Archivos Mensuales: octubre 2007

Confabulación

Me despierto. Descolocado. Miro el reloj y en un minuto tengo que levantarme. En el sueño cenaba en un restaurante, con una chica que me recordaba a mi ex. El local parecía estar en la última planta de un rascacielos. Estábamos justo al lado de un ventanal que daba a una ciudad enorme, iluminada. La chica, con el pelo casi blanco de tan rubio y la cara casi transparente de tan blanca, no me transmitía nada con la mirada. En la mesa había dos platos y palitos de pan rancio para picar. En el resto de mesas todo el mundo cenaba, pero ningún camarero venía a atendernos. Miré a mi alrededor, algo acongojado por mi compañía. De golpe, las luces de la ciudad comenzaron a apagarse, como en una ola de oscuridad que venía hacia nosotros. Hasta que nuestro edificio también quedó en penumbra. Estábamos de repente a oscuras, pero nadie reaccionó de manera alguna. Continuaba oyendo el ruido de los cubiertos, el mismo murmullo apagado de restaurante de cinco tenedores. Y la chica albina, seria, tiznada de una luz roja de emergencia, comenzó a mirarme a los ojos. Susurró algo, y yo no la escuché bien. ¿Perdona? Y la chica volvió a susurrar. Seguía sin oírla. Así, una y otra vez, hasta resultar desesperante. Ella cogió su bolso, sacó un papel y un bolígrafo. Escribió algo, pero, al darme el papel, éste estaba en blanco. La miré, hice que no con la cabeza. Resopló. Volvió a susurrar. No has escrito nada y sigo sin entenderte, le iba diciendo yo todo el tiempo. Un camarero vino a atendernos por fin, y nos sonrió como si no estuviéramos todos a oscuras y todo fuera según lo previsto. ¿Qué va a querer, caballero? Yo miré a la chica y dije: pide tú antes, aún no lo he decidido. ¿Cómo?, reaccionó el camarero. Miré a la chica, al camarero, nuevamente a la chica. Y ésta volvió a susurrar, sin yo oírla. Si quiere, vuelvo en un par de minutos, dijo el hombre, visiblemente intranquilo. Me concentré en la chica, mientras el tipo desaparecía en la oscuridad, y le dije, ya mosqueado: Si no hablas más alto, no me entero de nada. Ella se levantó de su silla, apoyó las manos en la mesa, me escrutó fijamente, y justo antes de que me despertara, dijo: ¡Que estoy muerta, gilipollas!

Mi estado de humor de treintañero, hoy, hasta que llegue la hora de salir del trabajo, puede estar condicionado por el hecho de que se me ha acabado el café en casa. Me rio cada vez que la gente habla de los pequeños detalles que te alegran la vida, sin tener en cuenta los pequeños detalles que te la joden; y que suelen ganar por goleada. Salgo de casa y el sol pone en evidencia mi nihilismo, mientras me extraño de recordar aún con tanta claridad el sueño que he tenido. Tengo que dejar de leer a Ellis una temporada, añade un componente demasiado palpable a mi subconsciente. Me ascendieron y me dieron despacho propio, y desde entonces no dejo de tener pesadillas, o la sensación de que mucho de lo que me pasa ya lo he vivido; como si ya hubiera agotado mi cupo de sorpresas. Me desvanezco en lugares públicos como si fuera un anciano con insolación, pero mi médico me ha dicho que sólo tengo que controlar mis niveles de azúcar. Como si fuera un anciano sin más.

Entro en un bar en busca de café. Los pequeños detalles, si quieres llamarlo así. Dependo del café, de la nicotina, de mi reloj, de que me quieran. Me siento en un taburete en la barra, y la camarera me recuerda a la chica de mi sueño, aunque ésta sonríe y me saluda. Café solo, le digo, intentando suavizar mi semblante, inútilmente. La chica se pone manos a la obra. Me pongo a ojear sin ganas un diario, desde la última página; televisión, deportes, cultura, política internacional… Voy a cerrar el diario, pero al manipularlo veo de refilón la portada, y algo llama mi atención. Entonces un hombre alarga su brazo hacia mí: ¿Has acabado? Sí, le digo, y le paso el diario. El tipo se va a una de las mesas. La camarera me pone el café, y doy un largo sorbo mientras veo cómo intenta acabar los pasatiempos de un librito verde con un niño sonriente en la portada. Apoya el libro cerca de mí, y me mira. Dice en voz alta: Seis letras… final, destino común. Mientras pienso en la palabra, el tipo del diario vuelve a dejarlo donde estaba, con la portada visible. ¿Te la sabes?, dice la camarera. En la portada del diario el titular destacado reza: La Tierra en la trayectoria de un meteorito. Muerte, le digo a la chica. Ella escribe la palabra. Muy bien, dice, encaja. Suena el móvil en mi bolsillo. Lo saco y es mi madre.

– ¿Si?

– Hola… – dice, con voz apagada.

– Sí… dime, qué pasa…

– Sonia ha tenido un accidente de coche, ha llamado su madre…

Los pequeños detalles. Sonia, mi ex.

– ¿Está grave?

Silencio al otro lado de la línea, hasta que ya no sé si se ha cortado o mi madre no sabe qué más decir. Así que cuelgo y apago el móvil, poniéndome histérico. Claro que está grave, pienso. Tendré que hablar con mi médico sobre los sueños premonitorios alguna vez. Le hará gracia, se monda conmigo. Me dispongo a salir del bar, y oigo a la camarera diciendo: ¿Crees que es verdad que se va a acabar el mundo?

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Oportunidad

Para quien lo lea:

 

Si descubres a uno de ellos, lo lógico es acabar siendo como ellos. Si te salvas, lo que puede pasar es que alguien te reclute para eliminarlos. Nadie se preocupa porque hables más de la cuenta sobre esto. Si una cosa saben los políticos, es que la gente puede ser profundamente crédula, pero también incrédulos hasta la saciedad. Según para qué sea, no suele haber término medio, porque solemos ser planos y estúpidos, y muchas de las cosas que podríamos decir, sólo nos convertirían en alguien más que tuvo una mala infancia, y ahora se cobija en cuentos de ciencia ficción. Una de las mejores tapaderas para lo inexplicable está en las consultas de los sicoterapeutas. Si no entiendo lo que me dices, es porque eres potencialmente peligroso, o un suicida, un anarquista. Quizá crees que has visto un ovni, o un fantasma. Un vampiro.

Si un día alguien – tu novia, tu padre, o quien sea – te mira de forma insistente y extraña y ya no se comporta como antes, puede que días después ese alguien pase a engrosar las listas de personas desaparecidas. Si quien sea un día te agarra con mucha más fuerza de lo habitual, y mueve su cabeza indeciso como para darte un golpe en la nariz, seguramente ese alguien ya está muerto, y lo que hacía era decidir si morderte. Aunque evites pensar en la palabra vampiro, da igual, porque a ellos les da lo mismo cómo les llames, siempre y cuando conserves esa ingenuidad que te hace tan humano al pensar que estás a salvo, y que tu hijo pequeño desparecido hace dos meses aún puede estar vivo.

Cuando no era nadie sobreviví al ataque de un amigo, y un cazador andaba cerca. Hay quien dice que a los cazadores nos maneja un ministerio del gobierno. Cobramos con dinero negro, y se dice que el dinero negro ya es algo por lo que no debes preocuparte desde que se decidió controlar la población zombi, o vampira; los no muertos, en definitiva. Lo que me dijeron dos hombres encapuchados al ofrecerme mi nuevo trabajo, es que aún tenemos suerte, porque no hay demasiados casos, y hay muchas enfermedades con las que excusarse cuando una madre lleva a su hijo al médico por ver últimamente al niño blanco y débil. No sólo debes saber cómo matar al no muerto. Tienes que saber colarte en cualquier casa para robar al niño enfermo de turno. Las razones por las que puedes acabar siendo uno de ellos aún no están claras. En un colegio de Portugal dedicado a la educación primaria, una niña de nueve años comenzó a ser más agresiva de lo habitual. La profesora la reprendió un día con dureza, y después la niña tuvo que saltar bastante, porque la mordedura se localizó en el cuello de la docente. Dicha profesora, no tardó en comenzar a quedar a solas con los niños en su despacho. En ésa época se disparó la noticia de que había alguien concreto secuestrando a la los críos. Y nadie deparó demasiado en el nuevo carácter de Paola la profesora, que cambió su vestuario significativamente, y nunca sonreía. Sólo dos meses después de la transformación de la mujer, sabíamos que había diez nuevos niños no muertos. Se envió a un cazador, y la estuvo siguiendo dos días hasta que tuvo la oportunidad de pillarla desprevenida. No es tan romántico o espectacular como en el cine, basta con un buen golpe en la cabeza. Ellos mueren igual que nosotros si los matan. Si no, no mueren, no envejecen, con lo cual, la población infantil de chupasangres duplica a la de los adultos. Los niños son más vulnerables para bien y para mal. Actuando de forma pasiva, con el tiempo podría haber niños inmortales con trescientos años de edad, sabios y expertos en alimentarse.

