Tres pinceladas

1.

Cuando era pequeño, a menudo, soñaba sudando que buscaba a mis padres por casa y no estaban. Miraba por la ventana y toda la gente que conocía, mi hermano, amigos y vecinos, estaban en el parque del barrio, el parque de siempre. Estaba nublado, pero justo donde estaban todos reunidos en círculo, el cielo se abría literalmente, se apartaban las nubes, y todos miraban hacia arriba. Soplaba un viento terrible. Llamaba a mi madre, llorando, acongojado. Cuando ella miraba hacia mí y me veía asomado por la ventana, me decía que qué hacía en casa, que tenía que bajar y reunirme con ellos. Pero mi madre decía eso con frialdad, sin asomo de cariño o cabreo o sentimiento alguno; la oía aunque no hablaba en voz alta y estaba lejos. Y ahí acababa todo. Cuando despertaba, sabía que lo que más me asustaba de ese sueño, era que mis padres me habían dejado en casa y no me habían avisado para unirme a ellos a esperar. Porque esa era la impresión que daba, que todos estaban esperando algo que tenía que llegar del cielo.

Luego, recién despierto, estaba deseando que mi madre me gritara o diera alguna orden para saber que todo volvía a ser como siempre. Así que la primera historia de terror no la vi en una película, ni me la contaron, ni la leí. La primera vez que sentí miedo fue por ese sueño propio e insistente.

De esa época de mi pesadilla, que debía ir de los cinco a los siete u ocho años, conservo un recuerdo que me marcó, y que ahora no podría asegurar si fue algo realmente importante, o sólo algo que impactó sobre manera al niño miedoso que era. Algunas veces he llegado a dudar sobre si aquello también fue un sueño. Lo que pasó es que en los telediaros se hablaba del avistamiento de un ovni, e incluso se decía que éste había aterrizado. Y en algún periódico que no sé quién debió enseñarme, llegué a ver fotos de unos seres alargados y a contra luz que me aterrorizaban. Con el tiempo he llegado a creer que puede que tan sólo fueran imágenes de alguna película en plena promoción, y alguien me quiso meter el miedo en el cuerpo. Seguramente fue eso. Así de crédulo era.

La chica que me gustaba por aquel entonces se llamaba C. Coincidió conmigo en el parvulario, y luego en primero y segundo de primaria, hasta que mis padres me cambiaron de colegio. C. me gustaba porque era rubia (aún lo es) y tenía el pelo largo, hasta la cintura. Por aquel entonces lo que me impresionaba era su pelo. También era guapa, claro (sigue siéndolo), pero cuando me preguntaban por qué me gustaba, yo siempre decía que era porque tenía el pelo largo. Hasta la cintura, insistía. No recuerdo si ella sabía que le iba detrás (seguramente sí), pero recuerdo claramente que me pasaba la hora del patio haciendo burradas para hacerla reír.

La primera vez que alguien fue cruel conmigo, lo que hizo fue utilizar mi debilidad por C. contra mí. Nunca supe quién fue, pero un día llegué a clase, y en el cajón de mi pupitre había una carta en la que alguien se me declaraba (y debíamos tener seis años). En la parte inferior derecha ponía: C. Al creer que le gustaba, la vergüenza se apoderó de mí, y dejé de hacer el tonto delante de ella, perdí el contacto con ella. La estuve evitando una semana entera, no sabía qué decirle. Entonces, un día, nuestra profesora, que debía tener la edad que tiene C. en la actualidad, nos formó en parejas para salir al patio. La mujer me cogió de la mano y, adrede, me llevó hasta donde estaba C. Así que ella y yo fuimos agarrados de la mano hasta el patio. Me dijo que si estaba enfadado con ella. Y yo hice que no con la cabeza, sin mirarla. Llegamos hasta el patio, y ella se fue con sus amigas, sin decir nada más. Ese mismo día cogí la carta y la escruté extrañado: esa letra no era de ella. No había caido en la cuenta, no era de ella porque yo conocía su letra. No me enfadé ni busqué al bromista. Mi relación infantil con C. nunca volvió a ser la misma.

