Archivos Mensuales: diciembre 2007

Deseos e ilusiones

Once de la noche. Mi aliento forma las típicas nubes con las que de pequeños fingíamos fumar. Ahora ya poco importan los detalles. Una calle del montón lejos del centro de una ciudad más con un nombre cualquiera. Estoy esperando delante de un edificio. Soy moreno y nada resultón, y hace como un mes que por las noches las luces son difusas, y básicamente no veo bien nada que no esté a menos de seis o siete metros. Es cuando sabes que vas a necesitar gafas. No es divertido. Soy como esa gente con la que te cruzas por la calle y no te suscitan nada. Eso sí, después está Carla. Carla es guapa y odia su nombre, es pelirroja, tiene veintitantos años y ya le molesta decir su edad a la gente. Ahora está dentro del edificio, y si te cruzaras un día con ella por la calle te volverías para mirarle el culo, o la envidiarías. Hacia las once y media debería salir de ahí, y a las doce la quinta planta debería convertirse en escombros dando un buen susto a la cuarta y la sexta. Sólo un buen susto. Mi móvil comienza a sonar y es Andrés. Y dice:

– ¿Ya está dentro?

Andrés antes era como esos tipos que encienden los fuegos artificiales con una bengala en las fiestas de tu ciudad. Esos tipos que caminan con trajes ignífugos entre los cohetes y las fuentes de colores, tan ocupados en no quemarse que olvidan que están realizando un espectáculo piromusical.

– Sí, está dentro. No debería tardar más de media hora en salir.

– Vale, llámame.

Queridos Reyes Magos, decía la carta de Carla: os confieso que este año no he sido buena, pero por lo menos yo existo.

Ella ha escrito su carta y yo la mía. Las dos a lápiz. De algún modo sabíamos que era mejor poder corregir. Al acabarlas nos las pasamos, las leímos, nos echamos unas risas y acabamos planeando hacer realidad una de las peticiones, no sin antes borrarla. Suele pasar con la verdad, no conviene que esté escrita. La sobrina pequeña de Carla entregó un sobre con nuestras dos cartas junto a la suya a la juguetería de la que conseguimos los papeles a modo de promoción. No pienses en nosotros como novios o amigos; piensa sólo en lo queda, o en tomarse un café de vez en cuando planeando estupideces como la de esta noche. Y bueno, respecto a esta noche, piensa en esas cosas de las que la gente habla, pero no hace. Eso de que un día de estos van a ir a pincharle las ruedas del coche al jefe y bravuconadas por el estilo. Todo el mundo va por ahí haciendo política urbana, diciendo que están hartos y que van a hacer esto y aquello. Te lo prometen. Y luego no cumplen nada.

Queridos Reyes Magos, comenzaba mi carta: no os voy a pedir que traigáis algo de paz al mundo. Quizá lo mejor sea que libréis lo suficientemente pronto a la Tierra de nuestra molesta presencia. Eso, y nunca conseguí de vosotros un Tragabolas.

En esta calle anodina hace un frío que pela. De algunos balcones cuelgan esos Papá Noeles de adorno furtivos y vacíos. Una vez leí un artículo de Quim Monzó que decía que si un tipo ya mayor llamado Papá Noel de verdad tuviera que repartir regalos a todos los niños del mundo, la velocidad con la que tendría que ir para hacerlo en una sola noche, científicamente, acabaría por desintegrarlo. Imagínate a los renos rompiendo la velocidad del sonido, y luego al viejo rechoncho con el pellejo despidiéndose de él. La magia de la Navidad.

Aún faltan diez minutos para que comience a comerme las uñas. En realidad, decía Carla en su carta, mi lista de lo que no quiero es más larga, y eso no es competencia vuestra. No quiero fumar más, ni que la gente hable de mí a mis espaldas, ni que me juzguen etc, etc, etc… así que no sé qué narices puedo desear que me regaleis, porque debe hacer como veinte años que dejé de creer en vosotros, y no escribí más cartas. Creo que fue el mismo año en que dejé de creer en Dios, y no pasó mucho más tiempo hasta que dejé de creer en la mayoría de las personas.

Para estos reyes, escribí yo, quiero dos asiáticas zombificadas por un pez globo, y un bote de viagra. Quiero pastillas anticonceptivas y consejos útiles para librarme de los cuerpos. Os dejaré ración doble de agua para los camellos si me traéis algo de sangre limpia. Últimamente fumo algo más que cigarrillos, y se acercan unos análisis en los que no quiero ver a ningún médico con cara de póquer.

