Heroicidad

Ahora me llama y me dice que vaya a su casa. Que está sola. Que es muy tarde y alguien ha entrado. Que puede oír ruidos en el piso de abajo y no pueden ser sus padres porque están en las Bahamas. Se pone histérica y comienza a llorar en susurros, y dice que está metida en la cama con una linterna, temblando, iluminándose los pies descalzos. Así que no me queda más remedio que ir, para que encima algún chiflado me clave una navaja por aguarle la fiesta. Ella vive a cinco minutos a pie de mi casa, y esta tarde cuando vinimos del cine, me dijo que me dejaba. Es muy creativa: Déjame un poco de bizcocho y nata, y contigo cerca podré hacer pastel de hipocresía. Eso fue lo último que salió de su boca esta tarde; siempre parece que se prepara los sermones. Y ahora quiere que vaya al rescate. El hipócrita al rescate, como si no pudiera haber llamado a la policía. Justo al salir de mi casa, vuelve a llamar. Ven, joder, dice, estoy oyendo a alguien subir las escaleras.

– ¿No has llamado a la policía? – le susurro a mi teléfono.

– No me jodas, tardarían más que una pizza, y tú estás aquí al lado… – balbucea, muy nerviosa.

– Estoy de camino.

Cuelgo y aligero el paso. Intento llamar a la poli, pero comunica. Miro el reloj y son las tres de la mañana. Ya puedo ver su casa a unos cien metros. Hay una luz encendida en el piso de abajo. La calle es estrecha y no hay nadie. Estoy cagado. Nunca la he odiado tanto como ahora. A medida que gano visibilidad y ángulo, veo que la puerta de entrada tiene destrozada la cerradura. Está claro que quien sea, debe pensar que la casa está vacía. Como mucho serán dos. Me detengo a unos veinticinco metros de la entrada. Y pienso en qué coño voy a hacer. Ni tan siquiera he cogido un cuchillo de cocina. Está claro que ellos irán armados. O a lo mejor sólo es uno. Si sólo es uno, podré reducirle. Pero lo más probable es que sean dos. ¿Tendrán pistolas? No, me digo, seguro que no. Seguro que son niñatos que han entrado a robar. ¿Pero entonces por qué llevan tanto rato en la casa? Deben llevar unos veinte minutos. O quizá saben que ella está ahí. Y quieren violarla. Robo y violación. Es probable. Miro hacia un lado y a hacia el otro de la calle, y dudo sobre si avisar a algún vecino para que me acompañe. Pero quien sea querrá llamar a la policía, y ella tenía bastante razón en esa cuestión. Si alguien te quiere violar lo hará dos o tres veces antes de que llegue un coche patrulla despertando a todo el barrio. Muévete, me digo, podrían haber descubierto que la casa no está vacía. Comienzo a caminar y compruebo que me tiemblan las piernas; sudor frío en la espalda. En el peor de los casos, me digo, te matarán, o la matarán a ella, o nos matarán a los dos; en el mejor, como mucho tendré un polvo de agradecimiento, y el miedo en el cuerpo durante una buena temporada. Es una mierda de negocio. Lo más probable es que te enfrentes de forma más fácil al funeral ajeno, que a la opción de evitar ese funeral. Porque entonces puede haber dos funerales, y todos somos egoístas hasta la medula en el fondo. El afán de protagonismo, para muchos, sólo desaparece en los velatorios. No siempre es divertido ser el centro de atención. Estoy a pocos pasos de la puerta de entrada. Está entreabierta, y parece que le hayan pegado un hachazo a la cerradura. Hago acopio de valor, abro la puerta del todo. La luz que está encendida viene de la cocina. No oigo hablar a nadie, ni gritos o ruidos extraños. Pero quien sea aún está aquí, porque si no, le hubiera visto salir. Huele extraño. Entro en la cocina y no hay nadie, todo está en orden. Nada desvalijado. Respiro hondo. De repente, algo así como un gemido, llega del piso de arriba. Quien sea está arriba, pienso. Con ella. Se me va a salir el corazón por la boca, pero me obligo a cruzar el salón para llegar hasta las escaleras. Otro ruido. Es como si ella gritara, con algo en la boca, amordazada. Subo las escaleras una a una, intentando no hacer el menor ruido. No se oye hablar a nadie; quizá sólo hay un tío. Desde donde estoy aún veo la luz de la cocina. Mierda, pienso, otra vez estoy con las manos vacías, sin arma alguna. Pero sigo subiendo escaleras. Me suda la frente. Oigo otro gemido, esta vez más claro. No noto la polla, y estoy a punto de sufrir una taquicardia. ¿Qué