 

2.

El primer libro que leí y realmente me enganchó se llama “La estaca”. Es de un escritor del que nunca he oído hablar en ningún medio, sólo sé de sus obras por investigación propia: Richard Laymon. Yo tenía quince años, y a esa edad es fácil que odies los libros porque te obligan a leer los que te imponen en el colegio. Tanto merito tuvo Richard Laymon. En ese libro dos parejas de amigos batían pueblos abandonados y curioseaban en casas ya vacías y tétricas por descuidadas; un concepto de excursión muy norteamericano. La gracia de la novela estaba en que, un día, en uno de esos pueblos, en un hotel, encontraban el cadáver de una mujer, con la particularidad de que tenía una estaca clavada en el pecho. El personaje principal de la historia era escritor, y se obsesionaba con ese cadáver. Lo que te tenía en vilo era saber si al arrancar esa estaca del cadáver, la chica sería un vampiro. No sabías nada hasta el final. Y te tenía en vilo en serio, eran casi quinientas páginas…

Después de aquello comencé a devorar libros de Stephen King. Era un chico raro, un mal estudiante que al llegar a casa se ponía a leer. La gente no está preparada para eso. Lo que más desconcertaba de mi adolescencia es que no había dónde encasillarme. Me portaba muy bien pero no era aplicado. Me gustaba leer y dibujar pero no sacaba buenas notas. Parecía que los profesores me miraban y pensaban: si no quieres hacer nada en tu vida, por lo menos podrías ser un gamberro y sabríamos qué decirles a tus padres en las reuniones.

Siempre leí, pero por el dibujo sólo me dio durante una temporada. Llegué a coger fotos reales y no paraba de dibujar y borrar hasta que la actriz guapa de turno de mi folio se parecía a la de la foto. Me llevaba horas. No tenía una pizca de talento, pero a base de insistir la gente miraba mis dibujos y se quedaba impresionada. El folio estaba demacrado al acabar, pero mi Cameron Diaz, o quien fuera, se parecía bastante a la de la foto.

 

3.

No todo me aburría en el colegio. Evidentemente me gustaba escribir, las redacciones. El primer relato que escribí en mi vida era una especie de historia de cine negro, que no recuerdo cómo empezaba, pero en la que al final alguien mataba a alguien de un tiro a través de la mirilla de una puerta. Debía tener unos catorce años, y hasta ese momento los libros que me habían obligado a leer eran panfletos moralistas sobre adolescentes enamorados, o aventuras que siempre abogaban por el ecologismo y las buenas intenciones; eran libros sobre los que los adolescentes de hoy en día vomitarían. Mi relato no causó ningún impacto, aunque quizá ayudó a mitificar algo más la fama de niño raro que debía tener entre los profesores.

La primera vez que uno de mis escritos dejó sensación de extrañeza a alguien, fue después de que nos llevaran a ver una película: “Semillas de rencor”. Debía tener dieciséis años, quizá. Mi tutora de aquel entonces me daba las clases de matemáticas e inglés, y creo que para ella era poco más que un criajo patético. Lo cierto era que nadie le tenía mucha simpatía a esa mujer, y no se entendía qué hacía dando clases, cuando daba la sensación de que odiaba la enseñanza.

Así que después de ver aquella película, nos dijeron que teníamos que escribir una crítica, como si fuéramos periodistas. Me puse a escribir y acabé en poco menos de media hora. A medida que acabábamos teníamos que entregar la faena a la profesora. Era una orden, Dios la librara de tener que corregir nuestras mierdas en casa. Me levanté, le di mi hoja y me fui a sentar a mi pupitre. Creo que califiqué la película como facilona y panfletaria; me hice el importante, no lo negaré. La profesora, mi tutora, caracaballo, leía mi crítica como si fueran jeroglíficos. No conseguía asociar la idea que tenía de mí con lo que había escrito. Levantó la cabeza del papel, me miró, y dijo: Jordi… ¿Esto lo has escrito tú?

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