Entre títeres

La verdad es que salía el Bolero de ravel de algún sitio en el segundo piso, y mientras aumentaba la intensidad de la marcha, todo comenzó a irse a pique. En realidad muchas veces lo sabes mientras pasa, pero no quieres sacar conclusiones hasta que ha pasado. Por ejemplo, el concepto de “homicidio involuntario” puede ser muy relativo. Vale, sí es verdad que podrías atropellar accidentalmente a alguien con el coche; pero también es cierto que si riñes con alguien  y llegas las manos, puede que entre el momento en que decides llevar a cabo la agresión y el último segundo de vida de tu oponente, haya habido alguna laguna en tu mente racional pro vida. Y no es que el resto del tiempo te haya podido preocupar mucho la muerte ajena, cada día muere gente y te la sopla; pero tampoco tenías intención de ser tú el que matara. Porque la mayor parte del tiempo de nuestra vida nos consideramos buenas personas, ¿verdad? .Quizá no ejemplos a seguir, o modelos de conducta, pero sí gente normal de la que se mezcla con otra gente normal, a la que todo lo que no la afecte directamente se la sopla…

Es obvio que morir o que te maten  muchas veces no forma parte de un plan. Empujas a alguien y se da un mal golpe, o eres mujer y te echas un novio que al principio parecía simpático… Lo jodido es que sólo hay una forma de vivir, pero hay tantas formas de morir que no es extraño que haya quien diga que la vida es un milagro.

Cuando llamé a la puerta de su casa, desde fuera ya podía oír la música y los gritos. Sólo he salido con ella cinco o seis veces, y la verdad es que estábamos muy compenetrados. La cosa tenía futuro, por lo menos hasta hoy. Cuando ella abrió la puerta y vi sus manos manchadas de sangre, supe que hasta el porvenir más radiante se puede convertir en mierda a la voz de ya; y no siempre es romántico o emocionante actuar por impulsos cuando se trata de contentar a tu novia, o a tu polla. Me dijo que pasara, y vi a su nuevo padre de reemplazo tirado en el suelo del salón, acostado boca arriba en un charco de sangre. Su madre era viuda, y cada cierto tiempo tenía un novio distinto. Éste último le echaba miradas extrañas a Clara. Eso decía ella. Hoy su madre se fue a la compra, y el tipo la arrinconó y le metió la mano bajo las bragas. Entonces… bueno, ella le empujó. La esquina de una mesa, un mal golpe. Homicidio involuntario. Y, en serio, ella es muy buena persona, como yo. Mi abuelo en ocasiones decía que muchas veces los malos lo acaban pagando, pero para entonces los buenos ya conocen la cárcel. Lo repetía sin cesar. Creo que lo decía porque había estado en la guerra, y esa era su lógica de posguerra. Quizá esa máxima podía acabar extrapolándose a lo que estaba pasando, aunque nosotros aún no fuéramos convictos.

Ella quería irse de allí, y que yo me fuera con ella. No sabía a dónde, dijo, simplemente quería alejarse de la casa. Montamos en su coche, y ahora conduce. La ciudad se acaba. Cada dos por tres rompe a llorar y yo le digo si está bien y dice que sí y se calma. Hasta que vuelve a romper a llorar. Conduce demasiado rápido, y le digo que si lo que quiere es suicidarse, quizá podría aminorar y dejarme saltar. Sonríe. No me quiero suicidar, dice. Se hace un silencio, y tomamos el desvío hacia una zona de servicios. He matado a ese tío, farfulla, pero ha sido sin querer, y era un desconocido. Esto me suena a cuando alguien sobrevuela una aldea bombardeándola. Ella tiene bastante razón, pero la excusa que dan los que acaban destruyendo colegios e iglesias debe ser bastante parecida. De otro modo, lo que hace occidente con el tercer mundo quizá sea un buen símil de lo que un tipo grande y abusón puede forzar a hacer a una chica indefensa. Ya sea meter la mano bajo las bragas de alguien en contra de su voluntad, o bombardear aldeas, se intuye, hay algo que apesta en nuestro yo, que es lo que parece guiarnos como a marionetas. Que la chica indefensa dé un empujón con rabia al tipo grande y abusón podría ser también un símil del motivo por el que cayeron las torres gemelas. Ya puedo darle vueltas a la cabeza, que mientras bajamos del coche y nos dirigimos al local punto de reunión de viajeros, lo cierto es que ya me he convertido en algo así como cómplice de asesinato. La pena que me caiga no debe distar tanto de la que le debe caer al tío que espera fuera con el coche mientras sus colegas roban el banco. Aunque tampoco sé hasta qué punto tengo la mierda al cuello. Cualquiera debería ser experto en leyes para poder calibrar las estupideces potenciales. Lo único que me tranquiliza es que en el mejor de los casos Clara podrá alegar defensa propia. Lo problemático es que no tiene el cuello amoratado o contusiones vaginales. Está perfecta, una más que probable asesina potencial. Puede que lo más cuerdo ahora, teniendo en cuenta los mecanismos que hacen girar la rueda, sería autolesionarse. Pruebas. Eso nos salvaría. Aunque obviamente no digo nada de esto en voz alta. Acaba siendo ella la que cae en la cuenta.

Estamos sentados en la zona de fumadores, con una ventana que da a la autopista. Sin yo decir nada, Clara me propone ir fuera, a la parte de atrás del local. Se levanta, pagamos. Esto es lo que la gente debe llamar telepatía o coincidencia. Una vez sin estar a la vista de nadie, con sólo campo y colinas a lo lejos, le tengo que decir a Clara que no voy a atizarla. ¿Quieres que vaya a la cárcel?, me grita.