Cinco minutos. La verdad, escribió Carla, es que no me mola nada que los padres vayan con esos cuentos a sus críos. Con eso de que existís. De hecho, los críos no deben tener un gran concepto de vosotros cuando muchas veces ellos piden más de lo que les acaba llegando. ¿Eso son unos Reyes Magos? Es como si encuentras una lámpara, la frotas, y el genio que sale te dice que no concede deseos materiales que vayan más allá de los cien euros. Una estafa, vamos.

Oigo un ruido arriba, Carla está asomada por una ventana. Me pongo el dedo en los labios y le digo que no grite. Me dice que todo va bien, que no hay nadie. Se vuelve a meter para dentro. Veo la luz de su linterna ir de un lado a otro. Andrés vuelve a llamarme.

– ¿Cómo va todo?

– Aún no ha bajado, pero va bien, no hay nadie arriba.

– Guai… Luego vuelvo a llamar.

El plan lo montamos sencillo: ella sube arriba, deja el artefacto, sale con lo que le interesa y luego el artefacto explota. Fin. Los motivos son la rabia y la sed de venganza. Motivos muy legítimos, sólo hay que abrir un libro de historia para comprobarlo. Yo, la verdad, sólo he venido a acompañarla, a vigilar, a hacerla sentir más segura. Cierta falsa sensación de seguridad no viene mal. Porque no tengo imaginación. Si alguien quisiera entrar a estas horas en el edificio me costaría horrores impedírselo sin que acabara pegándome o llamando a la policía. Me siento en un banco, saco un cigarrillo.

También me gustaría tener un trasto de esos de la energía eólica, escribí. Me molaría. No sé si sabría aprovecharlo, pero quedan muy bonitos cuando vas conduciendo y los ves dando vueltas cuales molinillos gigantes. No os confundáis, no es que yo sea ecologista, sólo es una cuestión de estética. Sólo es para sentirme mejor. Con tal de que me traigáis lo que os pida os podéis cargar la fauna animal y quemar los bosques. ¿No es eso lo que la gente nunca dice para no quedar mal? Seguro que lo que nadie os pide poe estas fechas es más individualismo.

Carla ya está abajo, sale con una carpeta llena de papeles por el portal, y me dice que ahora nos tenemos que alejar. En principio no ha de ser una gran explosión, pero es mejor ser cauto. Faltan veinte minutos para que el quinto piso quede hecho un cristo. Hablamos durante bastante rato, al final decidimos irnos a casa y pasarnos mañana por aquí. Es mejor que la idea de que alguien llame a los bomberos mientras no demasiado lejos ve por su ventana a un tipo y una chica de pelo naranja, que seguro citará cuando la policía comience a hacer preguntas.

Para terminar, escribí, también me gustaría tener uno de esos aparatos para alargar el pene. Uno nunca sabe si eso puede funcionar, y yo veo demasiada tele de madrugada. No es que esté mal dotado, pero podré llevármelo de fiesta en alguna despedida de soltero.

Por lo demás, creo que ya está todo lo suficientemente jodido como para que vosotros, que no existís, podáis hacer algo.

Un abrazo.

PD: Si la chica que lee esta carta es la que vi empaquetando cajas a los clientes, me recordarás, soy el que iba con aquella pelirroja que no paraba de hablar con los niños. Si te apetece hacer algo algún día, llama: 654 888 009.

De camino a casa, llegamos a oír la explosión. Carla sonríe y murmura que por lo menos el invento no ha fallado. Llamo a Andrés y le digo lo que acontece, y que mañana puede venir con nosotros a ver los desperfectos.

Así que, sólo os pediré una cosa, concluía Carla. Quiero que vayáis al edificio de oficinas en el que trabajaba hasta hace dos semanas, y utilicéis vuestra magia para arrasarlo. No me creo que sólo utilicéis vuestros poderes para el bien o para colaros en las casas. No me jodáis, hacedme el favor. Hacedlo por los árboles de navidad de plástico. Por los niños. Id allí, coged la carpeta que me dejé con mis dibujos, traédmela, y haced de este mundo un lugar mejor.

Muchos besos. (…)

PD: De pequeña, un año sentí cómo uno de vosotros me tocaba estando en la cama. Fue repugnante. Prefiero no saber quién de los tres fue. Quería que lo supierais.