Lo que se comenta entre cazadores, es que al gobierno le preocupa la idea de que mucha gente pagaría por la inmortalidad. Piénsalo, me dijo un colega; ellos follan y se pueden reproducir igual que nosotros; notan los placeres físicos aunque no necesiten comer; no tienen remordimientos; si te quitaras de la cabeza todo lo que te hace racional y vulnerable al sufrimiento, lo que queda es lo que son ellos, y aunque desde tu situación de humano te parezca aberrante, cuando eres uno de ellos eso deja de preocuparte. Hay varios casos de cazadores que se entregaron a esa vida. Sólo tienes que acercarte a uno de ellos, y eres consciente de que no te va a matar; sólo eres su plato del día. Después, las cosas que llenan tu cabeza de pájaros, desaparecen. Puede que así seas una criatura del mal, o del Diablo, pero no ha de estar mal sentir que estás en el bando ganador por una vez.

Intentaba recordar algo reciente, y he pensado en un avión comercial que se estrelló hace poco. No recuerdo su trayecto. Cruzaba el charco, y cayó en picado al mar. Había ochocientas cincuenta y ocho personas, contando pilotos y azafatas. La grabación de la caja negra contaba con gritos de sorpresa en cabina, gruñidos, y cometarios ahogados por el sonido característico de los huesos al romperse. Pude escuchar esa grabación porque al parecer pudo haber dos no muertos adultos en el avión, que llegaron a su límite de aguante racional. Lee rápido, y no te pierdas detalle: La pizca de humanidad que te queda después de haber sido contagiado, no dista tanto en cantidad de la que tiene un humano vivo; pero por más que comas pasarás hambre. Lo que cuando eres humano tiene que ver con tus ansias de dinero y notoriedad, amor, prosperidad, será substituido por un ansia voraz de sangre, que será lo único que te parecerá aprovechable de la raza humana, a la que ya no pertenecerás. Yo lo imagino así. Te sentirás maldito y sincero. Serás perfecto como una pistola, escupiendo tus balas en línea recta con tan sólo apretar el gatillo. La vida será así de sencilla, acorde con cómo se siente la mayoría de gente que no quiere reconocer que se siente así. Esta noche saldré, como si fuera de caza, y me entregaré a ellos. Ya lo he decidido. Aún no sé dónde esconderé esta carta, pero si eres tú el que la ha encontrado, haz recuento de las hazañas de Dios, y piensa en esto como en una oferta del Diablo.

 

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Pilares morales

Sólo hay un teléfono en la casa en la que Alicia vive con su marido: David. Hace tres años que se casaron. Y hace uno que Alicia conoció a otro hombre en una fiesta: Abel. Alicia conoció a Abel y éste le dijo que estaba casado, pero dio igual. Desde el principio Alicia y Abel conectaron, tenían cosas en común: el matrimonio, el no querer a sus conyugues, el quererse entre sí. Todo ideal para llevar una relación arriesgada, morbosa. En aquella fiesta se dieron los teléfonos, tanto los móviles como los de casa, dejándose muy claro mutuamente las horas a las que podían llamarse.

Hay química cuando hablan, pero sobre todo hay sexo, diferente al que tienen en sus matrimonios; cuando diferente significa mejor. El verse para ellos es la hora del patio, la oportunidad de dejar de actuar, una botella de agua a mediodía en el desierto. Ninguno de los dos tiene hijos. A día de hoy, dijo una vez Alicia, parece más irresponsable tener hijos que ponerle los cuernos a alguien, por mucho matrimonio de por medio que haya. Muchas veces han hablado de por qué se casaron, y de divorciarse, pero todo es tan complicado; papeleo, discusiones, más papeleo. ¿Y qué pasa si un día se encuentran libres para dejarse ver en público y todo comienza a cambiar?; cuando cambiar significa empeorar. Ser feliz no es una empresa con objetivos claros. Cada uno es feliz por motivos distintos y difusos. Llevar la contraria o sentirse fuera de lo que dictan las reglas morales suele ser una vía directa hacia las sensaciones fuertes, y con esas sensaciones mucha gente se siente más viva, mejor, quizá hasta feliz, sí. Por otro lado, en cuanto a las relaciones, algunos aceptan su condición de polígamos, y hasta hacen intercambios de pareja. Quizá esa es la verdadera naturaleza mamífera. Todo lo que ha potenciado el ser humano a nivel moral, en ciertos aspectos, se ha basado en el conformismo blindado con discutibles principios occidentales. Prácticamente cualquiera de las personas que conocemos no ve más allá de la monogamia. Y quizá, teniendo en cuenta cómo somos, el adulterio no sea más que otra forma lícita de vivir tu vida sentimental. Sí que engañas a otro, pero, joder, ¿desde cuándo a los seres humanos nos importa el prójimo? Haces que te importa el prójimo igual que vas a trabajar todos los días porque te pagan. El interés a plazo fijo no es sólo terminología de los bancos, es algo intrínseco a la raza humana.

Alicia se folla de forma habitual a Abel, y después se pone a fumar y le dice que como mamíferos, no somos gran cosa. Lo cierto es que el resto de mamíferos no saben arar la tierra, leer o escribir poesía, pero tienen muy clara su naturaleza; casi se podría decir que se aceptan, conocen sus limitaciones. Cosas como la vida, la paz, o la nobleza , no son esas cualidades que asociarías con el ser humano si pensaras en él como especie y la compararas con las demás. Por todo eso en casa de Alicia sólo hay un teléfono, aunque su marido haya querido a veces poner otro en el piso de arriba. Es mejor arriesgarse a utilizar los fijos antes de llenar los móviles de llamadas recibidas sospechosas. Cuando llama Abel, Alicia se encierra en la cocina. Cuando llama Alicia, Abel habla en susurros en el comedor de su piso a salvo de conflictos telefónicos, porque con un solo aparato su mujer y él se bastan y se sobran. Si suena el teléfono en casa de Alicia, su marido piensa que al otro lado de la línea hay una compañera de trabajo. Cuando suena en casa de Abel, siempre es su mejor amigo; lo son desde el instituto. Son inseparables. Quedan habitualmente para contarse la vida y esas cosas, le dice la mujer de Abel siempre a sus amigas. La bondad de la gente muchas veces es una cortina de humo, argumenta siempre Alicia, y nosotros no vamos a ser menos. Los que piensan que hay maldad en nuestros actos, dice siempre, son justo los que harían o hacen lo mismo que nosotros, sólo que con más sentimiento de culpa; el juzgar así a los demás es lo que les delata, estando en el punto de mira de abandonarse a la tentación como cualquiera. Muchos de los que no entienden cómo los curas pueden aguantar sin sexo, luego se entregan a una sola persona con ánimos de formar una familia, siguiendo así los parámetros morales establecidos por la institución que forman esos mismos curas. Somos católicos a medias, liberales a medias, conservadores a medias. Míranos, no parece haber nada definido, completo, o auténtico en nosotros. Algunos religiosos no follarán, pero por lo menos viven su vida de forma coherente sin ese tipo de hipocresías y medias tintas. No todos, claro… argumenta Alicia, pero por lo menos algunos.

Llega un domingo en el que Abel llama a Alicia, y ésta se mete en la cocina mientras su marido ve la tele. Alicia descuelga y dice que ahora no puede hablar mucho rato, su marido está en casa;

– ¿Es que sospecha algo?

– No sospecha una mierda, pero no quiero darle motivos…

– Vale, sólo llamo para quedar.

– Pues…

El marido de Alicia la sobresalta entrando de golpe en la cocina. Y Alicia le dice a su auricular:

– ¿Entonces mañana entramos a las ocho?

– ¿Está tu marido cerca?

– Sí, claro…

David prepara una sartén sin apenas atender a lo que habla su mujer, y se dispone a hacer la cena.

– Ya… – dice Alicia -, entonces, no te preocupes, mañana desprioritizo los informes…

– ¿Quieres que cuelgue?

– ¡No!… no, tranquila, yo me ocuparé de todo…

– ¿Entonces no cuelgo?

David abre un paquete de lonchas de beicon, echa un chorro de aceite en la sartén, y Alicia le mira de reojo y le dice al auricular:

– No, es mejor normalizarlo. Aquel tío de márquetin no tiene ni puta idea, ya… sí… es verdad…

– Estoy oyendo le cerradura de la puerta, viene mi mujer…

– Ya, pero espera – dice Alicia, y se le escapa una risa -, aun así es mejor que lo solucione el de márquetin…

– Oye, voy a colgar…

– ¡No!, hay que cerrar el asunto, día y hora y todo eso… para quedar bien con la gente de aquella inmobiliaria…

Se oye ruido de fondo en casa de Abel, y Alicia oye un carraspeo, una risa; oye:

– ¡No me jodas, Juan!

– Nada, tú déjaselo al de márquetin, hazme caso…

– No, ja ja, eres un cabrón…

– Claro, yo desprioritizo los informes y tú le pasas el marrón al de márquetin.

– No, frontón mañana no puedo.

– Ja ja, que tonta eres…

– Alicia… – susurra Abel -, se ha metido en el lavabo, pero está a punto de salir, ¡dime sitio, día y hora!

– No, tonta, ja ja, hay moros en la costa… Sí, coño, aquel… el gordo de márquetin…

– Joder…

– Entonces mañana entramos a las ocho, ¿no?… Vaya palo…

– Ja ja, que cabrón eres…

– Muy bien, lo tengo aquí haciendo la cena.

– ¿Aquella tía…? ¿la que conociste en Ibiza?

