Archivos Mensuales: mayo 2008

Accidente

Cuando tienes un accidente, o te pasa algo catalogable como grave, nunca es como lo hubieras imaginado. Siempre es diferente y más crudo en cierto modo, obviamente, pero además no parece que puedas acertar con la desgracia. Como buen cobarde, occidental, aprensivo y miedoso, he imaginado cientos de cosas que podrían pasarme: accidentes de coche, quedarme encerrado en ascensores, morir mientras duermo, joderme la espalda y quedarme en silla de ruedas, quedar ciego de la noche a la mañana, etc… Pero lo que nunca imaginé es que me mordería un tiburón. Un tiburón en el Mediterraneo. Y luego todo el mundo te dirá que no te atacan a no ser que se sientan amenazados, que la peli de Spielberg sólo es otra peli de terror más. Y ahora yo tengo otra razón más para vivir con miedo.
No era el típico monstruo de cinco metros con una boca como el túnel del Metro, todo sea dicho; pero era lo suficientemente grande para morderme en una pierna, zarandearme, y poder olvidarse de comer durante unas horas. Así que ahí estaba yo, con un trozo de pierna menos entre la rodilla y el glúteo izquierdo; con el hueso al aire, desangrándome semiinconsciente, mientras dos bañistas me sacaban del agua observados por la multitud de agosto desde la orilla, todos usando la mano como visera y poniendo cara de póquer.
Mientras era atendido en la arena, vi a dos chicas apartándose de mí y oí cómo vomitaban detrás del muro de voyeurs. Pornografía snuff; te da demasiado asco pero tienes que mirar. Y la gente que no miraba debía ser de ese tipo de personas que se mareaban hasta de pequeños en clase de naturales.
Durante mi estancia en el hospital, mi madre me trajo un libro que hacía tiempo que esperaba vía postal; un libro de Amy Hempel, de relatos. El primer relato se llamaba “Yendo”, y comenzaba así:

“Esta mañana hay una errata en el menú del hospital. Lo que quieren decir, creo, es que esta noche servirán el asado con rábanos importados. Pero lo que dice aquí, en la bandeja del desayuno, es que servirán el asado con rábanos amputados.
Una palabra que a nadie le gusta oír después de haber dado dos vueltas de campana a noventa para aterrizar de costado en una zanja.”

Sí, qué casualidad lo del hospital, pero eso es lo de menos. Lo que importa es que Amy Hempel es tan buena, que llegas a dudar sobre si disfrutarías más follándotela o leyéndola. Despierta en ti toda clase de sensaciones, y todas, ya partan de lo escabroso o lo poético, son positivas, inspiradoras. Si me preguntaran sobre buenos motivos para vivir, Amy Hempel sería uno de ellos. Casi te acaban dando pena todos esos escritores que intentan poetizar partiendo del amor que anhelan, con esas frases larguísimas y llenas de comas, que acaban por espantar a mucha gente. Esa gente que decide leer un día para pasar a no volver a leer nunca más.
Así que ahí estaba yo, devorando a Amy, procurando no mirarme la pierna, que iba a quedar no con una cicatriz, sino con un hueco enorme donde faltarían para siempre unos tres kilos de mí. Y eso si todo iba bien. Adiós a la posibilidad de tener un buen desnudo algún día. Me estaba comenzando a sentir como esas mujeres a las que les han extirpado los pechos por culpa de un cáncer de mama. Salvando las distancias, claro; pero ellas, de tener mucho complejo, por lo menos pueden hacer el amor con una camiseta puesta, o ahorrar para silicona. Vamos, que la cuestión es que no me iba a quedar con una cicatriz de las que te hacen más interesante.

En cualquier momento, da igual la situación, siempre soy capaz de elegir el comentario menos oportuno, el paralelismo mas chorras o sádico con el que quedar mal. Soy la otra cara de la moneda del típico ligón encantador que todo el mundo adora. Sí, soy alguien que asociaría el mordisco de un tiburón con el cáncer de mama. Y los antagonistas, los antihéroes cínicos, no caen bien en el mundo real. La realidad es para quien sabe hacer un buen papel en ella. Soy un actor de pena, desfigurado y llorón, cagado e incapaz de interpretar otro papel que no sea el de hacer de mí mismo. Una combinación poco adecuada para afrontar la vida. Reúno algunos de los peores rasgos que puede haber, y encima mi mayor talento es sacarlos a relucir.
Una vez leída Amy, le dije a mi madre que me trajera el ordenador portátil. Al día siguiente me lo trajo. Y comencé a escribir, que es la manera más efectiva para que las horas pasen a toda leche. Y es que eso del Carpe Diem siempre lo he hecho al revés; esa filosofía debe hacer que mucha gente se pase la vida corriendo de un lado a otro pensando que se están desangrando de algún modo, que se acaba el tiempo. Hay un trasfondo de pesimismo salvaje en todo eso; a mí todo ese rollo vitalista me parece un truco que tienen los optimistas para ocultar su miedo a morir.
Es verdad, a todos nos gusta pensar que son los demás los que se equivocan, pero cuando estás a la espera de que alguien te diga si te van a amputar la pierna, eso se amplifica, surge tu versión más cabrona.
Rábanos amputados. Me pasé varios días soñando con rábanos amputados, con Amy Hempel de jovencita y en bikini buceando en aguas demasiado limpias para ser el mar. Sí, casualidades; mi vida se comenzaba a parecer a un primer borrador de Paul Auster.

Había una enfermera que siempre me atendía sonriente, me daba los buenos días y se comportaba como si su trabajo no consistiera en la enfermedad y la muerte. Blanca. Pero lo realmente desconcertante era su edad. No era la típica señora mayor amable a la que le recuerdas a su hijo. Era una chica de veintitantos que parecía no saber que los hombres sólo vemos tetas y culos por doquier. Llevaba esa especie de camisa banca y esos pantalones del mismo tejido que la camisa. Era una de esas chicas guapas y jóvenes que quisieras llevar algún domingo a casa de tus padres para darles la buena noticia. Lo que decía, tetas y culos. Ves belleza y ya estás pensando en compromiso (aunque no te lo creas ni tú), como si los pechos de las mujeres nunca cayeran; como si las mujeres guapas nunca envejecieran. Si ves lo suficiente la tele, ya habrás visto a esos millonarios que se arrugan cada año un poco más, de una década para otra engordan y les salen canas como a cualquiera; pero sus parejas siempre son jóvenes. Da igual si tienes cuarenta o setenta años, tu novia nunca puede pasar de los treinta. Para que luego todo el mundo por ahí se harte de escribir canciones de amor. Que ya es como escribir sobre fantasmas.

De haber sido un tío al uso, alguien normal y amable, puede que mi vida hubiese sido un coñazo, pero por lo menos yo ahora no viviría con sentimiento de culpa. Me explico. No hay que menospreciar el poder de las palabras. Vale, es verdad que estoy dando rodeos. Cuando le cuento esta historia a la gente, siempre procuro ir poco a poco, para confraternizar, para que al llegar al final no me odien. Pero pocas veces resulta. Siempre empiezo dando detalles sobre cómo me mordió el tiburón, que me desangraba, que soy un desastre, que siempre la cago; cuando en realidad todo eso sólo son las casualidades que me llevaron a conocer a Blanca. La enfermera vitalista, alguien que me podría haber hecho feliz si no fuera por mi manía de hablar sin parar soltando dardos venenosos. Y vale, sí, sigo dando rodeos. Y qué.

Llegó el día en que Blanca se decidió por hablar más a allá del saludo cordial. Quizá porque estaba aburrida, o quizá porque yo ya llevaba unos días en esa habitación y se sentía moralmente obligada. O quizá se sentía atraída por mí, pero eso no tiene mucho sentido, para qué me voy a engañar.
Cada día ella pasaba más rato en la habitación, así que cada vez la charla era más larga. Cada vez me sentía más suelto, así que cada vez estaba más cerca de comenzar a decir tonterías. Lo malo de la confianza es que el filtro de contenido que actúa entre tu cabeza y tu boca es más y más débil a medida que pasa el tiempo. Cuanto más estrecho es el lazo de amistad, más posibilidades hay de que se rompa en pedazos. Esto puede sonar a contracorriente, pero preguntad a todas esas parejas que se separaron y ahora no quieren ni saludarse. Esos grupos de amigos, compañeros de trabajo, matrimonios, hermanos. Es la historia de la humanidad, y sí, apesta.

No sé si fue al quinto o sexto día cuando me dijeron que casi con toda seguridad perdería la pierna. Había infecciones de todo tipo de mierdas que la gente tira en el mar, en la arena. Me dijeron que si comenzaba a oler realmente mal la herida, tendrían que echar mano de esa especie de motosierra quirúrgica. El discurso del doctor fue más fino, pero venía a decir lo mismo. Me decía: No te hagas ilusiones.

