Terror (Revisión)

Yo pensaba que sólo iba a ser cuestión de una noche; yo ya rondo los cuarenta, y ella apenas tiene veinte. Pensaba que iba a ser una sesión de sexo anal. Sin más. Y me parecía bien. El denominador común de las chicas con las que me he acostado es la frase: “por ahí no”. Y sin embargo ésta, Natalia, sólo quería por ahí; nada de sexo vaginal; nada de follar como todo el mundo. Sólo era eso, siempre el mismo agujero dilatado y húmedo. Después, aliviada, acomodó su cuerpo encima de mí, y me miraba a los ojos; después del sexo; una chica voluptuosa de veinte años que podría vivir sólo de su cuerpo teniendo en cuenta el cuerpo que tiene, y cómo mira con sus ojos enormes y marrones de dibujos japoneses.
Y me comenzó a mirar a los ojos, y podría repetirlo mil veces, con sus tetas aprisionándome el pecho. Comenzó a hacer preguntas. Y pasa lo que pasa; según cómo te mira una chica, según cómo sonríe o asiente; según cómo le cae el pelo en cascada sobre los hombros, tú coges tu alma como si fuera un bolso, abres la cremallera, y lo vuelcas y lo agitas hasta que sale todo, y luego esparces bien su contenido para que ella lo vea. Luego haces lo mismo con tu pasado, y después con tu dignidad. Te destripas para ella y te da igual.

Le conté que después de un montón de años trabajando en sitios que odiaba, he decidido tomarme un tiempo de paro, a cualquier nivel. Le digo cosas sobre mi pasado: trabajos, hurtos, fracaso, terrorismo barato; juventud que se acaba. Y luego, ella me interrumpe diciendo:
– Pues yo ya no me veo tan joven.
– Mira… – balbuceé -. Cuando la música que te gusta comience a sonar en los ascensores sabrás de qué hablo.
Cuando rondaba los veinte era idealista, le dije. Tenía amigos idealistas que me hicieron idealista a mí. Éramos como una secta anárquica; gente que dice una cosa que convence a otros que reclutan a otros; y al cabo de unos meses cometimos nuestro primer atentado –atentado, por decirlo así-, nuestra primera gamberrada con coartada ideológica. Hicimos volar una licorería. Así comenzamos. Sólo fue la primera de unas cuantas acciones en las que nadie llegó a morir del todo. De verdad. Nadie llegó a morir del todo, aunque quizá alguien que topó con nuestros ideales de posadolescente irritado, entrando en una tienda o en un parking, hoy quizá esté intentando convencer a su familia sobre las ventajas de la eutanasia. Así que no, nunca murió nadie. Los medios se hacían eco, pero al no estar la muerte de por medio, y sin que nadie aceptara la autoría de los atentados, cuando pasaban un par de días lo nuestro quedaba eclipsado por un partido de fútbol o el siguiente revuelo político, que nunca tenía que ver con nosotros. Lo nuestro no hizo eco, y no pasará a la historia. Era demasiado fuerte, demasiado joven e ingenuo, una revolución demasiado abstracta. Dejábamos notas cerca de donde explotaba nuestra última idea de fabricación casera. Había frases ambiguas que pretendían abrir debates; que hubiesen hecho pensar, ya sabes… Hubiera habido debates en los que expertos analíticos hubiesen desgranado esos mensajes llegando a conclusiones complejas que nadie entendería. Sólo eran frases. La licorería: “La verdad está en la gente, no en vosotros”. Un parking: “El cielo es nuestro, los árboles son nuestros, la ciudad es vuestra”. Un bar cerrado: “Qué hacías mientras nosotros intentábamos cambiar las cosas”. Un coche: “Más tarde, nos avergonzaremos todos”.
Pero esas y más provocaciones románticas quedaron en nada. La policía las encontraba y alguien decidió que no debían salir a la luz. Nos desmoralizamos. Nosotros no luchábamos por una bandera; luchábamos por mucho más, porque no hubiera banderas. Ese era nuestro error. Al poder no les interesa que la gente se revele; no les interesa que haya conciencias agitadas más allá de los domingos por la tarde.
Y Natalia me interrumpió:
– ¿Alguien se quedó en silla de ruedas por vuestra culpa?
– Eh…
– Y quieren morir…
– Sí, pero bueno… es ilegal, la eutanasia es ilegal. El gobierno lo debe ver como… una forma de muerte amateur… y no la acepta…
Matarse aquí es como practicar sexo oral en algunos países. Es ilegal. Para eso están las leyes. Joder.
– Ya – murmura Natalia, ya sin miedo a balbucear obviedades -, pero si vas a la guerra y mueres en combate eso es honorable…
– Ése ha sido siempre el discurso oficial; mucha gente se lo cree.
Natalia me dijo que si había sacado alguna conclusión de aquella época que ya terminó; que si había aprendido algo. Uno: Sé hacer volar las cosas por los aires. Dos: El mundo no se puede cambiar, ni con palabras ni con bombas. Si hay un cambio será muy gradual, y no para mejor. Y tres: El mundo, con nosotros los humanos habitando en él, cambiará hasta desparecer.
Natalia estaba fascinada. Lo que podía ofrecerle era sexo y un pasado de mierda y violencia, y a ella le parecía bien. Y hoy, después de días y días de charlas y borracheras y sexo por popa, en tiempo presente, enseño a Natalia a fabricar destrucción, como quien da clases de cocina. De joven siempre había querido tener la sabiduría suficiente como para destruir de forma calculada. Me di cuenta de que no había obras de ficción o no con descripciones detalladas de la fabricación de explosivos; en todos los libros y películas que se acercaban a eso siempre fallaba algo; faltaba un ingrediente, un paso a seguir. Sólo una persona te podía enseñar a destruir. Es lo que mejor se nos da.