– ¡No!… ¿Es que no entiendes que se me podría ir la mano?

– Sólo necesito una contusión, un ojo morado, algo de sangre…

Esta debe ser la sexta vez que quedamos, y ahora se me ocurre que el amor a primera vista puede ser inevitable, pero también es el error más grande que puedes cometer. Ahora quisiéramos ser menos ignorantes. A la más mínima nos queremos dar de hostias para solucionar la papeleta. Hablando en rigor, la primera vez que la vi me quedé prendado de ella; su dulzura me hacía sentir como Indiana Jones; y ahora me acusa de no tener huevos para darle un puñetazo. Parecía la princesa del cuento, y llegados a este punto me mira como si fuera Tomb Raider.

– Alguien nos puede ver… – digo, desesperado por hacerla entrar en razón.

– Pero… – Se echa a llorar – No quiero… ir a la cárcel, no sé de qué me pueden acusar, o qué puedo alegar a mi favor – Frena el llanto de golpe, me mira a los ojos -: ¿Quieres que lo haga sola? Vale…

Echa a andar campo a través.

– Que… ¿Qué vas a hacer? – Camino detrás de ella.

– Buscar una roca, una piedra, algo…

– Seguro que hay otra salida.

– No había testigos. Es mi palabra contra la de un muerto.

– Yo declararé…

– Tú no estabas delante…

– Diré que lo estaba…

– ¿Sí? ¿Estabas delante y no hiciste nada por defenderme? Vaya novio…  No te das cuenta de que si mientes tendrás que inventarte una historia mucho más complicada? Nos pillarán por todos lados…

Algo se enciende en mi cabeza.

– Pero es que…  ¿Qué… qué pasó de verdad? ¿Por qué estás tan neurótica de repente? – Ella se para, me mira.

– ¡Ya te he dicho lo que pasó! ¿No te fías…?

– Pues vamos a la policía y les cuentas la verdad, no podemos hacer nada más. Nos vamos a complicar la vida…

Ella hace que no con la cabeza.

– Ese tío… Tiene demasiada pasta, su familia tiene demasiada pasta, el abogado será de los de verdad… No, no puedo ir a la poli y ya está…

Camina hacia el Local otra vez, rodeándolo, y me hace ir detrás de ella. Vamos a entrar, y durante un momento pienso que ha entrado en razón. Dos chicas salen abriendo las puertas de cristal, charlando. Dan unos cinco pasos, y Clara empuja a una de ellas, la tira al suelo. La chica, estupefacta, no reacciona. Pero la amiga empuja a Clara: ¿Eres gilipollas o qué?, grita. Clara le da un tortazo. Se enzarzan y comienzan a tirarse del pelo. Justo cuando voy a separarlas, la muchacha suelta un derechazo en la cara de Clara, que cae como un saco, y comienza a recibir patadas. Agarro por detrás a la mujer antes de que comience a pisotearle la cabeza, aprisionando sus brazos. Clara se levanta del suelo. Sangra por la nariz.

Una vez que consigo que las dos chicas se marchen, entramos al local atrayendo miradas, y vamos a lavabo de señoras. Clara se mira a un espejo. Se levanta la falda vaquera. Tiene un moratón en la cadera, varias contusiones por la cintura, aparte de la cara echa un mapa. Perfecto, murmura, ¿ves como no era tan difícil? En lo siguiente que pienso es en cómo reaccionará cuando le diga que no quiero salir más con ella. Tanto plan perfecto me supera, y esto sólo podría ser el principio del caos para mí si seguimos teniendo contacto. Volvemos al coche. Recorremos el trayecto para volver a la ciudad. Miro al asiento del conductor y parece que hay un muerto viviente. Clara tiene la nariz rota. La sangre cubre toda su cara desde el puente de la nariz hasta la barbilla. Su blusa también está hecha un Cristo. Ni tan siquiera se queja. Insisto en acompañarla al hospital, pero ella no para de disculparse, de decir que ya puede resolver el resto del asunto sola. Apenas tardamos media hora de coche para volver.  Me deja en la puerta de mi casa. Por suerte no menciona nada sobre si aún me gusta después de todo esto. Tan sólo una broma de ese tipo me habría hecho dudar en la respuesta, porque ya la tengo muy clara.

Durante la tarde no salgo de casa. No me apetece. No paro de pensar. Pongo la televisión para intentar desconectar. Espero una llamada telefónica que me diga que todo se ha solucionado. Quiero sentirme fuera de la ecuación. Dudo sobre si llamarla al móvil. Y estoy a punto de hacerlo. Hasta que algo de lo que veo en uno de los programas de sucesos de media tarde, capta mi atención. Hay un coche volcado en la cuneta a no muchos kilómetros de donde he pasado el día con Clara. Reconozco la zona. La voz que relata la noticia dice que han muerto dos chicas jóvenes en el accidente. Reconozco el coche. Los dos cadáveres salen tapados, pero reconozco la zona y el coche. Accidente en circunstancias extrañas, dice la voz; respuestas, quizás, para después de las autopsias, dice. Culpa del alcohol, quizás. Eso dice. No consigo ordenar las ideas en mi cabeza, o no me las quiero creer. Alguien llama a la puerta. Tres golpes muy fuertes. Abro, ya pensando en qué historia puede salvarme. Dos policías me miran, uno de ellos saca unas esposas. Está usted detenido, dice, está acusado de asesinato y agresión.

 

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