Terminales

¿Has oído hablar de esa leyenda urbana en la que en el banquete de una boda al novio le quieren cortar la corbata con una sierra eléctrica? Pues solo es una leyenda. Pero después de ver a su novio escupiendo sangre en el suelo, después de que en urgencias no pudieran hacer nada, fue cuando Cristina comenzó con las pastillas. Es como cuando cualquier ido intenta imitar a Superman subiéndose a la cornisa de un edificio. Como si el objetivo fuera siempre hacer realidad todo lo que tiene peligro de muerte. Fue idea de cualquiera de los amigos de Ricardo: el novio muerto. Como cuando unos adolescentes se van emocionados al bosque de noche a jugar a la ouija, los amigos de Ricardo no dudaron en intentar imitar la leyenda. Todo iba a salir bien, la corbata cedería con facilidad. Y la sangre comenzó a salir a borbotones de la herida del cuello. La gente gritaba, se les tapaba los ojos a los niños, el salón de baile comenzó a vaciarse. Cuando Ricardo comenzaba a morir alguna gente huía como si algo les fuera a atrapar. Salías fuera mientras veías el tembleque de la pierna derecha del novio estirado en el suelo, poco antes de que se acabara todo para él. Fuera una mujer vomitaba en unas rosas su cena. Otros llamaban por el móvil. No tardaron en oírse sirenas.

El padre del novio cogió al portador de la sierra por el cuello, e hicieron falta cinco hombres para frenar el asesinato, mientras la sierra descansaba con carne en los dientes metálicos desconectada cerca del cadáver. Se contó con varias ambulancias. Aparte del accidente en sí, hubo un infarto, desmayos, y el hermano de Ricardo con la mirada perdida, catatónico. La madre se abrazaba a su hermana deshaciéndose en lágrimas, atragantándose. Si entrabas al rato, y antes de que llegaran todos los vehículos de seguridad y emergencias, antes de que un equipo de psicólogos hablara con la gente en el precioso jardín del restaurante, lo que veías era un cuerpo inerte encima de mucha sangre que parecía demasiado negra. Demasiado falsa de tan auténtica. Así que finalmente la leyenda fue real, aunque solo después de que alguien la ideara. La mayoría de las historias de miedo solo son historias. Pero también son un puñado de ideas.

Cristina, la novia, recurrió a la terapia de grupo. Un montón de instrucciones y pasos para superar una depresión, como si alguien te pasa una receta. Todos los integrantes del grupo de Cristina tenían alguna marca, en las muñecas, la cabeza. Mirabas dentro de aquella habitación y era un milagro que aún estuviesen todos vivos. Y Cristina entró el primer día, y tuvo que presentarse: Me llamo Cristina, mi novio murió el día de mi boda, soy adicta a los barbitúricos, los somníferos y la eroína. Y al unísono: Hola, Cristina. Sonrisas de cejas caídas, desgracias en cada mirada. Ganas de morir mal camufladas. Y la chica que animaba a hablar a cada uno de los integrantes sonreía y veía siempre grandes progresos en todos. Siempre mentía: Que estéis aquí ya es un gran paso, podéis continuar con vuestra vida, sin pastillas, sin seres queridos, sin esperanzas. Aunque no llegaba a decir todo eso. Todo era intentar desintoxicarse de querer morir. Lo contrario a la gente que tiene cáncer. La enfermedad terminal para Cristina era cada mañana después de una noche en vela. Y para todos sus compañeros. En una de las paredes del aula había un Cristo en su cruz. Cristina pensaba que quizá hubiera quien se agarrara a Dios para seguir adelante. Parecía una estrategia de Gloria, la del optimismo, la jefa del grupo, la que guiaba a las víctimas de la vida por el sendero correcto; una profesora de parvulario para gente de treinta y cuarenta años que estaba con el mono constantemente. La muerte era preciosa allí dentro, la protagonista. El limbo no asustaba a nadie. Gloria salía a veces a por café. Dejaba a todo el mundo en su silla, todos sentados, mirando al vacío, pensando. Suicidas pensando. Las malas lenguas decían que un día Gloria se cruzó con la clase al completo de terapia de adictos al sexo. Esa habitación minúscula donde se guardan las escobas estaba siempre transitada. Y uno de los sexo adictos se decía había seducido a Gloria. Seducido era la forma elegante de decirlo. Ella decía que se iba a por un café, y volvía escondiendo una sonrisa, con los mofletes sonrosados y sin café. A veces era el cuartillo de los trastos de limpieza y otras los lavabos. Y más que malas lenguas eran certezas. Cristina se fue una vez al lavabo durante una de las ausencias de Gloria. Se bajó las bragas en uno de los habitáculos, y en otro se oían suspiros femeninos acompañados de la murga habitual del sexo a trompicones. Mientras ella y todos sus compañeros miraban la habitación en busca de vigas firmes y apetitosas, Gloria multiorgasmaba con tíos que decían que no podían seguir así, que no puedes pasarte la vida buscando a alguien en quien meterla como si eso fuera vitamina C o aire que respirar. Necesidades básicas. Daba igual si era siempre querer follar o querer morir, tanto una cosa como la otra eran un obsesión que ocupaba demasiado tiempo, y las dos podían conducir a enfermedades terminales que algunos aceptarían si dudar.