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Iluminada

 

Miro por la ventana y el sol se va detrás de edificios hechos sólo a medias, y rodeados de grúas. La tele relampaguea dentro de la oscuridad de mi piso de soltera, y un anuncio de una bebida isotónica muere en uno de un coche, que muere en el avance de una película que emiten mañana, y después, más anuncios. En la mesita que hay al lado del sillón individual en el que estoy sentada hay un libro, y sólo un poco más allá la puerta de salida, que da a la del ascensor. Todos mis esfuerzos se reducen a estas recompensas materiales. Tu esfuerzo en la vida será igual a la recompensa que recibirás: Eso te decían los adultos cuando tú aún no lo eras.

Me meto la mano por debajo de los pantalones y las bragas, para rascar ahí donde no te rascas cuando alrededor hay gente. Me huelo la mano. Sudor. Respiro hondo abrigando la esperanza de que dentro de un rato me entre sueño de verdad y no se me quite de golpe camino a la cama. Aún son solo las doce de la noche. Hace un rato comencé a ver una película, y hace diez minutos parece haber sido substituida por la publicidad. Debería haber alquilado algo en el videoclub, pero hace ya unas cuatro horas que lo que decidí fue no hacer nada.

Me voy al lavabo. Son las tres de la mañana. Me doy una ducha -aunque ya es la segunda esta noche- para ver si con el aseo me viene la morriña. Hay gente que se duerme con tan solo dos horas de viaje en avión. O incluso en un trayecto corto de coche. O veinte minutos en el metro; o hasta cinco en el autobús. Joder, hay quien se ha matado por quedarse grogui conduciendo. Pero yo, tengo suerte si me relajo en mi cama. Me siento otra vez delante de la tele, con el pelo mojado y los ojos abiertos como platos. Atisbo el libro de Kurt Vonnegut que tengo al alcance de la mano. Por suerte mañana no he de madrugar ni dar cuentas a nadie. Cojo el libro y me pongo a leer, por aquello de potenciar el cansancio y ver si se me cierran los ojos; pero sólo consigo reírme; sólo disfruto del libro. Nada del dulce reposo de antes de dormir. Nada de descansar. Es igual, me digo. Me voy a mi cuarto sin ninguna esperanza de pegar ojo. Esa puta cama se ríe de mí. Juraría que alguna vez la he oído mofarse.

Cuando llevo una hora dando vueltas encima del colchón, comienzo a sudar. El piso es caluroso. Me levanto y meto los pies en mis zapatillas. Me quedo un rato así, sentada en la cama. La luz tenue de la lamparita, el suelo, las paredes. Cada día lo mismo. Ni pastillas ni remedios naturales ni nada. Las pastillas me matarían antes de hacer que me durmiera, y los remedios naturales… en fin, no pienso caer tan bajo. Soy huésped de lujo del insomnio, y punto. Sólo yo y mi cama, cada noche. Siempre la misma partida perdida. Los días laborales llego al trabajo agotada después de haber estado intentando dormirme durante doce horas, y habiendo tenido éxito apenas cincuenta minutos.

Lo que pasa siempre es que me visto con los ojos doloridos. Me maquillo para disimular la verdad. Voy hasta la oficina y me paso el día deseando que se acabe el mismo. Esta noche va por el mismo camino. Ya serían tres noches sin dormir. Serán. Miércoles, jueves y viernes. Se dice muy rápido. En serio, haría alguna tontería por cinco horas de inconsciencia. Sólo quiero huir un rato de esto. Lo único que deseo es que todo se vuelva negro y así poder dejar de oír los ruidos de la calle. Todo es interminable. Soy mi versión en blanco y negro, apagada y descargada.

Seis y pico de la mañana. Soy aquel walkman que tenías que hacía girar la cinta con las pilas gastadas y ya no se oía nada. Miro por la ventana. El sol sube entre los edificios en obras, entre las grúas. La ciudad eternamente inacabada. No sabría decir si he llegado a dormir más de veinte minutos. Pero creo que no. Y ahora, irritabilidad, falta de concentración, reflejos defectuosos, debilidad. La gente por ahí se quiere, y va de compras y sale de fiesta. Estudian, follan, quedan, ven una película. Viven. Y yo sólo tengo sueño. Mi vista funciona como cuando intentas hacer fotocopias con una máquina escasa de tinta. Todo es borroso y desfigurado. Un colocón natural con las consecuencias lamentables de los desastres naturales. Como si un tornado bajase del cielo y destrozase sólo todo lo que tiene que ver conmigo.

