Mary Carmen S. A

Mucha gente, cuando ve el tamaño de mi oficina y sus vistas, tiende a asociar mi situación laboral con mis labios carnosos. No soy tan tonta para no saber que el físico es clave para todo. No diré dónde trabajo porque carece de importancia. Sólo hay que saber que en mi mesa hay un ordenador y papeles, que en una esquina de la oficina hay una planta que no se quién riega o si está ya muerta o es de plástico.

Hoy es un día más, y eso quiere decir sólo eso, que no es un día especial, y me jugaría cualquier cosa a que no lo va a ser, excepto quizá mis tetas.
El teléfono suena, cosa que pasa a menudo, a cada puto momento.
– Mary Carmen Blanco, ¿en qué le puedo ayudar?
– … Me dijiste que hoy no trabajabas…
– Hola, Alberto…
Alberto se presentó un día en mi casa con un ramo de flores; está obsesionado con ir al gimnasio, con los coches, y parece que conmigo. A mi me resbala, sinceramente. No siempre puedes aguantar sin decir lo que piensas.
– … Me dijiste que hoy no trabajabas…
– Y era verdad, pero me han llamado y…
– No quieres verme, ¿verdad? Es eso.
Alberto es el tipo de tío que piensa que a base de insistir caeré en sus brazos, como si esas teorías optimistas de <<lucha-por-lo-que-quieres-y-lo-conseguirás>> no fallaran nunca. Lucha, a ver que pasa. Pero hoy no es mi día, Alberto no es mi hombre, y quisiera que esta no fuera mi vida.
– Alberto, voy a colgar.

Silencio al otro lado de la línea. Cuelgo.
El tío que se encarga de la contabilidad me gusta. Es de esas personas que tiene detalles con los demás sin llevar escrito en la frente: ¿has visto que amable soy?, todos deberíais seguir mi ejemplo… No, él no es así. Simplemente es buena persona, como esas personas de las que después de haber matado a toda su familia los vecinos hablan maravillas por la tele; claro que, él aun no ha matado a nadie. Y creo que ese “aun” nos incluye a todos, como seres humanos débiles y atontados. Él se llama Juan, simple y seco, al contrario que mis bragas si pienso mucho en él. A veces viene a mi despacho a cotejar datos, aclarar cifras; viene por cuestiones frías, porque no le queda más remedio. El ámbito personal no existe entre nosotros. No podría decir si le gusto porque no lo sé.
Salgo de mi oficina. Cuando llego sedienta hasta la máquina de refrescos que hay en uno de los anodinos pasillos del edificio, el chico de siempre está rellenándola. Me mira, casi consternado;
– No te preocupes, no tengo prisa… – digo.
No responde nada. Sólo suda. A los dos minutos acaba, y se va casi corriendo. Saco una botella de agua.
– Lo tienes en el bote – oigo.
Y es Marisa.
– ¿A quién?…
– Joder, al de los refrescos. Siempre te está mirando cuando coincidís en la cafetería de abajo, y cuando te topas con él aquí se pone a temblar como un flan.
Marisa es una chica alegre; tanto que sus escotes ya no sorprenden. Me propone habitualmente juegos lesbicos en su piso; tiene el pelo teñido de rojo y nunca habla sin decir joder antes o después de las frases. En el fondo es una de esas mujeres al las que no les importaría prostituirse de tener que sacar a un par de críos adelante, si no tuviera alternativa; no se por qué, es una perugrullada, pero siempre lo he pensado.
– Es tímido – digo.
– Ja ja… no me jodas…
– Vuelvo a mi despacho…
– Joder… ¿tanto trabajo tienes?
– Sí, Marisa, estoy hasta el cuello – miento.
El resto del día, como advertí, no pasa nada. Otro día a la basura. A veces pienso en esas estadísticas que te dicen el porcentaje de tiempo que te pasas durmiendo en la vida. Parece que nadie se atreve a calcular cuánto tiempo disfrutamos del hecho de vivir. Mejor olvidemos los porcentajes por el momento. A veces, en el despacho, giro mi silla hacia el ventanal que tengo y miro con atención la cornisa, a la que tengo tan fácil acceso que da miedo.
En casa, me dedico a ver telebasura, sin ganas de hacer esfuerzo para nada más que no sea eso. A veces casi entiendo por qué la gente busca parejas estables, familia, estabilidad en general. La pereza es la reina de mi mundo, solo desbancada a veces por la resignación; pero siempre hay que mirar el “fotofinish”. Es escalofriante lo importante que es la resignación, pienso, mientras me meto en la cama. Lo malo es que la resignación no llega sola. Es tu deber tenerla. Todo el mundo intenta tenerla los lunes por la mañana. Si la resignación se vendiera en pildoritas como el xanax, ya habría un porcentaje importante de muertos por sobredosis. La gente haría terapia de grupo hablando de la felicidad natural. Alguien se levantaría y diría: hola, me llamo Fulana, y soy adicta a la resignación en cajas de doce. Y todos: Hola, Fulana.