le están haciendo, pienso, para que grite sin que se oiga antes un golpe, un ruido, algo? Se acaba el tramo de escalera, y se oye un claro y femenino: No, por favor. Camino torpemente por el pasillo, apoyándome en la pared. Desde donde estoy puedo ver cómo la puerta de la habitación está totalmente abierta, y en esa parte del pasillo parpadea una luz tenue que sale de la habitación, que claramente no es luz eléctrica. Son velas, pienso. Y oigo: Esto ya no me hace gracia, por favor. Y un grito brutal que muere en una arcada, hace que me detenga. Ella llora ahora de forma desesperada. La están torturando, pienso. Me quedo helado, quieto. Dudo sobre si bajar a por algo, un cuchillo, algo. Al final, muevo el culo escaleras abajo, atravieso el salón y entro en la cocina, mientras oigo un nuevo grito. Me tiembla todo. Antes de buscar un arma, algo que pueda utilizar, lo que hago es llamar otra vez a la poli. Esta vez al segundo tono una mujer me coge el teléfono. Para atajar la historia digo que alguien ha entrado en mi casa, que creo que me están robando. La mujer me pide el nombre y un sinfín de datos que tengo que susurrar, incluida la dirección de la casa, y al final me dicen que enseguida llegará un coche, que me esconda y espere. Sin pensar, cojo un mazo de amasar que veo, bastante grande, para evitar coger un cuchillo. Prefiero atizar a quien sea que atravesarlo, decido. Cruzo otra vez el salón, voy subiendo las escaleras y oigo súplicas y lloros, ininteligibles. Quien sea, pienso, debe estar cortándola con algo, o quemándola, quizá con las velas. Sea lo que sea que pasa sólo deja salir de la habitación los gritos de ella. Me pregunto si se oirán en la calle, aunque estoy casi seguro que no. Cuando ya me encuentro en el segundo piso, yendo paso a paso hasta la habitación, noto un fuerte olor a éter, ese olor extraño. Llevo el mazo agarrado con la mano derecha. Ella ya debe haber pensado que me he desentendido de hacer ninguna heroicidad, que he llamado a la poli y me mantengo a una distancia prudente de la casa. Y, joder, pienso, es lo que haría cualquiera. Ni tan siquiera he tenido una pelea de barrio o en el colegio cuando era niño, y ahora se me ocurre que voy a poder salvar a mi flamante ex de quien sea que está torturándola. De quien sea, o de lo que sea, me dice una voz. ¿De lo que sea?, joder, no desvaríes, me digo. Tengo la puerta a un metro de pared y la palabra que me viene a la mente es: asómate. Pero me quedo quieto, con la piel de gallina. Me quedo un momento escuchando; ella no para de suplicar y pedirle a quien sea que pare, que deje de… hacerle lo que sea que le está haciendo. Oigo cómo alguien trastea, y enchufa algo en la base que hay cerca de una de las mesillas que flanquean la cama; el ruido inconfundible de las clavijas entrando. Por lo que oigo, sospecho que ella ha estado sin mordaza un rato, y ahora se la han vuelto a poner, e intento convencerme de que no estoy haciendo tiempo para que llegue la poli y no tener que enfrentarme a esto. Ella comienza a gritar como un animal debajo de lo que lleve en la boca, y lo siguiente que oigo es el primer intento de alguien de hacer arrancar una motosierra. Pienso en huir enseguida, pero al hacer ademán de moverme oigo los pasos de ese alguien hacia la puerta abierta. Quieto, no respiro, blandiendo el mazo. La puerta se cierra de un portazo tal que oigo algo astillarse. La ha cerrado para tapar algo el follón, pienso. Siento una punzada de alivio, hasta que oigo como, segundos después, la motosierra se pone en marcha definitivamente, convirtiéndose en el sonido que tapa los gruñidos de terror de mi ex. Y yo con un mazo, sin un cuchillo enorme de cocina y con un mazo. Sin pensar, le doy un golpe a la puerta con el puño izquierdo. Doy cinco pasos atrás y me digo que le atraeré, ganaré tiempo. Deja de sonar el ruido de la motosierra; aún no ha podido cortarla con ese trasto; han pasado sólo unos segundos. Mientras alguien en la habitación da un paso tras otro hasta la puerta, puedo oír a mi ex amordazada; por lo menos aún no le ha cortado la cabeza. La puerta se abre, y veo a un chico que lleva una chaqueta con capucha, no le veo la cara. Mira hacia mi dirección, hacia la otra, y vuelve a cerrar la puerta. Estoy demasiado lejos para que pueda verme en un