Punto de partida

Nunca he hecho bien este trabajo. No sé si me gusta esto de estar todo el rato pendiente de todo. Cuando eres vigilante nocturno lo mejor es que no pase nada. Si tu turno dura diez horas y se te ha hecho eterno es que la jornada ha ido bien, no ha pasado nada. Es un parking, lugar de paso. No hay mucha gente que meta su coche con cara de felicidad en un parking. Normalmente lo que pasa es que has estado media hora de reloj buscando aparcamiento fuera, y ya estás hasta las narices. Luego, el tío que ves dentro de la cabina al entrar y coger la tarjeta, soy yo. Lugar de paso. Quizá no es la mejor forma de definir esto, pero si alguien pusiera una bomba aquí, en la primera planta, sólo moriría yo, y habría un montón de coches calcinados, de propietarios cabreados, que me odiarían aun muerto, porque “el coche estaba nuevecito, joder”. No es que haya que estar aquí diez horas cada día para saberlo, pero acabas dándote cuenta de que la mayoría de gente adora su coche, lo observan con veneración, se vuelven a mirarlo cuando ya están lejos y van a meterse en el ascensor para subir al centro comercial. Te hace pensar en el medioevo, cuando los guerreros cuidaban sus espadas, las respetaban, y luego morir en el campo de batalla era digno, glorioso. Claro, no era igual que hoy día morir en la autopista, y seguramente un guerrero era más consciente de que su herramienta podía matar.

Lo que hago es llevar siempre libros encima. El turno de noche es permisivo para eso. También tengo siempre una radio a mano. Ya no recuerdo cuánto tiempo llevo aquí trabajando. Quizá dos años, o cuatro. Me da igual. Lo cierto es que he aprendido a valorar esto. Puedes aprender cosas incluso aquí. En este caso, en un parking, de lo que se puede aprender mucho es de lo siniestra que puede ser la gente. Siniestra. Esa es la palabra que se me pasó por la cabeza cuando conocí a Antonio. Y a su novia, entonces sólo era su novia. Ni tan siquiera sé por qué recuerdo el nombre del tipo, quizá me lo dijo un compañero.

Antonio venía con su novia una o dos veces a la semana. Pelo al rape, engominado, pantalones vaqueros apretados, como al vacío. Y camisas, debía tener muchas camisas. Es fácil de imaginar, hay un montón de tíos así por la calle. Aunque claro, cada uno es como es. Antonio era gilipollas. Lo bueno de los gilipollas es que raramente hace falta conocerlos a fondo para darte cuenta de que lo son. Si miras a tipos como Antonio durante el tiempo suficiente, tarde o temprano harán algo que les delate, es su naturaleza de gallitos. Puede ser cuestión de minutos. La primera vez que vi a Antonio iba discutiendo con su novia mientras salían del coche. Todo en el parking, siempre en el parking. La conversación acabó cuando Antonio le pegó tal hostia a la chica que esta cayó al suelo. Él miró hacia mi cabina. Yo bajé la cabeza hacia mi libro. Pasaron como dos o tres días, y cuando la pareja volvió ella tenía aún un moratón curándose en su ojo derecho, y el labio partido. Yo era al único al que no podían decir que “se había caído por las escaleras”. Porque Antonio era gilipollas, pero no tan tonto como para no saber que lo que yo había hecho era la vista gorda.

Era sutil, pero te dabas cuenta de que el tipo, después de aquello, pasó a ser mucho más cuidadoso cuando se paseaba por el parking. Si al hijo de puta del parking se le cruzaban los cables y llamaba a la policía, la acusación era de maltrato. Miren su ojo, aún no se ha curado; miren el labio partido. El hijo de puta, yo. Pero lo último que me pasaba por la cabeza era enzarzarme en un follón legal con ese tipo. Lo siguiente que haría él sería coger su coche y estamparlo contra la cabina conmigo dentro. Recordemos que era gilipollas. Es lo malo de la gente que actúa así, no vas a poderles hacer entrar en razón. Están ellos, sus coches, sus pantalones, y el orgullo, toneladas de orgullo. Había más gente que llamaba la atención, pero en este parking Antonio siempre se llevaba la palma.

