Gestación (Revisión)

En realidad mi vida duró dos meses, sólo dos. El primero y el segundo. Kurt Vonnegut decía que hemos cortado el tiempo en rodajas, para poder tener la sensación de que lo tenemos bajo control. Pero aunque el tiempo me esclavice, yo puedo cortar las rodajas del tamaño que me apetezca. Dos meses. Cuando acabó el primero comencé a montarme en los aviones sin preocuparme.

Durante el primer mes todo era complicidad y arrumacos. Todo era sinceridad.
Durante el primer mes de gestación todo iba bien. Pero no hay manera de pararlo; todo queda atrás, y además muerto. Quedan centenares de recuerdos que se confunden irremediablemente en el tiempo. Recuerdas las cosas sin saber situarlas en su sitio. Recuerdas más o menos el qué, pero no el cuándo. Así que ni una máquina del tiempo podría hacer que recuperaras aquel pasado, un flashback de cuando todo iba bien.
Esos momentos para mí fueron durante el primer mes. Mi mujer irradiaba belleza y los dos éramos felices; sí, y además de verdad; no hablo de cartas perfumadas o de cogerse de la mano en público. Fue el primer mes; la infancia, la adolescencia, el noviazgo.
Pero después llegó el segundo. El segundo mes: el resto de mi vida.

La novedad del embarazo ya no lo es. Ahora solo queda esperar. Queda explorar los límites de nuestra paciencia, mientras el vientre materno crece. Queda rezar lo que sepas para que el niño salga bien (o para que no salgan dos).
Queda no mirar a otras mujeres.
Queda sospechar de aquel tío que la hace reír.
Quedan los celos, el miedo.
Lo quisiera o no, eso era lo que había, eso de lo que la gente nunca quiere hablar; el reverso oscuro de la vida mientras llega otro domingo por la tarde, y otro, y otro.
Con la suficiente imaginación puedes transformar lo que quieras en pesadilla. Y si no, mira. Puedes hacer que ella solo te parezca un protocolo más. O peor, puedes convertir a ese crío en tu cárcel; en la bomba atómica que convertirá tus sueños en utopías. La soltería será el pasado. Pero claro, todo depende de ti. Puede que entre en juego la esperanza, y puede que después todo mejore. O puede que empeore aún mas, alimentando tu pesadilla real, mi pesadilla, la de todos. Quién sabe. Puede que un día, mientras ella resopla quejándose porque algo le duele, a ti se te pase la palabra ABORTO por la cabeza, así en mayúsculas, como quien piensa en abortar una misión militar. Y quizá has estado mucho tiempo intentando convencerte a ti mismo de que el aborto no fue lo primero en lo que pensaste al saber lo del crío.
Y tu padre pensó.
Y tu abuelo pensó.
Y con todo, según como, ahora quizá no existirías.

O a lo mejor es que pensamos demasiado. Quizá solo sea egoísmo. Puede ser. Ella, sus tetas, su conversación, pero solo ella. Cuando comencé a salir con ella no pensaba en hijos. No pensaba en que la gente se multiplica. Procreación. Pero a saber lo que pensaba o dejaba de pensar ella. Si ella me desconoce en el fondo tanto como yo a ella esto va a ser peor de lo que pensaba. Sí, aún peor. Si el que dijo que nunca nadie llega a conocer del todo a nadie tenía razón, nada tiene sentido. Aún no me he querido formar una opinión sobre ese tema. Aún quiero ser feliz.

