Elisa Cuthbert y la muerte

En la pantalla de mi televisión plana y grande y cara que te cagas, Elisa Cuthbert se baña en una piscina dentro de un jardín privado para darle una lección de vida a un estudiante americano reprimido y cobarde, que se está bañando con ella. Según el tono de la película, eso es una auténtica gamberrada, casi terrorismo. Hace tres años que un compañero de trabajo murió aplastado por el cartel inmenso de la película que desfila ahora por la pantalla de mi tele grande y cara que te mueres. La película es: “La vecina de al lado”.

Cuando sus padres me vieron en el funeral, al principio no me reconocieron. Luego me reconocieron, y me odiaron. No les debí caer bien la última vez que me vieron, alguien les debió hablar de mí. Pasa cuando la gente habla de mí, no suelo ser más que un capullo en sus conversaciones. Y todo lo que orbita a mi alrededor rebosa dignidad en comparación conmigo. No es que yo sea un capullo, pero no se me ocurren demasiados argumentos para defenderme. Llevar la autoestima arrastrando no suele ser bueno para uno mismo, pero a los demás a veces parece molestarles incluso mucho más que a ti. Vas caminando por la calle y si te encuentras con alguien que hace mucho que no ves, basta con ser uno mismo; sueltas un par de comentarios sarcásticos y la mayoría de gente te borra de su lista de probables amigos. En serio, a mí me parece ridículo, acabo viendo a esas señoras de época de las novelas de Jane Austen, esas que se ofenden a la más mínima y se les cae el monóculo cuando abren los ojos mostrando su absoluta desaprobación. Suena retrógrado, pero hay gente en la actualidad a la que les basta con verte con barba de cuatro días. Y se les cae el monóculo. Al suelo. Capullos.

Era mi vida de entonces, con aquel pesado hoy ya en los huesos. Cada día me daba la bara camino al trabajo. Cada día me hablaba de Elisa Cuthbert. Todo el currículo de la mujer estaba en la cabeza de aquel imbécil del que aún no he llegado a saber ni el nombre. Era Elisa Cuthbert y la rutina, todos los días, cada minuto, hasta que el mamón murió. Si conoces a más de tres o cuatro personas aparte de a ti mismo, seguro que por lo menos hay una que sólo sabe hablar de una cosa, sólo hay un tema en su cabeza, una obsesión, normalmente por algo absolutamente banal y absurdo. Es fascinante, pero la felicidad personal para algunos es tan asequible que uno hasta se alegra de no ser así y llevar la autoestima arrastrándose y llenándose de mierda.

Y la gente me miraba en el entierro. Tuve que ir, no es agradable ser siempre el capullo, y en el trabajo los comentarios hubiesen sido constantes. La gente se aburría tanto en el trabajo que tener un blanco para sus críticas hubiera sido un oasis en el desierto que eran nuestras vidas, y que siguen siendo casi al cien por cien. Aunque no me hagas caso, pero hay desiertos muy bonitos. Otra vez la vuelta de tuerca, el sarcasmo, no lo puedo evitar. No lo pude evitar, cuando bajaban el ataúd para meterlo en el agujero pensaba en todos esos gusanos hambrientos, en lo que iban a tener que aguantar si el muerto despertaba y comenzaba a arañar la tapa del el ataúd. Hay gente que si tuviera que elegir una última cosa que hacer antes de morir, por pereza, verían un programa del corazón.

El plan era saludar a los padres, darles el pésame, procurar no soltar ningún taco, no sonreír, no pensar en voz alta. La idea era parecer como todos los demás. Había que simular una tristeza inmensa, como la mayoría de todos los demás. Pensé que era sorprendente la cantidad de gente que rodeaba la existencia de aquel inútil. Todos estaban allí, con gafas de sol, y seguramente a casi todos les importaba un huevo cómo le iba antes de morir, qué pasaba con él. De haberle conocido como yo, le habrían enterrado con una foto de la Cuthbert metida en la bragueta del pantalón. Indiferencia era la palabra que flotaba en el ambiente. Su madre lloraba. Su padre estaba rígido. Y a todos los demás aquello nos importaba un pepino. Si a medio camino de bajar el ataúd se hubieran oído golpes dentro, la mayoría de los que estábamos allí hubiésemos pensado: No me jodas, he perdido una mañana a lo tonto.

