Realidad intermitente

Anarquía mete el hocico en su cuenco de leche y bebe con fruición. Debería preguntarle a alguien si la alimento con la frecuencia debida. Anarquía era una gata abandonada que dormía en la puerta de mi casa, lo estuvo haciendo durante un mes. No sé cómo, me tocó dentro alguna tecla importante, la adopté y comencé a gastar mi dinero en pienso para gatos. Es mi gata ocupa. Quizá más que amor a los animales, sólo estoy enfadado porque mis padres nunca me dejaron tener mascotas, pero de todos modos los gatos se limitan a restregarse por casa, y no me sacan especialmente de quicio.
Hace mucho tiempo, cuando aún era adolescente y hacía cosas como intentar chupármela a mí mismo, la vida me parecía un molesto lastre. La vida era eso que todo el mundo me obligaba a hacer. Yo no había pedido nacer, y la nada no me molestaba. Cuando fui creciendo esa sensación se fue disipando, y comencé a entender que casi todas las ordenes que me daban tenían algún sentido. Creció mi sospecha de que quizá una mujer podía ser la solución, la respuesta a todas las preguntas; y no porque fuera a resolver mis dudas, sino porque me haría dejar de analizarlo todo. Desde hace años ruego por quedarme figuradamente ciego. Esta es mi verdad, te quiero sólo si eres real y me vas a mimar después de haber cerrado la ventana al mundo.

Mientras Anarquía se bebe su leche, decido sacar a pasear a mi perro, Ácrata. Le pongo la correa y salimos de casa. Ácrata es un Gran Danés, y ya parece llevar una eternidad conmigo. El día que lo compré cumplía un mes viviendo solo en mi piso, él era casi un cachorro; los dos lo éramos. Antes de mí, Ácrata no tenía nombre, y nadaba en mierda metido en un cubículo de cristal. Cuando me lo llevé de la tienda de animales, parecía estar a punto de morir de inanición; olía a serrín y su mirada parecía demandar una eutanasia tranquila. Ya no recuerdo cuánto me costó, pero me sentía como si acabara de conseguir una prórroga para un condenado del corredor de la muerte. Lo que hago todas las tardes es llevármelo a un bosque a las afueras de la ciudad. Son quince minutos a pie, y sólo hay que irse de allí antes de que anochezca y los enamorados y las mascotas den paso a los adolescentes que necesitan follar o drogarse. De momento hay tiempo, aún faltan unas dos horas de luz. Ya caminamos entre arboles. En el suelo de hierba aplastada se ve algún condón de vez en cuando. La moda de las pastillas hace que ya no tenga que estar tan pendiente de que Ácrata no se clave alguna jeringuilla usada. Esto no es lo que llamarías un parque natural. Es más bien una pequeña colina que hay entre el culo de mi ciudad y un barranco que da a una autopista. Los arboles viejos y el sol, hacen que por las tardes este no sea un sitio desprovisto de encanto. Toda la poesía parece ser así. Y además, las maravillas de postal dejan de serlo según el estado de ánimo con el que mires. Ácrata corre de un lado a otro. Los perros parecen descubrir por primera vez los mismos sitios todos los días. Debe ser por el enclaustramiento. Algún día espero poder llevar otra vida con una persona que no necesite esa esclavitud para tener el mismo entusiasmo. Me atrae sobremanera cualquier cosa en peligro de extinción.

No es bueno que tu perro -o cualquiera de tus animales domésticos- comience a actuar de forma extraña. Ácrata se ha alejado y ladra de forma insistente y nada habitual en él. Comienzo a andar con prudencia hacia donde está. Hay un árbol, y mi desconocido perro le ladra a lo que sea que haya detrás. Al ver lo que hay, al principio me vienen a la cabeza esas muñecas de porcelana, blancas, alumbradas por un relámpago en las películas de terror. Hay un cadáver de una chica, de unos catorce años quizá. Tiene la espalda apoyada en el árbol y la cabeza ladeada. Mi intuición forense televisiva me dice que no ha muerto hace un rato precisamente. Huele mal si te acercas, pero el viento que hace disimula bastante la situación. La chica está vestida con unos tejanos y una blusa, tiene señales de pinchazos en el brazo derecho. Una yonqui que debió hacer poco que tuvo su primera regla. Oigo unos pasos. Miro hacia atrás y veo a un hombre de unos cuarenta años con una niña que debe ser su hija. La niña acuna a un perro que se retuerce en sus brazos intentando zafarse, seguramente enloquecido por el olor que le llega. Cuando voy a advertirles de lo que pasa, la chiquilla ya ha visto el cadáver, y ha roto a llorar. Normalmente, la realidad es para mayores de edad. Le digo al tipo que acabo de encontrarme el cadáver, que parece llevar ya bastante tiempo aquí. El hombre asiente, no me dice nada y coge a su hija de la mano. Se van. Y puedo imaginar a un montón de gente habiendo hecho lo mismo durante los dos o tres días que debe llevar aquí el cuerpo. El motivo por el que no hay nadie. Sólo algunos despistados que cogimos otra ruta los últimos días hemos seguido viniendo. A veces no me entero, soy como un niño. Ácrata ha olisqueado el cuerpo durante algunos minutos, y ahora va de un lado a otro, despreocupado, intentando llamar mi atención.
Un cadáver puede comenzar a pudrirse un día, y la gente va a conformarse con que a ellos no les llegue el olor. Esto parece el microcosmos de lo que es el mundo, un ejemplo a pequeña escala. Cuando llego a casa llamo a la policía. Iluso de mí, pensaba que sólo tendría que darles algunas indicaciones y ellos se ocuparían del asunto. Pero al parecer voy a tener que acompañarles en persona.

