Terapias

Esther se agarra a los apoyabrazos tan fuerte que tiene los nudillos blancos. Las azafatas recorren el pasillo, supervisando. Se oye ese cuchicheo de idiomas distintos mezclados. El avión aún no ha despegado y a Esther se le comienza a acelerar el corazón. Su entierro ante sus ojos, amigos llorando, un trozo de fuselaje atravesándola, todo hacia abajo en picado, el aire en la cara, el aire en la cara, en la cara. Una azafata se acerca, arruga el ceño.

– ¿Está usted bien?

– ¿Eh?…

– ¿Necesita algo?

– No, no…

– Las bolsas para vomitar las podrá encontrar aquí…

La azafata señala el bolsillo que tiene el respaldo del asiento que está enfrente de Esther. Esther saca su móvil, lo manipula. La azafata resopla.

– Lo siento, tiene que apagar el móvil.

– ¿Eh?

– El móvil, tiene que apagarlo.

– Solo iba a llamar a mi novio… mi novio… -replica inquieta.

– Puede hacerlo cuando aterricemos. El vuelo solo durará un par de horas.

– Pero es que…

– Lo siento, tiene que apagarlo, enseguida despegaremos – dice la azafata, y sigue por el pasillo.

Esther ve alejarse a la azafata, y nota el aire en la cara, el aire arrancando los asientos de clase turista, el avión a acercándose al mar, en picado, el aire, el fuego, el agua, quemada, ahogada.

– ¿Perdón? – Suplica Esther – Oiga… no quiero…

La azafata no se vuelve, habla con otros pasajeros. Esther se agacha y manipula su móvil. Navega en la pantallita hasta donde pone Alfredo y aprieta el botón verde. Al segundo tono:

– ¿Si?

– Cariño… no creo que esto sirva para nada, estoy… se me va a salir el corazón por la boca. La terapia no sirve para nada… Además tengo mi problema de lloros y…

– ¿Estás en el avión?

– Sí… pero…

– Pues ya tienes la mitad del trabajo hecho. Respira como te dijeron. ¿Llevas el Ipod?

– Está en el bolso, pero ya tengo el cinturón puesto y… y no…

– Vale, tranquila. Ya sabes que tendrás que hacer ese vuelo todas las semanas. Apaga el móvil y me llamas cuando llegues.

– ¿Qué?, ¿qué has dicho al final?

– Que apagues el móvil, no lo puedes tener encendido, mujer. Venga, échale narices.

– Ya… oye…

– Dime…

– Que te quiero… te quiero mucho.

– No te vas a morir, Esther. Cálmate y luego me llamas.

Esther cuelga, mira a su alrededor; gente escuchando música, leyendo, charlando. El avión comienza a moverse. El asiento de Esther cruje. Nudillos blancos.

 

Alfredo se revuelve en la cama. Boca abajo, boca arriba, de lado. Nada. El teléfono vibra encima de la mesilla. Alfredo aprieta el botón verde y pone el manos libres.

– ¿Si?

– Tío… que haces…

– Ya sabes…

– ¿Cuántos días?

– Llevo cinco.

– ¿Cinco días enteros?

– A veces doy una cabezada, como si tuviera narcolepsia. Duermo diez minutos y ni me entero. Igual he dormido cuarenta minutos en cinco días…

– ¿Y Esther ha ido a coger el avión?

– Sí, me ha llamado, está acojonada.

Se hace un silencio. Alfredo se pone de lado en la cama, cara al móvil.

– ¿Estás con el manos libres?

– Sí… siempre lo pongo. No quiero estar pendiente del teléfono y desvelarme…

– Esas reuniones que hacemos son una mierda. Los que se reúnen son los alcohólicos, los drogadictos, los maltratadores… Nosotros le importamos un pijo a la gente…

– Pues por eso nos reunimos, Toni, porque a la gente le da igual lo nuestro, pero por lo menos podemos desahogarnos. Luego unos hacen terapia por su cuenta y otros no, tienes que verlo con una reunión de amigos.

