Plenitud

Es cierto que a veces la solución es mucho más sencilla de lo que piensas, pero eso no significa que sea más fácil encontrarla. Mi padre siempre lo dice y siempre me ha parecido que tiene razón. Salgo de casa e intento tirar de la minifalda hacia abajo, en un gesto de pudor inútil. Al hacerlo se me ve el tanga. No quiero que se me vea el tanga. Las minifaldas son una cosa, pero el tanga es sólo para mi novio. Aunque me sonrojo al pensar en él como mi novio. Hace tres semanas que le conozco. Vivo en un estado de ansia constante, como si faltara algo. Tengo diecinueve años y ya no sirve la justificación de la confusión por adolescencia. Mi chico ha pasado cinco días fuera y le he escrito dos cartas. Tiene veintitrés años. Me llamó y me dijo que mi forma de escribir era infantil y que no lo hiciera más, porque le hacía ruborizarse. Se avergonzaba de mí. No me sentó muy bien, pero se me pasó enseguida. Se llama Félix y siempre dice la verdad.

Así que ahora camino a su encuentro. He pasado todo el día ansiosa e incómoda, pero eso no es noticia porque llevo años así. Y hasta acudí a un profesional. Fue un psicólogo que me dio por perdida al cabo de los meses. No sé cuántos, unos meses. Yo no sabía que esa gente tirara la toalla. Soy una chica sana, y por más revisiones que me han hecho no me han encontrado nada. Además, al tercer día de quedar con Félix, me dijo que cualquiera se querría acostar conmigo. Y me dijo que por eso tenía tanta suerte de gustarme.

Por más que coma o beba jamás quedo satisfecha. Por más que recurra al sexo no me lleno. No me sirve tener buenos amigos ni unos padres considerados. Me siento como se debe sentir un toxicómano que comienza a tener el mono; estoy en un estado perpetuo de eso. Paso épocas en las que me pongo enferma de verdad, depresiva, y entonces mis padres insisten en que me vuelvan ha hacer otra revisión médica. Y entonces, nada. Siempre nada. Siempre en un estado perpetuo de duda, de si es el físico o la cabeza lo que me falla. Es como si no tuviera alma. No tengo alma. Y caminando hacia la casa de Félix rompo a llorar; lo hago con frecuencia cuando pienso demasiado en mí misma. Bebo en todas la fuentes públicas, y hasta entro en bares de improviso a menudo a comer un bocadillo. Y nada, y sigo incompleta, con cara de pocos amigos, porque a veces creo que es alguna vitamina que me falta, algo que estoy pasando por alto, déficit de algo. Quiero creer eso. Pero lo que me pasa no parece ser nada de eso. He probado con las drogas, y una vez me acosté con una chica, por si descubría un lesbianismo que hubiese estado frenando por miedo. Alguien me habló de ello. Todo el mundo sabe la solución de los problemas siempre que no sean propios.

Al llegar a casa de Félix toco al timbre y él me abre la puerta. Le beso, y no hay nadie en casa y lo hacemos en la cama de sus padres, que están fuera, de vacaciones. Me siento completa durante los segundos que duran los dos orgasmos que me provoca. Dos. El primero con la lengua y el segundo con la polla, aunque no sea de señorita decir polla. Pero me gusta decirlo si estoy sola: polla, poooolla. POLLA. Después me abrazo a él, a Félix, intentando olvidar que no me basta con nada, por mucho que pida más y me lo den.

Nos vestimos y salimos hacía donde sea que me lleve. Me dejo guiar, agarrada a su brazo, disimulando, para que él no note mi constante preocupación. Mi preocupación constante. Sé que si me notara infeliz comenzaría a hacer preguntas. Y odio eso. Podría matar a alguien por eso. Muchas veces me doy miedo a mí misma. Estoy hasta la polla. ¡Hasta la polla! Me vienen pensamientos terribles a la cabeza. Me pregunto cómo sería rebanarle el cuello a alguien que no conozco, y me sorprendo al pensar en que no tendría reparo en hacerlo. O navajazos, tiros, ahogar, despeñar. Y puede que estos pensamientos tan duros tengan que ver con mi vacío interior. O eso espero, creo. Puede que deban aislarme de la gente. La gente es demasiado confiada a veces, y me dan escalofríos cuando pienso en que eso me gusta, me da cierta libertad de acción. Porque nadie me conoce de verdad.

En la discoteca sólo hay unas pocas personas. Es esa hora en la que hay dos por uno y los novios de las gogós están allí hablando con ellas, mirando desconfiados a su alrededor. Mi primer cubata se ha vaciado en unos tres minutos y Félix me dice:

– ¿No vas demasiado embalada?

– Oh, perdona…, hasta yo me he sorprendido.

Me sonrojo.

– No creas que suelo beber tanto – digo.

Y miento con naturalidad, como si no fuera famosa entre mis amigas. Buena parte de la ciudad ha amanecido alguna vez con mis vómitos secándose. Puedo jurarlo. Me contengo hasta volver otra vez a la barra. Consigo que pasen casi dos horas hasta que consumo mi segundo cubata, también en pocos minutos. Félix y yo permanecemos pegados la mayor parte de la noche. Me encanta sorber su saliva y tragarla. Es algo místico, como si estuviera cerca de conseguir algo que no tiene nada que ver con el beso. Félix va al lavabo y aprovecho para fumar un cigarrillo. Al ver que está tardando demasiado, voy a buscarle. Al llegar veo que está discutiendo con otro tío, airadamente. El tío rompe su cubata contra la pared y lo acerca con un gesto rápido al cuello de Félix. Después se va. Reacciono cuando veo que el cuello de mi novio empieza a sangrar a borbotones. Impávida y con la mente en blanco, me acerco a él. Me acerco con una sensación extraña en mi estómago. Con curiosidad, comienzo a sorber de su cuello. Él no intenta separarme, y hasta gime, creo que con placer, pero me da igual. Una sensación de plenitud me invade. Creo que tengo un orgasmo. Noto las bragas mojadas, abajo. La solución a veces es mucho más sencilla de lo que piensas, o está más cerca, o no, o ya no sé si mi padre tiene razón, pero me da igual. Tengo el top salpicado de rojo. Mi novio ha muerto, o aún no. Pero me da igual. Suelto su cuello. Su cuerpo cae inerte al suelo de azulejos. Salgo del local, con la penumbra de rayos de luz estroboscópicos camuflándome.

 

Al pasear hasta mi casa, sale el sol y me da en la cara, sin problema. Es una zona de obras y veo cómo algo se mueve en un matorral. Me abalanzo hacia el matorral y atino con las manos el bulto y cojo lo que resulta ser un gato. Parece casero e intenta arañarme. Su pelo como de alfombra cara me molesta y no me gusta, pero lo hago. Cierro la mandíbula mordiendo su panza. Hasta que deja de moverse. Y no es lo mismo. Sangre de gato chorrea mucho menos apetitosa por mis comisuras, y me detengo a pensar en qué clase de persona debo ser ahora. Quizá soy lo que llaman vampiro, o vampira, o cualquier cosa de esas; o a lo mejor estoy loca, pero me da igual porque me siento bien. Por fin me da igual todo y me siento bien.

 

Anuncios

3 comentarios en “Plenitud

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s