Y esa misma noche, después de la visita del doctor, ya hundido y sin ganas de nada, Blanca vino a verme. Y con su mismo tacto de siempre me comenzó a hablar de las ventajas de las piernas ortopédicas. Sí, lo bueno de las piernas ortopédicas es que no se pueden gangrenar. No me dijo eso, pero vamos, fue lo que yo entendí. Y entonces, me desaté. Fue cuando Blanca me habló de su depresión, de que estaba saliendo de ella. Nunca lo hubiera dicho.
Y dije que no me extrañaba que anduviera deprimida rodeada de escoria como yo. Que el mundo es un sitio cruel. Y ella me miraba, sin pestañear. Sí, decía yo, la felicidad surge del autoengaño. Por Dios, nunca nos acordamos de todos esos niños que caen muertos por culpa de armas fabricadas en el seno de nuestro mundo occidental feliz. Le dije que no es que ella estuviera deprimida, que eran los demás los que estaban ciegos. Adelante, le dije, llora. Y ella echó a llorar. Y continué explicándole mi teoría sobre la humanidad, sobre cómo unos repetimos postre mientras otros tienen que comer tierra. Piénsalo, Blanca, piensa en toda esa miseria concentrada en nuestro planeta. Eso que no nos ha tocado vivir por haber tenido suerte geográfica. Piensa en todas esas madres que dan a luz niños muertos; ten en cuenta que miles de personas viven aún en una Edad Media forzada mientras nosotros llevamos cientos de canciones en nuestro Ipod. ¿Te das cuenta, Blanca?, decía, tú no estás deprimida, los psicóticos son todos los demás. Tú eres una mujer amable y generosa que mira a su alrededor con curiosidad y que no entiende lo que ve, le dije, pero no lo entiendes porque no se entiende.
Blanca salió de la habitación, llorando. Y yo habría seguido hablando de no ser porque ya no tenía interlocutor. La realidad era que iba a perder la pierna izquierda a cambio de un muñón asqueroso, y eso me reventaba. Odiaba a todo el mundo por decirme que tenía que ser más feliz, que no podía tomarme la vida tan a pecho. Como si todos ellos tuvieran respeto por la vida más allá de sus coches y sus putos fondos de armario. La realidad, era que estaba enfadado, y puede que en ese momento esa fuese la única realidad fiable en mí.

Me pinchaban en la pierna cada dos por tres, y estaba medio aturdido por las drogas al día siguiente. Al verme despertar, el doctor sonrió. Capullo de mierda, pensé. Y él me dijo:
– Siento haberte asustado ayer, me precipité. Lo siento.
Dijo:
– Esto está en franca mejora, dentro de unos días saldrás por tu propio pie de aquí, y con las dos piernas.
Mis padres estaban en la habitación. Cuando miré hacia ellos, vi una sombra pasar junto a la ventana, cayendo. La ventana estaba justo detrás de mis padres. Mi madre se sobresaltó. El doctor corrió hacia la ventana, la abrió y miró hacia abajo durante unos dos minutos, llevándose las dos manos a la cara. Y yo, en mi sensación de cabreo mezclada con alivio, pensé: Te está bien empleado, matasanos. Y lo pensé aun sin saber por qué el hombre lloraba.

Salí del hospital al cabo de unos días, algo cojo. Me acerqué a la zona donde había caído Blanca. Aún había algún resto de sangre seca que los servicios de limpieza no habían conseguido derrotar. Y todo por mis cometarios chorras y sádicos, mis discursos de cobarde occidental aprensivo y egoísta.
Luego me dirigí hacia el coche con mis padres, y mi madre me dijo si esa chica era mi enfermera. Le dije que no.
A menudo paso por la zona. Ya habiendo pasado casi medio año, paso por allí cada vez que me siento mal, cada vez que me enfado con mis padres. Y la sangre sigue allí hasta que alguien decida levantar la calle para hacer obras, haciendo desaparecer para siempre cualquier vestigio de Blanca. Cuando tienes un accidente, nunca es como lo hubieras imaginado. No. Y quizá en un mundo justo yo ahora no tendría pierna izquierda y ella seguiría viva. Todos los viernes como rábanos, mi madre no sabe a qué viene el empeño. Y si algo sé seguro es que nunca seré feliz del todo, porque aunque sólo pueda tener razón parcialmente en cuanto a esta vida, eso no va conmigo.

(Si tuviera que hacer una lista de mis diez artistas favoritos de cualquier campo, Pj Harvey entraría de cabeza en ella. Este video no es apto para esa gente que cree que OT es un programa musical. El resto, disfrutadlo. El tema se llama: “The Devil”. Y es del disco: “White Chalk”)

El muerto al hoyo…

Hola, Diario.

A saber de dónde viene ese olor. Ese olor como a final. Peste de cadáveres amontonados. Pero lo curioso no es detectar que algo está podrido; lo verdaderamente sorprendente es darse cuenta de la cantidad de gente que aún no nota el olor.
Y lo indignante es saber que muchos de los que dicen que no lo notan, mienten.
Como suicida potencial sin cojones para suicidarse, debo decir que por mí puede levantarse la sesión. Por mí podéis iros todos a vuestra puta casa.

Cuando era pequeño mis padres siempre me decían que no dijera tacos: “No digas palabrotas, coño”.
Y obviamente eso no me convertía en un niño especial, sólo en otro niño con padres hipócritas y un futuro de hipocresía inabastable. Un futuro lleno de amor y buenas intenciones infectado por las formas. No puedes querer sólo por sentirte obligado a ello. Las familias a veces sólo son grupos de personas; los anuncios de televisión sólo son anuncios de televisión. La religión católica sólo es una historia más. La verdad está enterrada bajo todos esos cadáveres que apestan. Y las opiniones sólo son opiniones, sí, pero no es aconsejable omitir unas para quedarse con otras. La realidad suele estar anclada entre lo que piensas tú y lo que pienso yo, aunque ninguno de los dos lo reconozca jamás.
Es demasiado duro detenerse a pensar. Pero es adictivo. Una vez te hueles que algo no cuadra, luego ya nunca vuelve a cuadrar nada. Quizá es esta mentalidad la que hacía quemar libros a los nazis. Filosofar es la vía más rápida hacia la infelicidad. La gente no lee, dicen, y eso de algún modo nos hace vagar por el mundo cada uno con su yunque particular flotando encima de la cabeza, siempre a punto de aplastarnos. Pero todos parecemos preferir la posibilidad de una muerte intelectual absurda al más mínimo resquicio de infelicidad. Todos esos libros amontonados y ardiendo… Los nazis… La política… No sé nada, dejadme en paz, tengo cosas que hacer… No te preguntes por qué en tu ciudad no se ven apenas las estrellas de noche. Ya sabes, no sabes nada. Atiende a lo tuyo. Han sacado unos preservativos con sabor a berenjena. Conéctate para desconectar. Amóldate a lo virtual. La realidad es para los aburridos de la vida. Tu hijo se está aficionando demasiado a Stephen King y nunca le ves con amiguitos. Tu mujer… bueno, prefieres no pensar en eso. Piensa en otros, otras personas más infelices. Luego respira, contén el aire, y suéltalo poco a poco. Y ya te sientes mejor. Acude a esas reuniones de terapia de la risa, y mientras lo haces no pienses en matar a tus compañeros por querer obligarte a reír a carcajadas. Revuélcate en esa habitación, rodeado de espejos, y recuerda que deberías apuntarte a un gimnasio. El proceso de fortalecerse es práctico. Cuando llevas ciento cincuenta abdominales ya no piensas. A más peso levantas menos te importa lo demás. Cuanto más te gusta tu imagen en el espejo, menos importa todo, menos culpable te sientes. Y además puedes alegar que no lees porque no tienes tiempo. Tienes la agenda apretada y los abdominales duros. Eres una sonrisa sana, un tipo desprovisto de inquietud, un elfo, un budista consumista. Ya estás más cerca de eso que buscas, cada vez más cerca.
El conocimiento es el lastre del que debes deshacerte para llegar hasta la credulidad que te mantendrá feliz.

