Gente del futuro

Tengo treinta y tres años y el médico me ha dicho que el tabaco me va a matar. Pronto. Casi puedo oír a la gente del futuro; <<¿Te acuerdas de Marina? Dicen que sus pulmones ya eran como tinta china>> De pequeña odiaba que me llamaran Marina. Odiaba a mis padres y de hecho odiaba en general. Con diez u once años ya era una experta en renegar de todo. Siempre he sido igual, pelo negro industrial como el negro que verías si derritieras un neumático. Siempre el corte de pelo a la altura de los hombros, rímel negro para resaltar el color miel de los ojos, camisetas negras y vaqueros ajustados de cualquier color, con los pies enfundados en zapatos de tacón. Tacones cada vez más altos a más años de edad. Como si fuera inconformista de cintura para arriba y pija de cintura para abajo. Hasta llegar a ahora, viviendo en un piso compartido con un tío al que lo mejor que le podría pasar es resbalar un día en la ducha y darse un golpe en la cabeza. Casi puedo oír a la gente del futuro; <<¿Era tu compañero de piso? Vaya, pues estarás destrozada>>. Destrozada. La gente del futuro suele ser previsible y falsa. La gente que te rodea y sonríe y te masacra cuando no estás delante. Ellos, los que dicen que te conocen. <<¿Tinta china? Esa tía era un putón…>>

Esto es sólo un ejemplo. El otro día me senté en el sillón a ver la tele a eso de las diez de la noche. Levanté el culo y me fui a dormir como dos horas después. Me arropé, di un par de vueltas en la cama y me levanté a mear. Cuando pasé enfrente del cuarto de estar mi compañero de piso tenía el cojín en el que había estado apoyada, lo tenía cogido con las dos manos y lo estaba apretando contra su cara con los ojos cerrados. Otras veces he encontrado mi ropa interior revuelta. Mi compañero de piso. Y es sólo un ejemplo, oler lo que toco o he llevado puesto. Es cuando te avergüenzas demasiado de alguien como para dedicarle mucho tiempo en tu cabeza. Ni tan siquiera sé si recuerdo cómo se llama; Pedro o Pablo o algo con “P”. Somos el matrimonio moderno ejemplar. Los matrimonios modernos los provocan el personal de las inmobiliarias al comunicarte lo que te va a costar tu independencia. El alquiler te obliga a confiar plenamente en alguien, aunque sólo sea en lo económico. Eso es el amor para muchísima gente, encontrar la pareja económica ideal. Amor moderno. En este nuevo tipo de amor puedes odiar a tu pareja si quieres, ponerle los cuernos; tan sólo basta con que pongas tu sueldo a su disposición a final de mes, y él el suyo a la tuya. Hay mucha gente que acaba confundiendo este tipo de amor con el de verdad, y los hay que incluso se casan. Quizá porque el amor poético ha muerto por falta de credibilidad. Pero no hay que preocuparse, con el nuevo amor todas las parejas son aceptadas; homosexuales, lesbianas, da igual; y hasta acaba siendo verdad eso de que el amor no tiene edad. No la tiene, sólo se trata de dinero. Unos precios lo suficientemente elevados pueden hacer trizas cualquier tipo de poesía que puedas encontrar en la vida. Bienvenidos al amor moderno: menos preocupaciones, sólo cuestiones prácticas, apenas unas sumas, ¿quién dijo que el amor era complicado? Dime lo que cobra tu pareja y te diré si te quiere. Quizá de ahí las parejas liberales, los tríos, las orgías, todo eso que se está normalizando. Imagínate a tres personas compartiendo piso, o a cuatro, que al final acaban… revolviendo el dormitorio. Otra de esas pruebas que demuestran que el amor y el sexo son de planetas diferentes. Todas esas cosas nos ha enseñado sin querer la anónimo-dependencia, la verdadera necesidad de encontrar a alguien conocido o no para poder pagar el piso a medias. Dependencia para poder conseguir la independencia. Porque ni independizándote consigues independizarte. Mírame a mí, por lo menos a mis padres les podía pedir dinero, o un favor de vez en cuando.

