Bestias

Camila tiene veintiséis años y un lunar minúsculo en su cara, en la comisura derecha. Todo lo que rodea al lunar es la cara moldeada a dietas de una chica rubia, que ya ha comenzado a coger práctica en lo de vomitar después de comer. Desayunos, comidas y cenas que pasan de la cocina al plato y del plato al retrete. A la cuarta vez ya casi era capaz de devolver sin hacer ruido, dice siempre Camila. Bulimia, le reprocha Sandra. Eso es lo que eres, una bulímica rubia, le dice. Sandra también tiene un lunar como el de Camila. Se conocieron cuando un día sus madres las animaron a jugar juntas, cuando apenas aún sabían hablar. Un día en el parque, lunares, la misma edad. También rubia. ¿Has visto, cariño?, decía la madre de Camila en el parque, esta nena también tiene un lunar como tú. Tanto Camila como Sandra están arropadas por familias acomodadas por herencias; abuelos muertos y ricos. Ningún problema económico a la vista en la vida. Todo es maquillaje y espejos, sexo, impostura para conseguir compostura en ojos ajenos. Todo es pasar de la anorexia a la bulimia. Primero no comes. Luego recibes tratamiento y comienzas a comer para más tarde sentirte culpable después de las comidas; y es entonces cuando perfeccionas maneras de vomitar de madrugada sin que tus padres te oigan. Primero fue Sandra, que ya apenas piensa en vomitar, y ahora es Camila. Camila pesa sesenta kilos, y sigue viéndose gordísima donde sea que se refleje. Ahora puedes contemplar a las dos, sus piernas cruzadas desnudas, mojadas; sus toallas blancas sujetas por encima de las tetas. Están solas en la sauna. No te pongas nunca en la entrada del calor, dice Camila. Dice:

– ¿Te acuerdas de Dani?… el primer novio que tuve.

– ¿El que quería ser culturista?… hace años que no le veo, desde que cortasteis…

– Sí… Pues un día se quedó dormido aquí, solo. Le tuvieron que cortar una pierna.

– ¿Una pierna? – dice Sandra, mientras se le escapa una sonrisa. Esto es una revelación.

– Sí, por eso corté con él… ¿qué iba a hacer?

– ¿Le cortaron una pierna?… joder…

– Se recostó en la pared, se durmió, y dejó el pie justo delante de una entrada de calor. Cuando se despertó no podía caminar.

– ¿Y qué hiciste?…

– Cuando fui a verle al hospital ya se la habían amputado. Es una mierda, te lías con alguien sin ánimo de ir en serio… Pero si luego le pasa algo, todo el mundo te mira a ti… Joder, no tenía pensado casarme con él…

– ¿Le dejaste allí en el hospital?

– ¡Qué va!… ¿tú lo hubieras hecho? Dejé de llamarle y no cogía el teléfono cuando me llamaba. Y ya está. Nadie se atrevió a reprocharme nada.

– Hace mucho que no hay rastro de él…

– Se mudó con sus padres, pero no sé a dónde, ni quiero saberlo…

– Ya…

– Bueno… ¿Vamos a comer?

Camila conduce a toda prisa hasta llegar a un restaurante apartado: Giorgio’s. Cinco tenedores. Sandra y Camila salen del coche y Camila le entrega las llaves a un chico sudamericano. Cuidado, le dice, no tiene ni un mes.

– Tranquila, señorita.

Sandra susurra mientras el chico entra en el coche: Putos chiuauas…

– ¿Qué día es? – pregunta Camila, mientras entran en el local y esperan a que alguien les guie hacia una mesa.

– ¿Veinticinco?

– No, digo día de la semana…

– Oh, domingo, creo…

– ¿Domingo? ¿No es lunes?

Un señor con un traje negro se dirige hacia ellas. Sandra murmura:

– No, estoy casi segura de que es domingo…

Ya sentadas en una de las mesas, en la zona de no fumadores, Camila abre la boca sin emitir sonido alguno: <<Qué asco>>

– ¿Por qué?

– ¿No ves las copas?

– ¿No están limpias?

Un camarero las interrumpe: ¿Qué van a querer para beber?

– Eh… agua natural – dice Camila. – Por cierto… ¿nos puedes cambiar las copas?

– Eh… claro… – responde el hombre, algo desconcertado, y mira a Sandra.

– Agua natural, también.

– Estupendo – murmura el hombre, cogiendo las dos copas e yéndose con ellas.

– Al principio todos estos sitios son muy bonitos y limpios – dice Camila, mirando la carta -, pero pasa un año y más vale que no entres en la cocina…

– Bueno, tampoco está tan mal aún.

Camila y Sandra piden la comida, y luego, mientras dan cuenta de ella, el lugar se va llenando de gente.

– Después… – murmura Camila, dejando a un lado su segundo plato – si quieres puedes venir a mi casa.

– ¿A qué? – pregunta Sandra, insegura.

– Joder… ya sabes a qué.

– Pues… no sé si quiero.

– ¿Por qué? ¿No lo hemos pasado bien las otras veces? ¿No te gustaba?

– Sí… pero la situación no me hace sentir muy cómoda…

Camila escruta a Sandra. Decide que al final cederá. Cambia de tema:

– Bueno… ¿vas a querer postre?