Imagina a un montón de yonkis asaltando farmacias los días que no tuvieran ganas de trabajar. Imagina a los médicos recomendándote hacer ejercicio para ayudarte a tener resignación de una forma natural. En definitiva, imagínate a un montón de gente muerta de asco.

Me duermo: Un montón de tíos corren hacía mí, en un prado inmenso. Por supuesto, van desnudos, y todos tienen la misma cara. Despierto sobresaltada, y una sensación de alivio natural me invade porque miro el reloj y aún son las tres de la mañana.
Pero parpadeo y reloj me despierta a las siete con su sonido estridente. Resignación. Sólo es martes. Juan tiene fiesta. Hoy aun será peor que ayer. Saco fuerzas de flaqueza y me visto. Me voy de casa sin desayunar y camino por la calle con una mueca más misteriosa que la de la Mona Lisa. Muchas veces tengo fantasías en las que, al doblar la calle, me encuentro el edificio de la empresa ardiendo con los papeles cubriéndolo todo y todos los empleados sin poder entrar con cara de circunstancias. Pero al llegar todo sigue igual; el edificio está intacto y mi oficina me espera, con una inmensidad de aburrimiento que masticar. Al entrar me cruzo con el chico de los refrescos, que al verme hace un asentimiento al que no me veo capaz de responder. En la cafetería de la empresa la gente suplica cafés solos, droga legal para sobrellevar la realidad. Marisa conversa con un tío que entró nuevo hace poco enalteciéndose en la silla para que su escote esté bien presente. Los nuevos tardan unos días en superar lo de las tetas de Marisa; esta noche el susodicho nuevo se lo pasará bien. Juan, que debería tener fiesta, habla con su secretaria en la barra. Me pongo nerviosa de golpe y me voy a encerrar a mi oficina. Tiraré por el camino del café de máquina, igualmente efectivo. Beber café para despertar es como barrer la mierda debajo de la alfombra, pero da igual, la mierda no se ve debajo de la alfombra, y yo me paso casi todo el día sola dentro de cuatro paredes esperando reunir suficiente valor para cambiar mi vida o acabar con ella. Últimamente miro demasiado esa cornisa que da al vacío; es seductora la mayor parte del tiempo. Das un paso y tienes vacaciones eternas.
Cotejo cifras y cuadro números dentro de mas números mientras pienso en cómo coño he acabado aquí, aunque lo sepa. Cada vez que oigo pasos fuera espero que alguien llame a la puerta, y que sea Juan. No parece que nunca vaya a venir a rescatarme en un caballo blanco apestando a estiércol de edad media; lo más parecido ha sido darme los buenos días. No lleva anillos, aunque según Marisa lo hacen todos los tíos en un entorno lo suficientemente femenino. Hace siglos que no me masturbo. Parece que se me acumule la ansiedad; ni tan siquiera sé de los síntomas que confirman una depresión para pedir un buena baja; no sé cómo se prueba eso. Debería llenársete el cuerpo de granos; granos por depresión; iría al despacho del director y le diría apagada: lo siento, pero no hay día en que no piense en llegar hasta la calle desde la cornisa. Pero me da miedo, porque no se que hay después. Me consuelo pensando en que eso le pasa a más gente. No me funciona lo de levantar el ánimo comprando un montón de ropa cada dos por tres; sólo sería una depresiva más a la moda.
A eso de las once de la mañana miro hacia la ventana y el corazón me da un vuelco, hay dos limpia-ventanas subidos en esa especie de andamio colgante y sujetos por arneses. Los dos sonríen ante mi desconcierto. Siempre me pasa lo mismo con los limpia-ventanas. Me vuelvo hacia el ordenador, intentando concentrarme, cosa muy difícil cuando te asquea tu tarea. Oigo el parloteo y las risas de los dos tíos, que deben hablar a gritos teniendo en cuenta el grosor de los cristales. Suenan unos golpes y cuando me giro hacia la ventana uno de los dos tíos se ha sacado el pene y lo menea mirándome. Los dos lloran de risa. Me levanto sinceramente asustada y me voy al despacho del director.
Llamo a la puerta y abro sin esperar permiso;
– Francisco…
– ¿Sí?…
El director se llama Francisco Garrido. No deja que nadie le llame Paco. Es un ser aparentemente tímido y Marisa dice que le gusto. Tiene una verruga cerca de la oreja derecha y está casado. Y no me gusta.
Le cuento lo del limpia-ventanas, con apuro.
– Vale – dice –, hablaré con ellos, no te preocupes.
– Gracias…
– …Y… Mary, ya que estás aquí, quiero comentarte una cosa…
Se levanta y cierra la puerta de su despacho, invitándome a sentarme. Me comenta que se va a ir de la empresa, que tiene la tarea de elegir a un substituto. Me dice que ha pensado en mí.

