Muerte lenta

En la mesa de mi despacho hay un reloj de arena que me regalaron. También hay una foto de una chica. Luz creo que se llamaba. Me regaló la foto porque encontré a “su gatito”, un tío de 120 Kilos que le estaba poniendo los cuernos con otro, otro tío. En la foto sale desnuda, tumbada en su cama; la tengo que esconder cada vez que entra alguien al despacho y blablablá. Aunque en realidad Luz había sido un hombre. Debería localizar y felicitar al cirujano. Las personas comemos y amamos por los ojos. Nadie diría que Luz se llamaba Ernesto si viera esta foto. Ser detective privado no es fácil. Nada que tenga que ver con la privacidad es fácil. Se trata de esconder cosas que no quieres que nadie vea, o de las que no quieres que nadie se entere. Es algo delicado. Como en las películas, solo que sin mujeres con relucientes vestidos que entran en tu despacho para que resuelvas su vida mientras te echan el humo en la cara. Es más aburrido en la realidad; como ser bombero y no tener nada mas que hacer que bajar mascotas encaramadas en las copas de los árboles, mientras sus dueñas preocupadas te miran como si fueses Superman. Pero yo tengo fama merecida de corrupto. Me importa un huevo casi todo el mundo. He robado, he matado, y he ganado mucho dinero; como muchos políticos, pero sin su hipocresía. Doy la cara. Uso una pistola.

Hoy ha entrado Alejandro al despacho. Otro cliente. Otro caso de posible y más que probable infidelidad.
– Sí – dice –, se maquilla más, hasta se lava más, sale de casa parca en palabras, sin decir a dónde va. Se llama Miriam.
– ¿Y usted sospecha de alguien?
– No, sólo de mi mujer, ya sabe, pero no sé con quién debe estar, o si está con alguien.
Alejandro se derrumba y empieza a llorar. La gente que sospecha de una infidelidad no suele ponerse a llorar, sólo lo hace la gente que está enamorada. Los que acuden aquí para investigar a su pareja suelen hacerlo más por orgullo de posesión que por otra cosa. Son del perfil de tíos que pegan a su mujer y después lloran de rabia si pierden en las apuestas a los caballos. Pero Alejandro no, Alejandro está enamorado. Mientras habla sin parar planeo la forma en que le diré que lo siento, que el sexo le gusta más con ese otro u otra con el que esté. Porque evidentemente ella no está enamorada. Pasa mucho en las parejas, uno lo esta y el otro no, y alguien sufre. Esta es mi versión de bajar gatitos de los árboles. Alejandro se suena la nariz.
– Vale – le digo –, con lo que me ha explicado tengo para empezar a trabajar.
– Y dígame, cuánto…
– No soy muy caro, no se preocupe.
Mentira, ya se sabe, a veces hay que mentir. A veces cuela, el tipo no insiste con lo del dinero. Lo más jodido de todo en realidad es que sé que el caso está resuelto. A veces el final llega antes que el principio y el desarrollo de las cosas. Estos días fumaré más de la cuenta, es decir, un poco más. Es curioso que sólo sean hombres los que vienen por casos de parejas infieles. Enseguida perdemos el culo por dos tetas. Normal. Hasta yo. De hecho, nunca he matado a una mujer. Sólo simulaba que lo iba a hacer, en la cama, con una a la que le gustaba sentir el cañon de la pistola cargada en la cara mientras me la chupaba. Uno puede acabar teniendo gusto por las aberraciones cuando la vida es aburrida.

Decido salir del despacho e irme a ver a Belén, al bar donde trabaja. La primera vez que le empecé a encontrar cierto sentido a todo, hace dos semanas: Belén. Se lo pasa bien conmigo porque no sabe nada de mí. Yo tampoco sé nada de ella. Amor. Aunque lo pienso mejor. Cojo el coche y me voy a casa del tal Alejandro. Entre lloros me dijo dónde vive con su mujer. Y ésta debe estar apunto de salir para ir a trabajar.
Aparco enfrente de su casa, sin disimulo. La gente corriente no espera tener a un detective privado vigilando en las narices de su casa. Eso te da ventaja, la gente es precavida y confiada a la vez, pero sólo suele ser precavida por dinero. Para mí es una ventaja que todo el mundo sólo piense en el dinero.
Al cabo de un rato se abre la puerta principal. Ante mi asombro Belén y Miriam salen en un mismo cuerpo. Parpadeo rápido, me aflojo la corbata. No se me rompe el corazón ni nada parecido. Pero comienzo a sentirme muy nervioso, encolerizado. Estas cosas pasan, me digo, pero no sirve para tranquilizarme. Hace poco conseguí un silenciador, casa muy bien con la ausencia de escrúpulos. Se lo pongo a la pistola. Belén o Miriam se ha detenido e intenta encenderse un pitillo, aún muy cerca de la puerta. Salgo del coche, furioso. Ahora ya puede pasar cualquier cosa. Ni me ha visto y ya la he cogido por el brazo. Le susurro al oído:
– Abre la puta puerta y entra en casa otra vez…
Lo hace. Esto ya es algo personal. Orgullo. Una vez dentro la empujo y mientras cae al suelo recibe un una bala en la entrepierna y otra en la cabeza chocando contra el parqué. Busco la habitación en la que esté Alejandro. No hay niños. Está solo, sentado frente a la televisión. No puede haber testigos. Alguien tendrá que fregar todo esto. Caso cerrado.

