veranos en el que una modelo quiso follar conmigo en los lavabos del Performer, un club de Manhattan; Claudia era perseguida por Jared Leto por todo el lugar; todo estaba lleno de modelos y diseñadores y lesbianas. Se esfuma el recuerdo de aquel día porque Claudia dice: No me gusta el cielo de esta ciudad. Y le voy a decir algo, hasta recuerdo que, pensándolo bien, no sé dónde mierda estamos.

Salimos a eso de la nueve a la calle. La ciudad es alta, brillante. Meto las manos en los bolsillos en busca de Clonopin o más Xanax. Tengo mucho calor y la camisa diseñada por Robert Stevenson se me pega a la espalda. Claudia camina firme con un cigarrillo en la boca y un traje de chaqueta de Radek Lost. Nos cruzamos con una chica tirada en el umbral de un local, está como en trance y vomita rodeada de otras chicas que no pueden contener la risa. Un coche de bomberos pasa a toda castaña con la sirena puesta acentuando mi ansia de Xanax. Donde vamos es un local que nos recomendó John Leguizamo en la fiesta de fin de año que pasamos en el Le Tourneur de París; aquel día sospecho que Claudia me mintió a propósito de un rollo que tuvo con una gogó del local; una chica pelirroja me persiguió durante dos horas en la pista de baile; yo estaba en mi mejor momento.

Llegamos al local en cuestión. Pasamos por la entrada para Vips. Las limusinas se detienen en frente del lugar cada pocos minutos. Ya dentro, alguien que parece Christina Ricci me saluda con la mano desde lejos. Le devuelvo el saludo. Está pinchando Richie Hawtin, el que dicen algunos el mejor DJ del mundo. Nos cruzamos con dos lesbianas que saludan a Claudia. Claudia me presenta a ellas. Me miran con recelo. Seguimos caminado entre la gente dirección a los lavabos. Claudia me grita al oído que su camello me espera en el servicio de caballeros. Asiento con la cabeza, algo más animado. Saco mi cartera de piel y por fin llegamos hasta los servicios. Sambora, que es como llaman al camello, me mira desde la pared del fondo de los servicios. Mete la mano en un bolso masculino diseñado por Lorna Smith. Me dice:

– ¿Dónde está tu novia…?

– No te interesa mi novia. No te interesa ninguna mujer.

– Cómo sabes que no… – sonríe -. ¿Es verdad que has estado liado con el abogado de Liv Tyler?

– Eso quisieras. Eso te daría alguna esperanza.

Meto un billete en su bolso. Él me pasa dos bolsitas: cuatro gramos. Me dispongo a salir del servicio sin despedirme. Oigo: Ciao, guapo.

Le doy a Claudia sus dos gramos, los mete en su bolso y me voy otra vez al servicio, en el que ya no está Sambora. Me meto en uno de los habitáculos, me meto una raya. Pasan unos minutos, la coca me hace efecto. Salgo a la pista de baile y parece que han pasado dos horas desde que esnifé. Veo a Claudia coqueteando con una negra de pelo corto, traje negro ajustado, quizá de Bernard Sullivan, ese diseñador de Las Bahamas. Alguien me toca en el hombro, me vuelvo y veo a una chica morena de corta estatura. Me mira sonriente, esperando una reacción. Me grita por encima de Ritchie Hawtin: ¡¿No te acuerdas de mí?! Yo la sigo mirando, me encojo de hombros y hago que no con la cabeza. La chica hace ademán de insistir, pero al final arruga el entrecejo y se marcha, visiblemente decepcionada. Después de la escenita, recuerdo que aún no recuerdo dónde estoy, en qué ciudad, en qué país. Mañana tienes un desfile, pienso. Mañana tienes que ir con Claudia a un desfile para Roberto Giordano. Mañana cambiarse veinte veces de ropa y sonreír. En un país sin nombre. Dejo de agobiarme y me acerco a la barra. Hay una carta de bebidas. Señalo a una chica hispana guapísima la última bebida de la carta, la más cara. Ella me sonríe y se va a preparármela. Miro a mi alrededor: negros, hispanos, rubios, albinos, inglés, francés, italiano… Imposible saber dónde estoy. Los carteles y las señales de tráfico hubieran ayudado en la calle de haber prestado atención. La chica hispana me trae un vaso de tubo con algo azul dentro, azul o verde, o quizá negro por el reflejo de las luces. Le doy un billete demasiado valioso a la chica y me alejo de la barra. Doy un sorbo, la bebida tiene un sabor dulzón; el borde de la copa está cuajado de azucar. Sigo echando de menos el Xanax. Claudia se besa en la boca con la chica negra. Sabe que, aunque la vea, mañana no podré asegurar si no lo he soñado. Dos chicas rubias de baja estatura se me acercan, se me aprietan a las caderas y comienzan a moverse, a bailar; parecen gemelas. Entre las dos me empujan hasta la zona de los sillones; hay uno libre. No sé si es el cubata o las drogas o los dos, pero ya sentados una de las chicas comienza a bajarme la bragueta y no hago nada por detenerla. La misma chica que me dijo que si me acordaba de ella, viene otra vez y me tira su bebida encima, me grita: ¡eres un cabrón! Y se va. La otra rubia me desabrocha dos botones de la camisa. Miro el reloj. Será por las drogas, pero fuera ya debe estar amaneciendo. Entre la gente veo a Claudia de vez en cuando, que sigue comiendo lengua de negra. Me relajo.