Así que, subimos colina arriba, cada uno con su linterna. Once de la noche. Subo acompañado de dos agentes y una mujer que ya se está colocando los guantes de látex. Intento no perderme con toda la comitiva. Y cuando quiero situarme, veo que el árbol grueso está apenas a unos diez metros.
– Es aquel árbol, está detrás de aquel árbol – indico.
Los dos agentes y la forense se encaminan hacia allí. La forense llega primero, se arrodilla y sujeta su linterna con la boca para poder tocar y observar el cuerpo. Respiro aliviado después de ver que el cadáver sigue allí. No dejaba de pensar en que la niña muerta habría desaparecido y yo tendría que contestar a un montón de preguntas. La forense dice que ya lleva unos cuatro días muerta, aproximadamente, que seguramente murió por sobredosis, o que quizá se suicidó, que tampoco sería extraño. Estoy deseando volver a casa con Ácrata y Anarquía. Uno de los agentes me dice que tan solo requerían de mi ayuda para encontrar el cuerpo, pero que será mejor a que espere a que acaben de confirmar el hallazgo y bajar todos juntos otra vez.
Después de dar la orden de levantar el cuerpo, y dejar la investigación en manos de la autopsia, los dos agentes, la chica y yo, volvemos por el mismo camino. Ante lo extraordinario de la situación, me da por decir:
– ¿Alguno de vosotros tiene gato?
Los agentes niegan con la cabeza. La forense sonríe.
– Yo tengo dos gatas – dice.
– Ah… lo digo porque… ¿cuántas veces al día les das de comer?
– Bueno, como mínimo dos.
– Uhm… dos…
– Mientras les des su comida, claro, no les des verduras o cualquier cosa improvisada. Y si es diabético o tiene algún trastorno alimentario debes informarte.
– ¿Hay gatos diabéticos?
– Claro que sí.
– Ya… pues no, creo que está sana, que yo sepa…
– Si no estás seguro, llévala a una revisión… al veterinario…
– Ya…
– El veterinario, ya sabes, el médico de los animales – sonríe.
– Ahí llego, gracias…
– ¿Dónde vas ahora?
– Eh… a casa, voy a casa.
– Ya…
– A casa, ya sabes, el comedor, el dormitorio, la cocina…
– Vale, vale, sí… – me interrumpe.
– Oiga… – me dice uno de los policías -, ¿se puede saber con quién habla?

Muchas veces has podido pensar que has perdido el control de tu vida, pero eso es sólo algo figurado. Tu vida no es la mía. De pequeño ya me advirtieron. ¿Sabes esa broma en la que alguien comenta que debiste darte un golpe en la cabeza nada más nacer? Pues esa es mi historia oficial. Mi padre se puso nervioso y debí poner el suelo de la habitación del hospital hecho un Cristo. Me lo contó mi madre, entre lágrimas, cuando tenía doce años y mis amigos imaginarios no eran sólo mi forma de jugar cuando estaba solo. Pensé que la niña muerta podía ser nada más cosa mía. Pero esta vez era la forense. Mi proyección de la mujer ideal ha sido otra vez culpa de mi lesión cerebral. Ha sido mi novia imaginaria número tropecientos. Mis mejores relaciones duran lo que alguien tarda en preguntarme con quién hablo. Cuando deseo algo con fuerza dejo de tomar mis pastillas. Ahora estoy con la psiquiatra de la policía. Me dice que han ido a registrar mi casa, y que hay un perro enorme; hay sacos de pienso llenos y un cuenco lleno de leche con el símbolo anarquista del círculo con la A dentro. Pero no hay ningún gato. Me pregunta que si esto me pasa a menudo. Le digo que no tiene ni idea, que ahora mismo podría estar hablando con la pared. Le comento que mis novias reales nunca entienden por qué evito el sexo. Es desagradable desnudarse para darse cuenta de que uno está solo. Me pregunta, dando mil rodeos, que si soy peligroso. Le digo que no, que voy de culo, pero que no soy peligroso, sólo he dejado de tomar mi medicación.
– ¿Por qué?
– Es muy fuerte, y muchas veces me hace polvo el estómago – miento.
– Y no tiene un medicamento alternativo.
– No…
– Pues debe retomar su medicación, y controlar su dieta. Me imagino que prefiere que todo cuanto ve sea real…
Y yo imagino a todas esas actrices de reparto que han entrado en mi vida, y mi única diferencia al descubrir que no existían, es la de que yo sueño despierto, y la gente siente su desazón cuando ha despertado de un sueño bonito.
– He sufrido esto toda mi vida y es una mierda, pero no te preocupes. Ahora sé que todo lo relacionado con los gatos no merece mucha credibilidad.
Se hace un silencio. La mujer me mira con curiosidad, como si debiera estar llorando en un rincón en lugar de mentir para salir de aquí. Entonces, se levanta y se pone su chaqueta. Me dice:
– Me interesa tu caso… la verdad… – me tutea – ¿Te importa si cenamos juntos?
– Bueno…, pero antes quiero saber una cosa.
Me pongo de pie y voy hasta la puerta. Tiene un pestillo. Lo cierro.
– Si lo de mi caso sólo es una excusa para salir conmigo, tienes que bajarte la falda y las bragas, y dejarme ver qué pasa… – Hago una pausa esperando que me mande a la mierda, pero no lo hace, así que digo:
– El sexo siempre funciona…
Algún día espero poder llevar esa otra vida real, con esa otra persona que busco, que no necesite la esclavitud para sentir entusiasmo al ver el Sol. Me atrae sobremanera cualquier cosa en peligro de extinción, incluidas las mujeres reales que sienten algo por mí. La doctora, que parece a todas luces de verdad, mira hacia la puerta cerrada, y comienza a desabrocharse la cremallera de la falda.

