1000 kilómetros

Entre otras cosas, aquella noche alguien llamó a la radio para contar una anécdota. Anécdota, por decirlo así. Recordaré la historia de aquel tío toda la vida. Era de esos programas de radio donde la gente se siente extrañamente a salvo describiendo sus trapos sucios. Pero antes situémonos. Sabes cómo me sentía entonces si alguna vez has hecho un viaje de mil kilómetros sin nadie más, sólo tú en el coche. Y aún podrás ponerte en mi piel mejor si el viaje lo hacías para ir a ver a alguien querido; olvida a tus abuelos, a tus familiares, mejor piensa en alguien que te la ponga dura, o que moje tus bragas. Lo que hacía era atravesar el país para ir a ver a una chica. El comentario misógino de un amigo rezaba que era mejor tener un polvo a mil kilómetros a no tener nada. Pero claro, las cosas no son siempre tan simples, no todo se reduce a pollas duras y bragas mojadas. Mil kilómetros no se recorren porque sí. Y recuerdo cosas sueltas. Recuerdo que el viaje fue una experiencia inclasificable. Y claro, una de las cosas que recuerdo es la llamada de aquel tipo a la radio. Volvamos a aquel tipo. Piensa en cualquier programa de llamadas nocturnas con una locutora de voz tranquilizadora y provocativa en partes iguales. Podían ser las tres de la mañana, porque había decidido viajar de noche. Y aquel tío dejó caer la bomba del día en la radio; esas cosas sin relevancia que luego le cuentas a la gente. La locutora le dio paso, y el hombre comenzó a hablar de forma pausada, utilizando adjetivos y expresiones sencillas, pero hilando un gran soliloquio. Contó que un día había salido con sus amigos un sábado por la noche y su novia ese día no tenía ganas de salir. Ella se quedó en casa. Así que el plan era hacer el loco, emborracharse, porque era muy fiel y esa noche no iba a tener sexo. No iba a mojar. Llegó con sus amigos a una discoteca que nunca habían pisado antes. El lugar era oscuro y sonaba rock duro que provenía de arriba en cualquier parte. Tanto las tías como los tíos iban con atuendos góticos, atravesados por todas partes con piercings. No era una discoteca pachanguera de las que abundan como el hambre en el tercer mundo. Aquello era otro rollo, y cuando sales de tu rollo, decía el tipo, puedes esperar cualquier cosa. Las realidades paralelas están todas aquí, decía, basta con coger un desvío que nunca antes cogiste. Decía que en la discoteca también había monitores, pantallas, pantallas de plasma. El local estaba plagado de esas pantallas que nadie mira cuando tiene un cubata en la mano y a los amigos alrededor. Pero míralas siempre, por si acaso, decía el hombre. Hay que estar al loro de todo, decía. Cuando él miro, su vida se hizo trizas. Nadie prestaba atención a esas imágenes porque como decía el tipo, aquello era otro rollo. Una chica rubia le hacía una mamada a un caballo en todas y cada una de las pantallas de plasma. Cuando me fijé bien, dijo el tipo, me di cuenta de que la chica rubia era mi novia. Y en medio de la autovía, por la radio, a setecientos kilómetros de mi destino, oí cómo el tipo comenzaba a sollozar. Mi novia con un caballo, repetía. Mi novia con un caballo. Un caballo. La locutora esperó, alimentó el silencio. El tipo debía estar empapando el aparato. Un caballo, decía cada pocos segundos. Y luego: soy una persona normal, te lo aseguro, esto le puede pasar a cualquiera. Y la locutora comenzó a repetir el nombre de pila del tipo, para finalizar su intervención, voz tranquilizadora y provocativa: Fulano, gracias por llamar. Gracias a ti por escucharme.

Hay veces que no te queda más remedio que meterte en otra vida, ponerte en el lugar de otro. La gente tiene tendencia a odiar eso. Mejor el individualismo, todo bajo control, yo, mi trabajo, mi pareja, o no, pero sobre todo yo. Aquí cuando ves destellos en el horizonte es por los incendios de verano, o alguna fiesta mayor. Nunca son bombas. Así que yo, yo, yo, joder, y para qué más. Una de las frases que más oirás será: bastante tengo yo ya con lo mío. Yo y se acabó.