Ese es el texto, Anabel. Te lo he copiado tal y como estaba, la hoja original ya casi no se podía leer. Mi madre quería tirar el Diario cuanto antes. Espero que te sea de ayuda para la tesis. Y espero que mi opinión también. Eso fue lo último que escribió mi hermano en su Diario personal. Lo tenía muy bien escondido, porque yo ya lo habría leído de no ser así. Al final sí tuvo cojones para suicidarse, ya ves. Es raro cómo escribía; como si le hablara a alguien. Le enseñé a mi novia este texto y dijo que vaya tela, que no le extrañaba nada. Aunque fue extraño y triste que muriera, todos esperábamos que algún día hiciera algo así. La que más lloró fue mi madre. Mi padre nunca le entendió, y los demás le veían como un bicho raro, igual que le veía yo. Estaba siempre callado, y cuando hablaba le molestaba todo. Era un amargado, la verdad. No quiero ser cruel, pero era así. Después de cinco años desde que se mató, me he dado cuenta de eso. Ahora mis padres, después de pasar el maltrago inicial, viven más tranquilos, sin tener la incertidumbre que tenían antes por él. Estaban siempre discutiendo e incómodos por su futuro. No iba a acabar bien de todas formas. Me pediste que fuera sincero y es lo que estoy haciendo. Espero que no te suene cruel todo esto. No es que quiera justificarme, pero soy de los que dejan las cosas claras.
Encontré el Diario revolviendo su habitación, cuando no estaban mis padres. Mi madre la conserva tal y como él la dejó. Llegué del Centro Deportivo, ese que hay cerca del estadio, pero me había olvidado una sudadera en el vestuario y tuve que volver a por ella. Entonces volví a casa, me puse a buscar y tenías razón, era fácil que escribiera un Diario. Pensándolo bien, nunca hablaba con ninguno de nosotros. Podía haberlo hecho, pero no sé por qué no quería. Leí las primeras páginas, pero tuve que dejar de leerlo. En la primera página ponía algo así como que a través del Diario cualquiera podría entenderle; era una especie de nota para quien lo encontrara algún día. Pero mis padres me dijeron que no le dejara el Diario a nadie, que era una cosa de familia. Que lo mejor era quemarlo. La verdad es que yo estaba de acuerdo. Y mi novia también. Confío mucho en ella.
Buf… no quiero enrollarme mucho, pero bueno, jeje… El caso es que me dijiste que escribiera cómo me sentía yo respecto a la vida, o respecto a mi vida o algo así, una vez asentada después de lo de mi hermano. Pues bueno, la verdad es que ahora estoy muy bien. Después de todo el mal rollo que supuso aquello, ahora más o menos todo me va bien. Los estudios van bien. Las tardes las tengo ocupadas, y la mayoría de noches duermo con mi novia. Bueno, cuando no están sus padres, pero casi nunca están. Es Marta, la que estuvo trabajando en el Hotel Plaza. Creo que la conoces. Los fines de semana salgo con mis amigos, es como una necesidad, para desconectar y eso. Y también estoy pensando en apuntarme a Inglés. Pero no sé si lo haré, porque no tengo hueco para ello. Hace un mes fuimos a París y estuvo muy bien. Quiero viajar más y eso, pero es que no me dejan tranquilo entre unas cosas y otras. Además ahora me estoy rallando, porque la hermana de mi novia me envía mensajes al móvil, y no sé cómo decirle que paso de ella. Pero bueno, aparte de eso, estoy bien. La verdad es que no me puedo quejar, jeje…
Y no sé qué más decir, te va a dar palo leer todo esto, jaja, pero bueno, supongo que te vendrá bien. Te he dicho lo que pienso, sinceridad ante todo. No me gusta ir de lo que no soy. Así que bueno, espero que te salga bien la tesis. Ya me dirás qué nota te han puesto. Te he adjuntado mi número de teléfono y mi dirección y todo eso. Estaba pensando que te vi el otro día en un bar, estabas con un grupo, erais bastante gente. Había un tío contigo, no sé si sería tu novio, pero bueno, jaja… En fin, me gustaría quedar contigo para que me digas qué te ha parecido esto. No por otra cosa, ¿eh? Jeje… Ya me dirás cuándo te va bien quedar. A mí me va bien el sábado que viene. Mi novia se va con unas amigas a no sé qué camping, y es mejor que sea discreto, aunque no pase nada. Es que ella no lo entendería, siempre me dice que me olvide ya de este tema… El día que hablamos me pareciste muy buena tía, en fin… Perdona por ser tan directo, pero es que siempre digo lo que pienso. Pero bueno, ya no me enrollo más.

Espero haberte sido de ayuda.

Ya me contarás.

Un beso ; )

(Que conste que me sigue gustando Buenafuente, y que me sigue pareciendo un monstruo. Y me rio de todos esos que se llevan las manos a la cabeza con lo del chiki chiki, diciendo que es un atraso cultural y un negocio, mientras ellos cobran diciéndo eso en los programas a los que van. Pero. ¿Por qué ya no hacen gags como este? A los que no entendáis el catalán, tranquilos, no cuesta pillar el concepto)

La postergación

El truco es la parsimonia y la apariencia. A la gente que nunca mataría a nadie o que nunca atracaría un banco. La gente que jamás donaría dinero para el tercer mundo o que nunca miraría más allá de sus intereses. A esa gente, a la gente normal, a la mayoría. A toda esa gente le basta con tu parsimonia y tu apariencia. Nada más. Y ya tienes vía libre.

Así que el día anterior me preparo. Voy a la peluquería, compro ropa nueva. Se trata de conseguir austeridad. Tienes que ganarte el respeto y la confianza de antemano. Tienes que hacerlo por el mismo motivo por el que a tu hijo no le contratarán en ningún sitio con todos sus piercings y toda su ropa negra y raída.
Así de fácil puedes engañar a todo el mundo. De entrada, tu pericia y tu inteligencia se miden por la frecuencia con la que vas a la peluquería, o por la ropa que llevas puesta. Tanta estupidez hay. La gente que tuerce el gesto cuando ve a quien viste diferente o no sigue las tendencias comunes, esa gente probablemente acabará casada más con fondos de armario que con personas. Hay quien confunde el amor con estuches carísimos de maquillaje, con minifaldas o trajes de diseño. Te casas con una selección cuidada de detalles en lugar de con una persona. Dices que quieres a tu pareja, pero no podrías soportar que se rapara la cabeza. Así de frágiles somos, así de idiotas. Y ése es el tipo de vacíos intelectuales que se aprovechan. Por ahí es por donde les sale la sangre a todos.

Por la mañana, el día señalado, apuro el afeitado y me pongo ropa de tío respetable. La idea es entrar en el colegio de mi hija. Si tienes ya cierta edad, la forma de colarse en cualquier clase de primaria es pareciendo el sustituto eventual. Unos pantalones tejanos nuevos, camisa azul celeste, zapatos negros y un maletín negro. Peinado anodino y cara rasurada. El sustituto. O el inspector de turno. O alguien respetable, da igual. En todo caso debe parecer que deambulas por allí por motivos profesionales.

Camino por el patio del colegio y los niños no me hacen ni caso. Entro en un pórtico y sigo caminando. Si me cruzo con alguien mayor de edad, digo: “buenos días”. Y quedo estupendamente. Aun con mi aspecto de tío del montón con obligaciones del montón, podría llevar una bomba bajo mi camisa. Pero eso parece imposible dado mi look, con mi sonrisa de haber dormido ocho horas y mi maletín. Imposible que yo pueda querer hacer lo que quiero hacer. Todo el mundo me mira y piensa que si bien no me conocen y camino tranquilamente entre los niños, seguro que los demás saben perfectamente a qué he venido.
Me dirijo por un pasillo hacia la sala de profesores. Sólo vine a una reunión de padres, pero ya hace dos años de eso. Nadie me va a recordar. Entro, la puerta está abierta. Acciono un interruptor y dos fluorescentes se encienden relampagueando en el techo, vaticinando una tormenta. La tormenta.
Todo el proceso vital que me ha traído hasta aquí comienza con un divorcio, sigue con mi mujer apoderándose de mi hija, y va a acabar fatal. Un final infeliz en la vida real como los que emocionan tanto en las películas. El mundo al revés. El fin del mundo, el apocalipsis metido en mi maletín de falso profesor hastiado de EGB. Y digo fin, por aquello de que cuando mueres, pues sí, se acaba el mundo. No vas a resucitar para poder ver la sesión golfa del final de los tiempos. Porque no soy mi hija, y nadie podría evitar que envejezca hasta morir. Es una cuestión de amor, no de genética.
Y es verdad que esto comenzó con un divorcio, pero en rigor, uno siempre omite lo que le incomoda contar. En principio la gente no se divorcia por deporte. Uno se casa y cree que está enamorado; luego sigues enamorado durante un tiempo y decidís dejar de usar anticonceptivos. Tu mujer un día da a luz a tu hija, y con todo, es imposible que puedas prever que un día vas a volverte loco buscando libros serios sobre vampirismo. Nunca pensaste que tu vida acabaría condicionada por un mito, y que ese mito podía acabar intentando matar a los vecinos durante la noche cuando aún estaba aprendiendo a sumar. Tu hija tiene seis o siete u ocho años, y después de haberla llevado a todo tipo de matasanos titulados, acabas llevándola a ver a tíos de los que te ríes cuando salen en la tele. Tíos con pendientes y túnicas, jóvenes góticos que imaginas perfectamente durmiendo en un ataúd, lunáticos que se pasan la vida esperando ver un ovni. En eso se ha convertido tu familia. Tu vida es eso de lo que no le puedes hablar a nadie. Y llevas años atando a tu hija por las noches porque aparte de ser sonámbula, podrías despertar una noche con su mandíbula cerrada alrededor de tu cuello.

