La tarta Waldorf

Es sábado y en el piso de arriba Leonard Cohen canta que ha visto el futuro, y que es un asesinato. Me quedo en la cama mirando al techo un par de minutos y miro el reloj y ya son las doce del mediodía. Así que decido levantarme, llego hasta la cocina y descubro desolado que no hay café. Me entran ganas de llorar. Echo un vistazo a mi agenda. El equipo de música del vecino sigue atronando y me visto rápidamente para salir a la calle. Me duele la cabeza porque ayer salí con amigos y bebí demasiado porque en realidad no tenía granas de salir, y tenía que olvidarlo. La cala más cercana la tengo a una media hora de coche. Cuando tengo resaca lo que hago es esto, ponerme cualquier cosa y coger el coche para ir a la playa, sea la época del año que sea. Me obligo a darme un baño aunque sea en calzoncillos y me tomo un Gelocatil, a veces dos. Muchas veces dos en realidad, y luego me meto en una cafetería con el pelo aún empapado y la ropa pegándoseme al cuerpo. Es algo que solvento con rapidez. Hoy además tengo un asunto por resolver cerca de donde llevo a cabo mi ritual. Doy dos sorbos de café, me enciendo un cigarro, y al dar la primera calada ese puede ser el mejor momento del día, mientras se me va aliviando el malestar, notando el sabor del tabaco y aspirando, después de una mala noche. Una noche de mierda, tanto estando despierto como cuando me fui a dormir. El Gelocatil y la cafeína me hacen efecto y me doy miedo a mí mismo cada vez que pienso en mi buena disposición para las drogas, en si no acabaré algún día atracando farmacias o tirado en estaciones de metro. Me palpo el bolsillo de la chaqueta de cuero y noto un bulto. El Ipod.

Salgo de la cafetería escuchando a los Massive Attack, y todo es distante y más interesante. La gente y los coches, la vida de sábado y las adolescentes mascando chicle, los jubilados paseando; todo parece más interesante cuando vas escuchando música y esta tapa el rumor “natural” de la ciudad. El cielo se está nublando y me alegro por ello, me gusta no ver el sol de vez en cuando. No me gusta que llueva, pero sí me gusta esa oscuridad eléctrica justo antes de que llegue la tormenta. Me voy a meter en el bar que indicaba mi agenda en la fecha de hoy, y justo al entrar se ve la luz de un relámpago, como si algún Dios nos hubiese fotografiado a todos. Al ir a pedir un café solo, se oye el ruido del trueno que antecedía el relámpago, y el camarero dice: ¿cómo? Un café solo, por favor. Enseguida, dice el tipo. La silla en la que me siento da a la ventana y puedo ver el cielo. Las nubes se mueven como a cámara rápida. En la barra hay seis o siete tíos con sus carajillos, cafés, etc. En un rincón hay una chica que lee un libro de Tom Wolfe. Es pelirroja y debe tener como diez años menos que yo. Levanta la mirada, se topa con mis ojos y bajo la cabeza. Últimamente estoy perdiendo vista, y tengo que prestar más atención a las cosas para captar los detalles. No es nada personal, por suerte la chica sigue con su libro y no parece haberse incomodado. Llevo meses diciéndome que tengo que ir al oculista, pero da tanta pereza que no se puede ni describir. Me traen el café, con algo de tardanza, y cojo una revista de las que hay en la barra para estar ocupado. La revista es de historia, un artículo llama mi atención. Los ingredientes de la tarta Waldorf son: media taza de azúcar, dos tazas de harina, dos cucharadas de levadura en polvo, tres cucharadas de mantequilla, media cucharadita de sal, manzanas sin pelar en daditos, dos huevos, una taza de leche, una cucharada de vainilla, una taza de nueces y (sigue en la página treinta y ocho)…media taza de pasas de Corinto. Y esta tarta junto a la carne fresca, el pescado, el beicon, las hamburguesas, el té, la cerveza y demás, es la que formaba parte esencial de los banquetes del Titanic cuando este se fue a pique. Debo recordar la receta, me digo.

