Del Señor Capitalismo

Antes de nada, no olvides que te odio. Eres una piedra en el camino y yo voy descalzo. Eres un obstáculo, arenas movedizas, agua hirviendo, fuego, un condón roto. Representas el competidor contra el que nunca voy a competir. Porque das vergüenza. Te veo y sólo tengo la opción de aplastarte y seguir adelante. Te aplasto mientras te digo que te quiero. Me bebo tu sangre porque el agua no está a mi nivel. Un nivel muy superior al tuyo, claro, porque no olvides que hay primera clase en los aviones por algo; zonas vip, mansiones, drogas sin adulterar. Tú sólo debes limitarte a morir en un callejón por una última dosis de algo que era un ochenta por ciento yeso. Porque incluso en la autodestrucción existe la guerra de clases. Sólo eres el fracasado que me trae el café, la secretaria que ordena mi vida, el empleado que me hace la pelota, la puta de lujo que me la chupa. Si miro hacia abajo, te veo. Estás ahogado en un mar de dignidad de farmacia, y todo lo que tienes yo lo podría canjear por un par de zapatos. Me río cada vez que alguien habla de la repartición de bienes, de la posibilidad de todo el planeta inmerso en una clase media. Y por muy fuerte que me ría, tú, desde ahí abajo, sabes que absolutamente nadie va a hacer nada. Eres un matado, una alimaña, un ladrón, un terrorista. Darías un dedo porque te doblaran el sueldo. Irías a la guerra por mí sin pensarlo. Darías la mitad de tus bienes a la Iglesia si creyeras que así ibas a ir al cielo. Eres un ignorante, y casi puedo ver a todos los de tu calaña reflejados en mi piscina si la miro el rato suficiente. Sólo eres eso, el matado que construyó mi casa mientras tu hijo se alistaba en el ejército. Acrecentas mi vida para mantener a duras penas la tuya. Tu triste existencia siempre está con el agua al cuello. Esto es lo que pienso de ti, creo que no eres como yo porque no lo mereces, no has trabajado para ello, has sido menos listo, has nacido en el lugar equivocado, y no has sabido ver que te estaba absorbiendo la corriente de lo simple; tu pisito, tu cara de póquer cada mañana, tu sueldo base. Todos tus esfuerzos se han echado a perder por algo que tiene más que ver con mi casa con piscina que contigo, tu familia o tus fines de semana de mierda. Eres tan patético que se me revuelve el estómago al verte junto a todos los demás yendo apelotonados a comprar a supermercados de rebajas, o cuando os veo parados en alguna autopista, esperando. Se me hace gracioso el pensar que estáis así y no os reveláis. Pero no lo hacéis, porque además de simples, estáis cagados. Os hemos metido por el culo nuestro sistema planeado para que os dé miedo hasta vuestra propia sombra. Sois tan individualistas y desconfiados que os peleáis hasta porque alguien se os cuele en la carnicería. Estáis separados y no existe nada parecido a la cohesión cuando de conseguir igualdad se trata. Hacéis girar la rueda todos los días con cara de asco, como remeros en la edad media, mientras os fustigan con látigos. Pero apenas sí levantáis la vista para cuestionaros algo, porque siempre tenéis algún triste trabajo que mantener, o algún crío que alimentar, que vivirá arrastrándose igual que vosotros. Os consoláis pensando que vuestros abuelos vivían peor, o que no habéis tenido que pasar una guerra, o que las penas con pan son menos; y yo sigo atragantándome de la risa, bebiéndome la leche fresca mientras vosotros estáis recogiendo la mierda de las vacas. Apestáis, pienso, aunque no os lo diga. Y cuando se me pasa la risa, saco un puro. Me acomodo en mi butacón y ver el telediario resulta un buen divertimento. El informativo es la sitcom moderna, lo que haces mientras comes; lo que ves mientras piensas que te la sopla. Y lo que tú decides no hacer me proporciona mi holgado sustento. Tu dinero sólo sirve para que continúes trabajando por mi beneficio. Tus impuestos hacen que todo fluya hacia mí. Y tu mediocre papel como padre, quizá un día haga que tu bonita hija decida quererme a pesar de mi edad. Y cuando veas que el matrimonio es sobre todo un negocio que a mí me permite tirarme a tu hija, entones la poca dignidad que te quedaba se desprenderá poco a poco de ti. Tú y tu hijo mayor entrareis a ocupar importantes cargos en una de mis empresas, y los aprietos económicos que tenía tu familia se acabarán para siempre. Serás feliz de algún modo, y formarás parte del pequeño grupo que está en las alturas, para acabar olvidando todas las veces que te quejabas de los ricos y de lo triste que era que medio mundo muriera por culpa de la avaricia. En Navidad, comeremos en familia, y rezaremos todos juntos para que Dios permita que todo siga igual. Amén.

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4 comentarios en “Del Señor Capitalismo

  1. Excelente relato, la verdad. El pulso, la mala leche y el cinismo, están perféctamente plasmados, casi con sadismo. Recuperas tu mejor pulso literario. Un placer leerlo. Sigue así. Saca lo peor de todo de dentro, jeje.

    Saludos!

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