Nadie aparece por aquí, la sala de profesores soy yo, y parece ser que sólo veré a alguien después de la primera hora de clases. No me molesta esperar. Aunque yo no vaya a vivir para siempre, la paciencia me define.
Y ahora, tan cerca de mi muy probable final, sólo deseo que mi hija maldita no llore por mí. Pero sobre todo, espero que no llore nunca por su madre; la mujer que se quedó con su custodia pero no supo aceptar la realidad. Todas esas familias disfuncionales de padres divorciados y peleas por coches y pisos no tienen ni puta idea de lo que es tener que adaptarse a una situación límite. Mírame con mi hija, años atrás, la primera vez que hablamos con un parapsicólogo y éste ni tan siquiera parpadeaba, escuchando. ¿Que a cuánta gente ha matado ya? Pues a Seda, su primera mascota, a dos psiquiatras y a una enfermera; y eso que yo sepa. El tipo hacía preguntas una detrás de otra, y lo único que conseguimos fue saciar su curiosidad, proporcionarle material para su próximo libro. Mi hija, la fuente de dinero de la que sólo beben los crédulos. La fugitiva que me ha convertido en fugitivo, en caza vampiros a tiempo parcial y padre a tiempo completo. Soy yo quien la ve llegar a casa y escruta su ropa buscando sangre. ¿Y esa gota de sangre en la camisa?
– Es mía…
– ¿Seguro?
– …
– No es tuya.
– ¡Sólo le he mordido en un dedo!
– ¿A quién?
– Un chico, no sé…
Un chico. Otro vampiro. Imagíname teniendo conversaciones así, día sí día no. Mi vida hundida. Y mi mujer casada con otro, en otro país, en otra vida, alejada de la realidad hasta que el vampirismo se contagie lo suficiente. Sólo es cuestión de tiempo que todo el mundo sepa en qué mundo vive; es cuestión de tiempo que los vampiros ocupen cargos selectos; unos cuantos años más y unos de ellos se presentará a las elecciones generales, y la gente tendrá que votar por la vida conocida o por la inmortalidad. Parpadearás y ya no existirán las ideologías, sólo la opción de ser o no ser vampiro, de tener que mirar la carta de los restaurantes o no poder acudir nunca a uno porque tu plato preferido son los comensales que los llenan. Y toda esa parsimonia y apariencia de la que la gente es fanática, será la que te haga tener miedo de todo el mundo. La misma ropa y el mismo maquillaje que adorabas acabará por hacer que te encierres en casa; la ropa interior que te encantaba arrancarle a las chicas con los dientes será la que te haga dudar sobre si tu siguiente novia no es tan sólo un truco para ser el próximo banquete que ella se trague con sus amigas inmortales. Lo cierto es que, sólo es cuestión de tiempo que dejes de ser humano, y quizá morir no sea tan malo en comparación con otras cosas.
Abro mi maletín y echo un vistazo. No recuerdo el modelo, el nombre del arma. El silenciador está colocado, aunque eso no va a evitar poner todo esto perdido y que se entere todo el mundo de la masacre. Todas las balas que llenan el cargador llevan marcada una cruz cristiana en un costado. Y yo, que era ateo. Así que, con mi nueva condición de creyente suicida, sólo tengo que apuntar al corazón de las víctimas. Como no sé cuántos de los profesores están convertidos, tendré que hacer caso omiso a mi moral y disparar a todo el que entre; como un nazi que paseara por un campo de concentración; la razón por la que no seguiré vivo. Mi venganza. Mi muerte por amor.
Porque un día mi hija va y me cuenta quién la convirtió; un profesor que ejercía en el parvulario y que ahora da clases de primaria. Un tipo elegante y sobrio, el que dicen ha convertido a todos sus compañeros y a muchas de las madres que no estaban satisfechas con sus maridos y acabaron en sus brazos. El profesor del año; el tipo encantador que moja bragas a su paso.

Varias moscas zumban cerca del techo. Sangre mortal corre por mis venas. El reloj corre para unos, y para otros simplemente está. Oigo un trueno fuera, el ruido atraviesa clases y paredes hasta llegar a mi sala de profesores. Y después, oigo movimiento por los pasillos.
Ruido. Mucho ruido. Alguien grita, una mujer. Saco la pistola del maletín y me pego a la pared al lado de la puerta. Se suponía que yo era el que iba a liarla hoy aquí. Oigo un golpe en la puerta. Un gorgoteo de alguien muriendo. Luego la voz de mi hija, un grito. Un charco de sangre entra creciendo por debajo de la puerta. Sangre oscura de vampiro, sangre de otros. Se oye a la gente correr y no me atrevo a salir de la habitación, muerto de miedo, tembloroso. ¿Así iba a matar a una cuadrilla de esos bichos? Sujeto la pistola apuntando al frente, procurando no dispararme en un pie. Se abre la puerta y asoma la cabeza de mi hija; mi hija de catorce años. Se me queda mirando y me dice que ya sabía que iba a venir, pero que no le haga preguntas. Me coge la pistola y dice que no puede permitirlo. Cualquier vampiro crecerá hasta la edad de veinte años, y ahí se detendrá. Cualquier vampiro convertido más allá de los veinte años tendrá el mismo aspecto para siempre, hasta que decida suicidarse, si lo hace. Mi hija deja la pistola en la mesa de la habitación. Yace en el suelo su profesor, el tipo encantador, con el pecho desgarrado. Algo que debe ser su corazón descansa desgajado a unos metros, en el suelo. Lo cierto es que nunca he oído hablar de vampiros suicidas. Y mi hija me dice que hasta cuándo voy a querer sufrir, que no me cree capaz para el suicidio. La miro a los ojos.
Y voy a mezclarme entre la multitud con mi sano aspecto. Voy a ser normal por fuera para parecerlo por dentro. Voy a seguir igual, pero con matices. Decido que sacaré mi entrada para poder presenciar la sesión golfa que nos enseñará el final de los tiempos. Mi final. El fin del mundo a lo grande. Porque no sólo Dios tiene derecho a verlo. Así qué, viendo pasar delante de mis ojos grandes avenidas abriéndose en dos por el suelo hasta dejarnos ver la luz del infierno; oyendo a la gente gritar en una orgía de miedo y dolor, viendo qué es lo que acaba con nosotros; atisbando el gran final que Dios y el Diablo nos preparan, veo cómo mi hija me coge la muñeca y acerca su boca a ella; me mira antes con sus ojos verdes eternos, y me promete que no me dolerá.

(Hace unos añitos, un guionista tremendamente cabreado y James Wan parieron un corto (el video en cuestión) llamado “Saw”. Luego se hizo un largometraje que todos conocereis, con un guión blindado y mucha mala leche. Y después llegaron todas las secuelas que hartaron a la gente de tanta maquinita de tortura. Y es que algunas ideas es mejor explotarlas hasta que dejan de tener frescura. Pero ya se sabe, el dinero…)

Rita y las Rockettes

Respira hondo, aprovecha ahora. Porque algún día algún muchacho recto y emprendedor acabará por dar con el modo de envasar el aire.
Mientras el resto buscamos nuevos modos de salir adelante tropezando y construyendo eternamente niditos de clase media, algún buen hijo de padres orgullosos encontrará el modo de ganar a lo grande de forma unilateral a costa de los perdedores; del ochenta por ciento restante. Los nuevos modelos de negocio surgen de las nuevas capacidades de extorsión elegante. Tu subconsciente está a reventar de publicidad subliminal. Hasta Walt Disney incluía la palabra SEX en esas maravillosas caratulas de cuento de hadas; falos con escroto incluido, canciones que escuchadas al revés eran adoraciones satánicas. Al final da igual si es queriendo o sin querer, porque lo malsano venía en el pack, al salir de dentro de nuestras madres ya parece haber algún defecto de fábrica. Te imaginas a Dios o a cualquier ser supremo comentándolo con sus colegas en el paraíso, que varias partidas de seres humanos han salido defectuosas, nada que no puedan arreglar un par de bombas de neutrones. Te imaginas al arcángel Gabriel echándose unas risas con los apóstoles, todos mirando hacia abajo.
Digamos que la inmaculada concepción pudo ser real, y ni así podría ser comparable con el espectacular final del mundo futuro. En una pesadilla puedes ver todos los desperdicios flotando en el vacío espacial, todas las marcas y todos esos carteles publicitarios de productos que ya nadie podrá consumir jamás; porque ser emprendedor mola, y la vida eterna ni tan siquiera es factible para los planetas. Un poco de ambición aquí y allá, mucho conformismo, toneladas de ignorancia, lo rebozas todo con las migas de tu humanidad, y ya tienes un riquísimo plato tercermundista para paladares exigentes. Una comilona para magnates de futuro prospero.

Así que sí, coge mucho aire y contenlo. Mírate en tu sueño deambulando por casa con varias chicas alrededor bailando como las Rockettes, moviéndose al ritmo de alguna canción pop. No pienses en que no hay espacio para eso en tu pisito, o que eso es absurdo e imposible. Convierte tu vida en una paja constante durante la cual no tienes pornografía a mano; apaga los ruidos de diseño y pon en marcha la imaginación; la evolución tiene que ver con eso. La idea es sustituir parte del bombardeo de información ajeno con reflexiones propias. Lo llaman pensar; pero yo creo que sólo es curiosidad.

