Archivos Mensuales: septiembre 2007

Cita anual

El lugar en el que estamos es un restaurante de techos altos, lleno de candelabros y platos impolutos y enormes sobre los que hay servilletas que forman una figura que no sé que representa o si quiere representar algo y que da pena desplegar. Me sorprende que en una de las paredes llenas de apliques dorados de formas suntuosas y victorianas haya una pantalla plana enorme en la que grita un programa de sucesos. Nadie perece tener la intención de bajar el volumen mientras a la presentadora guapa y adusta se le escapa una sonrisa presentando una crónica sobre un maltratador reincidente. Me duele la cabeza y bajo la vista hasta ver a Marisa y Juan, con los que voy a cenar. Mientras alguien llora en televisión, Marisa despliega su servilleta con las manos temblorosas y Juan mastica un trozo de pan a la espera de que lleguen los entrantes; entremeses para mí y para Juan y una ensalada de espárragos para Marisa. Los detalles de Juan son: atractivo, predecible, aburrido, práctico, plano; no seas irónico o sarcástico con él. Yo varío en cuanto a lo que me caracteriza, que actualmente tiene que ver con una sensación de desazón con casi todo lo que me rodea, y una obsesión enfermiza que raya lo absurdo por la pornografía por internet. Los detalles sobre Marisa son: me gusta. Lo bueno es que ellos son hermanos. Y lo malo es que son mis primos. Lo aberrante es que hace veintiséis años el hermano de mi padre conoció a un andaluza y se casarón y tuvieron a Marisa y yo ahora me liaría con ella sin dudar. No es como cuando has vivido toda la vida con tu hermana en la misma casa, o con tu prima en la misma ciudad. Esto es más bien cuando ves a tus primos una vez a al año y tus padres insisten en que salgas a cenar con ellos porque sois primos y lleváis la misma sangre y sería una pena que siendo jóvenes no aprovecharais la ocasión anual. Y quizá sea por el exceso de pornografía o porque últimamente sólo leo a Bukowsky o porque cada vez soy menos sentimental, pero ayer soñé que Marisa daba a luz un niño de dos cabezas, y ambas eran igualitas que yo. El camarero llega con la ensalada de Marisa, y ésta, sin ningún reparo en que Juan y yo no tengamos aún nuestros platos delante, clava su tenedor y se lleva un esparrago a la boca, del que sale menos de la mitad intacto. Una gota de aceite cae en su pronunciado escote y miro la gota que está justo en el lugar en el que yo pondría la…

– ¿Qué tal en la universidad, tío? – dice Juan, interrumpiendo la ensoñación.

– Bien… – digo, con claro tono de duda. Y añado -: Bueno, la verdad es que dejé los estudios el año pasado.

– ¿Ah, sí? – murmura Marisa, sinceramente sorprendida, pasando la servilleta entre sus tetas.

– Sí… – le digo a mi reloj.

– ¿Y qué planes tienes? – dice Juan, claramente desinteresado.

Me gustaría conseguir una pistola y usarla y enterrarte y huir con tu hermana hasta que nadie consanguíneo pudiera dar con nosotros nunca.

– Aún no lo tengo claro, la verdad – digo, firme, teniendo la esperanza de que no insistan en el tema.

El camarero llega con los platos de entremeses y siento una sensación de alivio que desaparece en pocos segundos. Ella no me ve como amante porque ni tan siquiera me ve como amigo. Y es una pena porque Juan no ve una mierda y sería fácil darle esquinazo y conseguir un condón y conducir hasta cualquier descampado y…

– Este sitio no está mal – comenta Juan. Lo malo de Juan es que me irrita cuando habla, porque nunca dice nada, y además interrumpe el silencio. Marisa se levanta y dice que va al lavabo. Me veo a mí mismo levantándome y encaminándome hasta el lavabo de señoras y entrando y…

– ¿Y cómo es que dejaste la universidad?

Juan es de esos tíos que sería capaz de engancharse al tabaco para luego dejarlo y poder decirte lo fácil que ha sido, que fumas porque no tienes carácter.

– No lo sé, equivoqué la carrera…

– Pues puedes probar con otra que te guste.

Gilipollas.

– Tengo un amigo que dejó la carrera de informática y se puso a estudiar bellas artes, todo es ponerse.

No creo que tengas amigos.

– Tus padres debieron subirse por las paredes cuando dejaste los estudios…

Muérete.

De la misma forma que me fascina el optimismo sincero, odio el optimismo de postín; seguramente el de Juan, un tío que te sonríe igual un lunes que un viernes, alguien a quien sin duda no hay que darle la espalda. No digo nada después de su último comentario y Marisa vuelve y se sienta y ya llegan los segundos; algo que lleva arroz y trozos de carne y que no sé que es para Juan, bistec para mí y chuletas de cordero para Marisa. Pienso en preguntarle qué es lo que ha pedido a Juan, pero luego decido que no merece tanta atención. Marisa me mira y dice que cómo ando de novias. Lo único que me molesta de ella, que me saca seis años y aún me habla como cuando tenía veinte y yo catorce.

– Pues… no tengo novia.

Esta es una auténtica conversación entre primos en la que no debería meter la polla, y por eso me habla así. Pero la polla está metida desde hace años, quizá desde el día en que me toqué lo suficiente por primera vez como para luego tener que limpiar salpicaduras de esperma. Es desconcertante hablar con ella, sabiendo que no se entera, no sabe con quién habla.

– Pues eres muy atractivo, alguna chica habrá, que siempre haces reír a las chicas, que lo sé yo…

– Deja al chavalín, tía… – salta Juan, mirándome -, que se está poniendo rojo. No te pongas rojo, colega…

Me miro el reloj mientras Juan me deja en ridículo delante de ella sin parar de hablar, y creo que le odio ahora más que nunca, y para siempre. Seguro que Juan es de ese tipo de personas que, indirectamente, provocan esas matanzas en los institutos; esas personas capaces de devorar tu paciencia de posadolescente, para que quizá un día, armado hasta los dientes, acabes desahogándote. Quizá el único motivo por el que ahora él sigue vivo es que aquí no puedo comprar un arma en la tienda de la esquina. Yo, que me considero pacifista, contrario a la pena de muerte, tranquilo, tímido. Porque imaginar a veces es la única forma de desahogarse; véase Juan torturado lentamente, mientras me pide perdón meándose en los pantalones…

– Qué… ¿cuántas novias has tenido?

Te la estás buscando.

– Qué cabrón, no suelta prenda…

Por tu bien.

– Déjale, anda – le salva Marisa. Muy pocas veces me quedo con ganas de matar a alguien con mis propias manos, o quizá ninguna vez me ha pasado, excepto hoy. No hay muchas personas que me cabreen, y de hecho hay que hacer un esfuerzo titánico para conseguir mosquearme, pero está claro que este tío tiene un don. Creo que no me peleo desde que tenía catorce años, cuando por cualquier tontería acababa revolcándome por el suelo con cualquiera, con ganas de matarle, hasta que alguien nos separaba. Casi siempre era jugando al fútbol en el barrio. La adolescencia, cuando no hacía más que jugar al fútbol y el día en que venían mis tíos hacía lo que fuera por impresionar a…

– Oye… – dice Juan -, ¿no te habrás mosqueado, no?

Que te jodan.

Intentaba impresionar a Marisa, que ya era una mujer mientras yo aún era un niñato y aún no había oído hablar del…

– ¿Te has mosqueado?

– Que te jodan – … del incesto.

– ¿Pero qué os pasa? – interviene Marisa.

– Que dice que me jodan… se ha mosqueado el colega…

Marisa me mira, se levanta de su silla.

– Acompáñame afuera – me dice. Y no me lo tiene que decir dos veces. Salimos afuera, bajamos la escalinata de cinco tenedores con alfombra roja de pelo largo incluida. Llegamos casi hasta el aparcamiento lleno de coches que sumados deben valer el presupuesto general de un país pobre, dejando atrás el bullicio del restaurante, y ella me dice que por qué me he enfadado. Miro por encima de su hombro y puedo ver a Juan bastante lejos, por una ventana, cómo mira su plato, y parece seguir cenando.

– Ni idea, no sé… me he picado.

Ella se me queda mirando, y yo no puedo evitar apartar la mirada y vuelvo a ver a Juan, que esta vez está rodeado de gente. Miro a Marisa y a Juan a lo lejos. Alguien le da golpes en la espalda. Marisa me sigue hablando y yo ya no la escucho porque disimulo y Juan se está atragantando con algo. Y mientras veo a Juan convulsionar a lo lejos decido que no se lo voy a decir a Marisa. Alguien sale del restaurante y saca su móvil. Vuelvo a tener catorce años y estoy en mi barrio intentado matar a alguien. Igual no tienes pistola, pero puedes tener un golpe de suerte.

– ¿Me vas a decir lo que te pasa o no?

Ahora lo importante es que Marisa no mire hacia atrás. Nada de ponerse a correr hacia el restaurante. Marisa sigue hablando y por encima de su hombro veo a gente llevándose las manos a la cabeza, a lo lejos, a una mujer tapándose la boca, mirando hacia el suelo de cinco tenedores.

– Estoy… Me gustas, desde siempre. Lo siento, no lo puedo evitar –digo, serio.

Si te has enamorado, confiesa, es lo mejor. Y confesar también es la mejor forma de captar la atención de otra persona al cien por cien. Para que sólo te mire a ti. Más gente sale del restaurante resoplando y sacando un cigarrillo, hablando por el móvil. Pero Marisa sólo me mira a mí. Y aun cuando entre dos tíos sacan el cuerpo de Juan del restaurante y lo dejan en la alfombra de la entrada, ella sólo me mira a mí. Aunque ya se oye el bullicio de la gente que antes estaba dentro y ya está fuera porque ha muerto alguien y necesitan aire, ella no presta atención. Vuelvo a tener catorce años y esta vez nadie ha venido a separarme de mi oponente. Es como si le hubiera matado por telepatía, de la manera en que un católico dirá que ha sido Dios el que se lo ha llevado y un científico no podrá decir nada aparte de enseñar el trozo de carne después de la autopsia.

– Pero, ¿cómo te voy a gustar? Soy tu prima.

– Ya lo sé…

Comienza a oírse la sirena de la ambulancia.

– Apenas nos vemos, cariño – me dice -. Puedo caerte bien, pero de ahí a gustarte…

No digo nada. Porque la verdad es que ya no sé qué decir y no puedo seguir distrayendo su atención. Miro al suelo, desentendiéndome de la situación, y es entonces cuando ella depara en los ruidos y en la sirena de la ambulancia, cada vez más cerca. Se da la vuelta y escruta la situación.

– Hay un hombre en el suelo…

Se pone a correr hacia el restaurante, ya sabiendo que es su hermano el del suelo. La oigo lloriquear mientras corre. Yo no reacciono y me quedo parado, decidiendo si lo que he hecho ha sido declararme o asesinar a alguien, sin llegar a ninguna conclusión. El lugar en el que estoy me hace parecer diminuto bajo el cielo estrellado, entre arboles y cerca de los coches aparcados, con gemidos familiares de dolor a lo lejos. Veo una estrella fugaz. No pido ningún deseo.

