Vanidad

Salvo el hecho de que no sonrío a menudo, todo lo demás va bien. Tampoco distingo lo saludable de lo insano. Pero eso tampoco me hace desgraciado. Vas a desear que no exista hacia la mitad de esto, esa es la verdad. Pero no te preocupes, podrás salir adelante.

Sal de casa y mira hacia arriba hasta que te duela el cuello. Y ahora, admite que el cielo no es para tanto. Seguramente lo mejor lo tienes dentro de tu cabeza. El mar y el cielo sólo te van a despistar, te cegarán, y así nunca escarbarás lo suficiente en ti para sacar algo bueno de dentro. Lo malo de los paisajes bonitos y esas maravillosas cascadas, es que te desviarán a menudo de lo realmente valioso. Es por eso que te pasas todo el puto día mirándote al espejo. Si no vas a volar, poco te importa el cielo. Si no existen las sirenas, poco importa el mar, los océanos, o esa pecera que ocupa la mitad de tu salón y que también utilizas para mirarte al espejo. Ahora mira hacia el suelo y procura no tropezar, ya puedes volver a casa. Más tarde este símil te va a parecer absurdo, pero deberías preferir sangrar a que te saquen la sangre.

Sólo hay un resquicio de verdad cuando enseñas lo de debajo de tu ropa interior. Y vas a considerarme un bicho raro, pero con silicona sólo conseguirás convertir tu verdad física en la mejor solución para que se me caiga la polla a trozos. Con tanto artificio y potingue descartarás eso que te hace especial para pasar a formar parte del gran rebaño. La belleza de estuche de maquillaje fue el primer motivo por el que comencé a matar.

El cosquilleo de tu estómago siempre me da la razón en secreto. Pero a partir de ahora seguro que dejarás de comprender mis impulsos. Es la parte de mi personalidad que flaquea, te voy a odiar por no entenderme, y además lo vas a pagar caro.

Si eres mujer, o travesti, o simplemente te gusta maquillarte, seguramente tienes a tu disposición por lo menos doce colores de sombra de ojos. De los cuales utilizas cuántos… ¿dos? Es igual, coges tu aplicador y corriges manchas y secuelas de la falta de sueño. Esto es después de haber elegido el vestido adecuado, o los pantalones, o lo que sea que luzca tu tribu urbana. O quizá simplemente seas de esas personas que piensan que se distinguirán de forma especial por vestir “diferente”. Así que te pones la ropa interior que utilizas para el sexo, “por si acaso”, la cubres con lo que sea que hayas elegido para vestirte, y pasas a la sombra de ojos, el rímel, el colorete y todo cuanto tengas, para acabar pareciendo una foto en movimiento retocada con photoshop. Todo esto cada vez tiene más que ver también con los hombres. Tenemos un sinfín de cosas que aprender de las mujeres, y lo único que hemos hecho es adoptar sus obsesiones estéticas. Miras a una chica que intenta hacerte entrar en razón, y mientras tanto piensas: <<Vaya… yo también podría depilarme>>.

Lo cierto es que cualquiera puede merecer morir, pero la verdad es que de momento sólo me dedico a las mujeres. La artificialidad estética más alarmante tiene que ver sobre todo con ellas. Ellas podrían ser perfectas y no quieren. La belleza guarda más relación con la inercia de las costumbres que con la naturaleza. Si te has habituado a verte con los mofletes rojos, eso no lo va a cambiar nadie. Si te has empeñado en oler de determinada manera, se te va a olvidar rápido que algunas colonias se fabrican a partir de un líquido que se extrae de las ballenas. La vida puede llegar a ser así de desagradable. Las diversas capas de tu narcisismo están arrasando el mundo poco a poco, como un polvo en el que quieres retrasar al máximo el orgasmo; sólo que aquí el único que va a acabar corriéndose va a ser el Diablo, si es que Dios existe.

Ahora mismo hay una chica dentro de un lavabo. Espero sentado en un sillón, en una sala de estar, con un vaso lleno de vodka solo. No es que necesite estar borracho, pero puede ayudar. Cuando quieres llevar acabo algo que puede complicarte la vida, siempre debes marcarte reglas. Tu vanidad puede medirse en minutos, con el tiempo que te pasas en el lavabo antes de salir a la calle. El límite que yo he puesto es de diecisiete minutos. Al principio pensé en dejarlo en quince, pero me pareció muy justo. Si hay ducha, alargo mi paciencia hasta los treinta y cinco. Si te duchas, sales del lavabo, y vuelves a entrar, el cronometro contabiliza otra vez desde cero hasta diecisiete. Si superas el tiempo establecido según mis reglas, se acabó, sólo habrás tenido una cita conmigo.

Vanesa ya ha superado la media hora. Salió del lavabo con la toalla liada, puse el cronómetro de mi reloj a cero, me dijo que enseguida estaba, y volvió a entrar. Y comenzaron a contar los segundos y ya hace treinta y dos minutos que espero. Me dirijo hacia la cocina. Lo mejor para acabar pronto es un cuchillo, uno bueno. Me gusta pensar en esto como en alguna especie de ajusticiamiento poético. Y aunque mis actos también conllevan una buena ración de hipocresía, no creo que lo mío sea comparable con tener la autoestima tan alta como para olvidar todo lo demás y además jactarse de ello. Porque no me verás disfrutar ni sonreír. Pero tampoco me sentiré jamás culpable.

Oigo correrse el pestillo de la puerta del lavabo. Vanesa se dirige hacia mí. Está maquillada, lleva unos tejanos puestos y nada de cintura para arriba. Estoy sentado en el sillón, recostado encima del cuchillo. Ella se sube encima de mí y comienza a besarme el cuello. Sólo debo esperar un minuto y coger mi arma. Cuando estoy llevando la mano derecha hacia mi espalda, Vanesa me coge del pelo y me echa la cabeza hacia atrás. Noto una sensación desagradable y punzante de frio en el cuello, oigo un borboteo, líquido. Noto sabor a sangre en la boca. Al verme, mi camisa se está empapando de rojo. Comienzo a sentirme débil. Vanesa me levanta la cabeza con dos dedos para que la mire. Noto un debilitamiento brutal. Se levanta y se va y luego viene y me pone un espejo delante, y puedo ver mi cuello abierto; una imagen de mi tráquea burbujeando aire. No sé cómo puedo seguir vivo. Vanesa aparta el espejo y puedo ver el cuchillo igual al mío que sostiene con la mano derecha. Y me dice:

– Vas a morir, pero tú sí puedes hacerte una idea de por qué.

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Un comentario en “Vanidad

  1. Yo también intenté de chaval pasarme algunos días sin sonreír. Pero al final nunca fui capaz, hay demasiados payasos por ahí sueltos. Ahora me río por no llorar. Un saludo, maestro

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