Desazón

Él entró ayer en el pasillo de artículos deportivos, dio la vuelta por la zona del pan y salió por la puerta automática del fondo sin comprar nada. Llevaba unos tejanos raidos, unos zapatos marrones y una camisa roja. Pelo lavado y despeinado y barba de tres días. Pero hoy aún no ha aparecido. Por la mañana un martes no aparece mucha gente. Esto muchas veces sólo es observar a la gente. Es dejar volar la imaginación o dejar que se te seque para siempre. O todo eso, o te conviertes en un vegetal en plena forma. Hay tres o cuatro códigos de barra que te pueden complicar la vida, pero por lo demás, las cajeras hacemos lo que muchos pensarán que ya mismo podrá hacer una máquina. Un día alguien ganará el premio nobel de física y nos echarán a todas a la calle.

Tuve una época con crisis de ansiedad y siempre soñaba con él, y acudía a terapia y mi psicólogo siempre me preguntaba si había vuelto a soñar con él. Hasta parecía celoso; ¿has vuelto a tener el mismo sueño? Él pasa siempre por aquí buscando algo concreto, así que a veces se va con las manos vacías. Nunca viene con ninguna chica y la única vez que pasó por mi caja compró unas muñequeras Nike y un disco de Tom Waits. Mi caja es esa que buscas cuando no has venido a comprar de verdad, cuando llevas sólo dos o tres artículos y aún tienes la nevera llena en casa. Diez productos o menos. Lo que pasa es que cuando él viene puede ir a cualquier caja porque siempre es por la mañana y nunca hay nadie. Jubilados paseando, alguien del barrio, nadie. Y ahí estamos ocho o nueve cajeras, sin nada que hacer aparte de darle vueltas a la cabeza o atender con desgana a algún cliente suelto cada media hora. Así, la aguja del segundero parece la que marca los minutos. Te mueres. Una mañana soleada entre semana puede ser el infierno aquí dentro. Casi quieres que venga un cliente estúpido a complicarte la vida con algún producto sin etiquetar, sin código de barras, roto, caducado. Casi quieres poder discutir a grito limpio con alguien para que la hora de comer llegue antes de haber mirado el reloj veinte veces. Por favor, que alguien venga con un cortacésped con la caja destrozada y sin la etiqueta del precio; que alguien intente robar, que pase algo ahora mismo. Un loco con un cuchillo amenazando en el pasillo de la cubertería; un accidente en el parking; una bomba. Por favor. El aburrimiento y la rutina y el hastío es lo que hace creer a mucha gente en los ovnis, los fantasmas, Dios. No tienes que ser especialmente auto sugestivo, una jornada de ocho horas de lunes a sábado a veces basta. Las diez de la mañana, y en serio, que alguien se queme a lo bonzo frente al mostrador de devoluciones, por favor. Esto es como cuando te preguntan qué hacías durante el 11-S, y tú respondes con media sonrisa de felicidad mientras piensas: joder, aquel día sí que pasó rápido.

Él no suele venir más de dos veces por semana, y tiene pinta de ser un chico del barrio, por aquello de que siempre viene solo y nunca en coche y son las diez y cinco de la mañana. Aún. Joder. Él debería venir hoy. Siempre viene los martes y que quede claro que no soy la única aquí que tiene como aliciente para venir a trabajar el verle pasear por los pasillos. Da igual cuántas seamos entre cajeras y promotoras, todas nos miramos entre nosotras cuando viene y tenemos que evitar sonreír como estúpidas si pasa cerca de donde estamos. Con el matiz de que yo estoy soltera y casi todas las demás llevan años casadas. Yo soy joven y ellas no. A mí seguramente me mira cuando no le miro y de ellas pasa. O eso quiero pensar. Un tío llega de repente a mi caja y me saca de ensoñaciones para cobrarle unas tristes lonchas de jamón dulce. Casi me sobresalto al oír el pitido que se oye al pasar el código de barras. Gracias, adiós, hasta luego, diez y diez. No es una obsesión por la hora, es que la tienes en el marcador justo encima del teclado, y miras casi sin querer. Aunque también podría decir que odio mi trabajo.