 

Plenitud

Es cierto que a veces la solución es mucho más sencilla de lo que piensas, pero eso no significa que sea más fácil encontrarla. Mi padre siempre lo dice y siempre me ha parecido que tiene razón. Salgo de casa e intento tirar de la minifalda hacia abajo, en un gesto de pudor inútil. Al hacerlo se me ve el tanga. No quiero que se me vea el tanga. Las minifaldas son una cosa, pero el tanga es sólo para mi novio. Aunque me sonrojo al pensar en él como mi novio. Hace tres semanas que le conozco. Vivo en un estado de ansia constante, como si faltara algo. Tengo diecinueve años y ya no sirve la justificación de la confusión por adolescencia. Mi chico ha pasado cinco días fuera y le he escrito dos cartas. Tiene veintitrés años. Me llamó y me dijo que mi forma de escribir era infantil y que no lo hiciera más, porque le hacía ruborizarse. Se avergonzaba de mí. No me sentó muy bien, pero se me pasó enseguida. Se llama Félix y siempre dice la verdad.

Así que ahora camino a su encuentro. He pasado todo el día ansiosa e incómoda, pero eso no es noticia porque llevo años así. Y hasta acudí a un profesional. Fue un psicólogo que me dio por perdida al cabo de los meses. No sé cuántos, unos meses. Yo no sabía que esa gente tirara la toalla. Soy una chica sana, y por más revisiones que me han hecho no me han encontrado nada. Además, al tercer día de quedar con Félix, me dijo que cualquiera se querría acostar conmigo. Y me dijo que por eso tenía tanta suerte de gustarme.

Por más que coma o beba jamás quedo satisfecha. Por más que recurra al sexo no me lleno. No me sirve tener buenos amigos ni unos padres considerados. Me siento como se debe sentir un toxicómano que comienza a tener el mono; estoy en un estado perpetuo de eso. Paso épocas en las que me pongo enferma de verdad, depresiva, y entonces mis padres insisten en que me vuelvan ha hacer otra revisión médica. Y entonces, nada. Siempre nada. Siempre en un estado perpetuo de duda, de si es el físico o la cabeza lo que me falla. Es como si no tuviera alma. No tengo alma. Y caminando hacia la casa de Félix rompo a llorar; lo hago con frecuencia cuando pienso demasiado en mí misma. Bebo en todas la fuentes públicas, y hasta entro en bares de improviso a menudo a comer un bocadillo. Y nada, y sigo incompleta, con cara de pocos amigos, porque a veces creo que es alguna vitamina que me falta, algo que estoy pasando por alto, déficit de algo. Quiero creer eso. Pero lo que me pasa no parece ser nada de eso. He probado con las drogas, y una vez me acosté con una chica, por si descubría un lesbianismo que hubiese estado frenando por miedo. Alguien me habló de ello. Todo el mundo sabe la solución de los problemas siempre que no sean propios.

Al llegar a casa de Félix toco al timbre y él me abre la puerta. Le beso, y no hay nadie en casa y lo hacemos en la cama de sus padres, que están fuera, de vacaciones. Me siento completa durante los segundos que duran los dos orgasmos que me provoca. Dos. El primero con la lengua y el segundo con la polla, aunque no sea de señorita decir polla. Pero me gusta decirlo si estoy sola: polla, poooolla. POLLA. Después me abrazo a él, a Félix, intentando olvidar que no me basta con nada, por mucho que pida más y me lo den.

Nos vestimos y salimos hacía donde sea que me lleve. Me dejo guiar, agarrada a su brazo, disimulando, para que él no note mi constante preocupación. Mi preocupación constante. Sé que si me notara infeliz comenzaría a hacer preguntas. Y odio eso. Podría matar a alguien por eso. Muchas veces me doy miedo a mí misma. Estoy hasta la polla. ¡Hasta la polla! Me vienen pensamientos terribles a la cabeza. Me pregunto cómo sería rebanarle el cuello a alguien que no conozco, y me sorprendo al pensar en que no tendría reparo en hacerlo. O navajazos, tiros, ahogar, despeñar. Y puede que estos pensamientos tan duros tengan que ver con mi vacío interior. O eso espero, creo. Puede que deban aislarme de la gente. La gente es demasiado confiada a veces, y me dan escalofríos cuando pienso en que eso me gusta, me da cierta libertad de acción. Porque nadie me conoce de verdad.

En la discoteca sólo hay unas pocas personas. Es esa hora en la que hay dos por uno y los novios de las gogós están allí hablando con ellas, mirando desconfiados a su alrededor. Mi primer cubata se ha vaciado en unos tres minutos y Félix me dice:

– ¿No vas demasiado embalada?

– Oh, perdona…, hasta yo me he sorprendido.

Me sonrojo.

– No creas que suelo beber tanto – digo.

Y miento con naturalidad, como si no fuera famosa entre mis amigas. Buena parte de la ciudad ha amanecido alguna vez con mis vómitos secándose. Puedo jurarlo. Me contengo hasta volver otra vez a la barra. Consigo que pasen casi dos horas hasta que consumo mi segundo cubata, también en pocos minutos. Félix y yo permanecemos pegados la mayor parte de la noche. Me encanta sorber su saliva y tragarla. Es algo místico, como si estuviera cerca de conseguir algo que no tiene nada que ver con el beso. Félix va al lavabo y aprovecho para fumar un cigarrillo. Al ver que está tardando demasiado, voy a buscarle. Al llegar veo que está discutiendo con otro tío, airadamente. El tío rompe su cubata contra la pared y lo acerca con un gesto rápido al cuello de Félix. Después se va. Reacciono cuando veo que el cuello de mi novio empieza a sangrar a borbotones. Impávida y con la mente en blanco, me acerco a él. Me acerco con una sensación extraña en mi estómago. Con curiosidad, comienzo a sorber de su cuello. Él no intenta separarme, y hasta gime, creo que con placer, pero me da igual. Una sensación de plenitud me invade. Creo que tengo un orgasmo. Noto las bragas mojadas, abajo. La solución a veces es mucho más sencilla de lo que piensas, o está más cerca, o no, o ya no sé si mi padre tiene razón, pero me da igual. Tengo el top salpicado de rojo. Mi novio ha muerto, o aún no. Pero me da igual. Suelto su cuello. Su cuerpo cae inerte al suelo de azulejos. Salgo del local, con la penumbra de rayos de luz estroboscópicos camuflándome.

 

Al pasear hasta mi casa, sale el sol y me da en la cara, sin problema. Es una zona de obras y veo cómo algo se mueve en un matorral. Me abalanzo hacia el matorral y atino con las manos el bulto y cojo lo que resulta ser un gato. Parece casero e intenta arañarme. Su pelo como de alfombra cara me molesta y no me gusta, pero lo hago. Cierro la mandíbula mordiendo su panza. Hasta que deja de moverse. Y no es lo mismo. Sangre de gato chorrea mucho menos apetitosa por mis comisuras, y me detengo a pensar en qué clase de persona debo ser ahora. Quizá soy lo que llaman vampiro, o vampira, o cualquier cosa de esas; o a lo mejor estoy loca, pero me da igual porque me siento bien. Por fin me da igual todo y me siento bien.

 

Gente del futuro

Tengo treinta y tres años y el médico me ha dicho que el tabaco me va a matar. Pronto. Casi puedo oír a la gente del futuro; <<¿Te acuerdas de Marina? Dicen que sus pulmones ya eran como tinta china>> De pequeña odiaba que me llamaran Marina. Odiaba a mis padres y de hecho odiaba en general. Con diez u once años ya era una experta en renegar de todo. Siempre he sido igual, pelo negro industrial como el negro que verías si derritieras un neumático. Siempre el corte de pelo a la altura de los hombros, rímel negro para resaltar el color miel de los ojos, camisetas negras y vaqueros ajustados de cualquier color, con los pies enfundados en zapatos de tacón. Tacones cada vez más altos a más años de edad. Como si fuera inconformista de cintura para arriba y pija de cintura para abajo. Hasta llegar a ahora, viviendo en un piso compartido con un tío al que lo mejor que le podría pasar es resbalar un día en la ducha y darse un golpe en la cabeza. Casi puedo oír a la gente del futuro; <<¿Era tu compañero de piso? Vaya, pues estarás destrozada>>. Destrozada. La gente del futuro suele ser previsible y falsa. La gente que te rodea y sonríe y te masacra cuando no estás delante. Ellos, los que dicen que te conocen. <<¿Tinta china? Esa tía era un putón…>>

Esto es sólo un ejemplo. El otro día me senté en el sillón a ver la tele a eso de las diez de la noche. Levanté el culo y me fui a dormir como dos horas después. Me arropé, di un par de vueltas en la cama y me levanté a mear. Cuando pasé enfrente del cuarto de estar mi compañero de piso tenía el cojín en el que había estado apoyada, lo tenía cogido con las dos manos y lo estaba apretando contra su cara con los ojos cerrados. Otras veces he encontrado mi ropa interior revuelta. Mi compañero de piso. Y es sólo un ejemplo, oler lo que toco o he llevado puesto. Es cuando te avergüenzas demasiado de alguien como para dedicarle mucho tiempo en tu cabeza. Ni tan siquiera sé si recuerdo cómo se llama; Pedro o Pablo o algo con “P”. Somos el matrimonio moderno ejemplar. Los matrimonios modernos los provocan el personal de las inmobiliarias al comunicarte lo que te va a costar tu independencia. El alquiler te obliga a confiar plenamente en alguien, aunque sólo sea en lo económico. Eso es el amor para muchísima gente, encontrar la pareja económica ideal. Amor moderno. En este nuevo tipo de amor puedes odiar a tu pareja si quieres, ponerle los cuernos; tan sólo basta con que pongas tu sueldo a su disposición a final de mes, y él el suyo a la tuya. Hay mucha gente que acaba confundiendo este tipo de amor con el de verdad, y los hay que incluso se casan. Quizá porque el amor poético ha muerto por falta de credibilidad. Pero no hay que preocuparse, con el nuevo amor todas las parejas son aceptadas; homosexuales, lesbianas, da igual; y hasta acaba siendo verdad eso de que el amor no tiene edad. No la tiene, sólo se trata de dinero. Unos precios lo suficientemente elevados pueden hacer trizas cualquier tipo de poesía que puedas encontrar en la vida. Bienvenidos al amor moderno: menos preocupaciones, sólo cuestiones prácticas, apenas unas sumas, ¿quién dijo que el amor era complicado? Dime lo que cobra tu pareja y te diré si te quiere. Quizá de ahí las parejas liberales, los tríos, las orgías, todo eso que se está normalizando. Imagínate a tres personas compartiendo piso, o a cuatro, que al final acaban… revolviendo el dormitorio. Otra de esas pruebas que demuestran que el amor y el sexo son de planetas diferentes. Todas esas cosas nos ha enseñado sin querer la anónimo-dependencia, la verdadera necesidad de encontrar a alguien conocido o no para poder pagar el piso a medias. Dependencia para poder conseguir la independencia. Porque ni independizándote consigues independizarte. Mírame a mí, por lo menos a mis padres les podía pedir dinero, o un favor de vez en cuando.