Salgo a dar una vuelta. Alguna gente me mira. Es poco femenino caminar haciendo eses. Y tener los ojos entreabiertos, rojos y en exceso rodeados de rímel. Llevo un vestido floreado y mi pelo está brillante y saludable como en los anuncios. Así que lo que llevo genial es la parte de mi que podría decirse está muerta. Mi vestido, mi pelo. Todo lo demás es cansancio. Setenta y dos horas renegando. No sé cuánto tiempo tiene que pasar hasta que lleguen las alucinaciones. Desde la calle puedo oír las carcajadas de mi cama. Sólo son las once de la mañana, pero todo llegará. El sol me provoca migraña. Me siento en un banco. Un tío se sienta a mi lado. Comienza a hablar. Ahora sólo podría gustarme un tío si pudiera hacer que me durmiera. Le digo que se vaya, o que me voy yo, y debe pensar que estoy con la regla. La sinceridad está a flor de piel cuando has visto anochecer y amanecer tres días seguidos sólo parpadeando. El hombre se va.

Según dónde, a mediodía en Diciembre puedes caminar por la calle con tu chaqueta, pensando que debería hacer más frío, porque en realidad hay unos veinte grados de temperatura. Los meses del año nos dicen la ropa que debemos llevar. La misma gente a la que ves bañarse en la playa en semana santa, puedes encontrártela paseando con abrigos y bufandas con tan solo cinco o seis grados menos. Es psicológico. Eso me dice la gente. Todos me dicen que ya no duermo porque estoy convencida de que no podré. Sólo que la gente que se abriga con veinte grados de temperatura no lo hace por convencimiento, sino por inercia. Y esa misma inercia alimentada por la despreocupación, era la que hacía que durmiera como un tronco cuando aún discutía con mi madre sobre cuándo me iba a dejar ponerme sujetador. Está claro que es la intranquilidad lo que no me deja avanzar, la calma que tiene toda esa gente a la que sólo le hace falta mirar el calendario para tomar una determinación, sin tener nada más en cuenta, sin sacar una mano por la ventana. Lo mío es lo que se ha dado a llamar <<tener la cabeza llena de pájaros>>. Hay cientos de formas sutiles de faltar al respeto a quienes tenemos problemas como el insomnio o similares. La gente te mira y te dice: pues haz deporte. Levantan una ceja y murmuran: mastica raíz de valeriana. Y todos esos consejos van acompañados casi siempre de un encogimiento de hombros, como si tú te lo hubieras buscado. Un encogimiento de hombros y un <<joder>>. Pues haz deporte, joder. Mastica raíz de valeriana, joder. Siempre te estás quejando, joder.

Anochece y noto un pinchazo en el estómago. Sonrío. Durante una época el insomnio sólo me atacaba de noche. A veces aún me pasa. Solía ser estando de vacaciones. Me pasaba la noche en vela, y por la mañana, cuando los pájaros ya llevaban horas de árbol en árbol, caía rendida hasta las tres o las cuatro de la tarde. Al despertar me parecía increíble haber dormido tanto. Eso sí, quedabas con algún amigo y no entendía a qué venían las ojeras a las cinco de la tarde.

El dolor de estómago se intensifica. Mi estómago es mi otro gran “amigo”. Se me olvida lentamente el tema del sueño. Cada visita al médico sólo es otra visita al médico. Por más pruebas que me hagan, la conclusión científica es que estoy fingiendo. Pero donde las pastillas fracasan, el dolor a la altura del vientre, triunfa. No es un desmayo ni nada parecido. Lo que hago es caminar doblada hasta mi cuarto. Me pongo en posición fetal en la cama. Una vez así, no es fácil, pero lo que hay que hacer es encontrar esa postura concreta con la que el dolor disminuye ostensiblemente. Una vez has dado con ella, espera. Tengo ya bastante práctica. Y mientras me duermo de verdad, me digo que no hace falta que me curen. De no ser por mi estómago no conseguiría apartar el pensamiento de esas cosas de las que no se preocupa la gente que actúa por inercia, y se me haría aún más difícil conseguir el placer de dejar de existir para mí misma.

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De luto

Por ejemplo, decía que la música le gustaba hasta el punto de no poder compararla con nada. Olvida las discotecas, los locutores de radiofórmula pisando el principio y el final de las canciones, la felicidad artificial que deja resaca. Decía que un buen disco se parece más a beber cuando tienes sed de verdad; es comparable a un orgasmo, a estar enamorado y correspondido. Es algo bueno de verdad con el matiz de que no te hace daño a corto o largo plazo. Eso es la música de verdad con el receptor adecuado, decía. Y todo lo demás es dinero.