Cuando despierto el lunes de la siguiente semana, soy directora de empresa. Mi despacho nuevo es más grande, pero da a la misma cornisa que el anterior. Tengo más trabajo y muchas más responsabilidades. Gano aproximadamente tres veces más que antes, pero mi vida personal ha desparecido, no existe, adiós. Como directora de empresa paso un montón de horas de los nervios. Atiendo al teléfono cinco veces más que antes. Todo es más que antes. A final de mes cobraré un montón de dinero con el que no sabré que hacer, y con el que no tendré tiempo de hacer nada. Vivir para trabajar. Trabajar.
Al acabar el día entro en la cafetería. En la barra están los dos limpia-ventanas. Charlan con Francisco Garrido; el amable Francisco Garrido que me ha cedido su esclavitud. Hago un amago de irme, pero finalmente me siento y pido un cortado. Francisco se vuelve hacia donde estoy;
– ¿Cómo ha ido el primer día de ama del mundo?
Ha bebido demasiado de lo que sea, los ojos le brillan, los limpia-ventanas se ríen y también están borrachos, además de extrañamente expectantes.
– Sé que siempre has trabajado lo tuyo para conseguir los ascensos. Ya has llegado a lo más alto… Estos dos quieren saber si también haces trabajos particulares – dice.
Los tres comienzan a carcajearse mientras yo salgo escopeteada de allí. Siento la necesidad de vomitar, voy al lavabo más cercano. El sabor de la comida de a mediodía vuelve a mi boca. Lo hecho todo pensando en semen; pensando en cuando se la chupé, en su despacho; pensando en todas la veces que la he chupado para llegar cada vez un poco más arriba. A veces me derrumbo a llorar y otras veces vomito. Es de esas cosas. Si una vez lo hiciste, luego ya parece tonto parar. Alguien decía que desde más arriba se llega más lejos.
Y hay gente que asocia mi ascenso laboral con mis labios carnosos. Asaltaría farmacias para conseguir dignidad en cajas de doce. Hay tres cosas que hacen falta para triunfar: talento, oficio y suerte, pero yo nunca he tenido suerte. Es por eso que para ascender me he inventado mis propias alas, aunque sean alas hechas de naturaleza humana. Aún hay dos alternativas en mi vida. Hay también ciertos factores, como Juan, o echar un polvo de vez en cuando con Marisa, que pueden decantar mi ánimo hacia la decisión más luminosa. Sí. Y la cornisa que da al vacío desde mi oficina no se me va de la mente.

🙂 😉 xD

😦 😦 😦

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4 comentarios en “Mary Carmen S. A

  1. Qué deprimente… Cuando te ves envuelto en el círculo de la rutina es difícil cambiar. Pero si le echas narices… Esa mujer debería ahorrar e irse un año sabático a Nunca Jamás. 😉

  2. Nos empeñamos en complicarnos la vida y es tan sencillo disfrutar de las cosas que tenemos.

    Hay muhc@s Mary Carmen…

    CARPE DIEM.

    Un beso Jordi.

  3. Rechazo contundentemente la idea, subyacente en el escrito, que la substitución de la suerte en el ascenso laboral de la mujer sea realizar favores sexuales.

    Por cierto, con todo lo que tiene, y por el mismo precio, podría ser feliz.

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