Flechazo

Saliste de casa como todos los días, muerto de sueño, no enfadado, pero algo… cómo decirlo… asqueado. Era martes o algo así. No lunes, pero quizá martes; miércoles como mucho. Así que saliste de casa con esa actitud de madrugón forzoso, a mitad de semana, procurando no pensar que no se trata tanto del madrugón como de tu trabajo. No te gustaba tu trabajo. Lo soportabas, pero no te gustaba. El sueldo no lo valía y sabías que eras demasiado joven como para aguantar toda la vida igual que estabas. Llevabas como tres años con una chica, de los cuales dos habías pensado seriamente en dejarla. Unas veces no lo habías hecho por cobardía y otras por pereza. Así que seguías con tu trabajo forzoso y tu relación sólida basada en la rutina, la normalidad. “Lo normal”. Sabías que mucha gente luchaba día a día por ser normales, o parecerlo. Se justificaban ante la menor de las nimiedades para convencerte de que eran rabiosamente normales, del montón, muy dignos, muy humanos. Como esos tíos que quieren ser muy tíos, y esas chicas que van por ahí con sus buenas maneras de postín exudando por todos los poros: “soy una chica”. Esos tíos que reaccionan de forma airada si hay un gay cerca, o si se pone en duda esa virilidad tan valiosa que poseen. Esas chicas que jamás te reconocerán que disfrutaron de la última de Tarantino, aunque lo hicieran. Esos chicos y esas chicas. Esos proyectos de estereotipo siempre procurando mantener el encefalograma plano. Joder, no, tú no querías eso.

Te levantaste ese día, y camino al trabajo supiste que no querías eso. No quería ser así. No te ibas a conformar con lo que los demás consideraban diversión, o dignidad. Podía ser que un sábado no te apeteciera ir a una discoteca, y puede que en lugar de ir siempre los domingos al cine fueras un día entre semana; puede que incluso solo. Sabías que sonaba ridículo y nada heroico, pero también tenías claro que para mucha gente esas estupideces son extraoficialmente sagradas. Para mucha gente es esencial mantener el encefalograma plano, la reputación a salvo. Si eres chica nunca has eructado o te has tirado un pedo; si eres chico nunca te la has meneado viendo porno. Y el pasado, ese oasis de las anécdotas vergonzosas, no existe. Seas chico o chica, comes bien, haces deporte, tienes o no pareja según convenga, te gusta la música comercial y el cine entretenido (nada de música fea y películas raras), te sabes todos los tipos de conversación prefabricada que existen (hablar sin decir nada, preguntar desinteresadamente cómo va todo, esperar ansioso tu turno para hablar y, finalmente, despedirte de forma cordial). No saques temas que vayan más allá del entorno en el que estás, no sea que la gente comience a pensar que eres un bicho raro. Hay un montón de reglas para que tu verdadero carácter o fobias o pasiones queden soterrados en una montaña de normalidad normal.

Pero tú, esa mañana, concluiste que la palabra <<normal>> no define nada. Nadie es normal. Todo el mundo disimula. De la misma forma en que miles de homosexuales a lo largo de la historia han ocultado su identidad con matrimonios e hijos, tú quisiste pensar que toda la gente tiene uno u otro carácter. Todo el mundo ha de tener carácter, gustos, miedos, pasiones. No puede ser que tanta gente haya quedado absorbida por las frases hechas y las radioformulas. Por las costumbres. Esa mañana, en tu momento de lucidez, supiste que podías ser quien eras de verdad. No es que pensaras que podrías ser lo que quisieras, porque sabías que en muchos casos eso era una autentica utopía y una frase/cliché pseudooptimista, pero sí supiste que parte de tu vida podía ser de verdad, rica, plena.

Así que llegaste al trabajo con otro ánimo; no buen ánimo, pero por lo menos otro ánimo. Te sentaste en tu mesa de trabajo delante de tu ordenador con ocho horas laborales por delante, y lo primero que hiciste fue llamar a tu novia. A su casa, a casa de sus padres, echándole huevos, a las ocho de la mañana.

– ¿Diga? – te contestó su madre, con voz de sueño, cabreada.