Mi amigo no paraba de largar, de decir cosas. Su muerte ha pasado a engrosar las estadísticas de la DGT. Tenía un grupo de música que no llegó a nada. Si mueres joven de repente y no dejas un cadáver presentable, alguien te maquilla sin contemplaciones, y quizá se tome la decisión de llevar a cabo esa ceremonia en que se deja tu ataúd abierto de cintura para arriba. Quizá tu padre contenga el aliento durante la ceremonia de despedida. Puede que tu madre aproveche para vestirte con ese traje de chaqueta que nunca quisiste ponerte. Lo malo de no tener oportunidad de réplica es que todo el mundo va a decidir por ti. Y si la gente ya hablaba de ti a tus espaldas aun estando vivo, no quieras saberlo estando muerto. Aunque bueno, no es por generalizar, creo… Todo eso es lo que pasa aquí y ahora. La familia y los amigos pasamos por delante del ataúd para el último adiós. Cuando es mi turno para verle, con su cara blanca y sus pómulos marcados cortesía de cualquier empresa de cosmética, me dan ganas robar el cuerpo, comprar un montón de toallitas desmaquilladoras, quemar el cadáver y tirar las cenizas al mar. En serio, muchas veces he pensado en que tendría cierta gracia poder ver mi velatorio y mi entierro, pero ya se me han quitado las ganas. Su madre espera detrás de mí para volver a verle por cuarta o quinta vez, se derrumba llorando encima de la parte cerrada del ataúd, y yo me pregunto por qué queriéndolo tanto le ha disfrazado de muñeco de pastel de boda para toda la eternidad, sabiendo que él se odiaría a sí mismo si se viera así.

Yo nunca había estado en un cementerio, ni para beber o hacer el bobo con los amigos. El cura dice unas palabras y luego se procede a meter el ataúd con cierta torpeza en el agujero. Los enterradores, la mayor parte del tiempo, esperan no demasiado lejos de la escena, fumando. Los únicos que parecen sufrir de verdad son los padres. La demás gente que llora lo hace como quien bosteza contagiado por los demás en la sala de espera del médico. Él no tenía muchos amigos, y su familia estaba repartida demasiado lejos por todo el país. Como mucho eran compañeros de cenas de Navidad, que ahora pasan el maltrago como pueden. La palabra disimular no es la adecuada, pero es la primera que te viene a la mente. Sólo tuvo una novia, pero le denunció por maltrato. Era difícil imaginarle pegando a una chica, pero no imposible. Así que la chica no ha venido, y si la conozco bien, puede que lo único que le duela de esto es no haber podido ser ella la que le matara.

Es verdad que no era trigo limpio, pero también es cierto que nunca sabremos toda la verdad. Mientras los enterradores echan tierra al asunto, la gente consuela a los padres. Yo, me escaqueo. El bar más cercano desde aquí está como a cuarenta muertos, y un montón de semáforos.

El cementerio se aleja y en una curva desaparece en el retrovisor de mi coche. El día está nublado. Voy de chaqueta y corbata. Y nunca voy así. Creo que mi madre esta mañana se ha alegrado en secreto de que aquel cretino que apenas conocía haya muerto, porque eso ha conseguido hacer que me ponga un traje. Ya sea porque has muerto o porque alguien conocido ha muerto, tu madre va a aprovechar para disfrazarte de “hombre de verdad”. No es que esté generalizando en cuanto a las madres se refiere, creo… Pero cuando me acompañó a comprar “algo” para el entierro, viéndonos, la gente bien se podía pensar que había boda en el horizonte, en lugar de la deprimente realidad. Mi madre, sonriente, me traía chaquetas y pantalones y corbatas sin parar al probador de turno, haciendo que las dependientas la odiaran a muerte en cuestión de minutos. Es poco popular decirlo, pero una madre, ya sea propia o ajena, en según qué circunstancias puede acabar con la paciencia de cualquiera. Las hay que tienen hijas, y las visten y las peinan como si las estuvieran preparando para colocarlas en la estantería de una juguetería. Tu niña, por lo menos, tiene que ser tan mona como una muñeca. Con los hijos es distinto, aunque no mucho, pero el único referente es el muñeco Ken.

Cuando llego al bar, varios cigarrillos después y algún que otro insulto a conductores de otros coches, no hay ni Dios. Necesito un café casi tanto como una mamada. La misma mujer de cincuenta años y pocas ganas de vivir de siempre, se acerca a la parte de la barra en la que estoy, me mira y levanta una ceja.