Alguien me zarandea. No han pasado ni veinte minutos, o eso creo. Claudia me mira, me dice: vamonos, es muy tarde. Las gemelas rubias están recostadas sobre mí. Me miro la camisa y veo una mancha de lo que parece esperma. Todo está borroso. Caminamos entre la poca gente que queda. Alguien detiene una limusina fuera del local. Entramos en ella. El sol está a punto de salir. Claudia se recuesta sobre mí. Agotados, entramos en el hotel, en el ascensor, en nuestra habitación. Nos dejamos caer.

 

Cuando despierto me entra el pánico, comienzo a dar vueltas por la habitación pensando: Xanax, Xanax, Xanax…

Me meto una pastilla en la boca y cuando me empieza a hacer efecto me enciendo un cigarrillo. Claudia sigue en la cama, despierta. Lee con ojos entornados un libro de Bret Easton Ellis. Son las doce del mediodía y pienso que no hemos acudido al desfile, que era hace una hora. Claudia dice mirando el libro: el desfile se ha suspendido, Roberto ha tenido un infarto esta mañana, pero ya está bien. Respiro aliviado y me dispongo a utilizar el jacuzzi de la terraza. Me estoy quitando la ropa mientras le digo a Claudia que quién era aquella negra, y por qué le estaba comiendo la boca.

– Joder, tío… eso lo has soñado.

– No… la verdad, no creo.

– Siempre te digo que la única mujer a la que me tiraría sería Madonna… y cada vez menos.

– No me…

– Sin embargo – me interrumpe –, aquella rubia sí que te hizo una mamada a ti. Pero, aunque no me hace ni puta gracia, te lo perdono, porque estabas totalmente ido. Siempre compras el doble de la droga que necesitas. Y además, ya tienes el Xanax – parlotea, sin apartar la vista del libro.

Desisto de seguir hablando con ella, y me quedo totalmente desnudo para meterme en el jakuzzi. Cojo mi mp3, en él tengo el What´s the Story Morning Glory de Oasis y el Black Album de Metallica. Con la melodía alucinógena del Wondewall vuelvo a pensar en aquella chica a la que no conseguí recordar. Y sigo sin recordarla, no consigo ni recordar la pinta que tenía ayer. Claudia comienza a dar vueltas por la habitación, histérica, y dice que si yo no voy a estar dispuesto a follármela ahora, por lo menos podría ayudarla a encontrar su consolador.

 

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8 comentarios en “Estilo

  1. Santos que yo te pinté
    Yo no tengo la culpa de que te duela el alma,
    no tengo culpa ninguna de que te fumes plata.

    A veces me pregunto de quién será el fantasma que te ha
    tapado los ojos para que no veas nada,
    dime dónde has estado niña de cara blanca,
    donde has dejado tu risa que no está donde estaba
    Todo lo que yo tengo todo yo te lo daba,
    pero si acabas conmigo vas a ser desgraciada.

    Santos que yo te pinté demonios se tienen que volver,
    santos que yo te pinté demonios se tienen que volver.

    Yo no soy ningún ángel,
    yo no soy ningún santo,
    pero lo que estás haciendo es que me está matando.
    Puedes buscar por tierra,
    puedes buscar por aire,
    que como yo te he querido no va a quererte nadie,
    no va a quererte nadie.

    Santos que yo te pinté demonios se tienen que volver,
    santos que yo te pinté demonios se tienen que volver.

    Santos que yo te pinté demonios se tienen que volver,
    santos que yo te pinté demonios se tienen que volver

    Santos que yo te pinté demonios se tienen que volver,
    santos que yo te pinté demonios se tienen que volver.

  2. Todo debe ser contrastado y cotejado por la realidad y por una misma.

    La sucesión de placer desenfrenado, sin control, y como ajeno a tu persona solo te lleva a ninguna parte y allí solo hay desidia.

    Las drogas son tan buenas en sus efectos inmediatos que acaban sacrificando tu vida porque te dejan sin límites donde contrastar tu felicidad o tu desgracia.

    Ya no queda nada solo la búsqueda de aquella primera sensación, aquel viaje iniciático que como todo primer viaje es irrepetible. Y la sucesión de intentos de primeros viajes siempre conduce al mismo punto de partida desesperado.

    Y ni siquiera estas tu para refrendarlo. Ya que te quedaste en algún lugar del camino.

    La felicidad y la alegría nunca totalmente estable y siempre necesariamente efímeras se generan en los contrastes y en tu como persona manteniendo una estructura psicomental en la que tenga cabida el recuerdo de lo bueno y de lo malo, del placer y del sufrimiento. En resumen: de la vida.

  3. grandísimo relato.

    es como si lo hubieras vivido. muy bien relatado, coherente. ese tipo de vida vacía, alocada… sí señor. cojonudo.

    y no entiendo la prospección del personal a hacer moralinas, juicios de valor. te metes en la piel de otras vidas y es verosímil. no hace falta más.

    genio. cabrón, que envidia.

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