La muerte de Aquiles

Conduzco del trabajo a casa, justo por debajo del límite de velocidad; lo suficientemente tarde para que apenas haya tráfico. Llego como por inercia. Meto el coche en el garaje.

Al entrar en mi piso noto un olor extraño. <<No es el gas>>, digo en voz alta. Me tranquilizo. Abro la puerta de mi cuarto y el olor se intensifica. Miro al suelo.

Mi gato está muerto. Había sido un regalo de hace dos navidades, justo al independizarme. No era nada cariñoso, aunque no sé si hay gatos cariñosos. Se pasaba el día durmiendo o dormitando, sólo moviéndose si por error te ibas a sentar encima de él.

Ni tan siquiera tenía un nombre. No le puse nombre. Pensé que si le pones nombre a un animal le estás dotando de una personalidad que probablemente no tiene. Esperé a ver en él alguna redundancia que lo asociara a algún adjetivo, pero nunca hacía nada. Para no ser injusto, creo que con algunas personas no es muy distinto.

A la larga, el animal domestico parece convertirse en un ser desprovisto de sus instintos. El concepto <<animal de compañía>> hace de los animales otro capricho para el ser humano, que es tan capaz de quererlo intensamente como de abandonarlo una vez le ha robado el poco ánimo de supervivencia que pudiera tener. No se trata de si es un ser vivo, se trata de si hay espacio en casa. Con las mascotas pasa como con los niños, nadie te puede impedir tener una si quieres. Para recetar un jarabe o construir un puente has tenido que estudiar una carrera. Pero los seres vivos tan solo son eso, mortales. Un puente, o la medicina, o tu dinero, te sobrevivirán. La pregunta está en si es más cruel no dejar tener mascotas a ciertas personas, o dejar que las tengan.

A decir verdad, cuando era pequeño era precioso; un peluche vivo y adorable; se aferraba al biberón con un entusiasmo que casi te hacía sentir importante. Me siento culpable, porque no sé si debería haberme dado cuenta de que podía estar enfermo. Quien me lo regaló fue una amiga, veterinaria, de esas personas que saben que no somos mejores que los animales. La llamo y le digo si puede pasarse por casa, que es urgente, que es por… el gato. Lo cierto es que no sé adónde se acude cuando tu mascota muere. Esto es convertir en literal esa expresión de pasarle el muerto a alguien. Pero no le digo que ha muerto, sólo que estoy preocupado.

Ahora soy como esas personas que no deberían haber tenido hijos porque se han pasado la vida puteándolos. La conclusión que saco es que si quieres hacerte responsable de algo que esté vivo, tienes que ser responsable por defecto. Normalmente, nadie se hace responsable si ya no lo era.

Tienes que saber cuidar de los demás, aunque sólo sea para conservar tu autoestima. Esa podría ser la moraleja.

Si esto fuera una película ya habría enterrado al gato en el jardín; habría dicho unas palabras en voz alta en su nombre. Diría algo en su nombre, porque creería en Dios, y porque lo tendría, algo así como <<Brutus>>. Habría enterrado a Brutus en el jardín, rodeado de mis hijos, algo así como Ricki, Samy B. y el pequeño Tim. Los tres llorosos, mientras mi mujer, algo como Kimberly (sorprendentemente bien conservada aun después de tres embarazos, y a la que habría conocido en el baile de graduación), pensaría en algunas sabias palabras que decirles a sus pequeños, seguramente relacionadas con algún cielo para los gatos.

Pero como esto es la realidad, estoy solo, no tengo ningún puto jardín, y tampoco mujer e hijos. Y de todas maneras esa idea de felicidad sólo suele tener total validez por la tele, alguna de esas tardes de sábado en las que nada más te apetece hacer nada.

Mi amiga tarda. Esperar, en sí, ya es algo que me saca de quicio, pero ahora además tengo que soportar este hedor. Tápate la nariz y mira el mueble a rebosar de libros que tengo en el comedor. Mi trabajo remunerado y respetable a ojos del prójimo, consiste en vender libros puerta por puerta. Soy promotor, captador de socios para el club de lectores de cierta editorial; una de esas editoriales enormes que publicaría a Dan Brown aunque su siguiente libro fuera un recetario de explosivos caseros. Con este trabajo consigues un montón de libros gratis, y también aprendes que el capitalismo no solo tiene que ver con la televisión o la política. Si vendiera exprimidores de zumo, o cinturones, la gente podría hacer chistes sobre mí, pero al menos no tendría que ensayar mi sonrisa falsa cada mañana ante el espejo. Necesito muecas, corbatas y simpatía a raudales para ser convincente, porque sé que la oferta que publicito no tendrá validez en cuestión de días, y que en realidad ya no se ofrece gratuitamente la “biblioteca completa” de Michael Crichton que se muestra en los folletos de promoción. Cada nueva oferta es una nueva tentación con inminente fecha de caducidad. Mi profesión se basa en perfeccionar las mentiras a medias. Es algo que luego va bien para ligar, pero hay poca gente a la que se pueda convencer para leer.