– Sí, lo tengo esclavizado, ja ja…

A David le salta aceite en la cara y suelta un grito. Alicia tapa el auricular y mira a David:

– ¿Qué pasa?

– Me he quemado, joder… – murmura, y sale de la cocina camino al lavabo.

– ¡Abel! – le susurra al teléfono

– Fui hasta… sí…

– Mañana a las seis de la tarde en la puerta del hotel.

– Vale, tío, nos vemos…

David entra en la cocina otra vez cuando Alicia ya ha colgado. Alicia le mira la cara.

– Pero si no te has hecho nada…

– Joder, pero me he dado un buen susto…

– Vaya tela…

– Se te ve muy eufórica…

Alicia abraza a David, le da un beso en los labios. Le dice:

– Es que estoy muy eufórica…

 

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Adonis

Adonis se mira todas las mañanas en el espejo del lavabo largamente, tocando y retocando su pelo, posando. Cada día va al trabajo resuelto a acabar su jornada laboral cuanto antes. Durante el día procura no molestar a nadie para evitar a ser posible que le molesten. Son cosas que Adonis hace cada día, sin falta, y Adonis piensa que quizá también sin querer, hasta que, por ejemplo, se toca la barbilla con la mano derecha y recuerda: he de afeitarme.

El pensamiento que más pasa por la cabeza de Adonis es: ¿Qué van a pensar de mí? Adonis mira el telediario de vez en cuando con cara de nada, olvidando a cada minuto y relajando el gesto cuando llegan los deportes. Oye constantemente esa máxima de que lo que importa de verdad son los pequeños detalles. Y alguna vez ha pensado que quizá la gente se concentra en esos detalles para no tener que verlo todo con perspectiva; pero inmediatamente después, se le queda la mente en blanco cuando oye dar la hora a su reloj de pared.

Con cada persona, Adonis tiene una pose diferente; sonríe mucho o poco según la ocasión, y su discurso cambia dependiendo del ambiente en el que se mueva.

Adonis hace regalos cada vez que el corte inglés redecora sus instalaciones para homenajear a los padres, o a las madres, o al niño Jesús. O a los enamorados. La agenda mental de Adonis guarda todas las fechas de cumpleaños necesarias. Adonis sabe que conoce a la gente. Aunque a veces ha pensado que quizá en lugar de conocer a la gente, lo que pasa es que la gente ha conseguido que él piense eso. Pero al instante, por ejemplo, abre su agenda mental y ve que algún familiar cumple años en unos días, así que, nuevamente, su mente está ocupada, ¿qué puede comprar?

Cuando Adonis pone la radio, escucha atentamente la lista de éxitos de su emisora favorita. Normalmente lo hace cuando va en el coche. Sabe que cada día esa emisora pone las mismas canciones, y hasta sospecha que es exclusivamente por intereses comerciales, pero él decide que esa música le gusta, así que nunca mueve el dial.

Por las noches cuando llega a casa pone la televisión. Justo en el mismo mueble tiene un reproductor de dvd que compró hace unos meses, pero al mirarlo y sopesar la idea de utilizarlo, alguien suele gritar en la tele y eso capta toda la atención de Adonis, que más tarde se va a dormir con una sonrisa en los labios. Muchas veces ha pensado en leer un rato antes de irse a la cama, pero no lo hace; y si alguien le dice que debería leer más, Adonis argumenta que llega muy cansado a casa y enseguida cae rendido. Y todo el mundo lo entiende y asienten, mientras Adonis piensa en que quizá en lugar de haber visto la tele podía haber leído, o incluso haber utilizado su reproductor de dvd, pero antes de recrearse en su pensamiento alguien le dice algo para continuar la conversación, y Adonis deja su mente en blanco y saca a relucir la sonrisa adecuada para el momento.

Toda la familia de Adonis quiere a Adonis. Su novia también dice que le quiere; y Adonis se siente orgulloso de ello cuando lo nota. Conoció a su pareja en una discoteca, y al día siguiente ya fueron al cine juntos, aunque nunca consiguen recordar el título de la película que fueron a ver. Otro día, poco tiempo después, Adonis acompañó a su reciente novia a comprar ropa a un Zara que antes era una vieja biblioteca, y siempre que van, ella dice que menos mal, que la tienda da ambiente al centro de la ciudad. Adonis siempre asiente ante esa información, como si cada vez que la oye fuera la primera.

La novia de Adonis le insinúa un día la idea de comprometerse con ella. Y aunque Adonis tiene aún veinte años y ella veintiuno, han decidido que es una buena idea. Así que planean buscar un piso al que irse a vivir juntos. Ella siempre le comenta que es su sueño, y además lo más lógico. Cuanto antes vivamos por nuestra cuenta, mejor, dice ella siempre por encima de la música cuando van en el coche a algún sitio. Y Adonis asiente de forma mecánica, y convencido, aunque alguna vez haya tenido la ocurrencia de que quizá es demasiado pronto para independizarse, demasiado caro, y probablemente hasta irresponsable, teniendo en cuenta que aún no sabe con certeza si su novia es lo que él buscaba. Casi cada día los dos van con el coche de él a las afueras de la ciudad, cerca de un bosque, y follan y después fuman mientras la novia de Adonis decide en voz alta si es irresponsable tener dos hijos hoy en día. Adonis la escucha y habitualmente piensa en que quizá debería dejar su actual trabajo y hacer otra cosa, hasta que luego recuerda que hay boda en el horizonte, y hasta críos. Definitivamente, decide que es lo mejor, que no debe rayarse. Por qué esperar. Todo va a salir bien, piensa; soy responsable, tengo un trabajo, novia, a mis padres de colchón, y una futura vida en familia. Por qué no, se dice siempre, en las afueras, en el coche, con la polla aún fuera, y su novia acurrucada en el hombro.

Cuando mira hacia atrás, en el tiempo, Adonis sabe que ha hecho las cosas bien. Se siente orgulloso. Disfruta de la vida y sabe valorar esos pequeños detalles de los que la gente habla. Da igual si de vez en cuando se distrae con el pensamiento de si él es así realmente o sólo ha hecho lo que se supone que es correcto. Eso carece de importancia, por qué cambiar las cosas si así ya está bien y no hace daño a nadie. Por qué cambiar las cosas si todo va bien, se repite siempre una y otra vez.

Un mes antes de la boda ya fechada, la novia de Adonis insiste en ir a un parque de atracciones al que fue cuando era pequeña. Adonis asiente, y al siguiente sábado cogen el coche temprano y se van para allá. Cuando ya están llegando, ella grita por encima de último single de Maná: mierda, me he dejado el móvil, tengo que hacer una llamada…

Al llegar al parque, Adonis le presta el móvil a su novia, y ella se va a unos metros de él para hacer la llamada. Desde donde está, a la entrada del parque, ya se puede oír el murmullo de la gente que pasea y hace cola en las atracciones. Su novia vuelve saltarina y le da el móvil a Adonis. Los dos pagan su entrada en una taquilla, y dan un paseo antes de decidirse por una de las atracciones.

Finalmente, llegan hasta donde está el túnel del terror. Adonis anima a su novia a entrar con él, aduciendo que puede estar tranquila, que sólo serán cuatro payasos disfrazados. Ella al final accede. La primera sala a la que entran está llena de espejos. No hay nadie a excepción del reflejo de ellos, que hace que haya Adonis y novias de Adonis hasta el infinito. Adonis, entre serio y fascinado, mueve el brazo en círculos, y todas sus replicas mueven el brazo en círculos, y su novia, sonriente y emocionada, le dice: ¿Has visto cuántos Adonis hay?… pone la piel de gallina, ja ja…

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Tres pinceladas

1.

Cuando era pequeño, a menudo, soñaba sudando que buscaba a mis padres por casa y no estaban. Miraba por la ventana y toda la gente que conocía, mi hermano, amigos y vecinos, estaban en el parque del barrio, el parque de siempre. Estaba nublado, pero justo donde estaban todos reunidos en círculo, el cielo se abría literalmente, se apartaban las nubes, y todos miraban hacia arriba. Soplaba un viento terrible. Llamaba a mi madre, llorando, acongojado. Cuando ella miraba hacia mí y me veía asomado por la ventana, me decía que qué hacía en casa, que tenía que bajar y reunirme con ellos. Pero mi madre decía eso con frialdad, sin asomo de cariño o cabreo o sentimiento alguno; la oía aunque no hablaba en voz alta y estaba lejos. Y ahí acababa todo. Cuando despertaba, sabía que lo que más me asustaba de ese sueño, era que mis padres me habían dejado en casa y no me habían avisado para unirme a ellos a esperar. Porque esa era la impresión que daba, que todos estaban esperando algo que tenía que llegar del cielo.

Luego, recién despierto, estaba deseando que mi madre me gritara o diera alguna orden para saber que todo volvía a ser como siempre. Así que la primera historia de terror no la vi en una película, ni me la contaron, ni la leí. La primera vez que sentí miedo fue por ese sueño propio e insistente.