Mi esperanza actual es un hombre. Y mi vía de escape una mujer. Clara. La antigua compañera de la universidad con la que aún conservo el contacto. A la que se lo cuento todo, porque es lo suficientemente lejana a mi grupo de amigos como para poder hablar con ella sin tener que imaginar después a todo bicho viviente que me conoce chismorreando sobre mí. Hablar con ella es como escribir un diario sin la posibilidad de que alguien lo lea. O por lo menos es lo más cercano a eso. Una mañana de sábado, después de haber salido Pedro o Dani o como coño se llame, suena el teléfono y es Clara. Puedo hablar tranquila: ¿Qué tal, Clarita? Pues todo bien ¿Seguro? Sí, ¿qué tal te va a ti?

– Pues me gustaría matar a mi compañero de piso, pero necesito su dinero…

– Ya. – sonríe – ¿Pero es que no te lo follas?

– No me hagas vomitar… ¿Sigues yendo al taller de escritura?

– Sí, pero últimamente todo lo que escribo me parece una mierda.

– Tranquila, de todas formas, ya sabes, si escribes alguna vez algo bueno se te reconocerá cuando ya estés muerta o algo así…

– Gracias por los ánimos…

– Ha pasado muchas veces.

– Ya… ¿Has llamado a ese tío?

Ese tío. Mi esperanza. Ahora mi esperanza está volcada en un tío que parece valer la pena de verdad, que me cae bien. Trabaja como funcionario, lo cual es digno de admiración, ya que yo a estas edades ya me habría suicidado si lo fuera. Y en sus ratos libres hace de canguro. Es algo así como un mito en el barrio. He salido con él un par de veces. Y un par de veces quiere decir dos, no ha sido una frase hecha. Porque la tercera me está costando más. Por aquello de esperar a que llame él, porque le toca a él y todas esas gilipolleces de pareja.

– No – digo -, no le he llamado. Hace dos semanas que no nos vemos.

– Joder…

– Ya…

– Bueno, te cuelgo, que no me dejan hablar tranquila. Y llama a ese tío, anda, haz algo, muévete…

Y cuelga/o. Miro el teléfono con ganas de tirarlo por la ventana. Descuelgo. Marco el número del funcionario. Lo bueno es que con su horario fijo siempre sé si va a estar libre. Al segundo tono se oye un clic, un niño grita a lo lejos en mi oído. Oigo respiración en el auricular.

– ¿Si?

– Ho… Hola…

– ¿Hola?

– Soy Marina.

– Ah, ¡hola, Marina!

Dios, no pongas tanto énfasis en el nombre.

– ¿Estás ocupado?

– Estoy en casa de unos vecinos, estoy haciendo un canguro. Es un follón, son gemelos… Tienen cuatro años…

– Ya, bueno… te llamaba por si querías salir esta noche a algún sitio… Si… si quieres, ¿a qué hora acabas?

Estoy en la puerta de los multicines y se me ocurre que tendría que haber traído ropa de abrigo. El funcionario se retrasa. Tengo la piel de gallina. Me he puesto demasiado rímel, y he descubierto una raya en las medias de las que se ven desde el otro lado de la calle; no sé si vendérselo como un recurso estético o decirle la verdad. Voy toda de negro. Una quinceañera gótica de treinta y tres años. Como mínimo es desconcertante. Nunca he tenido la voluntad de cambiar de hábitos con la ropa. Por pereza. Y él va a llegar con sus vaqueros baratos y cualquier camisa. Viéndonos nadie diría que tenemos algo en común en lo de vestir. Pero ya sabes lo que pasa con la gente del futuro. <<Esa chica debía dormir en un ataúd; debía fumar dentro del ataúd; debía follar dentro del ataúd>>. El médico me dijo no hace mucho que con mi ritmo de cigarrillos por día era un milagro que aún no me hubiera dado un infarto. Teniendo en cuenta el estado de mis pulmones. Tinta china. <<Ella se lo buscó>>. Veo llegar al funcionario, pero aún es un punto en el horizonte. La gente no puede evitar mirarme antes de entrar en el cine. A la gente le encanta comparar su vida con la tuya, y normalmente les basta con ver cómo llevas el pelo o qué ropa te has puesto, y después ya se sienten mejor. Mejores. Por suerte el funcionario no parece ser así, y es justo eso lo que me gusta de él, su visión poco definida de las cosas, del mundo, de la vida; como si se conformara con hacer un par de buenas acciones al día y punto. Lo que sería un Boy scout para los americanos. Lo que tan poco erotiza a la mayoría de las mujeres; la bondad no camuflada.