– Eh… un café largo.

La mujer se dirige a la máquina de café, arrastrando los pies, mirándome de soslayo como si le hubiera pedido que transformara el agua en vino. Su mirada dice: <<Puto cabrón, ¿por qué has tenido que venir?>>. Y no me extraña en exceso. Tengo entendido que es viuda, y sus hijos hace años que no vienen a verla. Lleva tantos años aquí, que teniendo en cuenta la pensión que le quedará, lo raro es que siga preparando desayunos en lugar de haberse pegado un tiro. Cuando acabas de llegar del entierro de un amigo y la siguiente persona que ves es esta, te planteas la idea de si la muerte no está en realidad algo infravalorada. A esta mujer no le quedaría del todo mal el maquillaje post mórtem… Casi dan ganas de ponerle una pistola en la mano y preguntarle qué es lo que va a hacer mañana, y pasado mañana, y el día siguiente… y si algo de lo que tiene previsto es mejor que lo que había antes de nacer. <<No, en serio, usted no necesitará una agenda, ¿no?>> La crueldad de pensamiento es el deporte favorito de los que te miran por encima del hombro, y yo no tengo tantas oportunidades como para desaprovecharlas.

Me bebo el café y salgo del tugurio de la suicida potencial. Cuando era un adolescente escribía poesías baratas y las dejaba en los cajones de los pupitres de las niñas que me gustaban. Una vez mi amigo muerto leyó algunas que aún no había entregado. Me dijo que eran una mierda, que la única forma de impresionar a alguien con eso sería escribirlo con sangre. Cuando llegue a casa me cortaré en un dedo y me las arreglaré para escribir algo. Lo dejaré encima de su lápida hasta que se lo lleve el viento.

 

 

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Inmune

Fue el lunes de hace ya tres semanas cuando mi hermana de diez años comenzó a dejar de serlo. Gritaba totalmente ida. Eran las ocho de la mañana. Asomé la cabeza a su habitación y nada más verme alargó los brazos hacia mí desde su cama, mientras mis padres la sujetaban. Antes, cuando levantaba la voz, se sonrojaba y se tapaba la boca con las dos manos. Ese día, mientras cerraba la puerta de casa para irme a la universidad, la oí amenazarme de muerte. El día anterior había tirado por la ventana a un crío de su clase, desde el tercer piso, donde están las clases de primaria. El crio sigue en coma.

Ese mismo lunes de hace tres semanas tenía un examen que suspendí. Luego, la chica de la que he estado colado sin remedio me rechazó soltando el tópico <<No eres mi tipo>>; tardé dos años en reunir el valor para hablarle con sinceridad. Me dieron ganas de matar a todos los que me aconsejaban que dijera lo que sentía. La gente siempre está dispuesta a darte el último empujoncito para ver cómo acabas; no te dejan vivir resignado o utópicamente ilusionado si te da la gana. Cual fue mi sorpresa, que al día siguiente me dijo que estaba arrepentida, que no quería ser tan seca. Así es, rechazado dos veces para que ella pudiera quedar bien a la segunda. La gente siempre tan humilde y preocupada por ti. Lo de colarse por alguien muchas veces puede ir en contra del sentido común. Quien sea te puede putear o hasta reírse de ti, y esa persona sigue siendo lo primero en lo que piensas por la mañana. Es como comer mierda pensando que es chocolate. Hay quien posee cierto magnetismo que le hace tener inmunidad al desprecio de los demás. Es cierto que a veces es la chica guapa, o el tipo carismático, pero muchas otras veces no. Si la persona deseada es muy atractiva o tiene dinero, no cuenta. Si la persona deseada es del montón, entonces el amor es ciego. Así que, de una forma u otra, todos salimos perdiendo. O es interés o es estupidez pasajera. Entonces te lo piensas. Decides si quieres ser liberal y preocuparte sólo por la parte sexual del asunto, o si quieres amor; sin pensar que fácilmente puede ser mierda en lugar de chocolate.

Durante la segunda semana de gritos en casa, era martes y no podía concentrarme con la Filosofía. Más exámenes. No me asomaba a la habitación de mi hermana. Mordió a mi madre en el brazo, y mi padre creyó conveniente ir a urgencias para vacunarla contra la rabia. A mi hermana esas vacunas no le habían servido para nada. Los psicólogos ya venían a casa a pares. Nuestro médico de cabecera, la primera mañana de gritos, le había mirado la garganta, dijo que era faringitis y fiebre y le regaló el palito a mi hermana. Mis padres estuvieron tres horas esperando en urgencias con ella el jueves de esa primera semana, y no la atendieron hasta que le dio un empujón al carrito de un bebé, que al final no se hizo nada. En realidad, a mis padres lo que parecía preocuparles ya de verdad, era que yo no dijera nada a nadie. Porque a esas alturas ya pensaban en los curas.

