Intangibilidad

Albina creía que el sueño era real. No siempre funciona lo de pellizcarse. Llega un momento en el que despiertas, y eso es todo. Así que Albina, sudorosa, decide salir de la cama y quitar una manta. La gente dice que sí, pero normalmente no olvidas un sueño de forma inmediata, y de todos modos si es una pesadilla sigue dejándote la sensación de angustia. Angustia sin más, emoción sin más, o alegría sin más según el sueño. Sentimientos puros y auténticos provocados por una ficción sin lógica aparente, que no entiendes o ya has olvidado. Tu subconsciente. David Lynch.

Sonríes o lloras y no sabrías explicar por qué. Como cuando te enamoras, las mejores sensaciones son las que no puedes justificar. Lo que no puedes clasificar o encasillar o cerrar bajo llave; lo que no está sujeto a contratos o firmas o acuerdos legales. Todo eso es lo que parece valer la pena de verdad. A Albina le gusta soñar por eso, porque entonces la sensación es que no todo está visto y estipulado.

Albina se hurga abajo dudando en si convertir ése momento en una de esas contadas ocasiones en las que se masturba. El descontrol o la anarquía o el comunismo a veces se convierten en su sueño húmedo, imaginando un mundo en el que tales conceptos no nos llevaran nuevamente al desastre. Se comienza a humedecer su entrepierna, y no es precisamente nada abstracto esta vez lo que la acaba inspirando. Se hurga y piensa en esa broma con forma de consolador de su cumpleaños pasado, y ya no consigue recordar si lo tiró o lo perdió. Así que usa sus dedos. Dos. El sueño aún no se ha desvanecido, y tal sueño tenía que ver con esa fantasía en la que te lo montas con alguien sin cara. Follas con esa persona sin cara y prácticamente parece real. Por otro lado, a medida que avanza el sueño, te das cuenta de que nada sabe a nada, y las partes íntimas y los músculos de tu amante sin cara no tienen la textura de los de verdad. Y te despiertas.

Luego, ya masturbada, Albina camina, merodea de un lado a otro. Sólo piensa, idea, enciende la televisión, la apaga, abre la nevera. El desorden también debería mezclar realidad y sueño, no debería poder solucionarse con volver a colocar cada cosa en su sitio. Quizá algo parecido al caos ayudara a todo el mundo a comenzar a valorar lo intangible tal y como se merece. Albina, con la piel blanca cubierta por un camisón fino, abre la ventana del comedor de su piso, receptáculo inmobiliario del insomnio diario. Fuera hace demasiado frío como para hacer otra cosa que no sea dormir. La calle, desde un quinto piso, se ve estrecha y gris, del color de la luz impuesta. Los pezones de Albina, grandes y rosados, endurecen. Asomada, mira de forma insistente el semáforo que hay justo cinco pisos debajo de ella, sin interés pero sin apartar la mirada. La luz roja cede el turno a las siguientes controlando el flujo de tráfico invisible.

Algo se mueve y Albina mira abajo hacia su derecha. Un hombre con gabardina y gorro como sacado de los años cuarenta, dobla la esquina y recorre la calle caminando; un Humphrey Bogart imposible. Se detiene y se enciende un cigarrillo. Se percata de la mirada curiosa de Albina y escruta su ventana del quinto piso. Ella no hace por esconderse. Albina mira el rostro del tipo y advierte que, además de vestir como Humphrey Bogart, tiene un asombroso parecido con el actor. Cuando aún estaba vivo y era una estrella. La época de Casablanca.

Cuando ve que el tipo no deja de mirarla, Albina se dispone a cerrar la ventana. Pero justo antes, otra figura aparece en el lado opuesto de la calle. Una mujer. El tipo deja de mirar a Albina y mira a la mujer. Ella también lleva gabardina y sombrero. Y Albina cae en la cuenta. Casablanca. La mujer es exacta a Ingrid Bergman. Ella camina hacia él y él hacia ella. Albina nota cómo le sube la emoción por la garganta. Comienza a sentirse realmente bien. La doble de Bergman corre hacia el tipo, hacia Humphrey. Al llegar a donde está, le abraza. Se besan. Es un reencuentro, y Albina se da cuenta de que está llorando. La pareja se besa, sonríen, cuchichean. No hay nadie más en la calle. Y entonces los dos la miran, pletóricos, felices de verdad, y vuelven a besarse. Sin explicación o justificación alguna, eso es maravilloso, lo más esperado, un milagro. Casablanca no acabó en un aeropuerto con un diálogo ingenioso y un sabor agridulce. La historia está acabando aquí y ahora, piensa Albina, invadida por la euforia, feliz, postergando el final, quizá el pellizco.

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2 comentarios en “Intangibilidad

  1. “Luego, ya masturbada, Albina camina”. Frase redonda y con gran musicalidad y potencia, lo digo totalmente en serio. Una vez más, felicidades por el hallazgo y el buen rato literario. En este mundo extraño hay que pellizcarse a menudo. Yo tengo unos moratones que no veas. Saludos

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