De esa época de mi pesadilla, que debía ir de los cinco a los siete u ocho años, conservo un recuerdo que me marcó, y que ahora no podría asegurar si fue algo realmente importante, o sólo algo que impactó sobre manera al niño miedoso que era. Algunas veces he llegado a dudar sobre si aquello también fue un sueño. Lo que pasó es que en los telediaros se hablaba del avistamiento de un ovni, e incluso se decía que éste había aterrizado. Y en algún periódico que no sé quién debió enseñarme, llegué a ver fotos de unos seres alargados y a contra luz que me aterrorizaban. Con el tiempo he llegado a creer que puede que tan sólo fueran imágenes de alguna película en plena promoción, y alguien me quiso meter el miedo en el cuerpo. Seguramente fue eso. Así de crédulo era.

La chica que me gustaba por aquel entonces se llamaba C. Coincidió conmigo en el parvulario, y luego en primero y segundo de primaria, hasta que mis padres me cambiaron de colegio. C. me gustaba porque era rubia (aún lo es) y tenía el pelo largo, hasta la cintura. Por aquel entonces lo que me impresionaba era su pelo. También era guapa, claro (sigue siéndolo), pero cuando me preguntaban por qué me gustaba, yo siempre decía que era porque tenía el pelo largo. Hasta la cintura, insistía. No recuerdo si ella sabía que le iba detrás (seguramente sí), pero recuerdo claramente que me pasaba la hora del patio haciendo burradas para hacerla reír.

La primera vez que alguien fue cruel conmigo, lo que hizo fue utilizar mi debilidad por C. contra mí. Nunca supe quién fue, pero un día llegué a clase, y en el cajón de mi pupitre había una carta en la que alguien se me declaraba (y debíamos tener seis años). En la parte inferior derecha ponía: C. Al creer que le gustaba, la vergüenza se apoderó de mí, y dejé de hacer el tonto delante de ella, perdí el contacto con ella. La estuve evitando una semana entera, no sabía qué decirle. Entonces, un día, nuestra profesora, que debía tener la edad que tiene C. en la actualidad, nos formó en parejas para salir al patio. La mujer me cogió de la mano y, adrede, me llevó hasta donde estaba C. Así que ella y yo fuimos agarrados de la mano hasta el patio. Me dijo que si estaba enfadado con ella. Y yo hice que no con la cabeza, sin mirarla. Llegamos hasta el patio, y ella se fue con sus amigas, sin decir nada más. Ese mismo día cogí la carta y la escruté extrañado: esa letra no era de ella. No había caido en la cuenta, no era de ella porque yo conocía su letra. No me enfadé ni busqué al bromista. Mi relación infantil con C. nunca volvió a ser la misma.

 

2.

El primer libro que leí y realmente me enganchó se llama “La estaca”. Es de un escritor del que nunca he oído hablar en ningún medio, sólo sé de sus obras por investigación propia: Richard Laymon. Yo tenía quince años, y a esa edad es fácil que odies los libros porque te obligan a leer los que te imponen en el colegio. Tanto merito tuvo Richard Laymon. En ese libro dos parejas de amigos batían pueblos abandonados y curioseaban en casas ya vacías y tétricas por descuidadas; un concepto de excursión muy norteamericano. La gracia de la novela estaba en que, un día, en uno de esos pueblos, en un hotel, encontraban el cadáver de una mujer, con la particularidad de que tenía una estaca clavada en el pecho. El personaje principal de la historia era escritor, y se obsesionaba con ese cadáver. Lo que te tenía en vilo era saber si al arrancar esa estaca del cadáver, la chica sería un vampiro. No sabías nada hasta el final. Y te tenía en vilo en serio, eran casi quinientas páginas…

Después de aquello comencé a devorar libros de Stephen King. Era un chico raro, un mal estudiante que al llegar a casa se ponía a leer. La gente no está preparada para eso. Lo que más desconcertaba de mi adolescencia es que no había dónde encasillarme. Me portaba muy bien pero no era aplicado. Me gustaba leer y dibujar pero no sacaba buenas notas. Parecía que los profesores me miraban y pensaban: si no quieres hacer nada en tu vida, por lo menos podrías ser un gamberro y sabríamos qué decirles a tus padres en las reuniones.

Siempre leí, pero por el dibujo sólo me dio durante una temporada. Llegué a coger fotos reales y no paraba de dibujar y borrar hasta que la actriz guapa de turno de mi folio se parecía a la de la foto. Me llevaba horas. No tenía una pizca de talento, pero a base de insistir la gente miraba mis dibujos y se quedaba impresionada. El folio estaba demacrado al acabar, pero mi Cameron Diaz, o quien fuera, se parecía bastante a la de la foto.

 

3.

No todo me aburría en el colegio. Evidentemente me gustaba escribir, las redacciones. El primer relato que escribí en mi vida era una especie de historia de cine negro, que no recuerdo cómo empezaba, pero en la que al final alguien mataba a alguien de un tiro a través de la mirilla de una puerta. Debía tener unos catorce años, y hasta ese momento los libros que me habían obligado a leer eran panfletos moralistas sobre adolescentes enamorados, o aventuras que siempre abogaban por el ecologismo y las buenas intenciones; eran libros sobre los que los adolescentes de hoy en día vomitarían. Mi relato no causó ningún impacto, aunque quizá ayudó a mitificar algo más la fama de niño raro que debía tener entre los profesores.

La primera vez que uno de mis escritos dejó sensación de extrañeza a alguien, fue después de que nos llevaran a ver una película: “Semillas de rencor”. Debía tener dieciséis años, quizá. Mi tutora de aquel entonces me daba las clases de matemáticas e inglés, y creo que para ella era poco más que un criajo patético. Lo cierto era que nadie le tenía mucha simpatía a esa mujer, y no se entendía qué hacía dando clases, cuando daba la sensación de que odiaba la enseñanza.

Así que después de ver aquella película, nos dijeron que teníamos que escribir una crítica, como si fuéramos periodistas. Me puse a escribir y acabé en poco menos de media hora. A medida que acabábamos teníamos que entregar la faena a la profesora. Era una orden, Dios la librara de tener que corregir nuestras mierdas en casa. Me levanté, le di mi hoja y me fui a sentar a mi pupitre. Creo que califiqué la película como facilona y panfletaria; me hice el importante, no lo negaré. La profesora, mi tutora, caracaballo, leía mi crítica como si fueran jeroglíficos. No conseguía asociar la idea que tenía de mí con lo que había escrito. Levantó la cabeza del papel, me miró, y dijo: Jordi… ¿Esto lo has escrito tú?

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La tarta Waldorf

Es sábado y en el piso de arriba Leonard Cohen canta que ha visto el futuro, y que es un asesinato. Me quedo en la cama mirando al techo un par de minutos y miro el reloj y ya son las doce del mediodía. Así que decido levantarme, llego hasta la cocina y descubro desolado que no hay café. Me entran ganas de llorar. Echo un vistazo a mi agenda. El equipo de música del vecino sigue atronando y me visto rápidamente para salir a la calle. Me duele la cabeza porque ayer salí con amigos y bebí demasiado porque en realidad no tenía granas de salir, y tenía que olvidarlo. La cala más cercana la tengo a una media hora de coche. Cuando tengo resaca lo que hago es esto, ponerme cualquier cosa y coger el coche para ir a la playa, sea la época del año que sea. Me obligo a darme un baño aunque sea en calzoncillos y me tomo un Gelocatil, a veces dos. Muchas veces dos en realidad, y luego me meto en una cafetería con el pelo aún empapado y la ropa pegándoseme al cuerpo. Es algo que solvento con rapidez. Hoy además tengo un asunto por resolver cerca de donde llevo a cabo mi ritual. Doy dos sorbos de café, me enciendo un cigarro, y al dar la primera calada ese puede ser el mejor momento del día, mientras se me va aliviando el malestar, notando el sabor del tabaco y aspirando, después de una mala noche. Una noche de mierda, tanto estando despierto como cuando me fui a dormir. El Gelocatil y la cafeína me hacen efecto y me doy miedo a mí mismo cada vez que pienso en mi buena disposición para las drogas, en si no acabaré algún día atracando farmacias o tirado en estaciones de metro. Me palpo el bolsillo de la chaqueta de cuero y noto un bulto. El Ipod.

Salgo de la cafetería escuchando a los Massive Attack, y todo es distante y más interesante. La gente y los coches, la vida de sábado y las adolescentes mascando chicle, los jubilados paseando; todo parece más interesante cuando vas escuchando música y esta tapa el rumor “natural” de la ciudad. El cielo se está nublando y me alegro por ello, me gusta no ver el sol de vez en cuando. No me gusta que llueva, pero sí me gusta esa oscuridad eléctrica justo antes de que llegue la tormenta. Me voy a meter en el bar que indicaba mi agenda en la fecha de hoy, y justo al entrar se ve la luz de un relámpago, como si algún Dios nos hubiese fotografiado a todos. Al ir a pedir un café solo, se oye el ruido del trueno que antecedía el relámpago, y el camarero dice: ¿cómo? Un café solo, por favor. Enseguida, dice el tipo. La silla en la que me siento da a la ventana y puedo ver el cielo. Las nubes se mueven como a cámara rápida. En la barra hay seis o siete tíos con sus carajillos, cafés, etc. En un rincón hay una chica que lee un libro de Tom Wolfe. Es pelirroja y debe tener como diez años menos que yo. Levanta la mirada, se topa con mis ojos y bajo la cabeza. Últimamente estoy perdiendo vista, y tengo que prestar más atención a las cosas para captar los detalles. No es nada personal, por suerte la chica sigue con su libro y no parece haberse incomodado. Llevo meses diciéndome que tengo que ir al oculista, pero da tanta pereza que no se puede ni describir. Me traen el café, con algo de tardanza, y cojo una revista de las que hay en la barra para estar ocupado. La revista es de historia, un artículo llama mi atención. Los ingredientes de la tarta Waldorf son: media taza de azúcar, dos tazas de harina, dos cucharadas de levadura en polvo, tres cucharadas de mantequilla, media cucharadita de sal, manzanas sin pelar en daditos, dos huevos, una taza de leche, una cucharada de vainilla, una taza de nueces y (sigue en la página treinta y ocho)…media taza de pasas de Corinto. Y esta tarta junto a la carne fresca, el pescado, el beicon, las hamburguesas, el té, la cerveza y demás, es la que formaba parte esencial de los banquetes del Titanic cuando este se fue a pique. Debo recordar la receta, me digo.