Mi esperanza actual es un hombre. Y mi vía de escape una mujer. Clara. La antigua compañera de la universidad con la que aún conservo el contacto. A la que se lo cuento todo, porque es lo suficientemente lejana a mi grupo de amigos como para poder hablar con ella sin tener que imaginar después a todo bicho viviente que me conoce chismorreando sobre mí. Hablar con ella es como escribir un diario sin la posibilidad de que alguien lo lea. O por lo menos es lo más cercano a eso. Una mañana de sábado, después de haber salido Pedro o Dani o como coño se llame, suena el teléfono y es Clara. Puedo hablar tranquila: ¿Qué tal, Clarita? Pues todo bien ¿Seguro? Sí, ¿qué tal te va a ti?

– Pues me gustaría matar a mi compañero de piso, pero necesito su dinero…

– Ya. – sonríe – ¿Pero es que no te lo follas?

– No me hagas vomitar… ¿Sigues yendo al taller de escritura?

– Sí, pero últimamente todo lo que escribo me parece una mierda.

– Tranquila, de todas formas, ya sabes, si escribes alguna vez algo bueno se te reconocerá cuando ya estés muerta o algo así…

– Gracias por los ánimos…

– Ha pasado muchas veces.

– Ya… ¿Has llamado a ese tío?

Ese tío. Mi esperanza. Ahora mi esperanza está volcada en un tío que parece valer la pena de verdad, que me cae bien. Trabaja como funcionario, lo cual es digno de admiración, ya que yo a estas edades ya me habría suicidado si lo fuera. Y en sus ratos libres hace de canguro. Es algo así como un mito en el barrio. He salido con él un par de veces. Y un par de veces quiere decir dos, no ha sido una frase hecha. Porque la tercera me está costando más. Por aquello de esperar a que llame él, porque le toca a él y todas esas gilipolleces de pareja.

– No – digo -, no le he llamado. Hace dos semanas que no nos vemos.

– Joder…

– Ya…

– Bueno, te cuelgo, que no me dejan hablar tranquila. Y llama a ese tío, anda, haz algo, muévete…

Y cuelga/o. Miro el teléfono con ganas de tirarlo por la ventana. Descuelgo. Marco el número del funcionario. Lo bueno es que con su horario fijo siempre sé si va a estar libre. Al segundo tono se oye un clic, un niño grita a lo lejos en mi oído. Oigo respiración en el auricular.

– ¿Si?

– Ho… Hola…

– ¿Hola?

– Soy Marina.

– Ah, ¡hola, Marina!

Dios, no pongas tanto énfasis en el nombre.

– ¿Estás ocupado?

– Estoy en casa de unos vecinos, estoy haciendo un canguro. Es un follón, son gemelos… Tienen cuatro años…

– Ya, bueno… te llamaba por si querías salir esta noche a algún sitio… Si… si quieres, ¿a qué hora acabas?

Estoy en la puerta de los multicines y se me ocurre que tendría que haber traído ropa de abrigo. El funcionario se retrasa. Tengo la piel de gallina. Me he puesto demasiado rímel, y he descubierto una raya en las medias de las que se ven desde el otro lado de la calle; no sé si vendérselo como un recurso estético o decirle la verdad. Voy toda de negro. Una quinceañera gótica de treinta y tres años. Como mínimo es desconcertante. Nunca he tenido la voluntad de cambiar de hábitos con la ropa. Por pereza. Y él va a llegar con sus vaqueros baratos y cualquier camisa. Viéndonos nadie diría que tenemos algo en común en lo de vestir. Pero ya sabes lo que pasa con la gente del futuro. <<Esa chica debía dormir en un ataúd; debía fumar dentro del ataúd; debía follar dentro del ataúd>>. El médico me dijo no hace mucho que con mi ritmo de cigarrillos por día era un milagro que aún no me hubiera dado un infarto. Teniendo en cuenta el estado de mis pulmones. Tinta china. <<Ella se lo buscó>>. Veo llegar al funcionario, pero aún es un punto en el horizonte. La gente no puede evitar mirarme antes de entrar en el cine. A la gente le encanta comparar su vida con la tuya, y normalmente les basta con ver cómo llevas el pelo o qué ropa te has puesto, y después ya se sienten mejor. Mejores. Por suerte el funcionario no parece ser así, y es justo eso lo que me gusta de él, su visión poco definida de las cosas, del mundo, de la vida; como si se conformara con hacer un par de buenas acciones al día y punto. Lo que sería un Boy scout para los americanos. Lo que tan poco erotiza a la mayoría de las mujeres; la bondad no camuflada.

Y porque casi nada en la vida es una sorpresa, efectivamente el funcionario llega con sus tejanos baratos, su camisa, sus buenas intenciones. Un beso en cada mejilla, su mano derecha en mi brazo izquierdo, apenas apretando, ni un segundo. Y después los dos levantamos la vista hacia la cartelera. Ocho salas.

Mientras vemos la película me siento yo el chico, salida, dudando sobre si tengo que tocarle más de la cuenta, sobre cómo se lo tomaría si lo hago. Porque él no parece nervioso o excitado. No sabe que igual le estaría haciendo una paja si hubiera menos gente y se dejara. <<Era un putón verbenero, vaya si lo era>>. Igual se la chuparía; aunque nunca se la he chupado a nadie, quizá a él se la chuparía. <<No sabía estar sola, siempre se tenía que estar tirando a alguien>>. Puede que si llevara falda y hubiera menos gente me bajase las bragas y me sentara en su bragueta. <<Guarra>>. Puede que tirara de su brazo a media película y me lo llevara a casa y… <<Ninfómana>>. Pero en lugar de ser yo, lo que hago es intentar seguir el argumento de la película, pareciéndome demasiado a esa gente del futuro. Que me juzgará sin saber nada de mí.

Lo que pasa luego es que la película acaba. El funcionario me acompaña a casa. Hasta la puerta de casa. Y me da un beso en la boca, sin mucho ritual, pero ya es algo. Se va y me deja con ganas de… <<Puta>> Ganas de hacerle saltar los ojos, follando. Me gusta, me gusta mucho, aun con lo del romanticismo patológico. <<Eso era, una zorra>>.

Lo que me dijo el médico es que un día podía notar un dolor muy fuerte bajando por el brazo izquierdo, una sensación de colapso. Es una posibilidad. Si pasa, me dijo, tienes que tener a alguien cerca. Con un infarto no puedes cargarte de paciencia y coger el coche para ir al hospital. O eso, me dijo, o puedes dejar de fumar. De forma radical. Lo que pasa es que el funcionario ya ha dejado pasar tres días sin llamar. Lo está haciendo otra vez. Coño, ¿no puede llamarme? Así no voy a adelantar nada. Cada vez me gusta más el tabaco. Puedo pasar sin sexo, o sin amigos, sin trabajo, sin calefacción, muebles, dvd… Pero no me quites el tabaco. Hay que tener siempre un paquete de reserva. No esperes a que se te acaben los cigarrillos para comprar otro, porque nunca se sabe si tendrás una máquina expendedora lo suficientemente cerca. Es tan bueno que te podría matar, como la gente que se suicida por amor. Tanto el tabaco como enamorase te consumen lentamente. Y yo ahora tengo las dos enfermedades. Da igual si la cuestión es física o abstracta, yo siempre me engancho a los peores vicios.

Así que, una vez he vuelto a llamar yo y hemos quedado, no puedo evitar preguntarle por qué nunca me llama él. La cafetería está atestada de gente que sale a las seis del trabajo, y aquí estamos. El funcionario duda.

– No lo sé – dice -, es que… no se me dan bien estas cosas…

– Pues el otro día me besaste muy bien – intento animarle.

Sonríe, coge su taza de café, bebe, la deja en el platito, vuelve a sonreír;

– Bueno, gracias… Es que, creo que se me da mejor tratar con los niños que con la gente adulta.

Vale, alto. Congela la imagen del funcionario mientras vuelve a beber de su café. En circunstancias normales su último comentario me hubiese repateado, ese rollo en plan: “me encanta ver sonreír a los niños”. Pero esto no deben ser circunstancias normales. Con él todo parece siempre una escena de “Friends”. Así que le digo que me gusta, que me llame cuando le apetezca, que no me molestará, que me envíe mensajes estúpidos cuando quiera. Porque me gusta, joder. Y porque quiero verle más a menudo.

– Vale – dice -, tomo nota…

Y yo pienso: Qué mono. Luego me dice que esa noche no puede salir, que está agotado, y todo eso que dices cuando no te apetece hacer algo. No me lo tomo a mal, porque esto debe haber sido un mal rato para él, su taza de café tiembla cuando la coge. Y a pesar de que me lo montaría con él ahora mismo hasta en el lavabo de la cafetería, merece un descanso.

Por la noche, en casa, me siento más tranquila en relación a la cuestión del funcionario. Veo futuro con él. Sólo le falta acabar de abrirse. Fumo arropada con una sábana, mientras veo la luz de los coches que pasan por la calle proyectarse en el techo, entrando y haciéndose más intensa, hasta que desaparece. Suena el móvil que hay encima de la mesilla. Me acomodo de lado en la cama. Lo cojo. Es Clara. Clarita. Me dice que es importante, que ponga la televisión. Me levanto y me dirijo hacía la sala de estar. ¿Qué canal?, le digo a mi móvil. Clara me habla atropelladamente. Pedro o Pablo o como se llame, está dormido en el sillón. Tengo que sacar el mando de debajo de su espalda. Pongo el informativo. En la pantalla salen fotos en blanco y negro, caras. ¿Lo estás viendo?, me dice Clara. Voy a contestar, desconcertada, cuando veo que una de las caras que desfilan una y otra vez por la pantalla, es la del funcionario. Mi funcionario, y le grito al teléfono qué es lo que pasa. En el informativo ya han pasado a otra cosa y no me he enterado. Y Clara me dice:

Se ha desmantelado una red de pornografía infantil.

– ¿Que?

Han registrado unas veinte casas en toda la ciudad.

Eso me dice Clara. Veinte casas incluyendo la del funcionario. Quizá sí que hay algunas sorpresas en la vida. Me dice que lo malo de estas cosas es que nunca acabas de probar tu inocencia en caso de ser inocente. Si eres una vez pederasta, lo eres para siempre, aunque alguien se lo haya inventado. Creo que se me da mejor tratar con los niños que con la gente adulta. <<Era una zorra, y además una pederasta, un desecho humano>>. Me hago un ovillo en el suelo, rezando para que todo el asunto no me salpique, rezando y cagándome en Dios. Y rezando. La gente del futuro no se me va de la cabeza; <<En realidad era ella la que llevaba el asunto de los niños, él sólo era un pringando>>. Cuelgo el teléfono sin decirle nada a Clara. Una acusación de asesinato ahora sería un oasis en el desierto en comparación con esto. Si mi nombre sale a relucir, alguien vendrá a hablar conmigo; tartamudearé, dudaré, no sabré qué decir, no sabré mantener la calma. Me auto inculparé con declaraciones confusas. Te hacen veinte preguntas y tú sólo puedes responder: Yo no sé nada de todo esto. <<Espero que la detengan, y se pudra en la cárcel, esa tía rara…>>. Saco un cigarrillo y me pongo a fumar. Borro el teléfono del funcionario de mi móvil, aunque no sirva de nada. Seguro que puedo bloquear la entrada de sus llamadas, pero no sé hacerlo. Hasta ahora mi mayor preocupación era el tabaco, y ahora casi sería un alivio que me quitara de en medio. Ahora me encantaría ser como esa gente que no tiene problemas para elegir un bando, aunque no sepan la verdad, aunque no estén ni cerca de saberla. Mi compañero de piso se despierta, me ve ya de pie, fumando, algo más relajada. ¿Qué pasa?, me dice. Me vuelvo hacia él.