Te levantas con dolor de cabeza mientras tus sueños de apocalipsis y bailarinas con sombrero se desvanecen. La voz en off de tu cabeza comienza a maldecir, y tú comienzas a intentar ignorarla. Sé feliz, te dices. Inténtalo, concéntrate en los detalles, la leche del desayuno, el café, estás vivo, tienes salud, el tiempo pasa, el siguiente fin de semana. Dale al off de tu sinceridad para contigo mismo y enfréntate a un nuevo día. Míralo todo muy de cerca y acepta el ruido, respira humo, confórmate, lucha por lo que te digan que luches. Adáptate. Monta en tu coche y no resoples atrapado en el siguiente embotellamiento; esas son las arterias de tu vida, así que pon la radio y sube el volumen; canta y pon todo el énfasis innecesario que sea posible.
Sales de tu coche y caminas por la acera, abres varias puertas, avanzas por pasillos; te amoldas poco a poco a la idea de volver al trabajo. Tu empresa, el corazón que no debe dejar de latir para bombear dinero hacia tu coche, el alquiler, los vicios, tus trucos para desconectar. Entras en el comedor de la empresa y te cruzas con Rita, una compañera, la secretaria de alguien; te saluda cabizbaja, se va y recuerdas que un compañero te dijo que la atraías. Sacas un café de máquina y alguien te pone una mano en el hombro y te saluda y sonríe, abriendo la mandíbula como una excavadora y mirándote como si ya fueran las siete de la tarde. Tu jefe, el hijo de alguien y el padre de alguien; el tataranieto de quien fundó la empresa. O eso dicen. También se ha dicho que es gay, o que todas sus secretarias van a la calle cuando dejan de… aceptar sus condiciones. Así que te vuelves y le das la mano al posible enchufado gay que acosa a las trabajadoras. Cuando le conociste, tu primer día, hace unos tres años, hubieras dicho que era pederasta; estrechándote la mano con su garra sudorosa y su mirada embasada al vacío, enmarcada por su cara de asesino de peli de terror para adolescentes. No te costaba nada imaginar a la policía echando la puerta de su casa abajo para requisar su ordenador personal. Este es el tío de quien dependes. Saca su café descafeinado y repugnante de la máquina, y te dice que soplan aires de fusión. Te dice que la empresa va a pasar a llamarse de otra forma y que los nuevos socios son alemanes. Cuando llevas unos años dedicándote a la programación, sabes de las ventajas de la rutina, eso es mejor que cualquier cambio. Y tu jefe te dice que habrá recortes de personal, pero que no te preocupes, ya les ha hablado bien de ti, en inglés, subraya, y suelta una gran carcajada de enchufado pederasta gay que practica el bullying. Para ganar fama de lo que sea, da igual cómo seas y lo que hagas, basta con que tu físico y tu modo de lucirlo sea llamativo. La verdad es lo de menos.
Vas al lavabo, más para postergar el inicio de la jornada que por tus escasas ganas de mear. Entras en uno de los cubículos, y ves dibujos a bolígrafo de monigotes que se dan por culo los unos a los otros, y el nombre de tu jefe por todas partes. Te preguntas qué pensará cuando lo ve, te preguntas si llorará cuando está solo o si de verdad es homosexual y sólo se siente discriminado. Es la típica homofobia cachonda que hace gracia a todos menos a los objetivos de burla. Humor negro de naturaleza sádica. Todos esos dibujos y comentarios siempre son tu ocasión aceptada para poder mirar por encima del hombro a tu jefe en cierto modo. Le miras siempre pensado que él te podrá mandar, pero tú por lo menos no eres el saco de boxeo oral de nadie.

Te pasas el día sin mirar el reloj, y para cuando lo haces sólo ha pasado hora y media. Da igual si miras mucho o poco la hora, da igual si odias tu trabajo. Te pasas días enteros estresado hasta el límite y días como hoy, en los que deseas con todas tus fuerzas que pase algo, lo que sea, bueno o malo, algo que te entretenga y pasen cuatro horas de golpe.
A eso de las once de la mañana ves a Rita de mesa en mesa, hablando con todo el mundo.
Cuando llega a la tuya, gesticula procurando parecer confiada y, roja como un tomate, te dice que el viernes celebra su fiesta de cumpleaños, que si quieres puedes ir, pero que no debes sentirte obligado. La celebra en su casa, pero después podríais salir todos, ya sabes, a tomar algo. Muy bien, le dices, lo pensarás, pero en principio puede contar contigo. Rápidamente, Rita se va a la mesa que hay detrás de mí; un par de compañeros se vuelven y me miran. Y sonríen maliciosamente.

Al final el tiempo siempre pasa; estás toda la semana contando los segundos y todo parece una odisea, cada día es más largo que el anterior. Hasta que, agotado, y muchas veces enfadado, te plantas en viernes. Te sueltan justo en tu límite de aguante. Todo parece estar muy bien calculado. Y muchas veces sales de trabajar ese viernes esperado, te crees libre aunque sólo se trate de tu libertad virtual de cuarenta y ocho horas, y entonces recuerdas otro compromiso; una comunión, una boda, una reunión de ex alumnos. Una fiesta de cumpleaños.
Rita y su fiesta de cumpleaños, a la que no te negaste a ir. No es por ella, es el cortejo. De ser verdad que ella quiere algo, no sabes si tú vas a quererlo con ella. Y la única forma de saberlo es averiguarlo, valga o no la redundancia. La forma de averiguarlo es hablar con ella, ver qué hay detrás de la chica que va de un lado a otro en el trabajo y de la que no sabes ni cuál es su cometido. Tienes claro que te gusta su físico, que a cualquiera le gustaría y que ese no es el problema. El meollo de la cuestión está en todo lo demás. Lo que tiene el sexo es que, por muy bueno que sea, todo lo demás siempre tiende a durar más; cenar, ir al cine, cafeterías, bares, comer. Etc. Etc. Etc. Y la cuestión es, cómo vas a rellenar esos espacios si no conectáis más allá de lo obvio. Nunca has sido de los que folla cada dos días con cualquiera y se despierta en habitaciones desconocidas. A ti te gusta ir más allá, o por lo menos intentarlo. Si el amor ha muerto, tú no fuiste de los que ayudaste a acabar con él. El caso es que te arreglas y te dispones a ir a la fiesta. Serás amable con todos y también con ella. Sólo tienes que averiguar qué es de ella, qué pasa por su cabecita.

Notas una migraña terrible cuando aún no has abierto los ojos. Luego los abres y no sabes dónde estás. Una habitación, todo es rosa o blanco o una foto de Rita. Rita. Su fiesta de cumpleaños. Fuiste a su fiesta y… bueno, comenzaste a beber. No salisteis, os quedasteis todos en la casa. Y luego, la hermana de Rita… Tienes que coger los fragmentos que recuerdas y ordenarlos. Comenzaste a hablar con la hermana de Rita. Porque habíais ido al mismo colegio de pequeños y eso ya era un buen motivo para hablar, para entablar una amistad de adultos. Para follar en la habitación de Rita. Por Dios, pasaste de ella porque su hermana lo ponía más fácil, su hermana que ya no está y debe ser de las que igual te ha utilizado a ti como podía haber cogido un pepino de la cocina.
Te desarropas y oyes los pasos de alguien en el pasillo. Se abre la puerta sólo un poco y asoma la cabeza de Rita, maquillada y con una blusa blanca y unos tejanos raidos. Te mira y dice:
– Me voy a comprar algo para comer, puedes irte cuando quieras.
Te mira, sin expresión, claramente rencorosa. Y dice:
– Me voy a comprar algo para comer, puedes irte cuando quieras.
Y puedes repasar esos cinco segundos cuantas veces desees en tu cabeza, que nunca una frase que hayas oído ha ido tan cargada de decepción y tristeza, de rencor.
– Me voy a comprar algo para comer, puedes irte cuando quieras.
Cuando en realidad decía: “Me has decepcionado”. O quizá: “No me hablaste y sabías que sentía algo por ti”. O peor: “Te quería y te has tirado a la buscona de mi hermana”. O aún peor, una frase hecha: “Todos los tíos sois iguales”.
Miras el reloj y son las doce del mediodía, y estás solo en la casa. Te has tirado su hermana y te has quedado a dormir en la cama de Rita, donde te has tirado a su hermana. Deambulas por la casa ya vestido y ves un cuarto de invitados con una cama deshecha. Donde ha dormido Rita en lugar de dormir en su más cómoda y confortable cama. Donde te has tirado a su hermana.
Reflexionas sobre si deberías quedarte y esperar a que llegue. Para hablar con ella, para preguntarle si está molesta; para fingir que no sabes de qué va la historia. Han pasado quince minutos desde que se fue, y ya no tardará mucho en volver. Ahora te entra el pánico de comenzar a bajar escaleras y cruzarte con ella. No, te quedas, te quedarás, decides, y así podrás pedirle perdón. Eso harás, no te harás el tonto, le pedirás perdón y soportarás todo lo que ella tenga que decirte; serás honesto después de haber sido un capullo. Harás tu numerito de buena persona y ella no te creerá, pero dará igual porque por lo menos lo habrás intentado. Le dirás que tú nunca haces cosas así, que las mujeres nunca se te echan encima de esa manera y claro, te equivocaste, debiste pensártelo dos veces. Eso dirás. Es una explicación triste, pero es una explicación, y además tiene mucho que ver con la verdad.
Se oye una llave dentro de la cerradura y te empieza a temblar todo. No eres un hombre emprendedor, pero debes llevar acabó esta táctica de extorsión elegante.
Rita entra con dos bolsas en el salón, y al verte resopla. Al verte, dice:
– ¿Por qué no te has ido?
– Quería hablar contigo…
– Pues ayer no querías.
Te sientes como esa versión salida y pederasta de Walt Disney.
– Ya… -respondes, intentando dar pena, y en el fondo dándola.
– Pues no sé… di lo que tengas que decir…
No quieres que te trague la tierra, quieres flotar muerto en el espacio con todos esos carteles enormes de Coca-cola; quieres que se acabe el mundo, un final espectacular, ahora.
– La verdad es que me gustas – dices, y te sorprendes diciendo la verdad.
Ella te mira, y hace que no con la cabeza, helando toda la habitación con su mirada.
– Quiero que me perdones – dices, con tu mejor voz de actor de doblaje de telefilm de media tarde.
Rita deja las bolsas en el suelo. Se va hacia la cocina y rezas por que haya una explosión nuclear, un bombardeo, cazas americanos, que pase algo que frene tu sufrimiento. La Rockettes bailan a tu alrededor y en lugar de sonreírte y guiñarte el ojo, te miran mal, bailan mirándote con desprecio. Quieres dejar de imaginar, adaptarte, ser del montón, que ella te perdone. Y entonces, desde la cocina, Rita dice:
– ¿Quieres quedarte a comer?