Cuando levanto la vista de la revista la chica ya no está, y ha comenzado a llover. De hecho ya sólo hay una persona en la barra y me comienzo a impacientar. Pido otro café y ojeo una revista de cocina que encuentro enterrada bajo otras del motor. El camarero está tranquilo y de momento eso es lo importante. Foie de oca, vino de Oporto, manzana reineta y mantequilla es lo que se necesita para preparar Foie al oporto; <<el paté que le puedan servir en un tren, un avión o un barco, no estará nunca a la altura del que usted pueda preparar en casa>>. Sonrío imperceptiblemente desviando mi atención de la revista, y el tipo de la barra paga y se va. Ya sólo queda el camarero. Revuelvo en un bolsillo interior de mi chaqueta.

La mejor manera de no dejar pistas es ponerse unos guantes de látex. El camino hasta llegar al momento en que te pones esos guantes por primera vez puede tener que ver con haber estudiado medicina, pero también puede que no. Mi móvil suena, me sobresalto. Descuelgo y le digo a mi madre que sí, que sigo con lo de los seguros, que estoy bien, y que también sigo con el curso de cocina. El camarero friega unos vasos tras la barra y ni tan siquiera ha levantado una ceja al verme con los guantes ya puestos. No pasa nadie por la calle. Me levanto de mi silla mientras le digo a mi madre que sí otra vez, que no me meteré en líos, que sigo con la terapia, que no pienso volver a pisar la cárcel. Cuelgo y me guardo el teléfono después de una despedida llorosa de mi madre, y el camarero levanta la vista hacia mí, cuando ya me he metido en su zona detrás de la barra. Se me queda mirando, y mientras comienza a pedir explicaciones me saco la navaja del bolsillo del pantalón, el mismo en el que llevo el móvil. Desde este ángulo nadie me verá desde la calle. No se aprende a la primera, y seguramente a la segunda aún organizas un escándalo para acabar la faena, pero para degollar a alguien es importante clavar la navaja en punta, justo en la nuez de tu víctima, de forma que no tenga tiempo de gritar. Luego remueves la navaja a un lado y a otro y la sangre hará el resto despidiéndose de su huésped. Bañas la escena en el máximo sigilo posible, y eso es todo. El camarero ha confiado demasiado en mí y en un gesto rápido la navaja le ha llegado hasta el hueso. Ahora balbucea en el suelo mientras patalea cada vez menos con la navaja clavada. Me quito los guantes y recupero la navaja. La limpio gastando más de la mitad de un servilletero que tengo a mano. Salgo por la puerta del bar y cierro la persiana. La calle está desierta. Nunca sé por qué ha muerto la persona a la que mato, porque no me dejan hacer preguntas. Pero la respuesta es: unos diez mil euros cada vez. Parece que quiere salir el sol, pero ya no me duele la cabeza. Miro el reloj. Hoy voy a llegar tarde al curso de cocina.

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Afligidos

Al principio pensé en irme a vivir a otro sitio, fue la primera idea. Alguien me dejó un libro que se llama Nana y me guiñó el ojo. Era ficción irónica, y hablaba de mi problema: Las casas afligidas. Hay quien las llama así. Son esas casas marcadas por alguna desgracia del pasado. Nadie cree en fantasmas, pero las casas afligidas están vacías casi siempre. Es la versión inmobiliaria de no querer pasar por debajo de la escalera o derramar la sal.

Quien me dejó el libro fue un amigo de toda la vida, al que le hablé de lo que pasaba. Cada madrugada a las dos y veintidós se oye un grito femenino que acaba con una arcada, y luego suena algo así como el eco de un disparo. Todo eso se oye cuando yo intento dormir, y llega del cuarto que utilizo como trastero, a unos cinco metros de pasillo de mi habitación. La primera noche después de instalarme lo que pensé es que alguien había entrado en la casa. Abrí la puerta del cuarto trastero y no había nadie y la pared del fondo estaba llena de esputos de sangre. Me vestí y salí pitando. Fui a un hotel del que me hice cliente habitual durante un tiempo. Y días más tarde lo que hice fue investigar, hablar con gente de mi barrio. Mi primer impulso había sido llamar a la inmobiliaria, pero no lo hice. Lo que supe fue que en la habitación que ahora utilizo para guardar mi bicicleta estática y las cajas de mudanza, un tipo degolló a su mujer y luego se pegó un tiro. Hace treinta y un años. Y ni se sabe cuántas veces se habrá vendido la casa. Día sí día no estuve en el hotel, hasta que me acostumbré a mi nuevo hogar, por cabezonería. En el libro que me dejaron lo que pasaba era que después del primer fenómeno paranormal, llegaban otros, y cada vez eran peores. Pero en mi casa no. Cada día voy al trabajo, a mediodía como, por la tarde sigo en el trabajo, salgo del trabajo, voy al gimnasio, quedo con algún amigo, y cada madrugada, a la dos y veintidós oigo el degüello y el sonido lejano del disparo de suicidio. A veces me pilla aún despierto, pero últimamente si me duermo antes, ha habido noches que ni tan siquiera el grito de la mujer me ha despertado. Desde el primer día nunca he entrado otra vez en el cuarto en el que cada noche se repite la función. Y ya no voy nunca al hotel, lo cual ha convertido mi vida en un nido de investigadores y creyentes firmes. Cada cierto tiempo alguien viene y comienza a quemar salvia en el comedor, me dicen que me acerque al humo, que eso es bueno para mi campo energético. Pero no les hago pasar al cuarto trastero, porque sinceramente, ya me he acostumbrado al grito y el disparo apagado como para que alguien entre allí y cabree a los espíritus o cualquier historia así; no quiero que haya novedades a las dos de la mañana.

Voy en el coche camino a Aurora. Aurora tiene treinta y dos años y según he sabido es la hija de la gente que arma barullo en mi casa todas las noches. Por teléfono me dijo que no entendía por qué aún no me había ido de esa casa. Me dijo que ella era un bebé cuando aquello pasó y que si yo escucho a sus padres cada noche y el hecho quedó impregnado allí, también tendría que oírla a ella llorar en la cuna, ya que mi cuarto trastero era su habitación de bebé. Le dije que quizá a ella no la oigo porque aún está viva. ¿Y sabes con certeza que mis padres están muertos?, me dijo. Bueno, tengo entendido que sí. ¿Por eso quieres verme, para que te cuente qué pasó?

Estoy en la cocina de Aurora y el sol entra por la ventana y me da en la cara y Aurora es atractiva, seria y no sé si soltera. Y me mira con sus ojos marrones diciendo sin hablar: sobras aquí. Se pasa la mano derecha por el pelo de reflejos castaños y dice: ¿Quieres café o algo? Le digo que no, y que no quiero molestarla, sólo quiero resolver cuatro dudas y la dejaré en paz. Saca un cigarrillo de un paquete de Camel y deja su taza de café en la mesa y dice: Bueno, pues pregunta lo que sea…

Respiro hondo:

– Vale… ¿Qué les pasó a tus padres?

– Mi padre mató a mi madre. Pero él no se suicidó, aunque a la gente le guste la idea. Sólo intentó suicidarse. Se disparó en el estómago…

Y añade:

– Estuvo en la cárcel y ahora está en un pabellón de enfermos terminales. Tiene cáncer y se lo están tratando, pero tiene el tiempo contado. Como comprenderás no voy mucho a verle.

Parece que su gesto se ha vuelto algo amable, y ahora me empiezo a preguntar qué hago aquí. Ella ve que no sé qué decirle y dice:

– Así que, si sólo oyes a los muertos… pues… mi padre no está muerto.

Tal y como la veo ahora me resulta imposible imaginarla con un año llorando en la cuna, y digo:

– Bueno, lo que oigo es el grito de una mujer… y luego un disparo, aunque algo lejano… Por eso pensé que tu padre también habría muerto.

– Ya, bueno, el disparo se produjo… pero él no murió… así que… O por lo menos es lo que yo sé. – Se pasa la mano por el pelo otra vez y parece que intenta no sonreír, y dice -: Si me dejas puedo ir a tu casa esta noche. Yo también quiero oírlo, son mis padres…

Contra todo pronóstico, creo que está coqueteando, y rápidamente le digo que no bromeo, que no he venido para ligar con ella.

– Vale, pues si no bromeas, esta noche iré a tu casa. ¿Has oído eso todas las noches?

– Si no estaba dormido sí.

– Y… no te da miedo.