Oye, le digo, ¿tú cómo coño te llamas?

– Luis.

– ¿Luis?

– Sí.

– Muy bien… pues no vuelvas a tocar mi ropa interior, Luis.

Streaptease

Lo que me dicen mis amigos es que me la tire. Que luego ya tendré tiempo de ser recto y fiel. Estoy aterrado, porque ella, mi novia, mi futura mujer, lo olerá. Silvia. Siempre ha sabido ponerme a prueba, y lo hará próximamente si se huele algo no previsto.

Lo que hacen mis amigos para echarse unas risas es llevarme a mi piso y decirme que tranquilo, que mi futura mujer hará lo mismo, porque hoy también se celebra su despedida de soltera. Y porque eso es lo que hace todo el mundo. Eso dicen. El último polvo antes de la boda, con otra. Porque te puede ir bien la vida de casado, y ser infiel entonces es demasiado desagradecido. Fóllate a esta ahora, porque luego si todo se tuerce, tu mujer no podrá añadir el adulterio a los motivos de divorcio. Piensa en la repartición de bienes, tío, me dicen. Cualquier cosa con tal de echarse unas risas. Me hablan de follones legales mientras me cogen y me sientan en una silla en mitad del comedor. Compras un piso que no habrás acabado de pagar cuando ya tengas que mear sentado, te asientas con tu novia, y luego le echáis cojones y comenzáis a hablar de matrimonio. Y con todo, más cubatas de la cuenta una noche pueden hacer que dudes de tu decisión. Así de fácil se puede ir al cuerno lo que llamas integridad. Así que, como si la gente supiera guardar secretos, me dicen que espere a que la chica acabe el striptease, y luego le diga que el suplemento también me interesa. Me dicen: A esta no tendrás que ligártela, tío. Y se parten el culo a mi costa. Moral aparte, con cien euros te saltas un montón de trámites para llegar a la meta. No es prostitución de lujo, me dicen, pero está buena, y no tendrás que ir a cenar y al cine con ella. Tu última oportunidad en mucho tiempo, tío, o quizá en toda tu vida. Porque puede que el matrimonio a veces funcione. Sois unos misóginos, unos machistas, y no os pienso hacer ni puto caso. Eso les digo, o algo así, mientras lo veo todo borroso. Esperaré a que la chica acabe de remover el culo y la echaré del piso. Aunque eso no lo llego a decir, sólo lo pienso. Miro a mi alrededor y todo son muebles nuevos, el televisor, la cocina reluciente, toda la decoración calculada por ella. Como si estuviéramos dentro de su cabeza. Silvialandia. Mi parque temático para toda la vida. Nada de lo que veo me recuerda a mí. Si os hago caso, les digo, va a ser como tirarme a esa puta con ella mirando. Puedo ver a Silvia haciendo que no con la cabeza, fría, en mi cabeza. Y mis amigos se descojonan. La casa huele a Ikea, a perfume de fábrica, como cuando unos amigos te invitan a ver su piso nuevo y al llegar a una habitación vacía, la mujer te dice: Ésta es la habitación del bebé, para cuando lo encarguemos… Y luego ves de reojo al proyecto de marido tragar saliva. No siempre es así, pero en el piso en el que estoy también hay una habitación así. Vacía. Es el nido que nos hemos montado. Somos el futuro matrimonio de amigos que lleva un mes enseñándole el piso a la gente. Sí, ésta será la habitación del niño, aquí el comedor, esto es la cocina, esto el lavabo; y también, nuestros trabajos, las demás mujeres, más hombres, las despedidas de solteros, la rutina… Porque cuando le quieres vender lo brillante que va a ser tu futuro a la gente, nunca incluyes todos los factores. No es algo en lo que pienses. Sería de ser demasiado previsor, y quizá por eso todo el mundo va por ahí diciendo “Carpe Diem”. Cuando tienes en cuenta todos los factores es cuando te queda una semana para la boda. Cuando se hace trizas lo del Carpe Diem.

Arrastran la silla conmigo sentado hasta dejarme de espaldas a la puerta de entrada, y me dicen que no me mueva, que es una nueva modalidad de espectáculo. La streaper aún no llega. Alguien me rellena el cubata, el vaso de plástico. Alguien enciende un porro. ¿Por qué tenemos que hacer esto en mi piso? Tranquilo, me dicen, así todo queda en casa. Y se atragantan de risa. Mis amigos. Que no saben que Silvia lo notará, verá los desperfectos, muebles pegajosos de alcohol, cambiados ligeramente de sitio. Hará preguntas. No le gustará la idea de una fulana contoneándose por el piso, ¿no podíais hacerlo en otro sitio? Y si todos me convencen y la fulana consigue llevarme al dormitorio, ella notará mañana que la cama no está igual. Da igual lo mucho que me esmere en dejarla igual, no estará igual. Porque esto es como estar dentro de su cabeza, y Silvia se conoce muy bien a sí misma. Vale que te hiciera un striptease, pero ¿tenías que follártela?, me dirá, con su calma calculada, y se irá a otra parte para siempre, donde no esté yo. Pero aun así hago caso a mis amigos, estoy en la silla, de espaldas a la puerta por donde tiene que entrar la fulana. La puta.

Al fin llega el momento en que se oye el timbre de la puerta. Mis amigos empiezan a gritar. Veo el porro aplastado en el suelo de parqué. Dios, el mobiliario. Ni tan siquiera me vuelvo a mirar a la chica. Y sin tiempo a reacción alguien me pone una venda negra en los ojos. ¿Así queréis que vea el streaptease?, digo. Sólo oigo risas y gritos. Las manos de la chica se posan en mis hombros. Noto su aliento en la nuca, demasiado perfume. Me lame la cara. Silvia nunca me ha lamido la cara. Luego deja de tocarme. Y supongo que empieza a quitarse ropa. Me doy cuenta de que alguien ha puesto música, pero apenas la oigo por los gritos. Noto presión entre las piernas, movimiento. Su culo. Me coge las manos y se las lleva a sus tetas, aún cubiertas de lencería. El teléfono que está al lado de la tele empieza a sonar. Silvia. Grito que nadie lo coja, que aquí supuestamente no hay nadie. Las pruebas de Silvia. Y es la primera vez que siento que lleva algo de razón en ponerme a prueba de vez en cuando. Se me está poniendo dura. La streaper me mete la lengua en la boca, me masajea el cuello con las manos y vuelve a alejarse. Apesta a pintalabios. Apesto. El teléfono deja de sonar. Oigo algo de cristal romperse contra el suelo. El mobiliario. Dios. Aun con la venda puedo ver a esa puta subiéndose en la mesa, paseando su culo por toda la casa, rayando muebles con sus tacones. Todo ese esfuerzo de nido construido, desmadejado. Mesas y sillas modelo Amsterdam, el sofá modelo Balthazar, las lamparitas en forma de yin yang. Y yo con la polla dura pensando en todos esos artículos del hogar que Silvia eligió. Horas y horas de hojear folletos, discutir con vendedores. Alguien resbala y cae el suelo. Explosión de risas. Vuelvo a notar el culo de la puta, se sienta en mis rodillas, me da un beso en la mejilla. Y supongo que es ahora cuando me quitará la venda y echaré a llorar viendo el destrozo organizado. Pero en lugar de eso, la chica me coge de la mano y tira de mí. Me pongo de pie. Deduzco que me lleva por el pasillo que conduce al dormitorio. Todos se han callado, como quedándose en vilo. Me guía por el pasillo. Y cuando me para, me empuja y caigo sobresaltado en la cama.

– Vale… – digo -, lo hacemos, pero rápido, no sé si puede venir mi mujer y…

Y antes de acabar la frase, me pregunto por qué esta tía no ha soltado prenda durante todo el show. Es ese instante en el que el pánico se acumula en tu pecho porque deduces la verdad. Y justo en ese momento de duda, ella me quita la venda de un tirón. La puta. Silvia.

– Pues no ha sido rápido – dice mirándome -, pero por lo menos te he conocido del todo a tiempo.

Se vuelve y camina hacia la puerta. La deja abierta. Ya no hay ruido en el piso. Me levanto de la cama aturdido y voy hacia el comedor. Todo está revuelto. No hay nadie. Excepto Silvia, que llora envuelta en lencería cara mientras mete algo de ropa en una maleta. Oigo risas que llegan desde la calle.

O

Gestación (Revisión)

En realidad mi vida duró dos meses, sólo dos. El primero y el segundo. Kurt Vonnegut decía que hemos cortado el tiempo en rodajas, para poder tener la sensación de que lo tenemos bajo control. Pero aunque el tiempo me esclavice, yo puedo cortar las rodajas del tamaño que me apetezca. Dos meses. Cuando acabó el primero comencé a montarme en los aviones sin preocuparme.

Durante el primer mes todo era complicidad y arrumacos. Todo era sinceridad.
Durante el primer mes de gestación todo iba bien. Pero no hay manera de pararlo; todo queda atrás, y además muerto. Quedan centenares de recuerdos que se confunden irremediablemente en el tiempo. Recuerdas las cosas sin saber situarlas en su sitio. Recuerdas más o menos el qué, pero no el cuándo. Así que ni una máquina del tiempo podría hacer que recuperaras aquel pasado, un flashback de cuando todo iba bien.
Esos momentos para mí fueron durante el primer mes. Mi mujer irradiaba belleza y los dos éramos felices; sí, y además de verdad; no hablo de cartas perfumadas o de cogerse de la mano en público. Fue el primer mes; la infancia, la adolescencia, el noviazgo.
Pero después llegó el segundo. El segundo mes: el resto de mi vida.

La novedad del embarazo ya no lo es. Ahora solo queda esperar. Queda explorar los límites de nuestra paciencia, mientras el vientre materno crece. Queda rezar lo que sepas para que el niño salga bien (o para que no salgan dos).
Queda no mirar a otras mujeres.
Queda sospechar de aquel tío que la hace reír.
Quedan los celos, el miedo.
Lo quisiera o no, eso era lo que había, eso de lo que la gente nunca quiere hablar; el reverso oscuro de la vida mientras llega otro domingo por la tarde, y otro, y otro.
Con la suficiente imaginación puedes transformar lo que quieras en pesadilla. Y si no, mira. Puedes hacer que ella solo te parezca un protocolo más. O peor, puedes convertir a ese crío en tu cárcel; en la bomba atómica que convertirá tus sueños en utopías. La soltería será el pasado. Pero claro, todo depende de ti. Puede que entre en juego la esperanza, y puede que después todo mejore. O puede que empeore aún mas, alimentando tu pesadilla real, mi pesadilla, la de todos. Quién sabe. Puede que un día, mientras ella resopla quejándose porque algo le duele, a ti se te pase la palabra ABORTO por la cabeza, así en mayúsculas, como quien piensa en abortar una misión militar. Y quizá has estado mucho tiempo intentando convencerte a ti mismo de que el aborto no fue lo primero en lo que pensaste al saber lo del crío.
Y tu padre pensó.
Y tu abuelo pensó.
Y con todo, según como, ahora quizá no existirías.