Miro por la ventana y veo el coche de mi amiga, de Claudia. Da vueltas a la manzana buscando aparcamiento. Dejo la ventana abierta a pesar del frío, intentando resolver el tema del olor. No he movido al gato de sitio, ni lo he tocado. Sigue muerto en el suelo de mi habitación, tirado de costado. Debe llevar horas así. Mientras yo estaba trabajando y comiendo fuera a mediodía y otra vez trabajando por la tarde, el animal ha debido estar maullando durante horas hasta morir. La metáfora viviente perfecta de hasta qué punto tu casa puede llegar a ser tu cárcel; ya sea por una hipoteca o porque eres un gato, ese pisito puede exprimirte hasta acabar contigo. Ya sea porque te echan del trabajo o porque tu dueño es imbécil, puedes estar acabado de un día para otro. Tus imprescindibles posesiones parecen poseer cien mil maneras de joderte.

Fíjate. Cuanto más recta quieras hacer la línea, más posibilidades hay de que se tuerza. No pongas tus esperanzas en nada de lo que tengas que se pueda romper o estropear o quemar. No asientes tu vida en eso. Las posesiones materiales no deberían ser la masa de la pizza industrial en que hemos convertido la vida. Lo que yo quería era un amor, falso y precioso como los de las canciones, pero en lugar de falso, verdadero. Parece ser que la gente anda demasiado ocupada acumulando cosas y engordando el ego. El triunfo personal está asociado con edificios rectilíneos de cristal, con banqueros que te reciben sonrientes en su sucursal cada vez que la visitas. Si se muere tu gato o si tu novia te deja, ya sea mayor o menor el revés, simplemente tienes que tragar y después seguir tragando. Y eso es justo lo que hago. Prometer ser bueno.

Pongo cara de cordero degollado cuando Claudia llega y descubre que el gato ya está fiambre. El olor ya no se nota, o eso creo. Le digo que ha dejado de respirar cuando ella venía de camino. Utilizo mi verborrea de vendedor experimentado… <<Se lo aseguro, señor, si se hace socio podrá disfrutar de todas las novedades mensuales de la editorial, y además obtendrá gratis la biblioteca completa de Michael Crichton. Véase: El hombre terminal, Parque Jurasico, El mundo perdido y Estado de miedo>>.

Murmuro apesadumbrado sin mirar a Claudia que le prometo que no sabía si Aquiles (improviso el nombre) estaba enfermo, y me sorprendo a mí mismo diciendo una verdad. Ella acuna al gato como si aún estuviera vivo, y me escruta como cualquier socio potencial que sabe de sobras cuántos libros ha escrito Michael Crichton.

Claudia se ha traído sus propios guantes de látex. Se ha puesto a abrirle los ojos y la boca al gato, mirándolo muy de cerca. Me ha dicho que probablemente sufría el síndrome de inmunodeficiencia felino, que a veces la gente no se da cuenta de eso. Me ha dicho: ¿Aquiles era muy activo? No, he contestado. ¿Era cariñoso? Pues no. ¿Nunca? La verdad es que no.

– ¿Y no notaste nada raro en él últimamente?

– ¿Como qué?

– Pues…

– No –interrumpo-, es que siempre estaba durmiendo o… en el sillón…

– ¿Y no le notabas triste?

Los gatos siempre tienen cara de gato, ¿no? Me esfuerzo por no contestar pronto y mal:

– No, que yo sepa.

– Qué raro… debe ser eso que te he dicho.

El sida de los gatos. La enfermedad que aún no ha podido con Magic Johnson se ha cargado a Aquiles. Claudia me hubiera abofeteado si digo eso en voz alta. Solo imagínatela dos meses en Guatemala, con los niños, por ejemplo. Su concepto de irse de viaje tiene más que ver con enfermedades terminales que con playas o montañas de postal.

Delante de ella no te atrevas a decir que los gatos son <<ariscos>>, di que son <<independientes>>. Que no te vea fregar los platos con el grifo abierto. Nunca menciones tu coche o tu escaso sueldo. No coleccionas nada, no quieres nada más de lo que tienes, ¿el telediario? buf… te deja hecho polvo cada vez que lo ves. Delante de ella, en fin… no te muestres como todo el mundo. No dejes que vea tu ropa de marca y quítate ese reloj de plata que te regalaron cuando veas que se acerca.

De pronto, Claudia, con el gato aún en brazos, rompe a llorar. Se pone de pie y se lleva a Aquiles al comedor. El gato bautizado postmortem. Le digo a Claudia con la boca pequeña que tengo que salir a tirar la basura, que se quede todo el rato que quiera. Y ella asiente.

Salgo del piso bolsa en mano y comienzo a bajar escaleras. Tres pisos de cinco, sin ascensor, que hacen que maldigas cada vez que sales de compras.