– Ya, precioso.

– ¿Cuánto tiempo llevas de abstinencia?

– Dos semanas.

– Pero ¿te has masturbado?

– Claro que no, tío. Eso forma parte de la abstinencia.

– Ya lo sé, por eso lo pregunto. Además, hay terapias de adictos al sexo, y dicen que funcionan de verdad. Ya te lo he dicho mil veces. Pero es igual, haz lo que quieras…

Muy bien, si tú comienzas a tomar pastillas para dormir yo hago terapia.

– Drogarse no es lo mismo que charlar un rato con cuatro pirados. Solo tienes que ir y decir: Hola, me llamo Toni y soy adicto al sexo… Y luego hacer lo que te digan.

Se oye un ruido de fondo, alguien habla.

– Nada, paso. Oye, voy a colgar. Mañana nos vemos en la reunión esa de las narices…

– Muy bien, no metas la polla en la aspiradora ni nada parecido.

Alfredo cuelga. Y justo luego vuelve a vibrar la mesilla. Toni.

– Qué te pica ahora…

– Oye, tú tienes más confianza con ellas. Estefanía, y claro, con tu novia. Podrías montártelo para que no vayan demasiado…

– Que… ¿demasiado qué?…

– Bueno…, escotadas…

– ¿Escotadas?

– Claro, a ti te da igual, pero yo lo paso fatal… Nunca voy a ser normal si no me echáis un cable.

– ¿Y qué quieres que haga, que las llame y les diga que se pongan jerséis de cuello alto?

– Te lo digo en serio, tío…

– Toni, en serio, tengo sueño.

– Espera, oye, ¿a quién quieres engañar?, si no vas a pegar ojo. ¿Sabes lo fácil que es salir de la reunión y pagarle cincuenta euros a una fulana? A ellas no les importan tus problemas personales.

– ¿Es que sigues yendo de putas?

– Sí, pero… solo hablo con ellas. Es para no subirme por las paredes, como la gente que lleva un caramelo en la boca para dejar de fumar…

– ¿Pagas por hablar con ellas?

– Sí.

– Toni…

– ¿Qué?

– Tengo sueño.

– ¿Pero hablarás con ellas? Por lo menos díselo a tu novia…

– ¡Toni!…

– Dime.

– Adiós. Y no vuelvas a llamar. Nos vemos mañana.

 

A las diez de la noche, sobre el suelo de parqué y entre figuras y abalorios, en casa de Estefanía, Esther rompe a llorar.

– … Cuando el avión comenzó a aterrizar me comenzaron a dar arcadas. No puedo con ello, no me sirve la terapia. Todo el mundo dice siempre que avanza, que ya casi lo tienen superado…

Alfredo, Toni y Estefanía observan a Esther, los cuatro sentados en sus sillas, formando un circulo.

– Lo bueno es que lo saques, que nos los digas – dice Estefanía.

– Ya, pero yo creía que haría progresos. Joder… todo el mundo me miraba y yo… vomitando en suelo. La bolsa estaba llena… La gente se tapaba la nariz con la ropa… el avión hacía maniobras ya en tierra y a la gente le daban arcadas al mirarme…

– Tranquila, cariño – murmura Estefanía –, no todo el mundo lo supera en poco tiempo…

– La próxima vez irá mejor – dice Alfredo -, ya verás…

– Bueno – lloriquea Esther -, es tu turno, Fani, estoy acaparando demasiado…

– ¿Seguro que eso es todo, cariño?

– Sí, sí, tranquila, adelante.

Estefanía respira hondo; todas sus pulseras tintinean. Toni se va a encender un cigarro.

– Toni, cariño, a fumar… a la ventana.

– Es verdad, lo siento… – Toni se levanta y abre la persiana en gesto cansado. Entra el rumor del tráfico -, puedes comenzar, te escucho.

– Gracias. Bueno. Yo quería comunicaros que ya apenas le tengo miedo a la muerte.