Pasadas un par de semanas, la novia de Antonio ya prácticamente estaba curada. Un poco más de maquillaje de la cuenta y sólo yo podía saber que parte del colorete en su moflete derecho era producto de la violencia de genero. Ese día, con la cara de su chica hecha un mapa cortesía de Margaret Astor, Antonio volvió a sacar todo su orgullo para mostrarnos a todos lo grande que la tenía. Arrancó su coche para salir del parking, a su modo, siempre dejando atrás el ruido de los neumáticos, y parte de ellos en el suelo. Pero ese día tenía un coche delante que no tomó tan rápido la curva de camino a la salida. Así que Antonio arremetió contra la parte trasera del otro coche por un costado, dejando raspones en ambos vehículos. No era uno de esos accidentes que dejan dudas a la hora de valorar de quién ha sido la culpa. Pero díselo a Antonio. El propietario del otro vehiculo era un tipo de unos cincuenta años. Toda una oportunidad para Antonio, para demostrar toda su virilidad. Al salir del coche lo primero que escuché aun desde dentro de mi cabina, fue: ¡Mecagoentuputavida! El otro tipo intentaba hablar con normalidad. Antonio miraba los daños en su coche mientras insultaba a ráfagas al señor. Al cabo de una media hora, el señor de cincuenta años convenció a Antonio para hacer el parte. Mientras el tipo miraba los papeles encima del capó del coche de Antonio, la chica, con la cara hecha un mapa, comentó algo. Antonio la empujó y esta cayó al suelo. El hombre hizo de pantalla entre Antonio y la chica. El resto fue normal, el parte, aunque no se dieran la mano. Era siempre así, un festival. Antonio y la chica continuaron juntos, siempre continuaban juntos. La chica nunca acababa de cicatrizar. Para cuando comenzaban a cerrase las heridas, Antonio tenía un nuevo motivo para golpearla. No siempre sucedía en el parking, pero siempre sucedía. No sé si me gusta esto de estar todo el rato pendiente de todo.

Y la realidad es que todo esto, el parking, físicamente, está lleno de cámaras. Ahora, hace como un año que estoy esperando que me echen. Hace como un año que cada día viene a verme la chica, Mabel, la novia de Antonio, tardé bastante en saber su nombre. Habla en pasado y deja caer tu vida a cuenta gotas, lo más mundano puede convertirse en interesante. Pero hubo un punto en que mi vida en el parking dejó de ser del montón. Una noche Antonio volvió a las andadas. Eran como las tres de la mañana, una hora poco usual para ver a la pareja. Antonio aparcó su coche. Debía ser un mes después del accidente. Por supuesto el vehiculo ya estaba en perfecto estado. Mabel no. A esas alturas la cara de Mabel tenía hasta puntos de sutura. De vez en cuando miraba hacia la cabina, me miraba. No era algo a lo que yo le diese importancia. Esa noche también me miró. Todo ocurrió muy rápido. Mabel le dijo algo a Antonio. Antonio se volvió hacia mí con la mirada. Comenzó a caminar hacia mi cabina. Abrió la puertecita de acceso con gesto amenazante, y lo único que hice yo fue lanzar mi pierna derecha contra su barriga; él se tambaleó perdiendo el equilibrio, y se golpeó con la cabeza en el suelo. Grogui, pensé. Pero estaba muerto. Y todas las cámaras grabando. Comenzó a crecer un charco de sangre bajo su cabeza. Mabel se acercó y me dijo que venga, que había que esconder el cadáver. ¿Qué le has dicho? ¿Qué…? ¿Cómo…? Daba igual la pregunta. Mabel tenía un plan. Mabel me dijo: No pretendas saberlo todo siempre, nadie lo sabe todo, agárrale por los pies. Me dijo: Era yo o él. Me dijo que Antonio peleaba hasta desfallecer, que esperaba que le hubiera dado con una porra en la cabeza, algo así. En realidad, dijo, no pensaba que esto saliera tan bien, la idea era que acabara en el hospital, yo le asfixiaría o desconectaría las máquinas. Metimos el cadáver en el maletero de mi coche. Conseguí las cintas que me delataban. Esperaba a que cualquier día alguien se percatara de que faltaban grabaciones, pero nadie lo hizo. O nadie dijo nada. Da igual. Conducimos el coche hasta donde ella me dijo. Me llevó a las afueras de la ciudad, a una zona de árboles y latas de Coca cola aplastadas. Tenía hasta el agujero hecho en el suelo, esperando, camuflado con ramas. No sabes lo que sudé para hacer esto, me dijo. Nos iluminaban los faros del coche mientras echábamos tierra encima del cuerpo, y sudábamos y mi vida ya era otra vez un caos. Mi plan no era ese. Mi plan era leer y tener un trabajo tranquilo. Lo que hacía antes del parking era planear implosiones. Mi vida era ser experto en explosivos. Lo de destruir para crear, pero desde el punto de vista más capitalista. Diseñar planes de implosión para tirar abajo edificios que ya no hacían falta. Llenar media ciudad de polvo. Como lo contrario a ser arquitecto. Era mi trabajo. Mi vida a cuenta gotas. Todos esos videos en los que se ven estadios hundiéndose, rascacielos, edificios de oficinas, empresas que cierran; nuevos planes para hacer pisos nuevos. Lo importante es que el edificio no caiga hacia un lado como un saco. Pero siempre es mejor no entrar en detalles sobre cuáles fueron mis irresponsabilidades en la última implosión. Mejor no contar quién murió. Imagínate un trauma, estado de xoc, depresión, pastillas, quizá algún intento de suicidio. Y coges y te vas a trabajar de vigilante nocturno. En serio, a veces entrar en detalles es lo más aburrido; todo son nombres, equivocaciones, vergüenza, lloros, un coñazo.