En la tercera semana, éste lunes pasado, atropellaron a Cristina. La chica del rechazo doble. Digo ahora el nombre porque ya es lo único que queda de ella. Iba de camino a la universidad y un camión la esparció por la carretera como si hubiera chocado con un bote de mermelada de metro setenta. Yo no estaba presente, pero a mediodía fui hasta la calle del accidente. Había sangre esparcida cuatro o cinco metros. Creo que fue el rencor lo que evitó que pudiera sentir algo de compasión. Seguía pensando en ella, pero ahora ya sólo es una preocupación menos, un desahogo, libertad. He salido a flote. Con ella viva, estaba sometido a un examen constante.

Hoy domingo, se confirma que no se sabe qué narices le pasa a mi hermana. Se llama Clara, y en su caso también es el nombre lo único que queda. No gira la cabeza trescientos sesenta grados ni vomita sangre, pero estos días no ha habido quien la duche, y suda empapando el pelo y el camisón de tanto hacer esfuerzos para encorvar la espalda hacia atrás y gritarle a mis padres una y otra vez que sabe lo del condón roto. Que son unos hipócritas y que ha llegado la hora de pagar. Cosas así. En realidad no suelta muchos tacos. Todo lo que dice, sea verdad o no, está bien argumentado. En caso de ser el Demonio, en rigor puedo decir a su favor que las películas le dejan en muy mal lugar. La situación, de todos modos, ya no se sostiene. Hay dos curas que llevan aquí tres días.

Teniendo en cuenta que nunca he visto llorar a mi padre hasta hoy, estoy empezando a creerme lo del condón, y quizá yo tenía que ser hijo único.

Mi madre calienta paños empapados en agua como si estuviera atendiendo a una embarazada. Mientras siguen los gritos y los rezos en voz alta, busco información sobre los exorcismos. Todo lo que consigo encontrar en Internet son páginas web en las que igual se habla de eso como de los ovnis. Toda la información tiene el mismo nivel de credibilidad. La Iglesia apenas ha reconocido unos cuantos casos, y en general todo tiene ese tufillo de ser una enfermedad de la que no sabemos nada. Eso sí, la enfermedad es lo suficientemente extraña como para que el enfermo no soporte el ver una cruz o una estampita de la Virgen. Hoy ya nadie es ateo aquí. A eso de las nueve de la noche mis padres tienen que sujetar a Clara para que no se golpee la cabeza contra la pared. Entro en la habitación, y viéndolo todo me siento como en una nube. Esto, paradójicamente, debe ser parecido a esa sensación de incredulidad de quien se entera de que es rico gracias a la lotería; te está pasando algo que a nadie le pasa. Yo lo siento así. El teléfono fijo suena en casa sin que nadie lo coja, y mis padres andan discutiendo sobre qué va a ser lo que contarán a la gente en lugar de la verdad. Mi hermana tiene convulsiones y está constantemente en tensión. Ahora insiste en que mi madre es una adultera; según dice le ha puesto los cuernos a mi padre tres veces. A estas alturas mis padres seguro que preferirían que la niña hablara en lenguas muertas, o imitara a la perfección la voz de antepasados que ya crían malvas. Clara, por llamarla así, lo dice todo en segunda persona aun hablando sobre sí misma, y creo que eso ha sido lo que al final ha hecho a mis padres volverse creyentes. Eso, y que lo del condón roto y el adulterio seguro que es cierto.

Es extraño que aun siendo ya las siete de la mañana del lunes, ningún vecino se queja de los gritos. Es obvio que saben que algo fuera de lo normal pasa. Si lo que oyeran fueran gemidos de índole sexual ya habrían venido a quejarse hace horas. Salgo de la habitación de mi hermana. Los curas dicen que deje la puerta abierta. Creo que planean largarse en cualquier momento y dejarnos colgados con el marrón, alegando que estamos en manos de Dios o cualquier putada similar. Vibra mi móvil en el bolsillo. Mierda, pienso, la universidad. Cada día pasa a buscarme Fran, un colega, y debe estar en la calle esperando con el coche. Le digo al teléfono que hoy no podré ir, que mi hermana está muy enferma.

– ¿En serio?

