Enfermo

Él iba siempre con detalles a buscarla. La mimaba con cosas. La tenía entre algodones a la vista de los demás. Era un especialista en conseguir peluches para ella; joyas, cd´s, un móvil más moderno. Él pensaba que eso les gusta, que lo que quieren ellas es eso. Por eso su novia iba a ser la más afortunada. Sí, él pensaba así. Yo no.

Regalos y más regalos, pero sobretodo eran peluches, de los que puedes abarcar con una mano. Lucía era una coleccionista involuntaria de perritos, dinosaurios, gatitos, Garfields, demonios, bebés y toda clase de otros muñecos de feria que hacen que la gente gaste su dinero los sábados y domingos por la tarde.

Fran, que es como se llamaba mi amigo, ya era un experto en hacer que aquella garra metálica pinzara cualquier muñeco para su novia. Era el amo de aquellas máquinas recreativas hechas para enganchar a los que quieren probar una y otra vez, y otra. El casino familiar aceptado. Diversión sin límites.

El coche de Fran estaba lleno de peluches, e impregnado del perfume delicioso de Lucia, que no se ponía perfume.

Los peluches casi tapaban la visibilidad; nos miraban con sus semblantes muertos desde la bandeja de atrás del coche, desde la cama de Fran, desde la bandeja de atrás del coche de Lucía, y desde la cama de Lucía, que también gritaba olores de ella.

Para mí aquellas baratijas eran tétricas. Estaban en todas partes alrededor de la vida de la pareja. Podías saber las semanas que llevaban juntos sólo contando todos aquellos bichos, como cuando miras el tallo de un árbol para saber su edad. Cuando les acompañaba de forma ocasional al cine o a tomar algo, hacía comentarios sarcásticos a propósito de tanto muñeco, y Lucia sonreía cómplicemente, haciendo contraste con la cara de circunstancias de Fran. Y mientras ella sonreía, a mí me embriagaba su olor. Siempre.

Y sí, es tal y como piensas. Yo le gustaba a Lucía, y ella a mí. Sobre todo ella a mí. Caso cerrado. La mierda está servida; sobretodo cuando es la novia de un amigo la que te ríe los chistes de cierta manera. Y todo sucedió, como cuando sabes que cualquier cosa que sueltes llegara al suelo antes o después.

Era imparable. Ella sabía que yo iba a ir. Un día fui a devolverle un cd a Lucía. Llamé a la puerta de su piso. Y lo único que tenía puesto cuando abrió era la luz del recibidor, y aquel olor que me mataba de gusto. La mierda estaba servida, sí; ya solo quedaba saber si íbamos a acabar enterrados en ella.

Y no íbamos a decir nada. A Fran. O yo pensaba eso. Quedamos así. Ella y yo. Pero ella debió sufrir una crisis de secretismo. Fran venía a buscarme al día siguiente con su coche, porque habíamos quedado. Y se me heló la sangre. El interior de su coche estaba vacío; ni uno solo de esos muñecos; solo un volante, pedales, y una tapicería hortera, que hasta ayer echaba de menos.

Quería que volvieran los bichos. Quería sacar mi polla del recuerdo de la fragancia natural de Lucía. Imposible. Como intentar flotar.

Me dijo:

– Me ha dejado.

Bueno… dijo mas cosas, pero son las típicas rabietas de alguien que quiere demostrar que ahora odia a una persona por la que ayer hubiera matado. Hipocresía justificada por ceguera temporal.

Pero por suerte no dijo nada de mí, así que Lucía me apartó de la ecuación, por ahora. Yo quería decirle a Fran que no se hace así, que no basta con embaucar a una chica y enterrarla en peluches; no basta con renovar su móvil cada vez que un payaso salta en la tele mientras dice que es imprescindible descargarse el último politono. Pero no podía decirle lo que no se hace, porque tampoco sé realmente lo que hay que hacer. Por eso la gente dice que el amor surge, porque nadie entiende qué coño pasa en realidad, y claro, yo tampoco.

Lucía y yo quedábamos aprovechando las obligaciones de Fran. Follábamos mientras él trabajaba, o hacía deporte, o iba al gimnasio. Solo follábamos. Cuando tu tiempo con alguien es restringido, priorizas. Sí, eso no decía mucho a favor del romanticismo si pensabas en nosotros. Era por el olor. Ella tenía ese olor que siempre te daba ganas.

Siempre era igual, se acercaba y no podía contenerme, y ella se dejaba hacer. No dejábamos pasar una. Lo que si pasaba, y con rapidez, era el tiempo.

Los días más negros llegaron al cabo de seis meses de relación a escondidas.

El día que le diagnosticaron un tumor a Fran, Lucía y yo habíamos pasado el día en un hotel, sin salir de la habitación. Lucía lo supo por la noche, al llegar a casa. Y estábamos enterrados en mierda. Era algo muy grave, pero no quisimos profundizar. No le dijimos nada. Le abrazamos y le apoyamos. Y esperamos a que se muriera. ¿Que no? Pasa todos los días.

El día de su funeral fue triste. Bueno, en realidad fue agridulce, pero a los demás les hablaba sobre mi supuesta tristeza, y la gente la daba por lógica. Hasta esos límites llegaba mi trastorno. Lo imposible parecía que iba a pasar. Mi vida iba a estar inundada con la fragancia de Lucía, si ella quería. Y quería. No le regalé ni un solo peluche, jamás. No tuve demasiado tiempo para pensármelo. La siguiente fue ella. Era demasiado bonito. Sobrenatural. Como flotar sin más. Como eso que dicen de que las desgracias llegan unas detrás de otras.

Yo llevaba el cinturón puesto. Ella no. Pero yo conducía demasiado rápido. ¿Y si hubiera…? Y lo último que vio ella fue el cristal acercándose a toda prisa.

Cuando llegó una ambulancia ella tenía medio cuerpo en el capó, rodeado de cristales.

Yo pensaba que me lo merecía. Eso fue lo que pensé.

Así que, lo que comenzó con unos simples cuernos, acabó con un tumor maligno como estrella invitada, una imprudencia, y un olor que aún busco. Es escalofriante, solo era el olor, cada vez estoy más convencido.

La perfumería de hoy es la tercera que visito. Lloro los domingos por la tarde. Compro los libros de Patrick Süskind. El tipo que me atiende mezcla fragancias, y saca potingues y no para de trabajar. Crea para mí. Pero nada, no hay nada ni que se le acerque. Yo, paciente, observo que detrás de él hay un perfume embasado en lo que quiere parecer un pequeño osito de peluche.

– Perdone – le digo – puede dejarme oler aquella…

– Por supuesto.

La destapo y… no. Ni parecido. Solo busco eso, aquella fragancia que trajo consigo del útero de su madre. Lo que me hacía flotar.

 

 

 

😀 😦

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4 comentarios en “Enfermo

  1. eres un guarrete. cómo te gusta el tufillo de pelar sardinas, ¿eeh, golosón? jajaja. He vuelto al curro después de las vacaciones. te leo de nuevo, mister!

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