(Ahora, en un alarde de originalidad sin precedentes, pondré videos en lugar de fotos. Pondré el que sea, y no tendrá por qué estar directamente relacionado con el texto. Todos los videos tendrán mi comentario debajo. En este caso, el video es un fragmento de la película “Southland Tales”, de Richard Kelly. El tal Kelly dirigió “Donnie Darko”, peli que me dejó a cuadros en su momento. Esta nueva peli la han puesto a parir la mayoría de las críticas. Estoy deseando verla. La canción que suena es: “All these things that i’ve done” de The Killers, y este número musical ya me parece legendario.)

Píldoras (2)

.Tiempo perdido.

La pereza y la falta de talento te hacen abordar el microrelato. La falta de calor ajeno te seca por dentro y comienzas a desfallecer por fuera. Escribes haikus sin sentido y reflexionas sobre si la gente que dice que de todo se aprende puede acusarte de estar perdiendo el tiempo. Al final no tomas ninguna decisión, escribes el microrelato, hablas sobre la hipocresía y te acabas autoconvenciendo de que si bien no eres un ejemplo, por lo menos eres tú mismo.

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.Padres de reemplazo.

Lorena llama a su novio para decirle que se acabó, que todo tiene un límite. Cuelga antes de escuchar. Sale de compras y al volver a casa vomita por tercera vez esa mañana. Busca un Predictor revolviendo cajones, mientras el teléfono no deja de sonar. Encuentra uno, dos, tres, y comprueba una, dos y tres veces que está embarazada. Al descolgar el teléfono, airada, ya no hay nadie al otro lado de la línea.

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.Pornografía.

El técnico es una chica, para mi sorpresa, y dice que podría estar fallando la placa base, que a veces es mejor cambiar de ordenador y olvidarse.
– ¿Has probado a formatear? – dice.
– Pues sí.
– Y sigue pasándole lo mismo…
– Sí.
La chica coge la tapa de la torre y la vuelve a colocar en su sitio. Mientras lo hace, ve en ésta dos gotas secas de algo, que han ido acumulando polvo; y tanto ella como yo preferimos pensar que no es esperma.

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Imperfecciones

Quizá os acompañe a todos a buscar el nirvana, que no llegará solito, no lo traerá Buda, no lo escampará entre los mortales. Lo que hace mi padre es diferente. Lo que él hace es encerrarse en el lavabo de madrugada. Cree que nadie lo sabe, que todos dormimos y que el insomnio no existe. Él cree que no sé que hay una revista porno escondida detrás de la lavadora. Sólo una, desde debe hacer tres años. Y la abres y ves a dos chicas posando sin tocarse, sacando la lengua y mirándose sin llegar nunca ni a rozarse. Dos ninfas desnudas y lubricadas de forma artificial, que son lesbianas sólo mientras las fotografían. Dos muchachas que ni sumando sus años llegan a la edad de mi madre. Y mi madre, bueno, seguramente ya lo sepa, pero a ciertas edades ya no da tiempo a comenzar de nuevo. La pereza lo puede todo.
Por suerte salí de aquella casa. Y sólo es un ejemplo, un suceso concreto en la antesala de la tercera edad. Ahora la gente no se soporta, se separan y se odian en menos de lo que canta un gallo. Del amor al odio no hay un paso, están juntos. La intensidad lo reúne todo, basta una sospecha para comenzar a desconfiar, y ya has dejado de estar enamorado. Somos sacos de moléculas desconfiadas y alerta; no es tanto una cuestión de amor como de posesión.
Tu coche.
Tu pareja.
Pero alguna gente, como mi madre, prefiere hacer caso omiso. La negación pierde terreno, pero aún gobierna en grado sumo. No parecemos querer aceptarnos como humanos, tenemos que ser perfectos, y desde la perfección sólo queda imperfección; sólo te queda buscar el nirvana, asentarte en medio de tu luz blanca, la que crees que a todos ilumina. Desde la perfección sólo se puede empeorar. Por eso el amor al estilo Cupido no existe, sólo es la idea adulterada que tienes de alguien imperfecto, que más tarde te decepcionará. No hay princesas ni príncipes. No puedes poseer a nadie, y hasta tu coche acabará en el desguace.

La historia de mis padres sólo es una entre tantas. Larga y aburrida. Lo suficiente como para creer que el hueco que hay entre la pared de la galería y la lavadora que mi madre utiliza todos los días, es un buen escondite. Si hablas con mi tía, te soltará pestes sobre la juventud de mi padre. Si hablas con mi madre, te dirá cómo puedes dejar el parqué reluciente sólo con limón. Negación. Lo que se dice sobre los tíos es que, todo lo que hacemos, sólo forma parte del camino hasta volver a sentir cómo se contrae la vagina de alguien alrededor de nuestra polla. No es que las mujeres sean siempre inteligentes, a veces simplemente tienen razón. Mi hermana se echó novio con veinte años, y se independizó y se casó. Mi hermana odiaba a mi padre. Las malas lenguas dicen que mi hermana, para mi padre, era como una de esas chicas de las revistas. En todo caso yo nunca lo noté. Si alguna vez la tocó, yo debía ser aún muy pequeño para saber si ella había estado llorando algún día sin motivo aparente, y no me gusta la idea, así que prefiero ignorarlo.
Sí.
Negación.
La vida es más fácil si te limitas a mirar de reojo; así, si te ha parecido ver algo malo, siempre puedes pensar que debieron ser imaginaciones tuyas.
Pienso en cómo les ha ido a mis padres, en cómo les va, en cómo podría ser que mi padre fuera un hijo de puta putero o hasta pederasta, y no me puedo quejar. Casi podría decir que soy feliz. Se llama Laura.
Aún me quiere. Aún no me odia. Y siempre pienso que me dejará en cuanto se dé cuenta de que se ha equivocado. En parte, es un problema de autoestima, pero hasta ahora así no me ha ido mal. La vida de reojo, algún tipo de nihilismo light como filosofía, y mucho sentido del humor, que se muera de risa contigo. Y hasta ahora me ha ido bien. Sólo espero no llegar a viejo pendiente de que mi mujer se duerma para poder masturbarme tranquilo. No es mucho pedir, y, en todo caso, jamás le metería mano a mi hija. Puedes no creer en nada, en cierto modo, pero eso no quiere decir que no creas en las personas.