Yo soy actor, de los de anuncio de televisión. De los que siempre tienen una voz profunda y bonita porque siempre son doblados, anunciando un yogurt, o una batidora, o lo que sea. La agencia de repente me llama y tengo que viajar a rodar uno de esos anuncios de madrugada, lejos, a una zona costera. Uno de esos anuncios que te encuentras en televisión a las cuatro de la mañana, y que sabes cuando han empezado pero no sabes cuándo van a acabar, y cuando te das cuenta ha vuelto ha empezar hace cinco minutos; siempre como en un bucle que no se acaba, anunciando un colchón, o una vajilla de inmenso valor, o ventosas que te ahorrarán cientos de abdominales. Las mentiras de madrugada las escucha menos gente, pienso siempre. Es un alivio.
Llegas al set de rodaje y alguien te dice: Te llamas Michael Watts.
Siempre nombres postizos como de una estrella de Hollywood que podría haber existido. Y después me dicen señalando a una treintañera rubia: Ella se llama Catherine Lloyd, tiene que haber química entre vosotros.
Llevo mis frases en inglés aprendidas;
-Las gafas de sol Wall Sendom son perfectas para la playa y a la vez para el duro día a día ¿verdad, Catherine?
Y Catherine me da la razón, sonriendo como si la apuntaran con una pistola a la cabeza.
Y después yo digo:
– Perfectas, las Wall Sendom son perfectas. No puedo imaginar un juego de gafas mejor, una para cada estación del año, con cristales intercambiables ¿a ti no te parecen perfectas, Catherine?
Y así todo el rato, alabando unas gafas como si fueran la respuesta definitiva. La respuesta a todos los males de quien mira la televisión después de las películas y antes de los dibujos animados.

Al acabar con el rodaje me monto en el avión, despreocupado. Antes, durante el primer mes de mi vida, no soportaba los aviones. Ahora me dan pereza. La muerte me da pereza. El dolor también. Soy el perfecto terrorista suicida. Sujeta bombas a mi pecho, convénceme, y lo de morir será lo de menos.

Cuando llego a casa beso a mi mujer con media sonrisa forzada; una mueca en la cara; y ella responde del mismo modo, en su ya tercer mes de gestación. Nos hemos dejado de querer. Ya somos incapaces de sorprendernos el uno al otro. Vamos a cenar y nos comportamos como zombis. Otra pareja mas que tiene que aceptar que se está haciendo mayor, y que ahora lo de criar al niño es lo prioritario.
Un niño. Niños…
Siempre hacía bromas con mis amigos a los veinte años cuando veía niños corretear por la calle con sus padres detrás; cuando pensaba que yo no quería eso. Yo no voy a acabar así, decía: a los treinta, sin nada mas en lo que pensar, sin nada a lo que aspirar mas allá de pasar las noches en vela pensando que deben estar violando a mi niña; o que alguien ha metido pastillas en los cubatas de mi hijo adolescente.Y aquí estoy, viendo la tele con mi mujer embarazada resoplando a intervalos de tres minutos.

En otro momento, de otro día, de mi segundo mes, voy al lavabo y mi mujer esta vomitando mientras intenta recogerse el pelo con su mano derecha en la nuca. Hace verdaderos esfuerzos, como si intentara sacar al niño ya por la boca. Después se va a la sala de estar y se sienta en el sillón. Yo voy y me siento al lado de esa mujer en camisón que tiene la cara roja e hinchada, con lagrimas aun por sus mejillas del esfuerzo, y tocándose la barriga con las palmas de las manos, con desespero. Mi mujer, a mil años luz de la chica de veinticinco años que ya no recuerdo ni como conocí. Es cierto, no lo recuerdo. Aquella chica. Cojo su mano derecha y la beso. Finjo. Me cuesta mucho ponerme en la situación en que echaría de menos el ver a esta mujer tal y como está ahora. Estar en la cárcel quizá, o en la guerra. Según la circunstancia pensaría: con lo guapas que se ponen las mujeres embarazadas… y yo aquí esquivando las balas o… y yo aquí… detrás de estos barrotes. Es verdad, siento que me estoy volviendo mala persona, sí, exagero. Intento huir tan lejos de aquí que pienso en cosas que no debería pensar; cosas que me hacen sufrir. Y me dan ganas de coger a mi mujer y abrazarla para disculparme solo por pensar. Pero cuando amanezco al día siguiente vuelvo a pensar, es inevitable y demoledor. Y nadie en el mundo me puede ayudar.