pasillo a oscuras, pienso. Sólo he dado un golpe en la puerta, apenas lo habrá oído y ha pensado que serían imaginaciones suyas. Pantalones de chándal grises y chaqueta azul con capucha; poco más de metro setenta. Oigo cómo esta vez le cuesta más hacer arrancar la motosierra, y compruebo cómo ella tenía razón con lo de la poli. Quizá debería haber dramatizado mucho más en la llamada, aunque creo que el tono de pánico estaba bien conseguido; era real. La motosierra no acaba de arrancar. Ella llora con la mordaza puesta. Voy a perder cinco kilos de una tacada, digo en voz alta, y le doy tres golpes fuertes a la puerta con el mazo. Ella grita más fuerte debajo de su mordaza; esta vez los dos saben que hay alguien más que ellos en la casa. Dejo de oír los tirones de motosierra a medio arrancar. Esta vez no oigo los pasos de antes dirigiéndose a la puerta. ¿Qué pasa? ¿Qué hace? ¿Debería entrar? No oigo ningún ruido, ni de ella ni de quien sea. Dudo sobre si abrir la puerta, e imagino la motosierra clavándose en mi cuello de un golpe. No, espera, tú sólo tienes un trozo de madera. Dios santo, él podría haberla degollado ya, haber saltado por la ventana; no se haría daño, hay un tejado del que sólo tiene que descolgarse. Podría no haber nadie dentro de la habitación, teniendo en cuenta la calma. No pasa nada, no llega la poli, no me despierto. Esto está pasando. Doy dos pasos hacia la puerta: Ábrela y apártate, rápido, no le des la oportunidad de abalanzarse sobre ti, me convenzo. Y cuando voy a poner la mano en el pomo, suena mi móvil. Esto no me puede estar pasando. En la pantallita: el nombre de mi ex. Le doy al botoncito verde. La voz de un chico, no demasiado convencida, dice: ¿Quién eres? No contesto. Ahora a ella puedo oírla a través de la puerta y por el teléfono, volviendo a suplicar. Se corta la comunicación. Vuelve el silencio total. Noto cómo el pomo comienza a girar. Me aparto de la puerta, unos seis o siete pasos. La puerta se abre. Asoma la capucha, un paso y ya lo tengo de cuerpo entero. No me ve, otra vez está a ciegas. En un impulso, corro y me abalanzo sobre él. Lo tiro al suelo con facilidad. Me coloco encima, inmovilizándole los brazos con mis rodillas, cara al suelo. Le doy golpes en la cabeza sin parar, con toda mi fuerza, respirando a trompicones. Sólo es uno, ahora lo sé seguro, sonrío. Niñato de mierda, grito, y descargo por última vez contra su cráneo, cuando hace ya como un minuto que no se mueve. Respiro hondo dos, tres veces. Miro hacia el interior de la habitación, y no quiero entender lo que veo. Hay un chico de unos veinte años, de aspecto común, en calzoncillos, empuñando una pistola. Se pone a caminar hacia mí, y soy incapaz de moverme por culpa de la verdad. Sale de la habitación y pasa de mí, recorre el pasillo y baja las escaleras, y sigo sin moverme por culpa de la verdad. Destapo la cabeza de mi adversario y veo la cabeza de mi ex, destrozada. Puedes ver el pasado sin máquina del tiempo. “Ponte la ropa y sal. Si haces algún ruido, disparo”. Me aparto de encima de ella, en trance. Miro al interior de la habitación, la cama empapada, roja, cuerdas, velas. Seguimos a la luz de las velas. El resto de la ropa del chico está ensangrentada, cubriendo éste cuerpo femenino que conozco de sobras. Oigo a la policía a lo lejos.

 

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3 comentarios en “Heroicidad

  1. Jordi, inevitablemente estás mejorando a buen ritmo.
    Hacia tiempo que no me daba un atracón de ti y, ahora que lo he vuelto a hacer, debo admitir que me ha gustado y que creo sinceramente que podría volver a engancharme, incluso a expensas de no haber terminado el montaje y llendo a clases -actividades que ocupan la totalidad de mi tiempo-.
    No sabes lo afortunado que me siento por haber conocido a un escritor y crecer junto a él en el sentido artístico e intelectual -si me permites la expresión-.
    Lo más parecido a esto es leer a autores consagrados en estricto orden cronológico, pero la gratificación añadida de poder sentir que se ha formado parte de una pequeña, microscópica dimensión de la evolución y progresión del autor creo que le hacen a uno confabularse como más importante y esencial en el transcurso de las cosas.

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