Todas las mañanas despierto y ella está a mi lado. Y muchas de esas mañanas tengo que ponerme a fregar el suelo. Me sé un montón de remedios caseros para limpiar tejidos, moquetas, sabanas y cualquiera de las cosas que haya en tu dormitorio. Pasa si tu chica no necesita a un gran amante para pasarlo bien. Apenas empiezas a hacer el amor, ella se contrae, se queda rígida, su cuello se hincha y un chorro de sus fluidos vaginales puede sacarte un ojo. En esencia todo es agua y glucosa, pero si no haces de escudo, toda la habitación se va a poner perdida. La primera vez, un chorro empapó la primera televisión de mi piso, y al día siguiente no funcionaba. Esos orgasmos avergonzaron a la muchacha durante toda su vida, en el instituto, en la universidad. Y no es que sea para morirse, pero lo es teniendo en cuenta cómo somos y lo aburridos que podemos llegar a estar los demás. Durante una época ella tuvo que decidir si era más humillante que la criticaran o que se rieran de ella, pero cualquiera de las dos cosas la hacía sufrir. Deben ser ese tipo de situaciones las que hacen que las personas se recluyan, se den a Dios o se rapen la cabeza para ir en busca del nirvana. Escribí una historia relatando mi primera noche Aspersor, y el relato destacó en una clase de literatura. Mi único secreto confesable. Se llama “Laura”. El inconfesable tiene otro nombre, lee el resto de mis cosas, es la única que las lee, y endurezco sólo de pensar en sus ojos enormes, oscuros y brillantes, recorriendo las líneas de mis mails, dudando de hasta qué punto es cierto lo que escribo. El próximo adulterio que se fragua. Ficción dentro de la ficción; la vida embasada dentro de las mentiras. Porque las mujeres a veces tienen razón, y el final del camino importa mucho más que el camino. No seguiré los pasos de mi padre. No me raparé la cabeza ni os acompañaré en busca del nirvana. La imperfección embellece tus rasgos, la mentira endulza la verdad, e incluso a pesar del photoshop, todas esas revistas abandonadas no pueden abrirse sin rasgarlas.

Terror (Revisión)

Yo pensaba que sólo iba a ser cuestión de una noche; yo ya rondo los cuarenta, y ella apenas tiene veinte. Pensaba que iba a ser una sesión de sexo anal. Sin más. Y me parecía bien. El denominador común de las chicas con las que me he acostado es la frase: “por ahí no”. Y sin embargo ésta, Natalia, sólo quería por ahí; nada de sexo vaginal; nada de follar como todo el mundo. Sólo era eso, siempre el mismo agujero dilatado y húmedo. Después, aliviada, acomodó su cuerpo encima de mí, y me miraba a los ojos; después del sexo; una chica voluptuosa de veinte años que podría vivir sólo de su cuerpo teniendo en cuenta el cuerpo que tiene, y cómo mira con sus ojos enormes y marrones de dibujos japoneses.
Y me comenzó a mirar a los ojos, y podría repetirlo mil veces, con sus tetas aprisionándome el pecho. Comenzó a hacer preguntas. Y pasa lo que pasa; según cómo te mira una chica, según cómo sonríe o asiente; según cómo le cae el pelo en cascada sobre los hombros, tú coges tu alma como si fuera un bolso, abres la cremallera, y lo vuelcas y lo agitas hasta que sale todo, y luego esparces bien su contenido para que ella lo vea. Luego haces lo mismo con tu pasado, y después con tu dignidad. Te destripas para ella y te da igual.

Le conté que después de un montón de años trabajando en sitios que odiaba, he decidido tomarme un tiempo de paro, a cualquier nivel. Le digo cosas sobre mi pasado: trabajos, hurtos, fracaso, terrorismo barato; juventud que se acaba. Y luego, ella me interrumpe diciendo:
– Pues yo ya no me veo tan joven.
– Mira… – balbuceé -. Cuando la música que te gusta comience a sonar en los ascensores sabrás de qué hablo.
Cuando rondaba los veinte era idealista, le dije. Tenía amigos idealistas que me hicieron idealista a mí. Éramos como una secta anárquica; gente que dice una cosa que convence a otros que reclutan a otros; y al cabo de unos meses cometimos nuestro primer atentado –atentado, por decirlo así-, nuestra primera gamberrada con coartada ideológica. Hicimos volar una licorería. Así comenzamos. Sólo fue la primera de unas cuantas acciones en las que nadie llegó a morir del todo. De verdad. Nadie llegó a morir del todo, aunque quizá alguien que topó con nuestros ideales de posadolescente irritado, entrando en una tienda o en un parking, hoy quizá esté intentando convencer a su familia sobre las ventajas de la eutanasia. Así que no, nunca murió nadie. Los medios se hacían eco, pero al no estar la muerte de por medio, y sin que nadie aceptara la autoría de los atentados, cuando pasaban un par de días lo nuestro quedaba eclipsado por un partido de fútbol o el siguiente revuelo político, que nunca tenía que ver con nosotros. Lo nuestro no hizo eco, y no pasará a la historia. Era demasiado fuerte, demasiado joven e ingenuo, una revolución demasiado abstracta. Dejábamos notas cerca de donde explotaba nuestra última idea de fabricación casera. Había frases ambiguas que pretendían abrir debates; que hubiesen hecho pensar, ya sabes… Hubiera habido debates en los que expertos analíticos hubiesen desgranado esos mensajes llegando a conclusiones complejas que nadie entendería. Sólo eran frases. La licorería: “La verdad está en la gente, no en vosotros”. Un parking: “El cielo es nuestro, los árboles son nuestros, la ciudad es vuestra”. Un bar cerrado: “Qué hacías mientras nosotros intentábamos cambiar las cosas”. Un coche: “Más tarde, nos avergonzaremos todos”.
Pero esas y más provocaciones románticas quedaron en nada. La policía las encontraba y alguien decidió que no debían salir a la luz. Nos desmoralizamos. Nosotros no luchábamos por una bandera; luchábamos por mucho más, porque no hubiera banderas. Ese era nuestro error. Al poder no les interesa que la gente se revele; no les interesa que haya conciencias agitadas más allá de los domingos por la tarde.
Y Natalia me interrumpió:
– ¿Alguien se quedó en silla de ruedas por vuestra culpa?
– Eh…
– Y quieren morir…
– Sí, pero bueno… es ilegal, la eutanasia es ilegal. El gobierno lo debe ver como… una forma de muerte amateur… y no la acepta…
Matarse aquí es como practicar sexo oral en algunos países. Es ilegal. Para eso están las leyes. Joder.
– Ya – murmura Natalia, ya sin miedo a balbucear obviedades -, pero si vas a la guerra y mueres en combate eso es honorable…
– Ése ha sido siempre el discurso oficial; mucha gente se lo cree.
Natalia me dijo que si había sacado alguna conclusión de aquella época que ya terminó; que si había aprendido algo. Uno: Sé hacer volar las cosas por los aires. Dos: El mundo no se puede cambiar, ni con palabras ni con bombas. Si hay un cambio será muy gradual, y no para mejor. Y tres: El mundo, con nosotros los humanos habitando en él, cambiará hasta desparecer.
Natalia estaba fascinada. Lo que podía ofrecerle era sexo y un pasado de mierda y violencia, y a ella le parecía bien. Y hoy, después de días y días de charlas y borracheras y sexo por popa, en tiempo presente, enseño a Natalia a fabricar destrucción, como quien da clases de cocina. De joven siempre había querido tener la sabiduría suficiente como para destruir de forma calculada. Me di cuenta de que no había obras de ficción o no con descripciones detalladas de la fabricación de explosivos; en todos los libros y películas que se acercaban a eso siempre fallaba algo; faltaba un ingrediente, un paso a seguir. Sólo una persona te podía enseñar a destruir. Es lo que mejor se nos da.

Natalia intenta seguir los pasos que yo le enseño. Pilla un baño maría y llénalo con agua. Hierve el agua. Añade gasolina y jabón. Después remuévelo hasta que esté espeso. Ya tienes el líquido más inflamable que puedas imaginar. Ya tienes napalm.
O si no, mezcla glicerina con ácido nítrico para conseguir nitroglicerina. Después mezcla la nitroglicerina con nitrato sódico y serrín. Y ya tienes dinamita. Destruir está a solo cuatro ingredientes de ti. Llenas una bañera de agua y procuras olvidar que no la estás usando para tu aseo personal. Llenas la bañera de ingredientes. Y todo esto porque Natalia está intentando destruir lo indestructible. El pasado. Me dice: Mis padres, es por mis padres… Dice: Maltrato. Es el enésimo reportaje sobre violencia de género. Y a mí me vale.
La idea es que con una bomba de fabricación casera, a una hora concreta, todo cuanto conocía Natalia de la sala de estar de casa de sus padres, incluidos ellos, se verá reducido a recuerdos. Y cuando miro a Natalia durante un rato me parece que es el mejor momento para desvirgarme en lo de matar. Me parece una buena idea.

Lo que conocemos por “núcleo familiar” se hace pedazos si un padre toca a su hijo, o pega a su hijo, o enseña a su hijo con miedo. Yo no he sufrido eso y soy un hijo de puta resentido; Natalia sí lo ha sufrido y aún no lo es. Yo la estoy convirtiendo en eso. Mi segunda revolución corre a cargo de una mujer cabreada, vejada, maltratada, herida en su orgullo. Otra revolución fallida. Pero ahora al menos lo sé, y no me hago ilusiones. Se trata de satisfacer a mi novia.
Es el día anterior al terror cuando, en su piso de soltera, nos emborrachamos con vino y divagamos. Es el día anterior al terror cuando echamos los últimos polvos anales. Es el día anterior cuando digo que el El club de lucha es el libro que más releo. Así como mis padres ven películas de la guerra civil porque les recuerda a su niñez, lo que hago yo es leer una y otra vez El club de lucha. La primera vez que lo leí me pareció el libro más romántico y esperanzador que he leído nunca. Por eso causó tanto revuelo, estaba lleno de desesperación y verdad camuflada. También, el día anterior al terror hablo sobre la familia… los lazos de sangre… supeditarnos a eso… puede que sea el mayor error de la humanidad. ¿Te imaginas un futuro en el que tú creas tu propia familia?… a partir de la gente que te cae bien de verdad, como viviendo en comunas hippies. Las familias biológicas nos criticarían, como critican a los hippies… o a los matrimonios gays.
– Mucha gente acepta a los matrimonios gays – alega Natalia, llenando otra vez su copa.
– No, – digo yo – mucha gente dice que acepta a los matrimonios gays.
Y no dijimos mucho más. El resto de la noche se redujo a su culo. Hasta que nos agotamos. Y por primera vez en mucho tiempo escuché el famoso “por ahí no”. Intenté penetrarla por la vagina.

