De luto

Por ejemplo, decía que la música le gustaba hasta el punto de no poder compararla con nada. Olvida las discotecas, los locutores de radiofórmula pisando el principio y el final de las canciones, la felicidad artificial que deja resaca. Decía que un buen disco se parece más a beber cuando tienes sed de verdad; es comparable a un orgasmo, a estar enamorado y correspondido. Es algo bueno de verdad con el matiz de que no te hace daño a corto o largo plazo. Eso es la música de verdad con el receptor adecuado, decía. Y todo lo demás es dinero.

Mi amigo no paraba de largar, de decir cosas. Su muerte ha pasado a engrosar las estadísticas de la DGT. Tenía un grupo de música que no llegó a nada. Si mueres joven de repente y no dejas un cadáver presentable, alguien te maquilla sin contemplaciones, y quizá se tome la decisión de llevar a cabo esa ceremonia en que se deja tu ataúd abierto de cintura para arriba. Quizá tu padre contenga el aliento durante la ceremonia de despedida. Puede que tu madre aproveche para vestirte con ese traje de chaqueta que nunca quisiste ponerte. Lo malo de no tener oportunidad de réplica es que todo el mundo va a decidir por ti. Y si la gente ya hablaba de ti a tus espaldas aun estando vivo, no quieras saberlo estando muerto. Aunque bueno, no es por generalizar, creo… Todo eso es lo que pasa aquí y ahora. La familia y los amigos pasamos por delante del ataúd para el último adiós. Cuando es mi turno para verle, con su cara blanca y sus pómulos marcados cortesía de cualquier empresa de cosmética, me dan ganas robar el cuerpo, comprar un montón de toallitas desmaquilladoras, quemar el cadáver y tirar las cenizas al mar. En serio, muchas veces he pensado en que tendría cierta gracia poder ver mi velatorio y mi entierro, pero ya se me han quitado las ganas. Su madre espera detrás de mí para volver a verle por cuarta o quinta vez, se derrumba llorando encima de la parte cerrada del ataúd, y yo me pregunto por qué queriéndolo tanto le ha disfrazado de muñeco de pastel de boda para toda la eternidad, sabiendo que él se odiaría a sí mismo si se viera así.

Yo nunca había estado en un cementerio, ni para beber o hacer el bobo con los amigos. El cura dice unas palabras y luego se procede a meter el ataúd con cierta torpeza en el agujero. Los enterradores, la mayor parte del tiempo, esperan no demasiado lejos de la escena, fumando. Los únicos que parecen sufrir de verdad son los padres. La demás gente que llora lo hace como quien bosteza contagiado por los demás en la sala de espera del médico. Él no tenía muchos amigos, y su familia estaba repartida demasiado lejos por todo el país. Como mucho eran compañeros de cenas de Navidad, que ahora pasan el maltrago como pueden. La palabra disimular no es la adecuada, pero es la primera que te viene a la mente. Sólo tuvo una novia, pero le denunció por maltrato. Era difícil imaginarle pegando a una chica, pero no imposible. Así que la chica no ha venido, y si la conozco bien, puede que lo único que le duela de esto es no haber podido ser ella la que le matara.

Es verdad que no era trigo limpio, pero también es cierto que nunca sabremos toda la verdad. Mientras los enterradores echan tierra al asunto, la gente consuela a los padres. Yo, me escaqueo. El bar más cercano desde aquí está como a cuarenta muertos, y un montón de semáforos.

El cementerio se aleja y en una curva desaparece en el retrovisor de mi coche. El día está nublado. Voy de chaqueta y corbata. Y nunca voy así. Creo que mi madre esta mañana se ha alegrado en secreto de que aquel cretino que apenas conocía haya muerto, porque eso ha conseguido hacer que me ponga un traje. Ya sea porque has muerto o porque alguien conocido ha muerto, tu madre va a aprovechar para disfrazarte de “hombre de verdad”. No es que esté generalizando en cuanto a las madres se refiere, creo… Pero cuando me acompañó a comprar “algo” para el entierro, viéndonos, la gente bien se podía pensar que había boda en el horizonte, en lugar de la deprimente realidad. Mi madre, sonriente, me traía chaquetas y pantalones y corbatas sin parar al probador de turno, haciendo que las dependientas la odiaran a muerte en cuestión de minutos. Es poco popular decirlo, pero una madre, ya sea propia o ajena, en según qué circunstancias puede acabar con la paciencia de cualquiera. Las hay que tienen hijas, y las visten y las peinan como si las estuvieran preparando para colocarlas en la estantería de una juguetería. Tu niña, por lo menos, tiene que ser tan mona como una muñeca. Con los hijos es distinto, aunque no mucho, pero el único referente es el muñeco Ken.

Cuando llego al bar, varios cigarrillos después y algún que otro insulto a conductores de otros coches, no hay ni Dios. Necesito un café casi tanto como una mamada. La misma mujer de cincuenta años y pocas ganas de vivir de siempre, se acerca a la parte de la barra en la que estoy, me mira y levanta una ceja.

– Eh… un café largo.

La mujer se dirige a la máquina de café, arrastrando los pies, mirándome de soslayo como si le hubiera pedido que transformara el agua en vino. Su mirada dice: <<Puto cabrón, ¿por qué has tenido que venir?>>. Y no me extraña en exceso. Tengo entendido que es viuda, y sus hijos hace años que no vienen a verla. Lleva tantos años aquí, que teniendo en cuenta la pensión que le quedará, lo raro es que siga preparando desayunos en lugar de haberse pegado un tiro. Cuando acabas de llegar del entierro de un amigo y la siguiente persona que ves es esta, te planteas la idea de si la muerte no está en realidad algo infravalorada. A esta mujer no le quedaría del todo mal el maquillaje post mórtem… Casi dan ganas de ponerle una pistola en la mano y preguntarle qué es lo que va a hacer mañana, y pasado mañana, y el día siguiente… y si algo de lo que tiene previsto es mejor que lo que había antes de nacer. <<No, en serio, usted no necesitará una agenda, ¿no?>> La crueldad de pensamiento es el deporte favorito de los que te miran por encima del hombro, y yo no tengo tantas oportunidades como para desaprovecharlas.

Me bebo el café y salgo del tugurio de la suicida potencial. Cuando era un adolescente escribía poesías baratas y las dejaba en los cajones de los pupitres de las niñas que me gustaban. Una vez mi amigo muerto leyó algunas que aún no había entregado. Me dijo que eran una mierda, que la única forma de impresionar a alguien con eso sería escribirlo con sangre. Cuando llegue a casa me cortaré en un dedo y me las arreglaré para escribir algo. Lo dejaré encima de su lápida hasta que se lo lleve el viento.

 

 

camino_cementerio.jpg

 

 

 

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5 comentarios en “De luto

  1. Bueno, me voy ya más conforme con todos mis lutos.
    Mágnífico post, Jordi, de los mejores que te he leído.Brillante, si se puede usar la palabra.
    No, esas señoras que sirven café nunca se suicidan.Se quedan aquí para escupir en los cafés calentitos y aromáticos que tomamos los suicidas potenciales.

  2. el texto está correcto, pero no brilla en exceso a mi entender. salvo las últimas dos frases. ahí asoma el toque poético que hace de los finales bien acabados algo digno de ser tenido en cuenta. saludos, amigo!

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