Así que enterramos a Antonio, el gilipollas. Y después nuestro mundo fue mejor. Ella era una asesina y yo un desgraciado. No siempre tu vida cambia como quieres o cuando quieres. Hay gente que se muda, cambia de pareja, tiene un hijo; yo me equivoqué en el cálculo para los planes de un empresario, mate a un gilipollas. Son distintos puntos de partida, pero puntos de partida al fin y al cabo. La gente no suele ser buena o mala porque sí. Se trata más bien de las circunstancias. Los niños que disparan rifles de repetición en países tercermundistas no lo hacen por que sean malos por naturaleza.

Mabel me viene a ver a diario al parking, me ha cogido cariño. No es que sea algo platónico. Follamos, vamos al cine. Y hace unos días que ella me anima a dejar el parking, para buscar otra cosa. Lo cierto es que no es una persona equilibrada. No es la mujer con la que tus padres sueñan verte. Al cabo de dos meses de haber matado a su novio, ella comenzó a leer mi diario. Es la única persona a la que se lo dejaría leer. Piensa en esos momentos cuando conduces e insultas a otro conductor, quizá piensas en pegarle patadas hasta desfallecer, o en matarlo. Mucha gente piensa esas cosas de forma fugaz y puntual. Pues bien, yo esas cosas las apunto. Gente que se acerca a mi garita con exigencias, porque han perdido el tiquet y no quieren pagar la multa de diez euros, o porque se encuentran su coche con una raya que antes no estaba ahí; todos esos tocapelotas acaban torturados en mi diario durante páginas y páginas. Es mi diario del odio. Mabel lo lee siempre con la sonrisa congelada. Son vínculos muy fuertes entre ella y yo, mucho más de lo que comparten algunos matrimonios. Es algo sicótico, pero es nuestro algo.

Lo que acontece es que hoy dejo el trabajo. La idea es irse muy lejos. Ella me ha convencido. Nosotros no es lo que el mundo necesita. Quizá sólo somos desesperados. Pero el mundo tampoco necesita a gente como Antonio, con sus coches. Hay gente que prefiere ver un corte en la cara de su novia a ver un rasguño en el capó de su coche, su moto, el mueble nuevo. Otros no sabemos controlar nuestra vida y nos la pasamos entera haciendo tonterías para auto complacernos. Llamo a mi jefe para decirle que se acabó. Cortamos los accesos que hay a la primera planta, para que no haya nadie. Cuando has matado cuesta más que surjan los remordimientos. A veces cuanto menos sentido tienen las cosas, más te sugestionan. Y quizá no es la mejor forma de definir esto, pero si alguien pusiera una bomba aquí, en la primera planta, sólo moriría yo. Sin mí, sólo quedan unos veinte coches perfectos, casi nuevos, simbólicos, y ya mismo calcinados.

 

 

 

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2 comentarios en “Punto de partida

  1. este es el jordi que a mí me gusta. Me gusta esa aparente indiferencia por la vida de tu protagonista al estilo “Camus”. Sigue a lo tuyo, compadre!

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