Al día siguiente despierto consternado porque voy a matar. Es el día del terror, si por terror entendemos muerte. Aunque todo está sujeto a opiniones.
A las nueve de la mañana entramos en casa de los padres de Natalia, con unas llaves que ella conserva, aunque hace años que no pasa por allí. En la casa no hay nadie, como dijo ella: “Esos cabrones salen siempre de casa a la misma hora”.
No se hace difícil esconder el explosivo. Todo está rodeado de figuras y fotos familiares; todo decoración austera y típica; decoración con fotos que enseñan un ambiente familiar feliz; equilibrio; bienestar; solidez de clase media (si eso es posible). Natalia dice:
– Viendo todo esto hasta pensarás que son normales… del montón ¿no?
Asiento.
-Pues no los son – asegura.
El día parece pasar a cámara rápida, como esas películas antiguas, como esos días que llevas demasiadas horas esperando. Tres horas después, a las doce del mediodía, estamos aparcados a dos manzanas de donde tiene que explotar el pasado de Natalia, hecho añicos. Sus padres ya llevan un buen rato en casa. Yo miro mi reloj, nervioso. Natalia levanta unos prismáticos que no me gusta que use. Quiero verlo, me dice todo el rato; quiero ver cómo explota.
No debí sincronizar bien mi reloj. Tres segundos antes de lo previsto, la fachada del apartamento a pie de calle salta por los aires hecha escombros, haciendo mucho más ruido del esperado. Suenan algunas alarmas de coches cercanos que han pasado de sus colores de moda a ser blancos. De dentro de los escombros que fueron la sala de estar en la que Natalia pasó tantas navidades, sale una figura. Torpe y tropezando sale lo que queda de la madre de Natalia. Le falta un brazo; cae de rodillas al suelo, y vomita mientras muere; quizá también vomita el alma, con todo el lado derecho de su cuerpo negro; quemado. Deduzco que el padre ha muerto algún minuto antes; ha tenido más suerte. Natalia no para de levantar sus prismáticos, y yo no paro de intentar quitárselos. Al final (porque esto es el final) me los da, saca un sobre de su bolso y me lo deja en el regazo. Me da un beso en la mejilla, abre la puerta y sale del coche con una sonrisa. Yo tengo el sobre en la mano. Parece estar repleto de algo que podrían ser fotos. La última frase que oigo salir de la boca de Natalia es: Deshazte del sobre. Después cierra la puerta con su permanente sonrisa, que hubiese querido que durara años, y se va.
Me alejo de la escena del crimen, escuchando sirenas y viendo como todo el mundo corre hacia el desastre con la esperanza de poder ver algo horrible.
Llego a casa y dejo el sobre encima de la cama, sin fuerza para abrirlo, pensando que lo único que tengo de ella es su nombre de pila; ningún teléfono; nada. Sé que no volverá a su piso de soltera. Lo sé por cómo me miró antes de darme el sobre. Me siento engañado, o quizá autoengañado. Creo sin duda que ella conocía a alguien que conocía a alguien que conocía a alguien que sabía cosas de mí; que sabía que yo le puedo dar un doble uso terrible a mi bañera.
Y Natalia fue y ligó conmigo en un Bar, de la forma más barata, y yo me lo creí. Creí que realmente le gustaba. Creí que ella no sabía nada de mí. Creí que para ella sólo era un tío interesante bebiendo solo en un bar. Un tío interesante, quizá hasta guapo. Joder.

Tu vida es especial cuando hablan sobre algo que has hecho en el telediario. Incluso cuando lo que has hecho ha sido matar. Dos días después del desengaño hago algo que nunca he hecho: subo el volumen de la televisión hasta el máximo.
De la casa de Natalia la policía ha sacado cantidades ingentes de material pornográfico; pedofilia. Voy corriendo hasta mi cuarto y saco de un cajón el sobre que me dio, aún sin abrir. Eran fotos, sí. Deshazte del sobre. Fotos de una Natalia de cinco años; con su padre; con un desconocido; con un desconocido; con un desconocido; otra vez con su padre; y así durante más de cincuenta fotos.
“Por ahí no”
Y en el sobre, un papel, con solo unas palabras: “No lo tenía planeado, pero no puedo volver a verte”.
Lloro de felicidad como nunca, viendo imágenes congeladas de una Natalia infantil y violada. Porque me quería de verdad. No fue su último beso en la mejilla su único gesto sincero. Todo fue auténtico y yo lo viví. Ahora lo sé. No todo es una farsa. Nunca pensé que moriría con algo para recordar. Pero tampoco pensé nunca que moriría de forma tan precipitada.

No han pasado más de tres días desde que abrí el sobre de Natalia. Alguien ha puesto una bomba en el centro comercial más concurrido de la ciudad. Pero ha explotado por la noche. Nadie ha muerto. En la televisión alguien encapuchado apuntaba a la presentadora hoy. Y la presentadora, temblorosa, en prime time, a las diez de la noche, leyó: “La verdad está en la gente, no en vosotros”.
El papel también reconocía la autoría del atentado. Un Grupo sin nombre, que está creciendo, según los medios; que está día a día destruyendo negocios, tiendas, almacenes; todo en plena noche. Mucho déficit y ningún muerto. Lo del telediario no se vuelve a repetir. Pasan los días.
Por las paredes de las calles y por el suelo, y encima de las persianas se pueden leer frases de desconcierto. La anarquía flota en el ambiente. La gente, a esto, siempre lo llama anarquía. Y cada vez más se unen a la causa. Los expertos no tardan en asociar estos atentados a mis años de juventud. Estoy fichado, y aunque salí libre al poco tiempo, estoy llenando la bañera de agua; estoy mezclando ingredientes. Todo está hirviendo. Y digo todo.

Al paso de los días no paran de salir fotos de sospechosos en la tele. Sale Natalia, y muy pronto salgo yo, con muchos años menos. Todo esto me supera. Natalia lidera al Grupo Terrorista, eso dicen. He creado un monstruo a mi imagen y semejanza. Mi Frankenstein de ojos Manga. Pero he aquí lo más curioso: no estoy arrepentido. Luzco una sonrisa congelada constante.
Es cuestión de horas. Vendrán a por mí. Decido quedarme una noche más en casa. Sueño con la madre de Natalia sin un brazo. Al despertar pienso en lo poco que me impactó. Pienso en que si me lo hubieran contado, lo que hubiese pasado por mi cabeza hubiese sido terrible. Es peor imaginar que ver. Esa mañana, después de soñar, lo preparo todo. Mi apartamento explotará más o menos mientras estén golpeando mi puerta. Y no tengo que esperar demasiado.
A las ocho de la mañana un coche aparca fuera. La idea es poner en marcha la cuenta atrás mientras suben. Entonces tirarán la puerta abajo y moriremos todos. Esto es como un deja vu que se veía venir. Como eructar tres horas después de haber comido, y notar cierto aroma. Diez.

Nueve.

Oigo ruido abajo. La policía suele entrar siempre destrozándolo todo. La ley. Nuestra esperanza. Y nuestra esperanza siempre va armada. El orden depende de gente armada; de gente que manda a otra gente que se encarga de organizar a masas de gente armada, para establecer el orden. El protagonista aquí es un reloj despertador muy sencillo; sólo tienes que desmontarlo y substituir el altavoz por un hilo de cobre. Tienes que conectarlo a la sustancia explosiva y programarlo. No es fácil ni rápido, pero es lo último. Ocho.

Y yo pensaba que esto sólo iba a ser una sesión de sexo anal. En la tele no dan nada. Estoy enamorado y no voy a volver a verla. Cambio y un concurso, una película mala, sensacionalismo, sensacionalismo, sensacionalismo. Apago la tele. Siete.

Seis.

Cualquiera que crea que va impartir justicia subirá cualquier escalera haciendo un ruido atronador. Cinco.

Y al final tendrá razón la iglesia, tanta depravación y mira como he acabado. Comienza mezclando glicerina con ácido nítrico. Acomódate. Respira hondo. Y si voy a morir, ¿no debería estar viendo ya esa película de mi vida?

Cuatro.

Si es que hay algo que ver, el montador de tu vida nunca acabará la faena si tiene que complacerte. Tres.

Dos…

Y Ella me quería. Uno… Pero imagina un final espantoso.