– Al principio sí, pero ahora… no sé… lo que hago es no entrar en esa habitación y punto. De todas maneras no me va mal, no hay ningún tipo de maldición que me esté amargando la vida. Sólo es un… ruido de madrugada.

Me pide la dirección, me dice que quiere oír lo que yo oigo, que ahora ya he despertado demasiado su curiosidad. Le escribo en un papel mi calle y el número, y salgo de su casa y vuelvo conduciendo con sensación de desconcierto.

 

Mientras espero a que llegue ella, dudo durante mucho rato sobre si abrir el cuarto trastero y echar un vistazo. Pero no lo hago. Y estoy convencido de que la chica viene porque piensa que todo esto es un plan elaborado y siniestro para tirármela, y me la puedo imaginar jugando con ex novios a asfixiarse con una almohada. Debe ser retorcida y piensa que ha dado con alguien aún más retorcido que ella, y eso la excita. Pasan las ocho de la tarde y la situación se me comienza a antojar estúpida y peligrosa; realmente debería haber abandonado esta casa y vivir en un piso rodeado de vecinos arriba y abajo y detrás de cualquier pared. Alguien llama y me dice que era hoy cuando le daba diez minutos para bendecir la casa, que si puede venir ya. Cuelgo el teléfono sin decir nada. No necesito más velas ni piedras mágicas ni salvia; ya se han hecho mil veces esos rituales aquí y cada noche esa mujer muere allí arriba dejándolo todo perdido de sangre. Suena el timbre de la puerta principal y me da un vuelco el corazón.

Aurora se pasea por toda mi casa arrugando el ceño, murmurando: vaya choza, no me acuerdo de nada. Llega el momento en que va a entrar en el cuarto trastero, y no me veo con fuerzas para impedírselo. Me quedo fuera mirando al suelo y esperando a que salga y oigo: está todo lleno de polvo. Digo que sí, que no entro mucho en la habitación, y oigo: ¿me dijiste que vistes sangre? Le digo que sí, toda la pared salpicada como si hubieran degollado a un cerdo. Y oigo: no hacía falta que fueras tan gráfico. Y me disculpo y Aurora sale de la habitación. Cierro la puerta y ella baja las escaleras hasta el primer piso mientras me dice que tranquilo, que no ha notado malas vibraciones ni nada de eso, si es que eso me tranquiliza.

– Bueno – digo bajando detrás de ella – , es que no quiero que… ya me he acostumbrado a esos ruidos cada noche, así que no entro nunca ahí para que no… cambie nada

A la una y media de la madrugada estamos los dos en mi habitación y ella parece realmente interesada por ver qué pasa cuando llegue la hora marcada. Al final eso de que yo le gusto parece no ser más que otra fantasía autoinsatisfecha. Me pregunta una y otra vez la hora y repito una y otra vez que es a las dos y veintidós. Yo estoy repantingado en la cama viendo la tele que compré para esta habitación hace menos de un mes, y ella va de un lado a otro revolviendo mis libros, los dvd´s. ¿Vives solo y no tienes porno?, murmura. El ordenador lo tengo abajo en el comedor, digo yo. Igual no lo tienes tan presente porque eres chica, le digo, pero teniendo internet ya se acabó lo de esconder revistas debajo del colchón. Ella no dice nada mientras ojea un libro sobre Ted Bundy. Me dice que pensaré que está enferma, pero que de adolescente su fantasía era tirarse a un asesino en serie. Y miro el reloj y ya son las dos y diez de la mañana. En la tele sólo hay programas del tarot con la parte inferior de la pantalla llena de gente que se muere por follar a un euro con veinte por sms. Nadie cree en nada y yo tengo que escuchar cada noche la misma película de hace treinta y un años. Dos y veintiuno, aviso a Aurora. Queda un minuto y ella se sienta en la cama a mi lado y yo cojo el mando y le doy al mute. Joder, murmura ella, ahora sí me estoy cagando. Pero justo cuando se suele oír el grito de la mujer… contengo el aliento y… no pasa nada. Durante meses he oído ese grito y después el disparo. Y hoy que hay alguien más… no pasa nada, nanay, cero. Dos y media, y nada. Y Aurora ya no debe creerme, pero lo que hace para animarme es decirme que deberíamos dejar puesta una grabadora, por aquello de las sicofonías. Quizá no es cada día a la misma hora, me dice. Y yo no sé calificar este momento y sólo atino a decirle que puede dormir en la habitación del fondo del pasillo. Ella me mira, y duda y no sé si le gusto o qué coño pasa, y acaba diciendo: vale, gracias. De todas formas, pienso, ya he perdido toda la credibilidad, y probablemente ni se me levantaría.

Despierto como a las diez de la mañana, sobresaltado, hasta que recuerdo que es sábado. Salgo al pasillo en calzoncillos y voy hasta la habitación de Aurora y ya no hay nadie. La cama está hecha y aún huele bastante a ella. Por más que lo pienso no se qué impresión debí causarle, aunque sé seguro que ella no es precisamente alguien del montón. Veo que hay una nota en la mesilla al lado de la cama; en ella hay escrito un número de móvil y debajo de éste pone: mi móvil. Así que supongo que al final no le debí parecer gilipollas del todo. Se me pasa por la cabeza llamarla justo en ese momento, pero me echa atrás el miedo a parecer ansioso. Salgo a la calle y no quiero pensar en el hecho de que quizá esta noche tampoco se oirán los ruidos. La verdad es que la idea no me gusta un pelo.

A mediodía decido ir a comer fuera y le ahorro el viaje a algún pizzero. Entro en un restaurante italiano que no tiene pinta de ser de lujo, pero hay sitio de sobras y bastante calma, así que me quedo. A dos mesas de la mía hay una familia, echo un vistazo. Luego trago saliva con fuerza. Tengo a los padres de espaldas a mí, y una chica de unos veinte años y un crio de cuatro o cinco de cara. Y aunque los padres me tapan algo de visión, veo cómo la chica me mira y sonríe un segundo cuando sin querer tiro mi tenedor al suelo. Me traen una pizza cuatro quesos y ataco procurando que los padres de la chica no noten mi presencia en exceso. Después de acabar el primer trozo de pizza comienzo a sentir pena de mí mismo por querer quedar siempre bien con todo el mundo. Pero cada vez que miro en esa dirección la chica hace ademán de absorber mi atención y no le importa nada que sus padres puedan advertir su comportamiento. Esto es cuando te pasa algo y quieres negarte que está pasando. La chica no me miraría si supiera que su madre es Lidia y me conoce y le puso los cuernos a papá. Mi única aventura con anillos de por medio. Ahora mismo vendería mi alma al diablo por no tener escrúpulos. Cuando llevaba un mes oyendo cada día el grito y el disparo, decidí hacer una lista de nuevas prioridades. La primera fue ir a la iglesia de forma regular. Pero no he ido. Y creo que si Dios ya es un cabrón cuando tienes todos los motivos para ser escéptico, si te ha pasado algo que te pueda dar pistas sobre lo intangible y sigues pasando de él, entonces ya no debe tener piedad. Me concentro en el plato, la pizza, mi tenedor. Y cuando no puedo evitar volver a mirar a la familia, la chica le da golpes en la espalda al crío, que se está poniendo blanco. Mi tenedor comienza a temblar y el padre del crío se levanta, pero el crío ya tiene la cara acostada en su plato de pasta. Mi única aventura y su hija se llevan la mano a la boca y el padre golpea al niño en la espalda y yo noto que no puedo estar aquí, me da vueltas la cabeza, me levanto de mi silla y camino sin atender a los gritos de alguien a mi espalda hasta salir del restaurante.

Llego a mi casa de los nervios y me doy una ducha. No paro de pensar en que no debo pensar que el hecho de que ayer no hubiera ruidos tiene algo que ver con lo que ha pasado. Las coincidencias existen, pero mi voz me dice que también existen los fantasmas. Y quizá hasta Dios. Recuerda tu lista de prioridades, me digo. Ir a la Iglesia. Dejar de fumar. Dejar de ser sarcástico con la gente. Etc. Recuerda la lista, me digo, tu vida ya no es igual que antes. Y ahora me aterra salir a la calle. Suena el teléfono y se me ocurren cosas terribles, mis padres han muerto, me echan del trabajo, descuelgo:

– ¿Si?

– Soy Aurora.

– Ah… hola, dime.