Paré el coche en una estación de servicio, poco después de ver en mi cabeza imágenes terribles de mi novia haciendo eyacular a todo tipo de mamíferos. Su cara llena de… Tenía que quitar esas ideas de mi cabeza. Se me estaba revolviendo el estómago.

Hay que decir que el motivo del viaje tenía que ver con que era el cumpleaños de mi novia. No es que lleváramos una relación a distancia. Éramos de la misma ciudad. Lo que pasaba era que ella había salido a pasar unos días fuera, y yo trabajaba. Quería darle la sorpresa y presentarme donde ella estaba el sábado por la mañana, pasar el día con ella y volver a coger el coche el domingo para volver. Todo muy romántico, y muy alejado a mi estilo. Ella tenía una idea muy <<práctica>> de lo que yo era, así que se me ocurrió darle una lección. Era una lectora empedernida, así que en el asiento llevaba una bolsa con su regalo, dos libros. Poe y Kafka. Cuando abrí la puerta del coche una chica pasó justo por mi lado. Una prostituta. Atisbó al interior del coche. Luego supe que vio uno de los libros.

Entré en el local. Apenas un par de camioneros, la prostituta y yo. La chica fue a sentarse en la mesa que había al lado de la mía. Era una especie de Helena Bonham Carter, muy delgada, pelo negro y raído hasta los hombros. Ojazos oscuros, dos redondeles perfectos, enormes, rodeados de rimel rodeado de colorete. Una de esas personas que suelen incomodar a las familias, pero no a los tipos solos con un mínimo de curiosidad. Aunque claro, fue ella la que habló antes. Yo no hubiera dicho nada. Me dijo que si viajaba solo y le dije que sí. Pensaba que intentaba captarme como cliente. Y fue después cuando me contó la historia sobre Kafka; el libro que había atisbado. Una puta que lee a Kafka, pensé. Joder, pensé. Se sentó en mi mesa. Olía bien, de cerca era más guapa. Tardé un poco en abrirme del todo a ella, pero sólo le costó un par de minutos captar toda mi atención. Me dijo que si conocía la historia de Kafka y la niña. No, dije.

Lo que yo sabía era que Kafka había muerto a los cuarentaiun años por enfermedad. No mucho antes de morir, Kafka conoció a una chica en Praga, me dijo la prostituta. Cada día salían a pasear por el mismo parque. Todo está sujeto a especulaciones, me dijo, pero en principio estaban enamorados, tenían una relación. Un día, durante su paseo, se encontraron con una niña pequeña, cuatro o cinco años. Vete a saber, me dijo, pero la historia es preciosa. Aquella niña estaba llorando. Kafka se acercó y se interesó por ella. La niña decía que había perdido a su muñeca. Y no paraba de llorar. Imagina por un momento a Kafka cavilando, pensando. Le dijo a la niña que su muñeca no se había perdido, que sólo se había ido de viaje. Kafka le dijo a la niña que él tenía una carta que le había mandado la muñeca. ¿Dónde está la carta?, debió decir la niña. Y Kafka escribió ese día en casa una carta en la que una muñeca tenía que convencer a su dueña de cuatro o cinco años que era mejor haber hecho ese viaje que haber continuado junto a ella. Todos los porqués. Y al día siguiente se la dio. La leyenda, me dijo, es que Kafka estuvo todo un mes escribiendo cartas. Cartas de la muñeca. Novios, aventuras amorosas, baches. Y un final feliz, o bueno, me dijo, lo que una niña de cuatro años puede confundir con un final feliz. En la última carta la muñeca se despedía, se iba a casar por amor. Y la niña se olvidó de volver a ver a la muñeca. ¿Qué te parece?, me dijo la prostituta. Alguien se asomó a la puerta del local y dijo: ¡oye, chica, que hay que seguir rodando! Joder, pensé. Puta no, actriz. Encantada, me dijo, pagó su café y se largó sonriente ante mi cara de pasmo. No sé si la historia era real, pero ya no pensaba en caballos y lloros.