– No.

– Mejor, vamos a pedir la cuenta.

Ya en el coche, Camila no abre la boca. Conduce hacia su casa. Sandra se enciende un cigarrillo y dice:

– Por aquí no se va a mi casa.

– ¿Es que no quieres venir?

– ¿Dije que quisiera ir?

– ¿Es que quieres volver a salir con ese novio tuyo impotente?

Sandra hace ademán de decir algo, muy enfadada, pero no lo hace. Respira hondo, y deja ir el aire, para, con tono seco, decir:

– En serio… ¿Cuánto hace que no sales con un tío?

– Un año.

– ¿Y sólo…?

– Sí, exacto, y bien tranquila que estoy… Los tíos ya me han jodido bastante. Así estoy mucho mejor… Oye… es igual. Si quieres ir a tu casa, te llevo.

– No… Vamos a tu casa…

– ¿Seguro? No quiero que vengas a desgana…

– Sí, seguro, vamos a tu casa – murmura, mirándola, ya con gesto amable.

Atardece. Camila y Sandra salen del coche aparcado justo delante de la entrada, cruzan el jardín. Camila mete la llave en la cerradura y abre.

– ¿Tus padres no están, no? – dice Sandra.

– Claro que no… ¿cómo íbamos sino a…?

– Vale, vale – interrumpe – , entendido.

Ya dentro, Camila se dirige hacia la cocina: ¿Quieres algo?

– No, no, gracias… – responde Sandra, con un hilo de voz.

– Pues sube a la habitación si quieres. Vomito y ahora voy.

– Muy bien…

Sandra sube las escaleras al segundo piso. Recorre el pasillo. Entra en la habitación de Camila. Huele a rosas, a flores. Hay un cuadro de Andy Warhol, quizá auténtico, nueve veces Marilyn, dos estanterías llenas de películas, música, suelo de parqué, un escritorio, ordenador, pantalla de veinticinco pulgadas, una ventana que va del suelo al techo. Sandra comienza a quitarse la blusa. Se quita la falda. Las bragas. Espera sentada en la cama. Se oye a Camila subir por las escaleras. Y un ladrido. Un grito: ¡Cuki, ven aquí! El perro entra corriendo en la habitación. Sandra se pone a cuatro patas en el suelo mirando de soslayo al animal. Camila entra, cierra la puerta y le da a un botón para que bajen las persianas automáticas. Retiene al pastor alemán cerca de Sandra, y dice:

– ¿Hoy quieres ser la primera?

stacy.jpg

Anuncios

8 comentarios en “Bestias

  1. que una tia vomite regularmente no quiere decir que vaya a tomárselo así como así, y decirlo con esa naturalidad. NO es creible. Además, las tías con transtornos de alimentación no sueles ser tan cabezas huecas como parece-… por el hecho de hacer gilipolleces.
    pero bueno, hoy vengo en plan ametralladora cargada…
    un beso

  2. Suelo resistirme a comentar, para que cada uno piense lo que quiera sobre los relatos, pero bueno, de vez en cuando me soltaré si lo encuentro necesario.
    El personaje (Camila) sencillamente se muestra así delante de su amiga, Tuak. De todas formas hay tantas maneras de tomarse las cosas como personas. Algo de lo que me da mucha rabia en la gente (me incluyo) es la impostura, el aparentar, y eso es lo que caracteriza básicamente a Camila. Es algo sobre lo que escribo muy a menudo. Por otro lado, el hecho de que algo parezca más o menos creible no es algo que me condicione cuando escribo.

    De todas formas si los relatos crean debate, por mí estupendo.

    Un saludo a todos/as.

  3. Madre mía, es la primera vez que entro en tu blog y me he quedado.. no sé bien cómo.
    El relato me ha gustado, me ha enganchado desde el primer momento. Cuando Camila le propone a Sandra ir a su casa se me han revuelto un poco las tripas, supongo que anticipando algo “tremendo” y no se porqué sabía que dentro del plano sexual. El final me ha dejado… tampoco se cómo, pero desde luego no indiferente. Me ha parecido un relato “excitante” pero a la vez me repugna el final ¿tiene sentido?

  4. Me siento honrada por esa respuesta ( no por esa en particular, sino el hecho de que respondas).
    Pero nadie peude aparentar delante de alguien que sufre de igual manera… corrigo, si puede, todos podemos llegar a ser títeres incluso cuando no tiene ningún sentido…
    bss

  5. y yo me siento honrado por la hermosa foto de muñeca hinchable que nos has regalado. qué realismo consiguen, eh!

    si vienen malos tiempos podría ser una opción a considerar, jujjujjj!!

  6. En este mundo tiene que haber de tó.Dios no hace distinción y por lo visto se preocupa más por los que incumplen las normas escritas por el hombre.
    Como no soy Dios, siento ternura hacia esas chicas y ni se me ocurriría juzgarlas.Al perro, le daría un patadón en los hocicos, por dejarse llevar por sus instintos.
    El amputado no me da pena.Él se lo buscó, por hacer como el perro.
    (Esto no tiene mucho sentido.Bah, es igual)
    Manejas muy bien los diálogos y el twist in the tail, nunca mejor dicho, Jordi

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s