Algo paradójico es que la gente a la que apenas ves te felicita cuando saben lo del niño. Sin embargo, un amigo de toda la vida al que encontré mientras vagaba por el quinto mes, puso cara de perplejidad y musitó muy serio cuando se lo dije:
– ¿En serio?
– Sí, sí, tío, voy a tener un crío…
– Te has atado tío… ya no hay vuelta atrás…
Y se comenzó a reír.
<<JAJAJAJA>>
El muy hijo de puta. No le veía desde hace un año, y ahora ya le odio. Sé que lo hacía sin mala intención, como si llevara años esperando hacerle esa broma a un colega, pero… el muy hijo de puta…

Era el segundo mes. Como ya he dicho mi vida se divide solo en dos. Pero en el noveno mes de gestación, en un rodaje, muy lejos de mi casa, con toneladas de resignación acumulada, y sin que la situación hubiera cambiado, conocí a Wendy Diamon; Eva. Hablamos y hablamos y yo no le conté lo que no quería contarle, y ella, con diez años menos que yo, me lo contó todo, o lo que es lo mismo, me hizo creer que me lo había contado todo sobre ella. Y debido a problemas climáticos el rodaje se alargó una semana. Una semana con Eva: 22 años, morena, ojos (dolorosamente) azules, soltera, monumental. Y ella creía que estaba conmigo: 32 años, del montón, inteligente, encantador, y soltero, muy soltero. Había tenido mala suerte con las chicas, le dije. Y ella tragaba y tragaba una noche tras otra, en el hotel; todas las depravaciones, todo lo que yo quería. Todo lo que había perdido estaba representado físicamente por ella. Era el primer mes de mi vida hecho mujer. Era la reencarnación de mi mujer; de la que yo quería. Hacía que viera momentáneamente la luz al final del túnel cada vez que me corría. Correrse, otra vez. Si lo de los cuernos fuera un hecho físico, para cuando volví a casa, mi mujer hubiera estado encallada entre la cocina y la sala de estar, hambrienta, blanquecina y sin poder moverse, esperando.
Es decir, con todo, esto es una gran putada, una putada inmensa. Envenenas el presente para que tu futuro sea un estado de pánico constante por miedo a que vuelva el pasado. En eso me he convertido.

Al acabar aquel anuncio que me unió a Eva, todo volvió a la normalidad embarazada. Mi vida hinchada. Hinchada demasiado pronto. Solo un poco antes de que dejara de haber apego entre dos personas. Un poco antes de ser tres en lugar de dos. Mi mujer no sospechó nada de nada. Mi semblante adusto no había cambiado, y las horas continuaron su curso convirtiéndose en días. Aquello que crees que ni tan siquiera te puede ver de tan lejos y a salvo que estás, pues bueno, en realidad te está pisando los talones.

Pero nadie tomó ninguna decisión que combatiera la inercia. Las cosas siguieron su curso. Mi mujer dijo que Daniel, que tenía que ser Daniel por su abuelo. Yo no tenía ganas de discutir. Eva estaba en la agenda de mi móvil, acechante.

Fue camino al hospital cuando me dijo lo del nombre, mientras resoplaba, apunto de reventar a la vista. Era lista y había elegido el momento para llamar al crío como a ella le diera la gana. En esta fase yo ya la odiaba. Amor, sexo, aburrimiento y odio. Así comienzan y acaban muchas parejas. La incógnita estaba en hasta cuándo duraría la fase de odio en nosotros. De todas formas lo que pensaba ella seguía siendo un misterio para mí. Qué podía hacer. Quizá no ves un resumen de tu vida en diapositivas sólo antes de morir. Parques, cine, bares, cafés, sexo, días, semanas, meses, años, cesárea. El espectáculo gore que estaba siendo para mí aquello acabó con un niño que cabría en la palma de tu mano. Lo cogió mi mujer con la sonrisa más sincera que he visto nunca. Lo giró hacia mí, y justo entonces el niño rompió a llorar escandalosamente, como si al ver mi imagen borrosa hubiese vislumbrado un atisbo de futuro.

(Superadas las veinte mil visitas. Gracias a todos)

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4 comentarios en “Gestación (Revisión)

  1. Y cómo no vamos a visitarte… si eres un vicio, una droga, el momento de relax que me permito al llegar a casa…
    … cuando me hincho y no sé en qué pensar..
    Te leo. Y te leeré siempre.
    (ay, qué romántico 😉 )
    Besitos

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