Conduzco hacia casa con la camisa ligeramente salpicada de sangre. Han muerto porque me han hecho daño. Nada de esto habría pasado si no hubiera estado enamorado. Me gusta esa idea, me enciendo un pitillo. Por primera vez he matado a una mujer, además, a la única que he querido. Quizá ha salido ganando, podría haber acabado casada conmigo, o peor, habría seguido su vida con Alejandro. Puta. No les echaremos de menos. Me conozco muy bien. Tengo poco aguante para casi todo. De hecho para todo excepto para el sexo. El pitillo se me cae entre las piernas y me empiezo a quemar. Detengo el coche precipitadamente y salgo de él.
– ¡¡Joder!!
Una señora que pasa por mi lado se asusta.
– Perdone.
Me vuelvo a meter en el coche. Con un agujero en el pantalón, muy cercano a Hunter, mi polla. No hay daños.

Al día siguiente, en el despacho, juego un solitario tras otro desviando la vista a la foto de Ernesto de vez en cuando. Hunter ha disfrutado mucho gracias a Ernesto en los días solitarios, y es que Ernesto está realmente buena, ya sea Ernesto o Luz. Da igual. Porque lo que importa es lo que parece, eso es lo que le importa a todo el mundo. Alguien llama a la puerta;
– ¡Adelante!
La puerta se abre y un pipiolo de quince años asoma la cabeza con extrañeza.
– ¿Es aquí lo de las putas?
– No, chico, es arriba, el piso de arriba.
– Oh, perdón…
La puerta se cierra con delicadeza. El chico no durará ni veinte segundos. Hunter endurece al pensar de repente en el burdel que hay arriba. Una de las chicas se hace llamar Lana; una vez me lo hizo tan bien que, aún sudando, con Hunter dentro de ella, le pedí matrimonio. Iba totalmente en serio en aquel momento, jamás he ido tan en serio en mi vida. No me hizo ni caso. Pensé en matarla, pero no. Para qué. No la quiero, no quiero a nadie. Bueno, quise a mi madre, pero nada más. Mi padre era bastante debilucho; murió cuando yo tenía diecinueve años mientras intentaba ahogar a mi madre. Yo estaba en casa, pero no era debilucho. El suelo era de parqué, quizá por eso recuerdo ahora aquello.

En los días que transcurren pienso bastante en mi padre, y en ese día en que le tuve que partir el cuello. Aquel día crecí de repente. Mi padre era un cabrón como yo, pero en un solo día me dio la madurez que muchos padres jamás conseguirán inculcar a sus hijos con toda la bondad del mundo. Fue sin querer, sí, pero fue.
Estoy empezando a sentir desapego por todo. Llegará el día en que Hunter ya no se me levante, y entonces, se acabó.
Dos semanas después de acabar de forma drástica con mi primer amor verdadero me cae otro caso en las manos. Esta vez es una mujer, Laura, que sospecha de su marido. Es atractiva y yo no tengo ganas de trabajar. Una vez me entero de que sólo lleva un año de matrimonio, pongo a Hunter a trabajar. Al principio se resiste, pero al final la tengo sobre la mesa recibiendo sacudidas de Hunter, por detrás y por delante. Me corro en su boca, y al final se lo traga enseñándome la lengua para que vea que lo ha hecho. Me paga y se olvida de su marido. Se va. Laura, lo más perverso con lo que me he cruzado. Tal y como están las cosas debe ser mas perverso tragarse un poco de semen que matar a alguien. En todo caso… caso cerrado. Nunca he sido un Casanova, o bueno, nunca me lo he planteado. Pasa que me estoy cansando de este trabajo. Podría ser gigoló, pero mejor no.

Pasan los días y los meses. Resuelvo casos anodinos de infidelidad. De infelicidad, orgullos heridos. Fumo mucho. Follo lo que puedo. Como mal. Fumo más.
Todo esto es ridículo. No soy Humprey Bogart. Ni tan siquiera soy Rita Hayworth, lo cual estaría bastante bien. Esos orgasmos tan bestias que dicen que tienen las mujeres. Hunter se anima cuando pienso en la masturbación femenina, en Rita, y poco más, ya no es tan fácil, antes Hunter era mucho menos exigente.
Estoy esperando ese caso que me distraiga más allá de vigilar a gilipollas infieles, pero no llega, como pasa en la vida con las cosas buenas. Es demasiado corriente que no pase nada bueno, interesante. No tengo ganas de vivir. Vivir es cansado y estresante. Tanta gente no puede estar equivocada.

Al cabo de días de aquel polvo repentino con Laura, vuelve a pasar algo. Lo último.
La puerta del despacho se viene abajo. Dos hombres entran con sendas pistolas. Uno se acerca y me encañona la cabeza. El otro empieza a hablar.
– ¿Usted mató a Alejandro Gillespie?
¿Alejandro Gillespie? Es posible que aquel tipo fuera un mafioso, alguien importante. Peligrosamente importante al parecer. Pero jamás lo sabré. El tipo que me apunta con la pistola a la cabeza, la cambia de lugar, la pone encima de mi estomago, y dispara. Enseguida noto como la sangre moja a Hunter, y el dolor se hace insufrible. Me dejan solo, desangrándome. Esto puede durar horas. Dicen que los momentos destacables de tu vida se te pasan por la cabeza antes de morir. Creo que yo tengo por delante un buen rato muriéndome, y no tengo tantos momentos destacables. Puedo ver cómo se forma un charco de sangre en el suelo. Y todo oscurece.

Despierto al cabo de no sé cuánto, con un dolor terrible, sentado en la misma silla en mi despacho. Lo único que ha cambiado es que el charco de sangre ahora es más grande. Se vuelve a apagar todo. Ahora quisiera haber tenido algo de lo que me arrepintiera que hubiera estado escondiendo a la gente, y así sentir algo de alivio, pero no hay nada y voy a morir como el hijo de puta que soy. Como mi padre. No hay diapositivas de mi vida; no hay nada a destacar. Ya no va a haber nadie aquí que se encargue de bajar a las mascotas de los árboles.

 

 

 

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