Volví al coche. No pude evitar coger el libro de Kafka, tocarlo, hojearlo. Había una foto en el interior de la cubierta, y hablando en rigor, en esas fotos parece un pederasta. No es nada, sólo es narcisismo. Dejé el libro a un lado y arranqué el coche, había que continuar.

Lo malo de leer a gente como Poe o Kafka es que sabes que tú nunca podrás llegar a tener su talento en ninguna de las facetas de tu vida. Te entran ganas de ser un genio y morir a lo cuarentaiun años de tuberculosis, o alcoholizado perdido como Poe. Ya puedes vivir cien años, que jamás dejarás el legado que dejaron ellos. Es el narcisismo, la envidia. Todo eso a veces sale.

Me quedaba mucho viaje por delante aún. Pero aún quedaba una historia, sólo que lo que quedaba era algo que me iba a pasar a mí. Y en este caso, y al contrario de la anécdota zoofilica, esto no es de las cosas que vas por ahí contándole a la gente.

Quizá habían pasado como dos horas de trayecto desde que la actriz que yo pensaba puta me había hablado de Kafka y la niña. Me pasó como cuando ves una luz brillante en el cielo y piensas: un avión. Llevaba la radio puesta, más gente sacando sus trapos sucios en directo. Y vi la luz en cuestión, brillante, arriba. Tenía que alzar la barbilla para poder atisbar. Primero la luz ganó en intensidad. Lo suficiente para que aquello resultara extraño. No se perdía de vista, estaba arriba, intensa, creciendo. A los lados de la autovía daban vueltas esos chismes de la energía eólica. Pero yo sólo podía mirar a la carretera y a la luz. No sé si lo que sentí fue miedo. Quizá intranquilidad. Comencé a estar intranquilo cuando aquella luz brillante, como un sol minúsculo y sin fuerza, parpadeó y se puso roja con un chasquido de la radio, en la cual dejé de oír nada. Me encontré conduciendo con la luz roja arriba y estática en la radio. Silencio. Había coches que se habían parado en la cuneta. Había familias que estaban fuera del coche, señalando con el dedo hacia el cielo. Así que tomé la decisión de compartir aquello con alguien. Tenía que sacarlo de dentro. Al siguiente coche que vi parado, aminoré. Aparqué a unos metros de un tipo que estaba fuera de su vehiculo. Me acerqué a él con cautela. Miraba hacia arriba, a la luz. Me presenté con cordialidad, como con la libertad de quien va a compartir algo inusual con alguien, como esos vecinos del bloque que apenas se hablan pero luego ganan en confianza si se encuentran en un país extranjero de vacaciones. Dije: Hola… Y nada…El tipo continuaba mirando hacia el cielo, como no habiéndose percatado de mi presencia. Dije: Hola, que tal… Lo dije con más voz, más convencido. Pero el tío nada, miraba hacia arriba. He ido a pararme al lado del tipo más raro, pensé. Puta suerte. La luz seguía arriba, roja intensa. Decidí alejarme del tipo, con precaución, intentando ir a mi rollo. Yo también puedo mirar un Ovni sin compañía, pensé, que coño. Así que allí estaba, al lado de aquel tío que parecía un zombi, lo dos mirando la luz roja. En el horizonte comenzaba a haber claridad del sol. En la autovía cada vez había más coches parados, con gente fuera, esperando. Los había incluso con prismáticos. Y al cabo de los minutos, el hombre que tenía apenas a unos metros, se movió, comenzó a caminar hacia mí, dejando atrás su coche. Comencé a retroceder, ya sí asustado, y cuando iba a rodear mi coche para meterme en él, el tipo comenzó: ¡tío! ¡tío!… ¿tienes fuego? Me quedé quieto, mirándole. Tenía un porro hecho en la mano.

¿Tienes fuego? Con el corazón a mil por hora saqué el mechero de mi bolsillo. Le encendí el porro. Él dio una calada, muy larga. Y entonces vi que los coches comenzaban a circular. Miré hacia el cielo y ya no había nada. Y el tipo me dijo: ¿tú también has visto eso?

 

 

 

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