– Sí, tío, hasta ha venido el médico a verla a casa.

– Joder…, ¿esos gritos que se oyen son de ella?

– Eh… sí… tiene fiebre, delira…

– ¿Qué dice de un condón?…

– No sé… oye, voy a colgar. Nos vemos mañana…

– Muy bien, ¡Oy…

Cuelgo antes de que termine la frase. No es que vaya a cambiar mucho la cosa porque me quede aquí, pero si fuera a la universidad podría perderme algo importante. Mis padres discuten en su dormitorio con la puerta cerrada. Están histéricos. Cuando voy a entrar en la habitación de Clara, veo cómo los dos curas salen. Se olía esto. Se nota que quieren evitar excusarse ante mis padres. Se cruzan conmigo.

– Qué, ¿todo bien? – Digo – , perfecto, ya veo, política de no intervención, como durante el Holocausto…

Digo:

– Anden, vayan con Dios…

Los dos hombres salen por la puerta. Con caras de derrota. No me extrañaría que ahora que han visto lo que han visto, se replantearan las cosas. Puede que yéndose de putas. Es fuerte creer en Dios como ellos y repudiar al Diablo, pero si sabes que ambos pueden existir de verdad, entonces ya tiene que ser demasiado.

Entro en la habitación. Mi hermana, o lo que sea que es ahora, tiene el pelo empapado y los ojos con algo así como una conjuntivitis aguda. No es que la ayuda externa haya sido excepcional para restablecer la situación, empezando por el médico de cabecera, que de verla así probablemente le recetaría Frenadol. Le echo un vistazo. Cuando habla, tiene la voz que tendría cualquier niña de diez años que se hubiera pasado tres semanas gritando. Lo que convierte todo esto en sobrenatural es el aguante. No ha dormido, pero es que tampoco ha comido. No ha bebido nada, y todo eso en circunstancias normales ya debería haberla matado. O por lo menos debería estar agonizante. Está delgada, como esas ancianas que se rompen la cadera sólo con pasear. Me mira. Murmura:

– Tú…Vas a morir.

– Ya… Eso ya me lo dijiste el primer día.

– ¿Entonces piensas que eres inmortal?

– Ah, quieres decir que voy a morir un día u otro.

– Vas a morir, y punto.

– ¿Quién eres?

– ¿Y tú?

Obviamente, pienso, no estoy hablando con mi hermana.

– Yo soy yo, soy estudiante, soy normal, ¿tú quien eres?

– Soy Clara, ¿no me ves? – sonríe, tiene los dientes amarillentos, y la mueca que hace parece la de un travesti de cuarenta años prostituyéndose.

– No, mi hermana pesaba quince kilos más que tú.

– Vas a morir.

– Y dale…

– Tú y ella.

– Vaya, ahora ya no eres mi hermana.

Oigo discutir a mis padres. Temo que a mi padre se le vaya la mano. No sería la primera vez, y además ahora sabe que ella ha estado follando por ahí. El bicho, mi hermana, tose. Lo hace como alguien que llevara sesenta años fumando. Unas gotitas de sangre salpican su camisón, ya meado y cagado. El olor se hace insoportable. La miro, me acerco. La miro a los ojos y susurro:

– ¿Clara?… ¿Clara?

– … Cállate. Está muerta, y tú también.

– ¿A mí no me gritas como a ellos?

– Cállate, fiambre.

Comienza a salir sangre por su nariz. Gotea por su barbilla. Comienza a decir algo, apagándose, con un hilo de voz:

– Si te gusta… díselo. ¿Qué vas a hacer, eh? Ves y díselo…

No reacciono.

– Oh, ¿ya se lo dijiste?… No sabes quién soy yo, estudiante – dice -, pero tú no eres muy diferente.

Cierra los ojos. En algún lugar había leído que es habitual la muerte por agotamiento. Ya sólo oigo los gritos de mis padres en la otra habitación. Alguien llama a la puerta, al timbre, insistentemente. No tengo ganas de hablar con nadie. Pero aun así voy a abrir. En el umbral hay un tipo de unos cuarenta años, lloroso. Me quedo mirándole. Le pregunto qué quiere.

– Soy el padre de Carlos.

– Carlos… ¿qué Carlos?…

– Cabronazo… – susurra, sacándose una pistola de un bolsillo trasero del pantalón, encañonándome. – Carlos… el niño que tu hermana tiró por la ventana… en el colegio, cabronazo… ha muerto esta mañana…

Y lo último que pienso es: Oh, ese Carlos…

 

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