Un rumor en la habitación, sonrisas, suspiros, enhorabuena, eres muy fuerte…

– Sí – continúa Estefanía -, ayer salí a dar una vuelta por la ciudad. Confié plenamente en los semáforos. Ya no miro hacia atrás como hacía antes continuamente y… bueno, básicamente todavía tengo presente la idea de que puedo morir en cualquier momento, pero ya no es una obsesión… Mi psicoterapeuta me ha ayudado mucho y… ¿Toni?, Toni…

-¿Si?…

– Me está llegando el humo de tu cigarrillo.

– Lo siento… tendré más cuidado…

Toni alarga el brazo del cigarrillo hacia la calle.

– Gracias, cariño… Así que… ¿por dónde iba?…

– Tu psicoterapeuta – apostilla Esther.

– Sí, eso… Bueno, él me ha ayudado mucho. Es un poco desconcertante a veces, pero he seguido sus consejos y…

– ¡Y qué! – interumpe Toni, visiblemente mosqueado -. ¿Has visto la luz?… Siempre estamos con los mismos rollos. No sé por qué hacemos estas reuniones de mierda. Coño, no sé por qué sabiendo lo que me pasa, venís siempre con esas faldas y esos escotes… Ni tan siquiera tenía ganas de fumar… Tenía que apartar la vista de…

Alfredo se levanta, interrumpe la perorata de Toni. Se lleva a Toni a un rincón.

– ¿Qué te pasa?

– ¿Esto qué mierda representa siempre?, ¿la terapia de la gente que hace terapia? Mírame, estoy deseando follármelas a las dos. No me lo tengas en cuenta, ya sabes que no tocaría a una novia tuya pero, ¡joder!

– ¿Toni? – reclama Estefanía -, no tengo en cuenta tus palabras, porque creo que son producto de los momentos difíciles por los que pasas…

– ¿Qué coño dice esta tía ahora? – susurra Toni a Alfredo.

– Ya sé que es un poco estúpida, pero no tiene mala intención…

– Estúpida, y sin embargo me la follaría hasta que le saltasen los ojos. No puedo seguir así, tío…

– ¿Toni? – Reclama otra vez Estefanía -, lo que queráis decir lo podéis compartir con nosotras.

Toni y Alfredo dudan un momento, y luego se dirigen a sus sillas. Se sientan.

– Antes de nada – comienza Toni, respirando hondo – tengo que decir una cosa…

– Adelante, cariño – sonríe Estefanía.

– ¿Por qué tienes que llamar a todo el mundo cariño? – salta Toni.

Estefanía se queda callada. Se tapa la boca con la mano derecha. Comienza a sollozar y se levanta de su silla. Esther se pone de pie y la abraza. Esther dice:

– Joder, Toni, eres un capullo…

Estefanía asoma un momento la cabeza desde el regazo de Esther y dice llorando y mirando a Toni:

– ¿Por qué tenías que decir eso de la luz, eh?

– ¿La luz? – murmura Toni.

– ¿Has visto la luz? – dice Estefanía falseando la voz.

Alfredo le susurra a Toni:

– Dicen que los que van a morir ven una luz justo antes…

Estefanía se separa de Esther. Las dos vuelven a sus sillas por decisión de Estefanía, dispuesta a proseguir.

– Venga, di lo que tengas que decir – le dice Esther a Toni.

– Creo que una vagina se contrae cuando una mujer llora, y también cuando vomita. Eso es lo que estaba pensando ahora. La penetración así es brutal…

– Joder, tío – murmura Esther -, ¿es que no puedes tomarte esto en serio?

– ¡De eso se trata, es lo más serio que me has oído decir!