Se hace un silencio que se me hace eterno. Respiración, un sollozo;

– Pues… Me han llamado del hospital. El cáncer de mi padre ha remitido. No quiero ir a verle ni nada parecido, en principio, pero no me gusta… no sé, ahora no me encuentro bien, estoy muy chafada. Tengo ganas de verte… si quieres…

Le digo que sí, que ningún problema. Y ella justo antes de colgar me dice que se va a coger el coche y viene hacia aquí. Cuelgo y me viene la jaqueca con fuerza. Voy dando pasos cortos hasta la ventana, se oye barullo de gente en la calle. Una ambulancia intenta aparcar frente al edificio de enfrente. Una mujer de mediana edad sale del portal con una niña de seis o siete años en brazos, que tiene los ojos cerrados y está blanca. La mujer rompe a llorar con la niña aún en brazos, a la que comienzan a atender. Aparto la vista y me voy al lavabo y me trago dos aspirinas. Voy a poner la tele, pero me da miedo topar con el telediario del canal local. Y sin querer rebobino y me veo levantándome de la cama con la cabeza a punto de explotar y luego en el restaurante me topo con Lidia y su hija me mira y su hijo quizá ya esté muerto, y ahora me llama Aurora y dice que el cabrón de su padre está bien y a una niña del barrio tiene que venir a buscarla la ambulancia como si fuera una anciana con dolores crónicos. Y no paro de pensar en que no debería pensar tanto. Son las cinco de la tarde y el sol entra en mi casa, y más que dar alegría parece agua entrando en un submarino. La gente que se acaba suicidando debe hacerlo cuando paulatinamente deja de entender las cosas que le pasan. Deben matarse cuando ya no entienden absolutamente nada. Sigo pensando en no pensar. No pienses. Sólo recuerda que ahora tu vida ya es nueva. Tus prioridades han cambiado. Más que pensar, me digo, recuerda tiempos mejores; cuando había ruidos fantasmagóricos en casa y todo iba bien; como mucho la madre de Aurora gritaba muriéndose y yo me perdía un momento si estaba leyendo un libro, o subía el volumen de la tele si estaba viendo una película, o intentaba grabarlo y no se grababa nada. Cuando pasas a creer en los fantasmas para dejar de creer en las psicofonías, piensas que quizá sí hay vampiros u ovnis, pero tenemos un concepto equivocado de lo que son. Prometo ir más a la Iglesia y ser un ejemplo positivo para la sociedad. Pero por favor, Dios, que no sigan pasando desgracias a mi alrededor. Sólo ha sido una noche de silencio y este está siendo el día más largo y áspero de mi vida.

 

Eres un capullo, me dice Aurora, el rey de las neuras. Eso dice. Cuando ha llegado y ha llamado al timbre, cuando he abierto la puerta, ha puesto sus manos en mis hombros y me ha dado un beso en los labios. Como si nada. Y ahora, con la tarde convirtiéndose en noche y mis nervios a flor de piel, me dice que no le venga con mamonadas, que un mal día lo tiene cualquiera. De vez en cuando, me dice, nos toca ver cosas desagradables, y eso no quiere decir que hayas perturbado el mundo de los muertos y ahora te estén puteando. Yo misma, dice, buscando aparcamiento por el barrio, he visto a un tío espachurrado en el suelo porque se había tirado desde no sé qué piso. ¿Y eso dónde ha sido?, pregunto.

– No te lo pienso decir para que lo añadas a tu lista de desgracias. Si yo no te lo hubiera dicho, ni te habrías enterado… Pasan cosas malas todos los días, lo que pasa es que hoy has tenido la mala pata de estar donde no hubieras querido.

– No lo sé, puede ser casualidad…

– Claro, tonto… ¿Podré quedarme esta noche? – dice, acabando la frase con un hilo de voz.

– De hecho te lo agradecería… Y tú cómo estás, por teléfono se te oía muy chunga.

– Bien, ya estoy bien… no te preocupes.

 

Mientras cenamos me dice que le jode que su padre esté bien, porque ella no quiere ocuparse de él, aunque no sabe de hecho si tiene que volver a la cárcel. ¿Soy una cabrona por pensar así?

– No, la familia no la elegimos…

– ¿Vistes mi nota con el teléfono?

– Sí, la vi.

– No quería despertarte.

Comenzamos a oír de forma insistente los ladridos de un perro en la puerta de entrada. Al principio esperamos a que alguien llame al perro, el dueño, alguien. Pero el perro sigue ladrando. Voy hasta la puerta y la abro. Con tan solo una rendija, el perro, un pastor alemán, se me cuela en casa. Sube corriendo las escaleras hasta el piso de arriba. Cuando Aurora y yo subimos, el perro está ladrándole a la puerta del cuarto trastero. Olisquea y ladra. ¿Qué hacemos?, digo. El chucho se calla y ya sólo olisquea. Aurora se acerca a él y comienza a acariciarlo. El perro le lame la cara. Oímos un silbido que viene de la calle, y el perro sale corriendo escaleras abajo. Miro el reloj y ya son las once de la noche. Desde que mi vida se ha convertido en un mal relato de Stephen King el tiempo parece medirse a su antojo. Bajamos al piso de abajo y el perro ya ha salido a la calle, por suerte había dejado la puerta abierta. Echo un vistazo fuera y veo una camioneta parada, con una salpicadura roja en el capó. Salimos. El pastor alemán está a unos cinco metros, tirado en el asfalto, sangra por la boca. El tipo de la camioneta sale con apuro del vehículo y se acerca al perro, que tiene a su dueño al lado, de cuclillas. Me meto en casa. Aurora aún se queda fuera. Me voy a la cocina y la pizza ya está fría.

Más tarde repetimos la jugada de ayer y nos metemos en mi cuarto, casi a las dos de la madrugada. Aurora ya no se atreve a rebatir mis neuras, y antes en la cocina se ha sentado en mis rodillas y hemos estado como una hora besándonos. En lo que a mujeres se refiere siempre he sido un títere; si se le hubiese antojado azotarme en el culo con una sartén no hay garantías de que yo me hubiera negado. Cuando nos hemos separado me ha dicho que prefería pegarse el lote a estar dos horas escuchándome decir: ¿ves como tenía razón? Estando ya en mi habitación todo es igual que ayer; ella revuelve mis cosas y yo miro la tele, hoy ya todo el rato con el mute puesto. La hora se nos echa encima. Nos sentamos en la cama de cara a la puerta cerrada de la habitación. A falta de un minuto ella me coge la mano. Treinta segundos. Respiro agitadamente. Llega un ruido pero es un coche en la calle. Miro mi reloj y ya son las dos y veintidós pasadas: dos y veintidós y treinta segundos. Sigo conteniendo el aliento. Aurora hace que no con la cabeza. La miro. Puede ser que sea porque estás tú aquí, le digo. ¿Entonces quieres que me vaya?, murmura, soltándome la mano. ¿No quieres que esté contigo?, dice. Y justo después oímos tres golpes secos en la puerta, como si alguien quisiera que le abriéramos. Se me va a salir el corazón por la boca, y Aurora, sorprendentemente tranquila, dice: ¿quién es…? Pero nadie contesta nada aún al otro lado, cinco segundos, seis, siete, y una voz potente y orgullosa, dice: ¿Os pensáis que basta con disfrazarse de humanos?

 

 

Hola a todos. Ahora hablo como Jordi, y no como esos personajes desquiciados que me saco de la manga. Este post quiero que sirva para que vayais ahí:

http://anarquismocinematografico.blogspot.com/2007/10/trailer-de-el-dildo-sagrado.html

Ahí podreis encontrar el trailer de una película de Joaquín Regadera (director de varios y premiados cortos), un colega de Murcia que me invitó a poner mi grano de arena en el guión de su primer largo: “El Dildo sagrado”. Hechad un vistazo al trailer y daros un paseo por el blog de Joaquín, que es más que interesante.

Un saludo a todos, el blog vuelve a la normalidad.

Sangre de alien

La dignidad y el alma se desprendieron de mí como sudor. Después algo se encendió en mi cabeza. No te esfuerces porque no tengo nombre y esto me pasa a mí como a cualquier otro. Esto quiere trascender y no es como cuando espías a alguien por un agujerito, así que olvídate. Me enamoré y me dejaron. Después mi vida continuó. Como dice todo el mundo, la vida sigue y el espectáculo debería continuar, aunque nadie te dice nada de verdad, y sólo te sueltan monsergas de cariño demasiadas veces fingido. Demasiadas veces fingido, y nadie quiere reconocer la dictadura del individualismo. Todo el mundo dice querer a alguien más que a sí mismo igual que reconocen que la mayoría de la gente miente. Casi todos miramos al suelo en el autobús. Por eso yo he intentado separarme de todos. No por una mujer. Por ella, y por todo lo demás. He decidido llevar a cabo mi odio. No es socialmente difícil, y hasta puedes pasar por uno más a la vista de los poco observadores, que son la mayoría. Y al contrario de lo que dicen, lo mas fácil es empezar. Lo jodido es que funcione a la larga un proyecto de cambio cuando lo hay. Hace falta dinero. Todo requiere dinero, y eso incluye las ideologías. Aunque no es fácil, tienes que procurarte un piso. El hecho de si quieres tener televisión o estar conectado al mundo vía internet es opcional. En principio, odiar al mundo no significa desconectar de él. Procúrate una ideología anárquica que te aleje del suicidio. Reconócete a ti mismo que en realidad alguna vez si has pensado en la segura paz posterior a un suicidio, aunque sólo sea por una milésima de segundo. Tranquilo, Dios no existe. Piénsalo, el infierno está cada vez que das por supuesto que todo va bien porque a ti todo te va bien. El demonio está en eso como en la mayoría de los actos humanos de relevancia. Sopesa esa idea. Después te sentirás más libre; más sincero. Aunque sólo un poco más. Y lo más importante, descarta la opción del suicidio. Nadie muerto puede cambiar nada. Una vez asentadas las bases de tu nueva vida, piensa en el terrorismo intelectual inverso, como los programas del corazón pero al revés. Piensa cómo hacer que la gente piense de verdad y se mire al ombligo antes de criticar lo que sea. Intenta el salto mortal, un substitutivo del dinero. Inventa una moneda de cambio que no genere codicia, porque será más rápido que eliminar esta del ser humano. Pocas personas estudian más para crecer como personas. Pocas personas van alegres al trabajo y todo son títulos, diplomas, nominas, imagen, apariencia, trofeos, ascensos, tu imagen en el espejo. Lo que nos rodea es sangre de alien que te atraviesa si piensas. La cultura no importa a demasiada gente porque sólo se trata de sumar un cero más. Así se gana el respeto. La humanidad se reduce a papeles y a subir un poco más alto que tus competidores. Todo lo que sea subir más suma una sonrisa, y dicen que sonreír alarga la vida. Pero también dicen que la vida es maravillosa, y algo importante también en tu revolución es no tratar con gente que habla así, asociando la humanidad con algo maravilloso. En Normandía no hace tanto que continuaba llegando sangre a la playa. Los adjetivos no se pueden utilizar alegremente. Tenemos que ir acercándonos poco a poco a una visión real de lo que hay, de lo que hemos hecho, y sobretodo, de qué vamos a hacer. Estamos a millones de kilómetros luz de ser objetivos. Y por eso hay gente que espera con cierto morbo el Apocalipsis. El Apocalipsis siempre está de moda como si al llegar pudieras verlo por la tele y no te fuera a tocar a ti porque no. Respira hondo. Una vez estés en tu piso de soltero, siéntate, reflexiona, y cuando hayas encontrado alguna solución, escríbela, mándala por correo a todo el mundo. Pero no te sorprendas si no te apoya demasiada gente. Quizá lo que nos merecemos es una muerte lenta, un tentáculo atravesándonos. Y si seguimos pensando que no hay solución nunca la habrá, y mientras tanto los que creemos saber que la vida no es maravillosa, tendremos que conformarnos con rezarle a alguna fuerza suprema para que se derritan los polos. Procura olvidar diferenciar lo correcto de lo incorrecto. Asienta nuevas bases, y al final, convierte lo que se te ocurra en hechos, porque nadie te regañará por equivocarte. Haz apología de lo desconcertante.