O a lo mejor es que pensamos demasiado. Quizá solo sea egoísmo. Puede ser. Ella, sus tetas, su conversación, pero solo ella. Cuando comencé a salir con ella no pensaba en hijos. No pensaba en que la gente se multiplica. Procreación. Pero a saber lo que pensaba o dejaba de pensar ella. Si ella me desconoce en el fondo tanto como yo a ella esto va a ser peor de lo que pensaba. Sí, aún peor. Si el que dijo que nunca nadie llega a conocer del todo a nadie tenía razón, nada tiene sentido. Aún no me he querido formar una opinión sobre ese tema. Aún quiero ser feliz.

Yo soy actor, de los de anuncio de televisión. De los que siempre tienen una voz profunda y bonita porque siempre son doblados, anunciando un yogurt, o una batidora, o lo que sea. La agencia de repente me llama y tengo que viajar a rodar uno de esos anuncios de madrugada, lejos, a una zona costera. Uno de esos anuncios que te encuentras en televisión a las cuatro de la mañana, y que sabes cuando han empezado pero no sabes cuándo van a acabar, y cuando te das cuenta ha vuelto ha empezar hace cinco minutos; siempre como en un bucle que no se acaba, anunciando un colchón, o una vajilla de inmenso valor, o ventosas que te ahorrarán cientos de abdominales. Las mentiras de madrugada las escucha menos gente, pienso siempre. Es un alivio.
Llegas al set de rodaje y alguien te dice: Te llamas Michael Watts.
Siempre nombres postizos como de una estrella de Hollywood que podría haber existido. Y después me dicen señalando a una treintañera rubia: Ella se llama Catherine Lloyd, tiene que haber química entre vosotros.
Llevo mis frases en inglés aprendidas;
-Las gafas de sol Wall Sendom son perfectas para la playa y a la vez para el duro día a día ¿verdad, Catherine?
Y Catherine me da la razón, sonriendo como si la apuntaran con una pistola a la cabeza.
Y después yo digo:
– Perfectas, las Wall Sendom son perfectas. No puedo imaginar un juego de gafas mejor, una para cada estación del año, con cristales intercambiables ¿a ti no te parecen perfectas, Catherine?
Y así todo el rato, alabando unas gafas como si fueran la respuesta definitiva. La respuesta a todos los males de quien mira la televisión después de las películas y antes de los dibujos animados.

Al acabar con el rodaje me monto en el avión, despreocupado. Antes, durante el primer mes de mi vida, no soportaba los aviones. Ahora me dan pereza. La muerte me da pereza. El dolor también. Soy el perfecto terrorista suicida. Sujeta bombas a mi pecho, convénceme, y lo de morir será lo de menos.

Cuando llego a casa beso a mi mujer con media sonrisa forzada; una mueca en la cara; y ella responde del mismo modo, en su ya tercer mes de gestación. Nos hemos dejado de querer. Ya somos incapaces de sorprendernos el uno al otro. Vamos a cenar y nos comportamos como zombis. Otra pareja mas que tiene que aceptar que se está haciendo mayor, y que ahora lo de criar al niño es lo prioritario.
Un niño. Niños…
Siempre hacía bromas con mis amigos a los veinte años cuando veía niños corretear por la calle con sus padres detrás; cuando pensaba que yo no quería eso. Yo no voy a acabar así, decía: a los treinta, sin nada mas en lo que pensar, sin nada a lo que aspirar mas allá de pasar las noches en vela pensando que deben estar violando a mi niña; o que alguien ha metido pastillas en los cubatas de mi hijo adolescente.Y aquí estoy, viendo la tele con mi mujer embarazada resoplando a intervalos de tres minutos.

En otro momento, de otro día, de mi segundo mes, voy al lavabo y mi mujer esta vomitando mientras intenta recogerse el pelo con su mano derecha en la nuca. Hace verdaderos esfuerzos, como si intentara sacar al niño ya por la boca. Después se va a la sala de estar y se sienta en el sillón. Yo voy y me siento al lado de esa mujer en camisón que tiene la cara roja e hinchada, con lagrimas aun por sus mejillas del esfuerzo, y tocándose la barriga con las palmas de las manos, con desespero. Mi mujer, a mil años luz de la chica de veinticinco años que ya no recuerdo ni como conocí. Es cierto, no lo recuerdo. Aquella chica. Cojo su mano derecha y la beso. Finjo. Me cuesta mucho ponerme en la situación en que echaría de menos el ver a esta mujer tal y como está ahora. Estar en la cárcel quizá, o en la guerra. Según la circunstancia pensaría: con lo guapas que se ponen las mujeres embarazadas… y yo aquí esquivando las balas o… y yo aquí… detrás de estos barrotes. Es verdad, siento que me estoy volviendo mala persona, sí, exagero. Intento huir tan lejos de aquí que pienso en cosas que no debería pensar; cosas que me hacen sufrir. Y me dan ganas de coger a mi mujer y abrazarla para disculparme solo por pensar. Pero cuando amanezco al día siguiente vuelvo a pensar, es inevitable y demoledor. Y nadie en el mundo me puede ayudar.

Algo paradójico es que la gente a la que apenas ves te felicita cuando saben lo del niño. Sin embargo, un amigo de toda la vida al que encontré mientras vagaba por el quinto mes, puso cara de perplejidad y musitó muy serio cuando se lo dije:
– ¿En serio?
– Sí, sí, tío, voy a tener un crío…
– Te has atado tío… ya no hay vuelta atrás…
Y se comenzó a reír.
<<JAJAJAJA>>
El muy hijo de puta. No le veía desde hace un año, y ahora ya le odio. Sé que lo hacía sin mala intención, como si llevara años esperando hacerle esa broma a un colega, pero… el muy hijo de puta…

Era el segundo mes. Como ya he dicho mi vida se divide solo en dos. Pero en el noveno mes de gestación, en un rodaje, muy lejos de mi casa, con toneladas de resignación acumulada, y sin que la situación hubiera cambiado, conocí a Wendy Diamon; Eva. Hablamos y hablamos y yo no le conté lo que no quería contarle, y ella, con diez años menos que yo, me lo contó todo, o lo que es lo mismo, me hizo creer que me lo había contado todo sobre ella. Y debido a problemas climáticos el rodaje se alargó una semana. Una semana con Eva: 22 años, morena, ojos (dolorosamente) azules, soltera, monumental. Y ella creía que estaba conmigo: 32 años, del montón, inteligente, encantador, y soltero, muy soltero. Había tenido mala suerte con las chicas, le dije. Y ella tragaba y tragaba una noche tras otra, en el hotel; todas las depravaciones, todo lo que yo quería. Todo lo que había perdido estaba representado físicamente por ella. Era el primer mes de mi vida hecho mujer. Era la reencarnación de mi mujer; de la que yo quería. Hacía que viera momentáneamente la luz al final del túnel cada vez que me corría. Correrse, otra vez. Si lo de los cuernos fuera un hecho físico, para cuando volví a casa, mi mujer hubiera estado encallada entre la cocina y la sala de estar, hambrienta, blanquecina y sin poder moverse, esperando.
Es decir, con todo, esto es una gran putada, una putada inmensa. Envenenas el presente para que tu futuro sea un estado de pánico constante por miedo a que vuelva el pasado. En eso me he convertido.

Al acabar aquel anuncio que me unió a Eva, todo volvió a la normalidad embarazada. Mi vida hinchada. Hinchada demasiado pronto. Solo un poco antes de que dejara de haber apego entre dos personas. Un poco antes de ser tres en lugar de dos. Mi mujer no sospechó nada de nada. Mi semblante adusto no había cambiado, y las horas continuaron su curso convirtiéndose en días. Aquello que crees que ni tan siquiera te puede ver de tan lejos y a salvo que estás, pues bueno, en realidad te está pisando los talones.

Pero nadie tomó ninguna decisión que combatiera la inercia. Las cosas siguieron su curso. Mi mujer dijo que Daniel, que tenía que ser Daniel por su abuelo. Yo no tenía ganas de discutir. Eva estaba en la agenda de mi móvil, acechante.

Fue camino al hospital cuando me dijo lo del nombre, mientras resoplaba, apunto de reventar a la vista. Era lista y había elegido el momento para llamar al crío como a ella le diera la gana. En esta fase yo ya la odiaba. Amor, sexo, aburrimiento y odio. Así comienzan y acaban muchas parejas. La incógnita estaba en hasta cuándo duraría la fase de odio en nosotros. De todas formas lo que pensaba ella seguía siendo un misterio para mí. Qué podía hacer. Quizá no ves un resumen de tu vida en diapositivas sólo antes de morir. Parques, cine, bares, cafés, sexo, días, semanas, meses, años, cesárea. El espectáculo gore que estaba siendo para mí aquello acabó con un niño que cabría en la palma de tu mano. Lo cogió mi mujer con la sonrisa más sincera que he visto nunca. Lo giró hacia mí, y justo entonces el niño rompió a llorar escandalosamente, como si al ver mi imagen borrosa hubiese vislumbrado un atisbo de futuro.

(Superadas las veinte mil visitas. Gracias a todos)

Terapias

Esther se agarra a los apoyabrazos tan fuerte que tiene los nudillos blancos. Las azafatas recorren el pasillo, supervisando. Se oye ese cuchicheo de idiomas distintos mezclados. El avión aún no ha despegado y a Esther se le comienza a acelerar el corazón. Su entierro ante sus ojos, amigos llorando, un trozo de fuselaje atravesándola, todo hacia abajo en picado, el aire en la cara, el aire en la cara, en la cara. Una azafata se acerca, arruga el ceño.

– ¿Está usted bien?

– ¿Eh?…

– ¿Necesita algo?

– No, no…

– Las bolsas para vomitar las podrá encontrar aquí…

La azafata señala el bolsillo que tiene el respaldo del asiento que está enfrente de Esther. Esther saca su móvil, lo manipula. La azafata resopla.

– Lo siento, tiene que apagar el móvil.

– ¿Eh?

– El móvil, tiene que apagarlo.

– Solo iba a llamar a mi novio… mi novio… -replica inquieta.

– Puede hacerlo cuando aterricemos. El vuelo solo durará un par de horas.

– Pero es que…

– Lo siento, tiene que apagarlo, enseguida despegaremos – dice la azafata, y sigue por el pasillo.

Esther ve alejarse a la azafata, y nota el aire en la cara, el aire arrancando los asientos de clase turista, el avión a acercándose al mar, en picado, el aire, el fuego, el agua, quemada, ahogada.

– ¿Perdón? – Suplica Esther – Oiga… no quiero…

La azafata no se vuelve, habla con otros pasajeros. Esther se agacha y manipula su móvil. Navega en la pantallita hasta donde pone Alfredo y aprieta el botón verde. Al segundo tono:

– ¿Si?

