Cuatro peces de colores

Helena sale de casa deshojando un paquete de tabaco, quitándole el plástico y el papel plateado, y sacando un cigarrillo. El aire está cargado de electricidad. Esta mañana los peces que le regaló su madre aún estaban vivos. No está mal. Es la única emoción que le dan, piensa. Le dijo a su madre que era como si ahora tuviera que dar de comer a la decoración; el papel de las paredes, las figuritas, el parqué, los peces… Gracias, mamá. Preciosos, mamá. Y mamá colgó de un golpe el teléfono.

Helena sigue caminando, fumando, oliendo a lluvia. Pisa la alfombrilla de bienvenida. La alfombrilla de bienvenida de la casa de Pedro. Al llamar a la puerta espera un minuto. Dos. Una criada abre y le sonríe. Sonríe ampliamente. Pedro está en su silla de ruedas, pero conserva la vitalidad de antes de perder su pasión por la velocidad. Ya sabes que no fue culpa mía, le dice a todo el mundo siempre. La criada los deja solos en la habitación de Pedro. Pedro se estira con dificultad en la cama. Helena se sube la falda y se baja las bragas. Se sienta encima de la cabeza de Pedro, en la boca de Pedro, que está inhabilitado de ombligo para abajo. Ya sabes. La lengua es el único órgano sexual que le queda, a excepción de que leas una revista femenina, dice él siempre, y se carcajea. Helena se corre varias veces gracias a ella, la lengua. Pedro tiene mucha práctica. Después es aún muy temprano. Y Helena se va.

Por la tarde regresa del trabajo, sedienta. Bebe de su jarra naranja barata, y el agua aún tiene regusto a Fanta debido a que reutiliza las botellas. Acaba de beber y hace una mueca.

Mientras cena piensa en llamar a sus padres, y decide no hacerlo. En lugar de eso llama a Pedro. El teléfono suena pero no lo coge. Sigue sonando mientras Helena mira la pecera, y los dos peces de colores se mueven, anodinos, silenciosos, y Helena cuelga.

La pecera ocupa demasiado en el mueble. Helena decide cambiar a los peces de pecera. Solo son dos, piensa, se tendrán que conformar con un espacio mas reducido. Remueve los trastos en la cocina y encuentra una especie de jarra de cristal. Procede con el cambio. Después los mira, ya en su nuevo y reducido ambiente. Seguramente no les ha gustado, pero ya no se acuerdan de nada. Helena vuelve a llamar a Pedro otra vez, mientras mira a los peces, envidiando su déficit de memoria. Nadie coge el teléfono.

En la televisión hay un documental, hay un pez que se infla; lo hace cuando tiene miedo, según la voz llana que sale de los altavoces. Helena piensa en la silicona, en la muñeca Barbie, en la prensa del corazón, la revista Playboy. Y dos horas después se va a dormir, aterrada.

Pedro llama al día siguiente, pero resulta que no es Pedro, sino su hermano. Dice que Pedro ha muerto, que la criada le ayudó a morir, o que no se sabe. Se dice que la criada estaba enamorada; se dice que Pedro se ha suicidado. La criada está detenida. Helena mira a sus peces mientras oye la declaración confusa y entrecortada del hermano de Pedro.

Ese día Helena deja su trabajo, tira los peces por el desagüe y se compra un perrito. Un cachorro. También tira algunas plantas muertas y se rapa la cabeza. Se pasa el día comprando ropa y lo hace con un desconocido agradecido en el lavabo de una cafetería sucia.

Poco después Helena piensa en llamar a sus padres. Días después. Busca trabajo, y se mira en el espejo con añoranza. El hermano de Pedro la ha llamado últimamente, repetidas veces, con la misma voz confusa y entrecortada, diciendo que está enamorado de ella, hipidos, lloros, desesperación, confusión, y que no lo puede evitar.

Alguien le dice un día a Helena que le puede conseguir trabajo como cajera. Helena niega con la cabeza, sonriente. Tiene pesadillas constantemente, que mezclan subconsciente con realidad palpable. Ficción que se cuela por todas partes, se dice siempre. Y sus padres no llaman. Y ella tampoco. Su pelo no parece querer crecer nunca más. No echa de menos a los peces. Se duerme cada día con la televisión puesta.