15 comentarios en “Realidad intermitente

  1. Bueno

    Buenísimo, el mejor en semanas.

    Me ha encantado la doctora que “parece a todas luces de verdad”, la naturalidad con la que vive su problema mental.

    Muy entretenido

  2. ¡Enhorabuena!
    En primer lugar por el relato. Es el que más me ha gustado en cierto tiempo.
    Y, en segundo, por las cincuenta mil visitas. Eso se merece una celebración.

    Quería recomendarte, aún temiendo que ya lo hayas leído, el relato: “Esta salvaje oscuridad” de Harold Brodkey.
    A su vez, y si no es mucho ocupar, los excelentes libros “Manhattan Transfer” de John Dos Passos; y “El turista accidental” de Anne Tyler.

    Ahora me planteo si “escribir es vivir” o es morir; de lo que estoy seguro es de que leer es vivir; eso sí.

    Un fuerte abrazo y muchos ánimos.

  3. Anda mira, ahora entiendo que parta ti lo util es el porno amateur, los ovnis y el futbol…..desde luego, vivimos en mundos diferentes…..Que lso Dioses me alejen de gente util como tu, amigo

    Jordi M. Novas dijo…
    que pocas páginas web hay mínimamente útiles..

    9 de abril de 2008 19:04
    Anónimo dijo…
    Jordi m.novas es muy sencillo, tienes razon, no creo que esta pagina te sea util. Es para gente capaz de soñar desde su gris puesto de trabajo, gente capaz de reirse de si mismo, gente que prefiere un mundo mejor, donde lo util sea menos importante que lo hermoso, lo bello, lo feo, lo diferente, lo emocionante, lo terrorifico, lo extraño; es evidente que no es una pagina para la gente util como tu….

  4. lucinda dijo…
    Hola Jordi, la página es de una asociación que nos ha pedido que les dieramos un poco de publicidad y que además está haciendo una buena labor. Para discutir te presto a la otra Lucinda; Lucinda es uno y trino como dios, o una y trina como la de naranja. En cuanto a la inutilidad a mi me pasa como a Doctor Explosión; que estoy contento de ser un inútil.Saludos y enhorabuena por lo de Sylvia.

    10 de abril de 2008 7:33

  5. Es extraño cuando la gente discute a través de internet. Nunca se sabe muy bien qué es lo que se pretende.

    Quería anunciarte que he pensado en volver a escribir en mi blog: Anarquismo Cinematográfico. Llevo una semana de insomnio a base de ver Cine. Ahora también tengo tiempo de escribir un rato.
    Con ello, aprovecho para invitar a tus lectores y, por supuesto, a ti, a que leáis mi último artículo publicado: “Amelie: Peloteo, masturbación mental y palmadita en la espalda”.

    Adjunto el link, mando saludos a todos tus lectores, y, a ti, un fuerte abrazo.

    http://anarquismocinematografico.blogspot.com/

    ¡Hablamos!

  6. Cuando se discute por internet normalmente se acaba difuminando el motivo de la discusión, y al final todo se convierte en una competición para ver quién mea más lejos..

  7. siempre aparece algún reaccionario quejándose de vicio ante la buena literatura. como todo es opinable, allá él. pero este relato es cojonudo y últimamente, Jordi, estás en forma, así que si puedes, degenera un poquito más, libérate un poquito más si cabe de prejuicios y pensamiento único y seguirás creciendo hasta no necesitar la esclavitud de las críticas para llegar a sentir entusiasmo al ver el sol de la Alta Literatura.

    Un saludo, amigo. Cuídateme.

  8. Gracias por tu comentario y crítica en Amelie.

    Mi amigo Rentero la destaca en su blog y te trata de genio. Quizá te guste leer sus palabras al respecto.

    Un fuerte abrazo y, recuerda, lo que buscamos está en el camino, no al final de él.

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