– Cariño… no creo que esto sirva para nada, estoy… se me va a salir el corazón por la boca. La terapia no sirve para nada… Además tengo mi problema de lloros y…

– ¿Estás en el avión?

– Sí… pero…

– Pues ya tienes la mitad del trabajo hecho. Respira como te dijeron. ¿Llevas el Ipod?

– Está en el bolso, pero ya tengo el cinturón puesto y… y no…

– Vale, tranquila. Ya sabes que tendrás que hacer ese vuelo todas las semanas. Apaga el móvil y me llamas cuando llegues.

– ¿Qué?, ¿qué has dicho al final?

– Que apagues el móvil, no lo puedes tener encendido, mujer. Venga, échale narices.

– Ya… oye…

– Dime…

– Que te quiero… te quiero mucho.

– No te vas a morir, Esther. Cálmate y luego me llamas.

Esther cuelga, mira a su alrededor; gente escuchando música, leyendo, charlando. El avión comienza a moverse. El asiento de Esther cruje. Nudillos blancos.

 

Alfredo se revuelve en la cama. Boca abajo, boca arriba, de lado. Nada. El teléfono vibra encima de la mesilla. Alfredo aprieta el botón verde y pone el manos libres.

– ¿Si?

– Tío… que haces…

– Ya sabes…

– ¿Cuántos días?

– Llevo cinco.

– ¿Cinco días enteros?

– A veces doy una cabezada, como si tuviera narcolepsia. Duermo diez minutos y ni me entero. Igual he dormido cuarenta minutos en cinco días…

– ¿Y Esther ha ido a coger el avión?

– Sí, me ha llamado, está acojonada.

Se hace un silencio. Alfredo se pone de lado en la cama, cara al móvil.

– ¿Estás con el manos libres?

– Sí… siempre lo pongo. No quiero estar pendiente del teléfono y desvelarme…

– Esas reuniones que hacemos son una mierda. Los que se reúnen son los alcohólicos, los drogadictos, los maltratadores… Nosotros le importamos un pijo a la gente…

– Pues por eso nos reunimos, Toni, porque a la gente le da igual lo nuestro, pero por lo menos podemos desahogarnos. Luego unos hacen terapia por su cuenta y otros no, tienes que verlo con una reunión de amigos.

– Ya, precioso.

– ¿Cuánto tiempo llevas de abstinencia?

– Dos semanas.

– Pero ¿te has masturbado?

– Claro que no, tío. Eso forma parte de la abstinencia.

– Ya lo sé, por eso lo pregunto. Además, hay terapias de adictos al sexo, y dicen que funcionan de verdad. Ya te lo he dicho mil veces. Pero es igual, haz lo que quieras…

Muy bien, si tú comienzas a tomar pastillas para dormir yo hago terapia.

– Drogarse no es lo mismo que charlar un rato con cuatro pirados. Solo tienes que ir y decir: Hola, me llamo Toni y soy adicto al sexo… Y luego hacer lo que te digan.

Se oye un ruido de fondo, alguien habla.

– Nada, paso. Oye, voy a colgar. Mañana nos vemos en la reunión esa de las narices…

– Muy bien, no metas la polla en la aspiradora ni nada parecido.

Alfredo cuelga. Y justo luego vuelve a vibrar la mesilla. Toni.

– Qué te pica ahora…

– Oye, tú tienes más confianza con ellas. Estefanía, y claro, con tu novia. Podrías montártelo para que no vayan demasiado…

– Que… ¿demasiado qué?…

– Bueno…, escotadas…

– ¿Escotadas?

– Claro, a ti te da igual, pero yo lo paso fatal… Nunca voy a ser normal si no me echáis un cable.

– ¿Y qué quieres que haga, que las llame y les diga que se pongan jerséis de cuello alto?

– Te lo digo en serio, tío…

– Toni, en serio, tengo sueño.

– Espera, oye, ¿a quién quieres engañar?, si no vas a pegar ojo. ¿Sabes lo fácil que es salir de la reunión y pagarle cincuenta euros a una fulana? A ellas no les importan tus problemas personales.

– ¿Es que sigues yendo de putas?

– Sí, pero… solo hablo con ellas. Es para no subirme por las paredes, como la gente que lleva un caramelo en la boca para dejar de fumar…

– ¿Pagas por hablar con ellas?

– Sí.

– Toni…

– ¿Qué?

– Tengo sueño.

– ¿Pero hablarás con ellas? Por lo menos díselo a tu novia…

– ¡Toni!…

– Dime.

– Adiós. Y no vuelvas a llamar. Nos vemos mañana.

 

A las diez de la noche, sobre el suelo de parqué y entre figuras y abalorios, en casa de Estefanía, Esther rompe a llorar.

– … Cuando el avión comenzó a aterrizar me comenzaron a dar arcadas. No puedo con ello, no me sirve la terapia. Todo el mundo dice siempre que avanza, que ya casi lo tienen superado…

Alfredo, Toni y Estefanía observan a Esther, los cuatro sentados en sus sillas, formando un circulo.

– Lo bueno es que lo saques, que nos los digas – dice Estefanía.

– Ya, pero yo creía que haría progresos. Joder… todo el mundo me miraba y yo… vomitando en suelo. La bolsa estaba llena… La gente se tapaba la nariz con la ropa… el avión hacía maniobras ya en tierra y a la gente le daban arcadas al mirarme…

– Tranquila, cariño – murmura Estefanía –, no todo el mundo lo supera en poco tiempo…

– La próxima vez irá mejor – dice Alfredo -, ya verás…

– Bueno – lloriquea Esther -, es tu turno, Fani, estoy acaparando demasiado…

– ¿Seguro que eso es todo, cariño?

– Sí, sí, tranquila, adelante.

Estefanía respira hondo; todas sus pulseras tintinean. Toni se va a encender un cigarro.

– Toni, cariño, a fumar… a la ventana.

– Es verdad, lo siento… – Toni se levanta y abre la persiana en gesto cansado. Entra el rumor del tráfico -, puedes comenzar, te escucho.

– Gracias. Bueno. Yo quería comunicaros que ya apenas le tengo miedo a la muerte.

Un rumor en la habitación, sonrisas, suspiros, enhorabuena, eres muy fuerte…

– Sí – continúa Estefanía -, ayer salí a dar una vuelta por la ciudad. Confié plenamente en los semáforos. Ya no miro hacia atrás como hacía antes continuamente y… bueno, básicamente todavía tengo presente la idea de que puedo morir en cualquier momento, pero ya no es una obsesión… Mi psicoterapeuta me ha ayudado mucho y… ¿Toni?, Toni…

-¿Si?…

– Me está llegando el humo de tu cigarrillo.

– Lo siento… tendré más cuidado…

Toni alarga el brazo del cigarrillo hacia la calle.

– Gracias, cariño… Así que… ¿por dónde iba?…

– Tu psicoterapeuta – apostilla Esther.

– Sí, eso… Bueno, él me ha ayudado mucho. Es un poco desconcertante a veces, pero he seguido sus consejos y…

– ¡Y qué! – interumpe Toni, visiblemente mosqueado -. ¿Has visto la luz?… Siempre estamos con los mismos rollos. No sé por qué hacemos estas reuniones de mierda. Coño, no sé por qué sabiendo lo que me pasa, venís siempre con esas faldas y esos escotes… Ni tan siquiera tenía ganas de fumar… Tenía que apartar la vista de…

Alfredo se levanta, interrumpe la perorata de Toni. Se lleva a Toni a un rincón.

– ¿Qué te pasa?

– ¿Esto qué mierda representa siempre?, ¿la terapia de la gente que hace terapia? Mírame, estoy deseando follármelas a las dos. No me lo tengas en cuenta, ya sabes que no tocaría a una novia tuya pero, ¡joder!

– ¿Toni? – reclama Estefanía -, no tengo en cuenta tus palabras, porque creo que son producto de los momentos difíciles por los que pasas…

– ¿Qué coño dice esta tía ahora? – susurra Toni a Alfredo.

– Ya sé que es un poco estúpida, pero no tiene mala intención…

– Estúpida, y sin embargo me la follaría hasta que le saltasen los ojos. No puedo seguir así, tío…

– ¿Toni? – Reclama otra vez Estefanía -, lo que queráis decir lo podéis compartir con nosotras.

Toni y Alfredo dudan un momento, y luego se dirigen a sus sillas. Se sientan.

– Antes de nada – comienza Toni, respirando hondo – tengo que decir una cosa…

– Adelante, cariño – sonríe Estefanía.

– ¿Por qué tienes que llamar a todo el mundo cariño? – salta Toni.

Estefanía se queda callada. Se tapa la boca con la mano derecha. Comienza a sollozar y se levanta de su silla. Esther se pone de pie y la abraza. Esther dice:

– Joder, Toni, eres un capullo…

Estefanía asoma un momento la cabeza desde el regazo de Esther y dice llorando y mirando a Toni:

– ¿Por qué tenías que decir eso de la luz, eh?

– ¿La luz? – murmura Toni.

– ¿Has visto la luz? – dice Estefanía falseando la voz.

Alfredo le susurra a Toni:

– Dicen que los que van a morir ven una luz justo antes…

Estefanía se separa de Esther. Las dos vuelven a sus sillas por decisión de Estefanía, dispuesta a proseguir.

– Venga, di lo que tengas que decir – le dice Esther a Toni.

– Creo que una vagina se contrae cuando una mujer llora, y también cuando vomita. Eso es lo que estaba pensando ahora. La penetración así es brutal…

– Joder, tío – murmura Esther -, ¿es que no puedes tomarte esto en serio?

– ¡De eso se trata, es lo más serio que me has oído decir!

Estefanía sorbe, y se pasa un pañuelo por la nariz:

– Vale, calmémonos un poco… di lo que quieras, lo que sea, Toni. Y te prometo que no volveré a decirte cariño si no quieres…

– Muy bien – comienza Toni -, lo que quería decir antes de que te ofendieras por lo de la luz, es que si vengo aquí es para encontrar apoyo moral en mi intención de pensar en otras cosas aparte del sexo. Ya os lo sabéis de memoria, todo el dineral perdido en porno y prostitutas… Vengo aquí para no pensar en todo eso, y siempre os vestís como si estuvierais deseando que os arrancaran la ropa a mordiscos… ¿tan difícil es no llevar escote?… Y eso es todo lo que tenía que decir.

– Tu discurso me ha parecido una estupidez, sinceramente… – empieza histérica Esther. Y Estefanía interrumpe:

– Quiero que sepas que a partir de ahora tanto Esther como yo tendremos consideración con nuestro vestuario cuando nos reunamos aquí.

– Capullo… – susurra Esther…

– Ya está bien, Esther – corta Estefanía.

Alfredo lo observa todo con los ojos entrecerrados, resbalando en su silla.

– Alfredo, cariño – señala Estefanía -, es tu turno. Cuéntanos lo que quieras…

– Ya…

– Lo que quieras…

Toni se levanta y se va hacia la ventana.

– ¿No te vas a quedar a escuchar a Alfredo, Toni? – dice Estefanía.

– ¿Puedo ir a masturbarme al lavabo, Estefanía?

Esther resopla, y murmura: Ni caso… Estefanía se rinde y vuelve su mirada a Alfredo:

– Lo que quieras, Alfredo, estamos aquí para escucharte.