Y porque casi nada en la vida es una sorpresa, efectivamente el funcionario llega con sus tejanos baratos, su camisa, sus buenas intenciones. Un beso en cada mejilla, su mano derecha en mi brazo izquierdo, apenas apretando, ni un segundo. Y después los dos levantamos la vista hacia la cartelera. Ocho salas.

Mientras vemos la película me siento yo el chico, salida, dudando sobre si tengo que tocarle más de la cuenta, sobre cómo se lo tomaría si lo hago. Porque él no parece nervioso o excitado. No sabe que igual le estaría haciendo una paja si hubiera menos gente y se dejara. <<Era un putón verbenero, vaya si lo era>>. Igual se la chuparía; aunque nunca se la he chupado a nadie, quizá a él se la chuparía. <<No sabía estar sola, siempre se tenía que estar tirando a alguien>>. Puede que si llevara falda y hubiera menos gente me bajase las bragas y me sentara en su bragueta. <<Guarra>>. Puede que tirara de su brazo a media película y me lo llevara a casa y… <<Ninfómana>>. Pero en lugar de ser yo, lo que hago es intentar seguir el argumento de la película, pareciéndome demasiado a esa gente del futuro. Que me juzgará sin saber nada de mí.

Lo que pasa luego es que la película acaba. El funcionario me acompaña a casa. Hasta la puerta de casa. Y me da un beso en la boca, sin mucho ritual, pero ya es algo. Se va y me deja con ganas de… <<Puta>> Ganas de hacerle saltar los ojos, follando. Me gusta, me gusta mucho, aun con lo del romanticismo patológico. <<Eso era, una zorra>>.

Lo que me dijo el médico es que un día podía notar un dolor muy fuerte bajando por el brazo izquierdo, una sensación de colapso. Es una posibilidad. Si pasa, me dijo, tienes que tener a alguien cerca. Con un infarto no puedes cargarte de paciencia y coger el coche para ir al hospital. O eso, me dijo, o puedes dejar de fumar. De forma radical. Lo que pasa es que el funcionario ya ha dejado pasar tres días sin llamar. Lo está haciendo otra vez. Coño, ¿no puede llamarme? Así no voy a adelantar nada. Cada vez me gusta más el tabaco. Puedo pasar sin sexo, o sin amigos, sin trabajo, sin calefacción, muebles, dvd… Pero no me quites el tabaco. Hay que tener siempre un paquete de reserva. No esperes a que se te acaben los cigarrillos para comprar otro, porque nunca se sabe si tendrás una máquina expendedora lo suficientemente cerca. Es tan bueno que te podría matar, como la gente que se suicida por amor. Tanto el tabaco como enamorase te consumen lentamente. Y yo ahora tengo las dos enfermedades. Da igual si la cuestión es física o abstracta, yo siempre me engancho a los peores vicios.

Así que, una vez he vuelto a llamar yo y hemos quedado, no puedo evitar preguntarle por qué nunca me llama él. La cafetería está atestada de gente que sale a las seis del trabajo, y aquí estamos. El funcionario duda.

– No lo sé – dice -, es que… no se me dan bien estas cosas…

– Pues el otro día me besaste muy bien – intento animarle.

Sonríe, coge su taza de café, bebe, la deja en el platito, vuelve a sonreír;

– Bueno, gracias… Es que, creo que se me da mejor tratar con los niños que con la gente adulta.

Vale, alto. Congela la imagen del funcionario mientras vuelve a beber de su café. En circunstancias normales su último comentario me hubiese repateado, ese rollo en plan: “me encanta ver sonreír a los niños”. Pero esto no deben ser circunstancias normales. Con él todo parece siempre una escena de “Friends”. Así que le digo que me gusta, que me llame cuando le apetezca, que no me molestará, que me envíe mensajes estúpidos cuando quiera. Porque me gusta, joder. Y porque quiero verle más a menudo.