Estefanía sorbe, y se pasa un pañuelo por la nariz:

– Vale, calmémonos un poco… di lo que quieras, lo que sea, Toni. Y te prometo que no volveré a decirte cariño si no quieres…

– Muy bien – comienza Toni -, lo que quería decir antes de que te ofendieras por lo de la luz, es que si vengo aquí es para encontrar apoyo moral en mi intención de pensar en otras cosas aparte del sexo. Ya os lo sabéis de memoria, todo el dineral perdido en porno y prostitutas… Vengo aquí para no pensar en todo eso, y siempre os vestís como si estuvierais deseando que os arrancaran la ropa a mordiscos… ¿tan difícil es no llevar escote?… Y eso es todo lo que tenía que decir.

– Tu discurso me ha parecido una estupidez, sinceramente… – empieza histérica Esther. Y Estefanía interrumpe:

– Quiero que sepas que a partir de ahora tanto Esther como yo tendremos consideración con nuestro vestuario cuando nos reunamos aquí.

– Capullo… – susurra Esther…

– Ya está bien, Esther – corta Estefanía.

Alfredo lo observa todo con los ojos entrecerrados, resbalando en su silla.

– Alfredo, cariño – señala Estefanía -, es tu turno. Cuéntanos lo que quieras…

– Ya…

– Lo que quieras…

Toni se levanta y se va hacia la ventana.

– ¿No te vas a quedar a escuchar a Alfredo, Toni? – dice Estefanía.

– ¿Puedo ir a masturbarme al lavabo, Estefanía?

Esther resopla, y murmura: Ni caso… Estefanía se rinde y vuelve su mirada a Alfredo:

– Lo que quieras, Alfredo, estamos aquí para escucharte.

– Pues el otro día estuve buscando algún libro sobre el tema del sueño. No sé cuántas horas tienen que pasar hasta que comience a tener visiones. Ese tema me preocupa…

– Ajá… – asiente Estefanía. Y vuelve su cabeza para mirar a Toni – Toni… ¿Toni?… ¡Toni!

Toni hace caso omiso. Sigue fumando.

– ¡Me está llegando el humo de tu cigarrillo! – Estefanía se levanta y comienza a andar hasta la ventana. Coge el brazo de Toni que sujeta el cigarrillo. Toni forcejea, da un paso atrás, coge el cigarrillo con la otra mano y se la lleva a la espalda. Estefanía sigue sujetando el brazo de Toni. Y este se zafa de ella dando un empujón. Estefanía da dos pasos hacia la ventana, pierde el equilibrio, su cuerpo se apoya demasiado entre las dos macetas que hay, y desaparece entre ellas. Se oye un sonido metálico apagado. La sirena de un coche comienza a aullar.

– Dios santo – solloza Esther, y grita -: ¿Cuántos piso hay?

Toni se queda quieto, como en estado de xoc. Alfredo está con los ojos cerrados, derrumbado en su silla. Toni parece volver en sí, mira por la ventana, con los ojos como platos.

– Ocho pisos, creo… Ha caído encima de tu coche…

Esther corre hacia la puerta y sale del piso. Toni coge a Alfredo, que está totalmente grogui, y se lo lleva a cuestas hasta el dormitorio. Una vez allí, lo tumba boca abajo en la cama. Y se baja la cremallera del pantalón.

 

 

 

::((

 

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6 comentarios en “Terapias

  1. Me recuerda un poco a la idea vaga del “Club de la lucha”. La gente no es adicta al sexo, ni le da miedo los aviones, ni siente pánico a la muerte… a la gente lo que le pasa es que le ponen mazo las terapias… le encanta hacerse el enfermo demente y contar sus gilipolleces. El texto me ha gustado. Me ha parecido un poco anarquico… pero creo que eso le da más vida, sobre todo a los dialogos. El final es muy inesperado, tanto la muerte, como la futura masturbación del tío. Creo que esa última línea ( Una vez allí, lo tumba boca abajo en la cama. Y se baja la cremallera del pantalón), es la ideal como final. Me la imagino mucho como una obra de teatro… sería muy divertidad, llena de humor satírico y escenas surrealistas.

    ¿La tía muere? ¿El tío se corre? ¿Has viajdo alguna vez en un avión?

    🙂

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