– Pues el otro día estuve buscando algún libro sobre el tema del sueño. No sé cuántas horas tienen que pasar hasta que comience a tener visiones. Ese tema me preocupa…

– Ajá… – asiente Estefanía. Y vuelve su cabeza para mirar a Toni – Toni… ¿Toni?… ¡Toni!

Toni hace caso omiso. Sigue fumando.

– ¡Me está llegando el humo de tu cigarrillo! – Estefanía se levanta y comienza a andar hasta la ventana. Coge el brazo de Toni que sujeta el cigarrillo. Toni forcejea, da un paso atrás, coge el cigarrillo con la otra mano y se la lleva a la espalda. Estefanía sigue sujetando el brazo de Toni. Y este se zafa de ella dando un empujón. Estefanía da dos pasos hacia la ventana, pierde el equilibrio, su cuerpo se apoya demasiado entre las dos macetas que hay, y desaparece entre ellas. Se oye un sonido metálico apagado. La sirena de un coche comienza a aullar.

– Dios santo – solloza Esther, y grita -: ¿Cuántos piso hay?

Toni se queda quieto, como en estado de xoc. Alfredo está con los ojos cerrados, derrumbado en su silla. Toni parece volver en sí, mira por la ventana, con los ojos como platos.

– Ocho pisos, creo… Ha caído encima de tu coche…

Esther corre hacia la puerta y sale del piso. Toni coge a Alfredo, que está totalmente grogui, y se lo lleva a cuestas hasta el dormitorio. Una vez allí, lo tumba boca abajo en la cama. Y se baja la cremallera del pantalón.

 

 

 

::((

 

Cuatro peces de colores

Helena sale de casa deshojando un paquete de tabaco, quitándole el plástico y el papel plateado, y sacando un cigarrillo. El aire está cargado de electricidad. Esta mañana los peces que le regaló su madre aún estaban vivos. No está mal. Es la única emoción que le dan, piensa. Le dijo a su madre que era como si ahora tuviera que dar de comer a la decoración; el papel de las paredes, las figuritas, el parqué, los peces… Gracias, mamá. Preciosos, mamá. Y mamá colgó de un golpe el teléfono.

Helena sigue caminando, fumando, oliendo a lluvia. Pisa la alfombrilla de bienvenida. La alfombrilla de bienvenida de la casa de Pedro. Al llamar a la puerta espera un minuto. Dos. Una criada abre y le sonríe. Sonríe ampliamente. Pedro está en su silla de ruedas, pero conserva la vitalidad de antes de perder su pasión por la velocidad. Ya sabes que no fue culpa mía, le dice a todo el mundo siempre. La criada los deja solos en la habitación de Pedro. Pedro se estira con dificultad en la cama. Helena se sube la falda y se baja las bragas. Se sienta encima de la cabeza de Pedro, en la boca de Pedro, que está inhabilitado de ombligo para abajo. Ya sabes. La lengua es el único órgano sexual que le queda, a excepción de que leas una revista femenina, dice él siempre, y se carcajea. Helena se corre varias veces gracias a ella, la lengua. Pedro tiene mucha práctica. Después es aún muy temprano. Y Helena se va.

Por la tarde regresa del trabajo, sedienta. Bebe de su jarra naranja barata, y el agua aún tiene regusto a Fanta debido a que reutiliza las botellas. Acaba de beber y hace una mueca.

Mientras cena piensa en llamar a sus padres, y decide no hacerlo. En lugar de eso llama a Pedro. El teléfono suena pero no lo coge. Sigue sonando mientras Helena mira la pecera, y los dos peces de colores se mueven, anodinos, silenciosos, y Helena cuelga.

La pecera ocupa demasiado en el mueble. Helena decide cambiar a los peces de pecera. Solo son dos, piensa, se tendrán que conformar con un espacio mas reducido. Remueve los trastos en la cocina y encuentra una especie de jarra de cristal. Procede con el cambio. Después los mira, ya en su nuevo y reducido ambiente. Seguramente no les ha gustado, pero ya no se acuerdan de nada. Helena vuelve a llamar a Pedro otra vez, mientras mira a los peces, envidiando su déficit de memoria. Nadie coge el teléfono.

En la televisión hay un documental, hay un pez que se infla; lo hace cuando tiene miedo, según la voz llana que sale de los altavoces. Helena piensa en la silicona, en la muñeca Barbie, en la prensa del corazón, la revista Playboy. Y dos horas después se va a dormir, aterrada.

Pedro llama al día siguiente, pero resulta que no es Pedro, sino su hermano. Dice que Pedro ha muerto, que la criada le ayudó a morir, o que no se sabe. Se dice que la criada estaba enamorada; se dice que Pedro se ha suicidado. La criada está detenida. Helena mira a sus peces mientras oye la declaración confusa y entrecortada del hermano de Pedro.

Ese día Helena deja su trabajo, tira los peces por el desagüe y se compra un perrito. Un cachorro. También tira algunas plantas muertas y se rapa la cabeza. Se pasa el día comprando ropa y lo hace con un desconocido agradecido en el lavabo de una cafetería sucia.

Poco después Helena piensa en llamar a sus padres. Días después. Busca trabajo, y se mira en el espejo con añoranza. El hermano de Pedro la ha llamado últimamente, repetidas veces, con la misma voz confusa y entrecortada, diciendo que está enamorado de ella, hipidos, lloros, desesperación, confusión, y que no lo puede evitar.

Alguien le dice un día a Helena que le puede conseguir trabajo como cajera. Helena niega con la cabeza, sonriente. Tiene pesadillas constantemente, que mezclan subconsciente con realidad palpable. Ficción que se cuela por todas partes, se dice siempre. Y sus padres no llaman. Y ella tampoco. Su pelo no parece querer crecer nunca más. No echa de menos a los peces. Se duerme cada día con la televisión puesta.

Y un día en un sueño: Al despertar una mañana va hacia la salita de estar y la pecera que le regaló su madre aún sigue ahí. Dentro hay un líquido rojizo en el agua y un agujero en el cristal por el que se ha vertido algo mojando la alfombra. Los peces no están. Y despierta. Vaso de agua, lavarse la cara, mear, un par de vueltas en la cama. Y se vuelve a dormir: Los peces se mueven agitados dentro de la pecera intacta. De repente uno de los dos se infla tanto que revienta, haciendo que el otro salga disparado provocando un agujero en el cristal, y perdiéndose en algún rincón de la casa. Y abre los ojos, despierta, otra vez, con sensación de desconcierto. Un pez no podría atravesar una pecera de cristal. Mecanismo de defensa. Los peces que se inflan no fallan en el cálculo, solo están asustados.

Tres meses, y nadie llama. Sus padres no llaman. Parece que el pelo ha crecido un poco. Hay que dejar el pasado atrás, y no solo en el tiempo. Helena se lo propone. Y durante un tiempo hasta cree que lo está consiguiendo. Gracias a Pablo, que es como se llama el hermano de Pedro, con su voz confusa y entrecortada. Lloros, confusión, Pablo. Hay que intentar que los días no sean previsibles, coger desvíos inesperados, no dar por sentadas las cosas. Pablo ayuda a Helena con todo eso, aunque él ni lo sepa.

Algunos días, en su vida en común, salen con el coche hacia cualquier parte. Hablan de dedicarse a atracar bancos como Bonnie y Clyde; hablan de comprar el Kamasutra. Hablan de todo. Y se ríen de todo, mientras el tiempo pasa, extrañado de que haya dos personas a las que no les importa. Encuentran trabajo, estabilidad y un buen futuro en el presente. Y como siempre, en general, el tiempo pasa, sí, y a toda prisa. Un día Helena se queda embarazada. Pablo tartamudea de alegría y los dos se abrazan en el piso de Helena, pensando en irse a vivir juntos. Futuro en el presente. Estabilidad. Amor. Aunque el tiempo no perdona. Ya no es como antes. El tiempo corre que se las pela. Esto ya no es como al principio, dice un día Pablo. Lloros, desesperación, mocos, hipidos, Pablo. Un día Pablo comienza a dejar de estar animado, a medida que la panza de Helena crece el ánimo de Pablo decrece. Helena un día no aguanta más y lo coge por banda en el piso en el que pasa toda su vida, los programas de televisión, los amantes, los peces, las pesadillas.

– ¿Qué te pasa?

– …

– Qué tienes… cariño, lo que sea…

– …

– Dime lo que sea, no puedes seguir así…

Pablo coge aire. Y aire fuera, murmura:

– Ma… maté a Pedro… yo maté a Pedro.

Una almohada, apretando, dice. No lo podía soportar, dice. Se quedaba con las chicas que me gustaban hasta sin piernas. Hasta sin polla. Desde su silla de ruedas seguía jodiéndome, dice. Y todo mientras llora. Más lloros. La cara de Helena enrojece de furia, como si en cualquier momento fuera a escupirle. El teléfono suena. Helena lo coge. Oye la voz de su madre:

– ¿Has tirado los peces…? – murmura sorbiendo -. … ¿Por qué?… te los regalé con cariño…

Helena cuelga el teléfono haciendo ruido. Pasos rápidos. ¡Cabrón! Va hacia Pablo y lo empuja. Hace que pierda el equilibrio. Choca contra una estantería que tira al suelo. Pablo, pucheros, lloros, hipidos. Y Helena arruga el ceño, observa cómo debajo de la estantería se había acumulado el polvo, alguna miga de pan, y un pez de colores muerto.

 

¿!

Úrsula

No quiero nada serio, decía ella, lo que pasa es que tarde o temprano encontrarás a otra más guapa, o más guarra, o menos complicada. Y adiós.

Cierto día en una discoteca vi a una chica vestida de novia, con la falda arrastrando, apestando a alcohol, como si una costumbre de la edad media se hubiese colado por una brecha en el tiempo; como si los estadios de fútbol se utilizaran también para montar circos romanos. Como esas ideas y festividades que han soportado el paso del tiempo gracias a la indulgencia que tenemos con las tradiciones. Eso decía ella: los toros, las bodas. Crueldad, casarse. Podía no estar completamente de acuerdo con ella, pero se me ponía la piel de gallina al oírla hablar. Una noche oyéndola hablar. Parecía lo máximo que iba a poder yo estar en posesión de la verdad auténtica, desprovista de hipocresía mal camuflada. Eso pensaba con ella delante. Chocamos con nuestra naturaleza, decía, nos casamos por el mismo motivo por el que en algunos lugares quieren solucionar sus problemas con la pena de muerte. Y todos hemos visto ya cómo funciona la pena de muerte. Siempre he estado sola, decía. Lo mismo que hace que los tíos a veces nos llaméis guarras es lo que hace pensar que en el fondo todos queréis a alguien para toda la vida; y cuando lo tenéis, dudáis, no lo queréis, porque en el fondo no tenéis ni puta idea de lo que realmente sois; de lo que somos hombres y mujeres, y de que jamás conseguiremos ser de otra manera. Hay tornados por lo mismo por lo que la gente se divorcia. No somos tan distintos al clima, a la naturaleza. Somos imperfectos de forma imparable; nos equivocaremos constantemente hasta el día de nuestra muerte. Eso decía, se enroscaba en sus opiniones como una serpiente. Era un muro con el que podía destrozarse mi sentido común, los pilares de todo lo que me rodea.