Llego a la calle y no hay nadie. Voy hasta los containers, y al echar la bolsa dentro me doy cuenta de que si hubiera tirado al gato junto a los otros desperdicios, ahora no tendría a Miss Voluntariado llorando en casa. Aunque en realidad no hubiera sido capaz de hacerlo aunque se me hubiera ocurrido. Tengo un amigo que cuando te oye jurar o prometer algo, te suelta: ¿Pero lo dices de verdad, o como cuando la gente piensa en suicidarse?

Al subir, me topo con una vecina. Lorenza, una mujer de sesenta años que vive con su marido en el cuarto piso. Me dice que hoy olía mal al pasar junto a mi puerta. Le digo que era mi gato, que se ha muerto;

– Oh… qué lástima, hijo. ¿Y qué le ha pasado?

Pues no lo sé, me lo he encontrado muerto. Blablá blablablá. Pues sí. Y blablablá blablá, ¿no? Sí, sí, a saber qué tenía. Bueeeno, pues blablablá, hijo. Muy bien, hasta luego. Sí… ¡ay!, espera, ¿tú no sabrás si blablá blablablá blablá, ¿no? Pues no, no lo sé, creo que se mudaron, yo no oigo ruido. Pues blablablá blablá blablá, ale, hijo, no te entretengo más. Muy bien, hasta luego…

Cuando me instalé en el piso una vez le di conversación a esta mujer, y desde entones cada vez que me la cruzo tardo más de cinco minutos en quitármela de encima.

Consigo llegar hasta la puerta de mi piso. Abro. No hay nadie en el comedor…

Recorro el pasillo que va hasta mi cuarto…

Al abrir la puerta, la cabeza de Claudia, que estaba apoyada en esta, cae chocando contra el suelo, quedando fuera de la habitación. Claudia está tirada en mi parqué en posición fetal, abrazada al gato muerto, con los ojos cerrados y la cara blanca. Intento encontrarle el pulso…

Cuando soy consciente de lo que pasa, de que está muerta, descuelgo el teléfono y llamo a la policía. Sea lo que sea que ha pasado, seguro que ha tenido que ver con toquetear y abrazar a Aquiles sin parar. Lo curioso es habérmela encontrado en el suelo, en la misma posición e igual de muerta que me encontré al gato. Mientras tomo la decisión consciente de salir del piso y esperar abajo al coche patrulla, recuerdo lo que me dijo la nieta de Lorenza hace poco, con sólo doce años. Dijo que si Dios existe no cree que elija a la gente que ha de morir. Dijo: Yo creo que lo hace de otra forma, de forma arbitraria. Me dijo que Dios señala un lugar, y por una u otra circunstancia todo el que pase por allí cierto día, ha de morir. Si no, es como haber vuelto a nacer. Localizaciones letales; Iroshima, la playa de Normandía, ciertas calles de Londres mientras Jack el Destripador estaba vivo. Mi habitación. Dios manejando mensajeros que te traen tu kit mortal, o los desastres naturales. Para ser la ocurrencia de una niña, da que pensar. Trato de recordar si he llegado a entrar del todo a mi habitación o si sólo he visto lo acontecido desde el quicio de la puerta. Lo que está claro es que la noche pasada no dormí aquí.

La niña se llama Paloma, y siempre, al igual que su abuela, se pone a hablar conmigo a la más mínima ocasión. Sus adinerados padres murieron hará unos cinco años en un accidente de avión (quizá una localización letal). Lorenza, madre de su padre, se quedó con ella, y ahora junto a todos los vecinos ella está mi lado en la calle, mientras Lorenza no para de cotorrear. Los vecinos tienen miedo de la infección que pueda haber en el edificio. La policía ha venido y luego ha llamado a personal sanitario. Ahora están bajando al gato, Aquiles. Mi gato bautizado para toda la eternidad. Y Claudia, con un paraíso que debe estar a sus pies si al morir topas con algo más que la nada y los gusanos.

Paloma llama mi atención: ¿Qué ha pasado?

– Eh… pues aún no lo sé, pero seguro que tengo que ir a dormir a un hotel.

– Seguramente nosotros también… ¿puedo ir contigo?

– No, no creo que tu abuela te deje.

La niña incordia a Lorenza, y esta le dice que no, que qué va a pasar si le pasa lo del brazo. Paloma me mira y dice:

– Es que de pequeña se me dislocaba el hombro todo el rato. Hasta mi padre aprendió a recolocármelo. Pero ya no me pasa, por lo menos desde hace tres años…

peces-y-gatos.jpg

 

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2 comentarios en “La muerte de Aquiles

  1. Muy bueno jordim. además de tus historias me gusta muchísimo los nombres que eliges para tus personajes. Lorenza. DEfines a la persona sólo con su nombre: edad, procedencia… Muchísimas cosas.
    SAludos

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