Y un día en un sueño: Al despertar una mañana va hacia la salita de estar y la pecera que le regaló su madre aún sigue ahí. Dentro hay un líquido rojizo en el agua y un agujero en el cristal por el que se ha vertido algo mojando la alfombra. Los peces no están. Y despierta. Vaso de agua, lavarse la cara, mear, un par de vueltas en la cama. Y se vuelve a dormir: Los peces se mueven agitados dentro de la pecera intacta. De repente uno de los dos se infla tanto que revienta, haciendo que el otro salga disparado provocando un agujero en el cristal, y perdiéndose en algún rincón de la casa. Y abre los ojos, despierta, otra vez, con sensación de desconcierto. Un pez no podría atravesar una pecera de cristal. Mecanismo de defensa. Los peces que se inflan no fallan en el cálculo, solo están asustados.

Tres meses, y nadie llama. Sus padres no llaman. Parece que el pelo ha crecido un poco. Hay que dejar el pasado atrás, y no solo en el tiempo. Helena se lo propone. Y durante un tiempo hasta cree que lo está consiguiendo. Gracias a Pablo, que es como se llama el hermano de Pedro, con su voz confusa y entrecortada. Lloros, confusión, Pablo. Hay que intentar que los días no sean previsibles, coger desvíos inesperados, no dar por sentadas las cosas. Pablo ayuda a Helena con todo eso, aunque él ni lo sepa.

Algunos días, en su vida en común, salen con el coche hacia cualquier parte. Hablan de dedicarse a atracar bancos como Bonnie y Clyde; hablan de comprar el Kamasutra. Hablan de todo. Y se ríen de todo, mientras el tiempo pasa, extrañado de que haya dos personas a las que no les importa. Encuentran trabajo, estabilidad y un buen futuro en el presente. Y como siempre, en general, el tiempo pasa, sí, y a toda prisa. Un día Helena se queda embarazada. Pablo tartamudea de alegría y los dos se abrazan en el piso de Helena, pensando en irse a vivir juntos. Futuro en el presente. Estabilidad. Amor. Aunque el tiempo no perdona. Ya no es como antes. El tiempo corre que se las pela. Esto ya no es como al principio, dice un día Pablo. Lloros, desesperación, mocos, hipidos, Pablo. Un día Pablo comienza a dejar de estar animado, a medida que la panza de Helena crece el ánimo de Pablo decrece. Helena un día no aguanta más y lo coge por banda en el piso en el que pasa toda su vida, los programas de televisión, los amantes, los peces, las pesadillas.

– ¿Qué te pasa?

– …

– Qué tienes… cariño, lo que sea…

– …

– Dime lo que sea, no puedes seguir así…

Pablo coge aire. Y aire fuera, murmura:

– Ma… maté a Pedro… yo maté a Pedro.

Una almohada, apretando, dice. No lo podía soportar, dice. Se quedaba con las chicas que me gustaban hasta sin piernas. Hasta sin polla. Desde su silla de ruedas seguía jodiéndome, dice. Y todo mientras llora. Más lloros. La cara de Helena enrojece de furia, como si en cualquier momento fuera a escupirle. El teléfono suena. Helena lo coge. Oye la voz de su madre:

– ¿Has tirado los peces…? – murmura sorbiendo -. … ¿Por qué?… te los regalé con cariño…

Helena cuelga el teléfono haciendo ruido. Pasos rápidos. ¡Cabrón! Va hacia Pablo y lo empuja. Hace que pierda el equilibrio. Choca contra una estantería que tira al suelo. Pablo, pucheros, lloros, hipidos. Y Helena arruga el ceño, observa cómo debajo de la estantería se había acumulado el polvo, alguna miga de pan, y un pez de colores muerto.

 

¿!

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4 comentarios en “Cuatro peces de colores

  1. Un saludo a todos. Soy reacio a comentar, por nada en particular, solo me interesa la reacción de la gente a los relatos. Gracias por el insulto, Df, a veces se echa de menos una colleja, aunque el motivo sea un tanto absurdo.. Un abrazo, Sonia.

  2. Vale, tiene gracia…
    Hoy he pensado en comprarme una pecera, con un pez.
    El pasado siempre vuelve. Aunque te rapes, aunque culpes a la criada. Aunque no quieras volver atrás.
    Yo confío demasiado en el Karma. Y como tal, ese cabrón acabará también ahogado.
    Pero en poliéster, sin plumas ni nada.

    ¡Un saludo!

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