– Hola… Soy Dani, ¿está Gema?…

Y tu proyecto fracasado de suegra te dijo que sí, que ahora se ponía. Esperaste dos minutos al teléfono hasta que ella se puso para hablarte con voz de dormida, de sueño mutilado. Le dijiste que querías dejarlo con ella, así sin más. Ella te dijo que lo podíais hablar en otro momento, te dijo que quizá te estabas precipitando. No, dijiste, estabas seguro. ¿Seguro, cariño?, lloriqueaba. Sí, estabas seguro, lo sentías, pero estabas seguro. ¿Por qué me lo dices ahora?, continuó lloriqueando. No lo sabías, dijiste, pero hacía tiempo que lo tenías en mente. Eso dijiste. Y luego colgaste el teléfono haciendo ruido, cerrando un asunto que ya hacía años que coleaba. Te sentías genial y a la vez hecho una mierda, pero por una vez la balanza se decantaba más hacia lo positivo.

Habías comenzado el día a lo grande, y te sentías agotado, como para volver otra vez a casa a dormir. Eso, claro está, no le importaba a tu jefe, que te miraba de reojo esperando verte resoplar mirando hacia la pantalla de tu ordenador, señal de que ya habrías comenzado a trabajar de una vez. Sabías que tu trabajo sólo consistía en evitar aburrirte, y no siempre que consigues eso significa que lo estés pasando bien o estés aprendiendo. La gente a veces se empeña en sacar grandes lecciones de la vida de lo que sea. El que no te aburras no significa que lo que estés haciendo llene algo más que tu tiempo. Puede que sea en tu trabajo o en tu matrimonio, en tu relación de pareja, o puede que en tu vida en general. Esa sensación de que no eres feliz pero por lo menos eres normal, puede aparecer en cualquier faceta de la vida. La maquinaria de tu mundo, del mundo que te rodeaba, parecía consistir en tener a toda la gente lo suficientemente ocupada y agotada, no fuera que se les desmadrara la imaginación.

Cuando pasó el día, por la noche, en tu cuarto, en la casa en la que vivías con tus padres, comenzaste a descargarte pornografía por Internet. Te iba a venir bien, pensaste. Ésa tarde les dijiste a tus padres que lo habías dejado con Gema, que lo habíais dejado, de mutuo acuerdo, sin agobios por ninguna de las dos partes. Y tu madre te dijo que Gema había estado todo el día llamando a casa, que lloraba, y que no le parecía que hubiese pasado nada de mutuo acuerdo. Tú te fuiste a tu cuarto, sin escuchar las recriminaciones de tus padres, que parecían convencidos de que eras imbécil, de que estabas con una chica que no te merecías y te quería y aun así la habías mandado a paseo, bien temprano, y por teléfono. No habías pensado que aunque te hubieses dejado el móvil en casa, tu progenitora ama de casa iba a seguir en ella.

Con todo, según tus padres, eras un gilipollas insensible. Con ese pensamiento, te fuiste a dormir, y tres horas después te dormiste.

Cuatro horas más tarde tenías que ir otra vez a trabajar. Así que sonó el reloj, y te levantaste y ése día ya sí estabas cabreado. Pusiste tu móvil y había como diez perdidas de tu ex. Quién dijo que tu vida no podía cambiar de un día para otro. Estabas enfadado de verdad, aunque no supieras exactamente por qué. Tenías ganas de irte a vivir a una puta cueva, pensabas. No entendías que tus padres se enfadaran. Ellos sabían que nunca habías estado enamorado. Pensabas que en el fondo querían que te casaras de una vez, con quien fuera, y te fueras a vivir con ella y te conformaras para toda la vida; querían que hicieras eso porque ellos hicieron eso. Pensabas todo eso porque estabas cabreado. Esa mañana después de ducharte te afeitaste viendote borroso en espejo del lavabo. Te vestiste y ni tan siquiera te peinaste. Caminaste hasta la parada del tranvía. Cogiste el tranvía. Pagaste en efectivo y echaste un vistazo al vehículo abarrotado. Todas las demás éramos mujeres. Pero durante todo el trayecto sólo me miraste a mí.

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2 comentarios en “Flechazo

  1. Para hacer esa finta de cambio de persona narrativa al final del relato hace falta ser Romario, sí señor. Muchas vidas quieren ser cuadros surrealistas pero se quedan en bodegones o escenas de caza. Saludos.

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