 

Narcisismo

A mis padres les parecía violento y poco apropiado que a los catorce años ya quisiera maquillarme y disfrazarme de veinteañera como hacían muchas de mis compañeras de clase. Como no. Me dijeron que hasta los dieciséis nada de potingues. Así que llegué a los dieciséis y el rímel convertía mis ojos en lunas negras chorreantes cuando los cerraba; me encantaba que se me viera la tira del sujetador, y procuraba que el escote fuera siempre protagonista. Porque los padres casi siempre se equivocan con sus hijos adolescentes, y no digamos ya si son hijas. Luego, aún con dieciséis, comencé a escribir relatos en los que el protagonista siempre se acababa suicidando, y se los pasaba a mis compañeros y un día mi tutor se enteró. Y llamó a mis padres porque en mis relatos nadie se enamoraba, ni ganaba, ni tenía éxito, y moría joven; y eso no eran escritos propios de una niña de dieciséis años cuando la tasa de suicidios sigue tan alta al llegar a los diecisiete.

Luego se molestaron porque continué escribiendo relatos, y en ellos no moría nadie, pero siempre eran historias de un personaje anciano al que nunca iban a visitar sus hijos ya mayores, que la mayoría de veces acababa muriendo en un hospital en mitad de la noche mientras lloraba. Y a veces era anciana, o era un infarto, o era una residencia (en serio, había muchas variantes), y acabaron por llamar otra vez a mis padres porque aún tenía diecisiete años, y no podía ser. Así que en la reunión estábamos otra vez yo y mis padres en el despacho de mi tutor. Y mi tutor después de absurdos preámbulos me preguntó por qué escribía esas cosas siempre.

– Los personajes son mayores y han tenidos vidas plenas y largas. Yo creo que los escritos no son tan pesimistas, ¿no?

Y mi tutor me dijo que no todo el mundo abandona a sus padres, que eso no es así, que tengo talento para escribir y podría escribir otras cosas.

– No sé por qué molesta tanto lo que escribo. A mí me gusta, pero si no me dejáis escribir sobre ancianos, puedo escribir sobre cualquier otra cosa. En serio, me da igual.

Mi tutor me miró y sonrío condescendiente. Le habría matado allí mismo, y me dijo que seguro que me daría por escribir sobre otro tipo de desgracia.

– Bueno, hay muchas más cosas malas que buenas en el mundo, y eso no es culpa mía. Fijaos por ejemplo en los desastres naturales.

¿Los desastres naturales?

– Claro. La gente siempre dice que es una pena, que siempre les toca a los más pobres. Lo que pasa es que si tiene que haber desastres naturales, por lógica casi siempre les tocará a los más pobres, porque hay mucha más extensión en el planeta de territorio pobre que de territorio rico, o… estable… Siempre hay más tragedia que prosperidad, así que no creo que a estas alturas se pueda tratar a alguien de suicida potencial sólo por escribir.

Mi tutor me dijo que si podía salir del despacho, porque quería hablar con mis padres, a solas. Salí satisfecha de haber dejado a aquel capullo sin réplica que darme, y pasé las siguientes dos semanas escribiendo como una posesa relatos sobre bebés tercermundistas que morían en brazos de sus madres, o por la noche en la cuna, o en el parto. Y nadie me dijo nada.

Un día, no mucho después de la reunión, mi madre entró en mi habitación. Se puso a hablar conmigo; que si cómo estaba, si tenía algún novio, si estaba contenta. Se puso a llorar y se me rompe el corazón cada vez que lo hace. Y le dije que no tenía que preocuparse, que no hiciese caso a las estadísticas ni a los telediarios ni a los especialistas, porque no me iba a suicidar. Porque cada noche antes de dormirse, mis padres hablaban sobre eso debido a que yo nunca hablaba, y vacilaba a todo el mundo y todo me parecía una mierda, y consultaron con más de un especialista que les insinuó que sí, que yo tenía el perfil adecuado para coger cualquier día una cuchilla de afeitar y llenar la bañera de agua caliente. Hasta ese punto la gente puede llegar a ser ridícula.

Al llegar a los dieciocho tuve mi primer trabajo y me informé y comencé a donar parte del dinero que ganaba a una ONG. Hasta que un día en un informativo esa misma ONG salió a relucir porque el noventa por ciento de lo recaudado acababa en la cuenta de no sé quién que tenía una empresa de no sé qué relacionada con campos de golf, y todo resultó ser un fraude. Así que no perdí la fe del todo en las ONG’s, sólo lo suficiente para dejar de donar dinero. Con dieciocho años cada vez echaba de menos más a mí versión de dos años atrás, que no se fiaba de nadie. Continuaba escribiendo, pero mis relatos eran variados y a mis padres ya no les preocupaba ese tema. Me apunté a un curso de escritura creativa en el que aún sigo y perdí la virginidad con un tío que se fue a las dos semanas de allí; sus cuentos eran una mierda. Mi profesor es un tipo de unos treinta y cinco años, serio y amable. Atractivo. Está casado. Así que asisto dos veces por semana y cada cuento que presento es una insinuación clara a Adolfo, que es como se llama el profesor; un nombre, por cierto, que odio.

Todos los jueves tenemos que leer un cuento propio e inédito. Recuerdo la primera vez que leí un de mis cuentos en voz alta y la clase lo eligió el mejor de la semana, aunque no era el mejor. Sólo era el que se desmarcaba del resto, porque no era bonito ni poético ni embriagador; era la historia de un chico maltratado por sus padres que acababa suicidándose en el garaje de su casa metido en el coche con las ventanas abiertas y el tubo de escape soltando humo. Era así y era una mierda de historia que se le podía haber ocurrido a cualquiera. La única diferencia estaba en la frialdad con que estaba descrita. Gracias, les dije a todos después de los halagos, y hasta sonreí. Adolfo enseguida me vio como la futura escritora al alza, pero lo cierto es que con tanto halago, casi echo de menos aquellas broncas con mi tutor cuando casi no me habían crecido las tetas, porque aquello sí resultaba auténtica transgresión.

Me enfrento al taller de escritura los martes y los jueves, y casi nunca me resulta muy difícil destacar allí. El problema llega cuando lo que escribo no me convence a mí, ni me divierte ni me motiva. Así que lo que hago es esperar a que hoy acabe la clase. Espero a que se vayan todos y le entrego mi escrito semanal a Adolfo aun siendo martes. Y él comienza a leer:

A mis padres les parecía violento y poco apropiado que a los catorce años ya quisiera maquillarme y disfrazarme de veinteañera como hacían muchas de mis compañeras de clase. Como no…”

El escrito comienza así y sigue hablando sobre mis problemas con mis padres y mis otras neuras, aunque claro, me amparo en la excusa de la “ficción” para soltar todo el rollo que me dé la gana. Adolfo lee el escrito y asiente lentamente con la cabeza. De repente, para y me mira: ¿Esto es autobiográfico?

– No, para nada…

– ¿No?, el personaje me ha hecho pensar mucho en ti…

Piensa en mí, piensa en mí, piensa en mí… sí, hazlo, joder.

– En serio – me dice -, ¿seguro que no eres tú?

Hago que no con la cabeza. Adolfo me pasa el escrito y sonríe. Ha notado algo, me ha notado algo.

– Utilizas muchos tacos siempre, y eso es un pelín efectista según el contexto… Además – dice mientras sale del aula –: le has puesto un nombre horroroso al profesor.