Terapia para soportar la idea de la muerte inmediata o para aceptar que la vida puede ser soportable. Terapia para conseguir estar unas horas sin follar. Para aguantar los amaneceres y las sonrisas ajenas con el amor de tu vida muerto. Cristina decía que al principio tenía claro que llenaría la bañera y usaría una cuchilla de afeitar. Pero luego tuvo miedo a sufrir demasiado. Y no tenía claro que Ricardo le esperara al final de una luz, con una cicatriz en el cuello y los brazos abiertos. Gloria decía que había que tener fuerza de voluntad, y buscar a alguien a quien querer. A alguien vivo. Y eso lo decía con el Cristo en la pared, ensangrentado y sacrificado, mirando a todos los suicidas. Y otro café esperaba, en el cuartito de las escobas, el lavabo; sexo sin más con un adicto al sexo sin más. Cristina y los demás compañeros ya se habían dado cuenta de que en aquella habitación no había ventanas. Era una caída libre de ocho pisos, productiva si sabías caer. Los detalles de la muerte de Ricardo, Cristina no los desveló hasta su décima intervención oral en la clase: ¿Habéis oído hablar de esa leyenda urbana en la que en el banquete de una boda al novio le quieren cortar la corbata con una sierra eléctrica?, empezó Cristina. Pues es verdad, dijo, ese tío era mi novio. ¿Quién le impedía a Cristina divertirse cuando podía adjudicarse el protagonismo de una leyenda sin que nadie la llamase mentirosa? Gloria tragó saliva: ¿Cómo fue? Y Cristina: La verdad es que le cortaron la cabeza y esta cayó mis pies. Lloros, hipidos. Cristina se sorprendía a sí misma con su actuación. El gilipollas de mi marido era el tío de la leyenda, decía. Era verdad, ahora ya lo sabéis. Gloria se acercó a la silla de Cristina y puso una mano en su hombro: Gracias por compartir tu experiencia con nosotros, Cristina. ¿Me perdonáis?, necesito un café.

El hermano de Ricardo, David, no volvió a decir nunca más una palabra después de la boda. Tenía diez años. Cristina a veces iba a verlo. En realidad un día visitó a la familia de su novio en busca de pastillas que robar. Y a partir de ese día se estrecharon lazos de amistad entre ella y el niño mudo. De camino al colegio Cristina le hablaba de toda su vida, de su grupo de apoyo, de que su guía espiritual se estaba convirtiendo en ninfómana, de que aún quería morir. Daba igual decirle lo que fuera al niño, porque ni se inmutaba, no miraba, no era un niño, no era nada. Era como darle los buenos días a un gato, como hablarle de tus cosas a Gloria mientras pensaba en su siguiente café. A la más mínima, Cristina se dio cuenta de que nadie la haría ni puto caso; a nadie le importaría lo más mínimo perder una mañana en el cementerio con tal de quitársela de en medio. Porque hasta sus padres la odiaban. Sus progenitores, que mientras su marido se desangraba salieron corriendo y se metieron en el coche, porque mamá se mareó. Mamaíta. Mientras su hija se convertía en una suicida potencial, y absolutamente todo se iba a la mierda.

Durante la decimo tercera intervención oral de Cristina, ella y todos los compañeros de cejas caídas y semblante tristón, conocieron a Sergio, de unos treinta años. Entró en la habitación interrumpiendo la sarta de mentiras de Cristina, ya malacostumbrada. Y al unísosno: Hola, Sergio. Hola a todos.

Sergio tenía un fuerte golpe en la cabeza, y un brazo en cabestrillo. Decía que se moría de miedo. Que no quería seguir. Por sus alucinaciones. Porque había sido tratado por los mejores y él seguía encontrándosela, viéndola, sintiéndola. Y en su primera intervención oral, antes de empezar a hablar, Sergio miraba de forma insistente a Cristina, que se alisaba la falda y sacudía el flequillo de forma constante, nerviosa, contestando a su mirada, coqueteando, olvidadiza, despistada, sin odio. Y Sergio dijo: ¿Habéis… oído hablar de esa leyenda urbana sobre la chica de la curva?

 

 

 

 

 

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5 comentarios en “Terminales

  1. vuestro nuevo relato recuerda el párrafo

    No es por dar pistas, pero mi padre era de los que veía la Formula 1 cada fin de semana, compraba revistas sobre el mundo del motor, y hasta tenía alguna camiseta de Ferrari. Combina todo eso con los planes de una gran marca. Está todo muy bien pensado.

    Parece que lo teneis todo bien pensado

  2. En esta primera aproximación me ha gustado el relato. Todos somos, de alguna u otra forma, en algún momento “suicidas” potenciales.
    Te seguiré leyendo.
    Gracias por tu comentario 🙂
    Un abrazo.

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