Piénsalo, a nadie se le pone dura oyéndome hablar así. Eso me contó ella. Decía: Por eso siempre me enrollo después de haber follado. Siempre veo todas esas películas de amor edulcorado, y hasta lloro viéndolas, no te pienses que soy tan fría. Pero luego cuando lo pienso, esas historias casi me parecen propaganda nazi, sectaria. O esas agencias que están todo el puto día gritándote al oído: enamórate. Enamórate. Si la gente dejara de creer en esas películas de las que te hablo, para esas agencias sería como si la gente dejara de morir para las funerarias. Puede que el amor sólo sea como la muerte, otra necesidad económica. Otro modo de reordenar la población para así poder tenerla bajo control. Piensa en cómo estás cuando te has enamorado. Estás estupidizado, podrías picar piedra en la cárcel así, y seguirías siendo feliz. Enseguida me monto paranoias así, decía. Perdona, decía. No quisiera hacerte perder la esperanza. Te he visto lo suficientemente escéptico para poderte hablar de este modo.

Ella me decía esas cosas. Mientras en la habitación de al lado se oía follar a alguien. Todos en habitaciones de dos estrellas. Picaderos, decía. Encontrarás más sinceridad en estos picaderos que en esas camas de matrimonio que eran zonas de guerra cuando no hacía tanto que quienes fueran se conocían. Esos polvos brutales de cuando todo era sorprendente y brutal con tu pareja. Cuando somos niños enseguida dejamos a un lado los juguetes viejos, aunque estén en perfecto estado. Ahora la gente hace lo mismo con sus parejas. Y no me parece mal, decía. Pero la gente se siente mal si llega a los treinta sin relación estable, porque se supone que eso no debe ser así. Aunque nadie sepa darte una razón convincente. Y no me vengas con eso de que así moriré sola y triste. Porque todo el mundo muere solo. Y el morir triste es una elección nuestra. Esta es mi verdad, decía. Que nadie te quiera engañar con la idea de que existe una verdad común para todos.

Puedes disfrazar todo este discurso de nihilismo si eso te hace sentir más cómodo, decía. Pero hay cosas en las que creo firmemente. Eso sí, algunas son positivas y otras no. Por eso digo las cosas que digo. Porque hablar de lo que creo que está bien sólo ayuda a reforzar las cosas malas por omisión. Y si no piensa un momento en el tercer mundo. A todos nos la suda. La vida es demasiado bonita para rayarse, ¿verdad?

Lo fácil, decía mientras fumaba, lo fácil es echar la culpa a los políticos. Pero normalmente sólo hay que mirarse al espejo para ver un culpable. Tú haces lo que sea que hagas con tu vida, y yo sólo soy una charlatana. Bueno, sonrió, una charlatana ninfómana, pero una charlatana al fin y al cabo. Muchos piensan que estas cosas que digo solo son la justificación perfecta para la promiscuidad, solo que yo no necesito justificarme. Está de moda justificarse por todo. Está tan de moda que la gente no concibe otro modo de comportamiento. Me encantaría verlo todo en dos dimensiones y conformarme con la tele, los amigos y los orgasmos. Tiene que ser cojonudo no ver más allá de tu nariz. Me llamo Úrsula, dijo a esas alturas. Y me dio la mano. Me dijo: mi padre está podrido de dinero. Ni tan siquiera te voy a decir quién es, así que no insistas. No te voy a decir en qué trabajo ni cuál es mi color favorito y chorradas así; así no te formarás rápidamente una idea equivocada de cómo soy. Ya tienes suficientes datos.

Los dos en la cama. La tele pequeña y cutre de la habitación estaba encendida. Sin volumen. En casi cualquier canal, en la parte inferior de la pantalla, todo el mundo parecía morirse por un polvo. Ella miraba la pantalla, con el cigarrillo colgándole de los labios. Comenzaba a dormirse. Le cogí el cigarrillo antes de que se quemara y lo apagué en el cenicero de la mesilla. Comencé escuchar ruidos, pasos por el pasillo. Y luego tres golpes secos en la puerta, tres puñetazos. Y ella despertó de sopetón. Me miró: Tranquilo, tenía que pasar. Abrió la puerta y un tío enorme, un policía, no paraba de repetir: ¿Úrsula Gómez? La pusieron cara a la pared, tal y como estaba, en bragas. Comenzaron a leerle sus derechos. Se la llevaron.

 

 

 

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Enfermo

Él iba siempre con detalles a buscarla. La mimaba con cosas. La tenía entre algodones a la vista de los demás. Era un especialista en conseguir peluches para ella; joyas, cd´s, un móvil más moderno. Él pensaba que eso les gusta, que lo que quieren ellas es eso. Por eso su novia iba a ser la más afortunada. Sí, él pensaba así. Yo no.

Regalos y más regalos, pero sobretodo eran peluches, de los que puedes abarcar con una mano. Lucía era una coleccionista involuntaria de perritos, dinosaurios, gatitos, Garfields, demonios, bebés y toda clase de otros muñecos de feria que hacen que la gente gaste su dinero los sábados y domingos por la tarde.

Fran, que es como se llamaba mi amigo, ya era un experto en hacer que aquella garra metálica pinzara cualquier muñeco para su novia. Era el amo de aquellas máquinas recreativas hechas para enganchar a los que quieren probar una y otra vez, y otra. El casino familiar aceptado. Diversión sin límites.

El coche de Fran estaba lleno de peluches, e impregnado del perfume delicioso de Lucia, que no se ponía perfume.

Los peluches casi tapaban la visibilidad; nos miraban con sus semblantes muertos desde la bandeja de atrás del coche, desde la cama de Fran, desde la bandeja de atrás del coche de Lucía, y desde la cama de Lucía, que también gritaba olores de ella.

Para mí aquellas baratijas eran tétricas. Estaban en todas partes alrededor de la vida de la pareja. Podías saber las semanas que llevaban juntos sólo contando todos aquellos bichos, como cuando miras el tallo de un árbol para saber su edad. Cuando les acompañaba de forma ocasional al cine o a tomar algo, hacía comentarios sarcásticos a propósito de tanto muñeco, y Lucia sonreía cómplicemente, haciendo contraste con la cara de circunstancias de Fran. Y mientras ella sonreía, a mí me embriagaba su olor. Siempre.

Y sí, es tal y como piensas. Yo le gustaba a Lucía, y ella a mí. Sobre todo ella a mí. Caso cerrado. La mierda está servida; sobretodo cuando es la novia de un amigo la que te ríe los chistes de cierta manera. Y todo sucedió, como cuando sabes que cualquier cosa que sueltes llegara al suelo antes o después.

Era imparable. Ella sabía que yo iba a ir. Un día fui a devolverle un cd a Lucía. Llamé a la puerta de su piso. Y lo único que tenía puesto cuando abrió era la luz del recibidor, y aquel olor que me mataba de gusto. La mierda estaba servida, sí; ya solo quedaba saber si íbamos a acabar enterrados en ella.

Y no íbamos a decir nada. A Fran. O yo pensaba eso. Quedamos así. Ella y yo. Pero ella debió sufrir una crisis de secretismo. Fran venía a buscarme al día siguiente con su coche, porque habíamos quedado. Y se me heló la sangre. El interior de su coche estaba vacío; ni uno solo de esos muñecos; solo un volante, pedales, y una tapicería hortera, que hasta ayer echaba de menos.

Quería que volvieran los bichos. Quería sacar mi polla del recuerdo de la fragancia natural de Lucía. Imposible. Como intentar flotar.

Me dijo:

– Me ha dejado.

Bueno… dijo mas cosas, pero son las típicas rabietas de alguien que quiere demostrar que ahora odia a una persona por la que ayer hubiera matado. Hipocresía justificada por ceguera temporal.

Pero por suerte no dijo nada de mí, así que Lucía me apartó de la ecuación, por ahora. Yo quería decirle a Fran que no se hace así, que no basta con embaucar a una chica y enterrarla en peluches; no basta con renovar su móvil cada vez que un payaso salta en la tele mientras dice que es imprescindible descargarse el último politono. Pero no podía decirle lo que no se hace, porque tampoco sé realmente lo que hay que hacer. Por eso la gente dice que el amor surge, porque nadie entiende qué coño pasa en realidad, y claro, yo tampoco.

Lucía y yo quedábamos aprovechando las obligaciones de Fran. Follábamos mientras él trabajaba, o hacía deporte, o iba al gimnasio. Solo follábamos. Cuando tu tiempo con alguien es restringido, priorizas. Sí, eso no decía mucho a favor del romanticismo si pensabas en nosotros. Era por el olor. Ella tenía ese olor que siempre te daba ganas.

Siempre era igual, se acercaba y no podía contenerme, y ella se dejaba hacer. No dejábamos pasar una. Lo que si pasaba, y con rapidez, era el tiempo.

Los días más negros llegaron al cabo de seis meses de relación a escondidas.

El día que le diagnosticaron un tumor a Fran, Lucía y yo habíamos pasado el día en un hotel, sin salir de la habitación. Lucía lo supo por la noche, al llegar a casa. Y estábamos enterrados en mierda. Era algo muy grave, pero no quisimos profundizar. No le dijimos nada. Le abrazamos y le apoyamos. Y esperamos a que se muriera. ¿Que no? Pasa todos los días.

El día de su funeral fue triste. Bueno, en realidad fue agridulce, pero a los demás les hablaba sobre mi supuesta tristeza, y la gente la daba por lógica. Hasta esos límites llegaba mi trastorno. Lo imposible parecía que iba a pasar. Mi vida iba a estar inundada con la fragancia de Lucía, si ella quería. Y quería. No le regalé ni un solo peluche, jamás. No tuve demasiado tiempo para pensármelo. La siguiente fue ella. Era demasiado bonito. Sobrenatural. Como flotar sin más. Como eso que dicen de que las desgracias llegan unas detrás de otras.

Yo llevaba el cinturón puesto. Ella no. Pero yo conducía demasiado rápido. ¿Y si hubiera…? Y lo último que vio ella fue el cristal acercándose a toda prisa.

Cuando llegó una ambulancia ella tenía medio cuerpo en el capó, rodeado de cristales.

Yo pensaba que me lo merecía. Eso fue lo que pensé.

Así que, lo que comenzó con unos simples cuernos, acabó con un tumor maligno como estrella invitada, una imprudencia, y un olor que aún busco. Es escalofriante, solo era el olor, cada vez estoy más convencido.

La perfumería de hoy es la tercera que visito. Lloro los domingos por la tarde. Compro los libros de Patrick Süskind. El tipo que me atiende mezcla fragancias, y saca potingues y no para de trabajar. Crea para mí. Pero nada, no hay nada ni que se le acerque. Yo, paciente, observo que detrás de él hay un perfume embasado en lo que quiere parecer un pequeño osito de peluche.

– Perdone – le digo – puede dejarme oler aquella…

– Por supuesto.

La destapo y… no. Ni parecido. Solo busco eso, aquella fragancia que trajo consigo del útero de su madre. Lo que me hacía flotar.

 

 

 

😀 😦