– Vale – dice -, tomo nota…

Y yo pienso: Qué mono. Luego me dice que esa noche no puede salir, que está agotado, y todo eso que dices cuando no te apetece hacer algo. No me lo tomo a mal, porque esto debe haber sido un mal rato para él, su taza de café tiembla cuando la coge. Y a pesar de que me lo montaría con él ahora mismo hasta en el lavabo de la cafetería, merece un descanso.

Por la noche, en casa, me siento más tranquila en relación a la cuestión del funcionario. Veo futuro con él. Sólo le falta acabar de abrirse. Fumo arropada con una sábana, mientras veo la luz de los coches que pasan por la calle proyectarse en el techo, entrando y haciéndose más intensa, hasta que desaparece. Suena el móvil que hay encima de la mesilla. Me acomodo de lado en la cama. Lo cojo. Es Clara. Clarita. Me dice que es importante, que ponga la televisión. Me levanto y me dirijo hacía la sala de estar. ¿Qué canal?, le digo a mi móvil. Clara me habla atropelladamente. Pedro o Pablo o como se llame, está dormido en el sillón. Tengo que sacar el mando de debajo de su espalda. Pongo el informativo. En la pantalla salen fotos en blanco y negro, caras. ¿Lo estás viendo?, me dice Clara. Voy a contestar, desconcertada, cuando veo que una de las caras que desfilan una y otra vez por la pantalla, es la del funcionario. Mi funcionario, y le grito al teléfono qué es lo que pasa. En el informativo ya han pasado a otra cosa y no me he enterado. Y Clara me dice:

Se ha desmantelado una red de pornografía infantil.

– ¿Que?

Han registrado unas veinte casas en toda la ciudad.

Eso me dice Clara. Veinte casas incluyendo la del funcionario. Quizá sí que hay algunas sorpresas en la vida. Me dice que lo malo de estas cosas es que nunca acabas de probar tu inocencia en caso de ser inocente. Si eres una vez pederasta, lo eres para siempre, aunque alguien se lo haya inventado. Creo que se me da mejor tratar con los niños que con la gente adulta. <<Era una zorra, y además una pederasta, un desecho humano>>. Me hago un ovillo en el suelo, rezando para que todo el asunto no me salpique, rezando y cagándome en Dios. Y rezando. La gente del futuro no se me va de la cabeza; <<En realidad era ella la que llevaba el asunto de los niños, él sólo era un pringando>>. Cuelgo el teléfono sin decirle nada a Clara. Una acusación de asesinato ahora sería un oasis en el desierto en comparación con esto. Si mi nombre sale a relucir, alguien vendrá a hablar conmigo; tartamudearé, dudaré, no sabré qué decir, no sabré mantener la calma. Me auto inculparé con declaraciones confusas. Te hacen veinte preguntas y tú sólo puedes responder: Yo no sé nada de todo esto. <<Espero que la detengan, y se pudra en la cárcel, esa tía rara…>>. Saco un cigarrillo y me pongo a fumar. Borro el teléfono del funcionario de mi móvil, aunque no sirva de nada. Seguro que puedo bloquear la entrada de sus llamadas, pero no sé hacerlo. Hasta ahora mi mayor preocupación era el tabaco, y ahora casi sería un alivio que me quitara de en medio. Ahora me encantaría ser como esa gente que no tiene problemas para elegir un bando, aunque no sepan la verdad, aunque no estén ni cerca de saberla. Mi compañero de piso se despierta, me ve ya de pie, fumando, algo más relajada. ¿Qué pasa?, me dice. Me vuelvo hacia él.

Oye, le digo, ¿tú cómo coño te llamas?

– Luis.

– ¿Luis?

– Sí.

– Muy bien… pues no vuelvas a tocar mi ropa interior, Luis.

5 comentarios en “Gente del futuro

  1. La gente del futuro da asco muchas veces porque sabes que se llevarán a las personas que creías conocer, esposadas y disfrazadas de traidores… ya sean pederastas, políticos corruptos o simples mentirosos. En realidad, a veces odias a la gente del futuro porque se parece demasiado a la que conoces.

    Este relato me dejó de piedra, y no creo que sea sólo porque dejé de fumar hace cinco días. Enhorabuena.

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