Cuando levanto la vista de la revista la chica ya no está, y ha comenzado a llover. De hecho ya sólo hay una persona en la barra y me comienzo a impacientar. Pido otro café y ojeo una revista de cocina que encuentro enterrada bajo otras del motor. El camarero está tranquilo y de momento eso es lo importante. Foie de oca, vino de Oporto, manzana reineta y mantequilla es lo que se necesita para preparar Foie al oporto; <<el paté que le puedan servir en un tren, un avión o un barco, no estará nunca a la altura del que usted pueda preparar en casa>>. Sonrío imperceptiblemente desviando mi atención de la revista, y el tipo de la barra paga y se va. Ya sólo queda el camarero. Revuelvo en un bolsillo interior de mi chaqueta.

La mejor manera de no dejar pistas es ponerse unos guantes de látex. El camino hasta llegar al momento en que te pones esos guantes por primera vez puede tener que ver con haber estudiado medicina, pero también puede que no. Mi móvil suena, me sobresalto. Descuelgo y le digo a mi madre que sí, que sigo con lo de los seguros, que estoy bien, y que también sigo con el curso de cocina. El camarero friega unos vasos tras la barra y ni tan siquiera ha levantado una ceja al verme con los guantes ya puestos. No pasa nadie por la calle. Me levanto de mi silla mientras le digo a mi madre que sí otra vez, que no me meteré en líos, que sigo con la terapia, que no pienso volver a pisar la cárcel. Cuelgo y me guardo el teléfono después de una despedida llorosa de mi madre, y el camarero levanta la vista hacia mí, cuando ya me he metido en su zona detrás de la barra. Se me queda mirando, y mientras comienza a pedir explicaciones me saco la navaja del bolsillo del pantalón, el mismo en el que llevo el móvil. Desde este ángulo nadie me verá desde la calle. No se aprende a la primera, y seguramente a la segunda aún organizas un escándalo para acabar la faena, pero para degollar a alguien es importante clavar la navaja en punta, justo en la nuez de tu víctima, de forma que no tenga tiempo de gritar. Luego remueves la navaja a un lado y a otro y la sangre hará el resto despidiéndose de su huésped. Bañas la escena en el máximo sigilo posible, y eso es todo. El camarero ha confiado demasiado en mí y en un gesto rápido la navaja le ha llegado hasta el hueso. Ahora balbucea en el suelo mientras patalea cada vez menos con la navaja clavada. Me quito los guantes y recupero la navaja. La limpio gastando más de la mitad de un servilletero que tengo a mano. Salgo por la puerta del bar y cierro la persiana. La calle está desierta. Nunca sé por qué ha muerto la persona a la que mato, porque no me dejan hacer preguntas. Pero la respuesta es: unos diez mil euros cada vez. Parece que quiere salir el sol, pero ya no me duele la cabeza. Miro el reloj. Hoy voy a llegar tarde al curso de cocina.

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4 comentarios en “La tarta Waldorf

  1. Me quedo sobretodo con dos frases: “todo parece más interesante cuando vas escuchando música y esta tapa el rumor “natural” de la ciudad” y “como si algún Dios nos hubiese fotografiado a todos”.
    También me ha llegado el olor de la mantequilla y el café y hasta el sonido hueco de los zapatos que se marchitan moviendose cada vez más lentos en el suelo…
    Buena obra
    (y tu comentario, muy cursi 😉 )

  2. Hace tiempo que te leo pero no me había parado a comentar.

    Me gusta tu estilo y tu capacidad para crear cuentos a diario, o casi.

    Seguiré leyéndote esperando aquel relato que conmueve más que otro ( Me he leido 3 o 4 veces el de los fantasmas a las 2.22 y cada vez le veo más posibilidades de desarrollo )

    Por cierto, repasa este, a principio de la historia es casi mediodía y justo en el momento de cumplir su tarea , son las 11 😉

    Adelante con tus creaciones 🙂

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