A eso de las once menos cuarto llega él. Y dejo de mirar el reloj. Lleva una camiseta blanca algo sucia y unos tejanos que parecen los de ayer y unas deportivas blancas, también sucias. Cerca de su hombro derecho subiendo por el cuello se ve la punta del iceberg de un tatuaje que nunca había visto, o nunca me había fijado, aunque lo dudo. Desaparece por la zona de comestibles y le pierdo de vista. Pero, raudo, baja por el pasillo de artículos deportivos con dos barras de pan integral. Y viene caminando en línea recta, hacia mí. O parece que hacia mí, porque en última instancia se dirige a la zona de jardinería. No pasan ni veinte segundos y sale del pasillo con unas tijeras enormes de podar. Y al final es una compañera la que le va a atender, y ya he batido el tiempo record de diez minutos sin mirar el reloj. La compañera le cobra las barras de pan, con la cabeza gacha, como si no estuviera deseando agarrarle el culo, y él posa sus ojos color miel en ella y pregunta algo. Ella le mira un momento y le coge las tijeras de podar, les da una vuelta y él sigue hablando. Entre cajeras y aquí, eso es como haber ido a cenar y al cine con él. Nunca había hablado tanto con nadie. Las tijeras deben llevar siglos en la estantería sin que nadie se haya dignado a ponerles la etiqueta del precio. La compañera habla por teléfono; creo que se llama Sonia o algo así, y ahora todas la miramos mientras él espera con sus barras de pan en la mano, su tatuaje insinuándose, sus brazos de levantar peso todos los días, el bulto en su entrepierna bajo los tejanos. Me percato de que hay una mujer esperando a que le preste atención con tres barras de pan y un niño de cinco años de la mano. Le cobro el pan casi sin mirarla y adiós. Y él sigue allí, esperando. Al final veo cómo se dirige al pasillo de jardinería otra vez y vuelve sin las tijeras, y pasa por delante de la compañera con las barras de pan y le dice algo, le sonríe, y ella cuando él ya sale a la calle, se queda sentada en la silla, brazos caídos, haciendo que no con la cabeza. Luego se levanta y viene caminando hacia mi caja. Me sonríe, sonrojada. Se saca un papel del bolsillo, me lo da, y dice:

– Es su teléfono.

– ¿Qué?

– Me ha dicho que te lo dé, que le llames si quieres.

Extiendo el papel y veo un número de móvil escrito a bolígrafo, sin ningún nombre.

– Joder… – murmuro. – ¿Y por qué no ha venido a hablar conmigo?

– Yo que sé. Será tímido.

Sonia o quien sea, vuelve a su caja. Añado el número a la agenda de mi móvil. Me tiemblan las manos y me guardo el papel y el móvil en el bolso. Cuando deseas algo y de repente se te ofrece o lo ganas o llega o te lo dan, no lo puedes creer durante unos minutos. Y pensar que ni me ha mirado, y yo no hacía más que mirarle. O quizá miraba y no me daba cuenta. Será eso, me miraba el culo. Pero quizá sólo quiere un polvo y ya está. Y quizá yo también. Miro el reloj y es la una del mediodía. Y no ha pasado nada en toda la mañana y pasa algo por pequeño que sea y ya es toda una aventura. Y me pregunto qué habrá visto en mí que no haya visto en las macizas de las promotoras, con sus quesitos y sus bandejitas y sus minifaldas y el nombre en una tarjeta cogida por un imperdible encima de la teta izquierda. Sus sonrisas de tía buena ofreciéndose y sin embargo ha venido a por mí. A no ser que ya se las haya tirado a todas y ahora quiera seguir con las cajeras. El resto del día lo paso como en un parpadeo y llegan las diez de la noche, y estoy agotada y en casa, y comienzo a sospechar. Apago la tele y me voy a dormir. Y luego camino rauda por una explanada de polvo, y voy lenta, insegura. Tropiezo con algo y comienzo a resbalar porque la explanada ahora es una bajada. Y miro y la bajada acaba en un barranco. Me acerco al barranco sin poder frenar y justo cuando voy a caer estoy en un bar, sentada a la barra. El camarero me sonríe con una sonrisa congelada y fregando vasos, y me pregunta: ¿sabes qué es el movimiento compuesto? Aparto la mirada del camarero y al mirar hacia las mesas no hay mesas sino el salón de mi casa, sin nada más que un sillón de tres plazas. Y en el sillón está él, con sus tejanos y camiseta y deportivas. Aparezco sin pretenderlo sentada en el sillón al lado de él, y me dice: tranquila. Y yo digo algo como: ¿qué? Y él sonríe, pero su sonrisa es cálida. El movimiento compuesto es la composición o superposición de dos o más movimientos simples, me dice, y alguien me pone una mano en el hombro y me sobresalto y miro el reloj y sólo me quedan cinco minutos para levantarme. Cojo el móvil de encima de la mesilla con una sensación horrible de déjà vu, repaso la agenda, y su número no está.

 

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6 comentarios en “Desazón

  1. Una historia extraña… y una gran productividad, amigo.

    Sólo un pero: confieso que me chirría mucho el comienzo, “Él ayer entró…”, me suena un poco cacofónico, mejor quizá iría “Él entró ayer…”. Pero bueno, puede ser una mera manía por mi parte.

    Un saludo!

  2. Hola, me llamo clara y tú has dejado un coment en mi blog (el primero y el único que he tenido).
    Me ha hecho una ilusión que lo flipas, claro… pero, joder! lo mejor es haberme decidido a pasar por aquí y descubrir tus historias, esta por ejemplo. chas! certera, intrigante… sugerente, y encima, como que me he visto un poquito reflejada… ( y no trabajo aun de nada)
    Por cierto… Él ayer entró…
    Mucho más fuerte, no?
    Bueno nada, que me ha encantado tu blog, Jordim
    Me pasaré por aquí… if u don’t mind.
    ciao
    y gracias

  3. Ay, esos recuerdos que no sabes bien si son soñados o realidades pasadas… por si acaso, yo procuro tener cerca una libreta y un boli, para anotar un comentario y comprobar al día siguiente si de verdad pasó… Hay tantas mañanas que las páginas están en blanco, pero nunca las de la mente, que son las mejores.

    Me gustan tus historias

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