Pero todo fue según lo previsto. No hubo sorpresas. El muerto continuó muerto y su madre continuó llorando. El padre continuó rígido. Tengo entendido que era el único hijo que tenían. Según mis informaciones no han tenido ninguno más. Y el siguiente apunte podría ser sangrante hasta cotas insospechadas, así que, cambiando de tercio, me limitaré a decir que sí: Elisa Cuthbert está muy buena. Viendo la película y observando a la chica con detenimiento, hasta entiendo un poco a aquel friki; y quizá hasta sea mejor morir joven aplastado por un cartel con esa cara impresa que no morir viejo con la sensación general de haberla cagado. Lo que es patético lo es según tu grado de exigencia. Muchos de los jóvenes americanos que murieron en el Vietnam querían ir a la guerra, querían ser héroes. Si tu única obsesión es Elisa Cuthbert y mueres aplastado por su cara en una foto gigante, supongo que eso también es una muerte digna. Depende dónde te pongas el listón. No es que el chaval quisiera morir, pero tampoco querían hacerlo los que fueron al Vietnam, ¿no? ¿Es un paralelismo estúpido? Mucha gente piensa en ciertas hipótesis, cosas sobre lo que aprovecharían para hacer “antes”, porque morir de golpe y sin saberlo es terrible. ¿Qué es lo que harías si supieras que sólo te queda una hora de vida? ¿Follar? ¿Seguro que se te levantaría? Vaya, otra vez el sarcasmo. Y luego fuimos a comer.

Fuimos a comer todos juntos. No vi manera de escaquearme porque si me iba me criticarían, y quedándome también, pero evitaría que me pitaran lo oídos en el trabajo. Era como elegir entre morir ahogado o quemado.

Aunque no era exactamente ir a comer. Acabamos en una habitación que tenía dos mesas alargadas llenas de platos con cosas para picar, olivas, patatas, ya sabes…

Era entonces cuando la gente pasaba a saludar a los padres. Me armé de valor. Me puse detrás de un matrimonio que procuraba gastar todos los tópicos mientras daban la mano al padre y besos a la madre: No somos nada. Era demasiado joven. Tenía toda la vida por delante. Qué desgracia. Lo sentimos mucho. Hay que seguir adelante. Perro ladrador poco mordedor. A caballo regalado no le mires el diente. Y así todo el tiempo, alargando mi agonía antes de poder dar mi pésame. Quizá fueron quince segundos, pero fueron eternos. Dije: Lo siento mucho. Le di la mano al padre. Y también le di la mano a la madre. Ellos no me dijeron nada, asintieron de forma casi imperceptible. Yo era al único al que se le notaba que aquello le resbalaba, no lo podía evitar, los monóculos iban cayendo al suelo a mi paso.

Por supuesto, en cuanto pude, me fui de allí. No crucé palabra con nadie. Fuera de la casa, que estaba próxima al cementerio, había un parque. Había una niña de uno seis años. Cuando correteaba delante de mí por vete a saber qué motivo, la niña tropezó, y antes de que cayera de bruces al suelo, la cogí por los brazos. La puse de pie. La niña me miró un momento, pasó de mí y salió corriendo. La madre salió al parque y llevó a la niña para dentro. Antes de entrar dijo algo así como: hasta luego. Me sentí un poco más humano, era la primera persona que me dirigía la palabra ese día. Y la última.

Y divagando, sólo presto atención a la película cuando sale la protagonista. Viéndola sonreír, y haciendo el papel de tía buena capaz de volverte majareta, por primera vez he sentido pena por la muerte de aquel inútil.

 

 

 

elisa.jpg

 

Anuncios

4 comentarios en “Elisa Cuthbert y la muerte

  1. estas enfermoo escribes genial pero lo canalizas con una gran rabi hacia todo… odio a esa gente que escribe insultando, utilizando el sarcasmo para flotar en una nube.. pobre el que murio… y esta encantadora chica que culpa tiene? mira para empezar yo ni me creo la historia.. sii un tio obsesionado con una actriz i muere aplastado por un cartel donde esta ella? que se intento follar el cartel y se le callo encima?
    nose mucho fantasma ai en internet!
    acabo de verr la peli por 4 vez me encanta,,, lo que es la historia, la chica, la relacion el montaje, la gracia, lo que es el ambiente americano!
    y tu solo puedes pensar en tu companyero.. que encima lo insultas y lo dejas mal.. y luego llegas a la deduccion que te da pena.. ami me da pena la gente que esta sola y que escribe con aires de superiorida para escapar del agujero!

    un saludo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s