Pasados

Por más que haga memoria, no recuerdo si fue durante la cena de Navidad o en Nochevieja. Ni tan siquiera sé exactamente cuántos años han pasado. Debe ser porque a veces intentas convencerte de que ciertas cosas no sucedieron de la forma en que sucedieron. Y no es que consigas olvidar nada, pero difuminas la tragedia de la forma más eficaz que sabes para evitar tomar decisiones drásticas, o que otros las tomen.

Mi sobrina ahora tiene unos veinticinco años. Por aquel entonces debía tener seis o siete, o quizá nueve, no sé, era pequeña, manipulable. Pero no malvada, no es malvada y nunca lo fue. Y punto. Y el recuerdo que tiene de aquella noche es confuso, o eso quiero creer. Ella siempre dice que no recuerda exactamente los hechos. Eso dice. Quedamos una vez a la semana para no hablar de aquella noche, para hablar de nuestras cosas y no mencionar nunca que nuestras familias están muertas. Lo que cuenta es el presente, y el futuro es caldo de cultivo de grandes gestas. Y repito, como con esos amigos que tienes que no quieren ni oír hablar de sus ex, el pasado no existe.

Ella se llama Faustina. Imagina a una niña que tiene que arrastrar ese nombre durante toda la educación primaria, y luego en el instituto y luego en la Universidad. Faustina. Ése tipo de nombres que te hacen evocar a sesentonas con serios problemas de azúcar. El que fue nombre de tu madre, que heredó de tu abuela, y así hasta llegar a esos antepasados tuyos que no sabían nada de cosas como la televisión. Ésa primera Faustina carismática y entrañable, que preparaba cenas a la luz de las velas escuchando explosiones demasiado cercanas, ella tuvo la culpa, sus padres tuvieron la culpa. Miro a mi sobrina y sé que basta con no saber elegir el nombre de tus hijos para enfadarles y hacerles pasar un montón de vergüenza; basta con que sus compañeros de clase hayan aprendido a hablar. Acumula unos cuantos de esos detalles como el del nombre, nimios en apariencia, y con el tiempo sabrás que eso de que del amor al odio hay un paso, es uno de los pocos tópicos que pueden convertirse en el denominador común de toda una vida. Olvida lo inteligente y maduro que seas, esas gilipolleces te pueden carcomer por dentro.

Faustina demostró algo antes de que nuestras familias murieran que no era del montón. Quiso ser una niña normal, pero pronto papá y mamá (mi hermana) la apuntaron a una academia para superdotados. En aquella academia no sobresalía, llegaba apenas a poder hacer sus deberes como es debido, aprobaba por los pelos, se enfadaba minuto a minuto. Siempre que quedamos para no hablar de nuestras familias muertas, Faustina me dice que ella sólo quería ser una niña de entre tantas, empollona quizá, pero del montón, con amigas íntimas, novietes, quizá un embarazo prematuro, problemas con las drogas… Ella, decía, no quería ser astronauta, no quería innovar en el mundo de la física o filosofar o escribir un gran bestseller. Ella quería ser una niña normal con un nombre normal, un nombre de niña.

La familia que nos unía como Tío y Sobrina tenía unos treinta miembros. Aquella noche en que todos nos reunimos –la mayoría para morir- el comedor de la casa de mis padres parecía el vagón de uno de aquellos trenes llenos de judíos del Holocausto. Es irónico.

Mi madre se pasó todo el día cocinando. Faustina se pasó todo el día siendo besuqueada por todas aquellas tías y tíos y primos, etc, ect, etc , a los que ella apenas veía en todo el año. Era otra reunión familiar en la que todo eran miradas a Faustina, la niña superdotada con nombre de vieja. Ella era graciosa porque era inteligente. Había algo que ella notaba en el ambiente, algo muy parecido a la condescendencia, que se podría haber cortado con un cuchillo. Lo cierto, era que la futura niña astronauta pasaba por un calvario cada vez que alguien le hacía una pregunta; esas preguntas que se te hacen cuando eres pequeño como si además de pequeño fueras imbécil; y Faustina además de no serlo, era más espabilada que todos ellos. Tenía todas esas caras mirándola de cerca y sonriendo y salpicando saliva, mientras la agarraban por sus mofletes dejando roja la zona del pellizco, mientras le pasaban las manos por la cabellera rizada y rubia que la hacía parecer otra niña tierna de anuncio.

Fue durante el postre, cuando ya todos habíamos brindado, cuando mi madre se desmoronó encima de la mesa. Fue la primera.

Me había extrañado el hecho de que Faustina abriera personalmente las botellas de cava y sirviera a toda la familia, animándolos a brindar con ella, poniendo esa cara de niña tierna de anuncio. Me extrañó que me dijera justo antes de brindar que bebiera coca-cola igual que ella, por favor.

Así que mi madre murió en cuestión de minutos. Y mi padre y mi hermana y mis tíos y mis abuelos, primos, etc, etc, etc. Hubo quien quiso llamar a una ambulancia. Pero también hubo quien había escondido los móviles y cortado el cable telefónico. Todas esas parejas que tenían los móviles guardados en el bolso de ellas, no pudieron llegar hasta la habitación en la que Faustina había guardado todas las chaquetas y los bártulos. Así de rápido es el cianuro. Así de trágica fue la Navidad del… de aquel año.

Cianuro, eso me dijeron después de las autopsias. Era un misterio la manera en que Faustina podía haber conseguido veneno. Nunca me lo ha dicho. Aquella noche el comedor quedó sembrado de cadáveres, conmigo absorto, sujetando mi copa cara de coca-cola. El motivo por el cual yo no fui asesinado por aquella nazi rubia infantil, fue que yo no le caía mal. Así me lo dijo unos años después, cuando yo ya no quería matarla por lo que hizo, la primera vez que quedamos después de que ella se pusiera a vivir con una familia de acogida, mientras era tratada por una psicóloga, primero infantil, y luego al uso. Nunca más ha vuelto a hacer nada malo. Se ha limitado a ser una chica guapa y callada, inteligente, y sin un ápice de arrepentimiento a primera vista. Ha estado unos años trabajando de administrativa, el tipo de trabajo poco exigente que ella quería, teniendo en cuenta su coeficiente intelectual.

Es como si alguien te diera carta blanca para matar a quien te me moleste, y una vez todos muertos, tu continuaras por fin satisfecho con tu vida. Nunca le he preguntado directamente por qué lo hizo, y ella siempre ha actuado como si aquello hubiese sido una fechoría de la infancia. Siempre me ha mirado con sus ojos verdes como diciendo: “¿En serio me tienes en cuenta aquello?”. Así que sigo viéndola cada semana, a veces sintiéndome como si mi pareja me hubiera puesto los cuernos y yo continuara comportándome de forma amable con ella, sin saber muy bien por qué.

Procuro que nunca me sirva bebidas, que nunca pida ella en la barra mientras yo espero sentado; no me monto en coche con ella, y siempre procuro verla en lugares públicos. Y se me pone la piel de gallina en las cafeterías y los bares viendo como muchas veces nos rodean esas parejas que, sentadas ante sus cafés, no se dicen nada, y sólo parecen esperar y aburrirse. Incluso nosotros nos llevamos mejor que esa gente. Que la mayoría de gente. Es como si hubieran muchos más pasados terribles de los que crees. Es verdad, se me ponen los pelos de punta, y al mirar a Faustina -que actualmente está en trámites para cambiarse el nombre- , al mirar su cara bella de exasesina infantil, y desprovista de emoción, su comportamiento frío y aséptico parece ser el mejor para moverse en la vida que algunos dicen se nos ha regalado.

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