Natalia intenta seguir los pasos que yo le enseño. Pilla un baño maría y llénalo con agua. Hierve el agua. Añade gasolina y jabón. Después remuévelo hasta que esté espeso. Ya tienes el líquido más inflamable que puedas imaginar. Ya tienes napalm.
O si no, mezcla glicerina con ácido nítrico para conseguir nitroglicerina. Después mezcla la nitroglicerina con nitrato sódico y serrín. Y ya tienes dinamita. Destruir está a solo cuatro ingredientes de ti. Llenas una bañera de agua y procuras olvidar que no la estás usando para tu aseo personal. Llenas la bañera de ingredientes. Y todo esto porque Natalia está intentando destruir lo indestructible. El pasado. Me dice: Mis padres, es por mis padres… Dice: Maltrato. Es el enésimo reportaje sobre violencia de género. Y a mí me vale.
La idea es que con una bomba de fabricación casera, a una hora concreta, todo cuanto conocía Natalia de la sala de estar de casa de sus padres, incluidos ellos, se verá reducido a recuerdos. Y cuando miro a Natalia durante un rato me parece que es el mejor momento para desvirgarme en lo de matar. Me parece una buena idea.

Lo que conocemos por “núcleo familiar” se hace pedazos si un padre toca a su hijo, o pega a su hijo, o enseña a su hijo con miedo. Yo no he sufrido eso y soy un hijo de puta resentido; Natalia sí lo ha sufrido y aún no lo es. Yo la estoy convirtiendo en eso. Mi segunda revolución corre a cargo de una mujer cabreada, vejada, maltratada, herida en su orgullo. Otra revolución fallida. Pero ahora al menos lo sé, y no me hago ilusiones. Se trata de satisfacer a mi novia.
Es el día anterior al terror cuando, en su piso de soltera, nos emborrachamos con vino y divagamos. Es el día anterior al terror cuando echamos los últimos polvos anales. Es el día anterior cuando digo que el El club de lucha es el libro que más releo. Así como mis padres ven películas de la guerra civil porque les recuerda a su niñez, lo que hago yo es leer una y otra vez El club de lucha. La primera vez que lo leí me pareció el libro más romántico y esperanzador que he leído nunca. Por eso causó tanto revuelo, estaba lleno de desesperación y verdad camuflada. También, el día anterior al terror hablo sobre la familia… los lazos de sangre… supeditarnos a eso… puede que sea el mayor error de la humanidad. ¿Te imaginas un futuro en el que tú creas tu propia familia?… a partir de la gente que te cae bien de verdad, como viviendo en comunas hippies. Las familias biológicas nos criticarían, como critican a los hippies… o a los matrimonios gays.
– Mucha gente acepta a los matrimonios gays – alega Natalia, llenando otra vez su copa.
– No, – digo yo – mucha gente dice que acepta a los matrimonios gays.
Y no dijimos mucho más. El resto de la noche se redujo a su culo. Hasta que nos agotamos. Y por primera vez en mucho tiempo escuché el famoso “por ahí no”. Intenté penetrarla por la vagina.

Al día siguiente despierto consternado porque voy a matar. Es el día del terror, si por terror entendemos muerte. Aunque todo está sujeto a opiniones.
A las nueve de la mañana entramos en casa de los padres de Natalia, con unas llaves que ella conserva, aunque hace años que no pasa por allí. En la casa no hay nadie, como dijo ella: “Esos cabrones salen siempre de casa a la misma hora”.
No se hace difícil esconder el explosivo. Todo está rodeado de figuras y fotos familiares; todo decoración austera y típica; decoración con fotos que enseñan un ambiente familiar feliz; equilibrio; bienestar; solidez de clase media (si eso es posible). Natalia dice:
– Viendo todo esto hasta pensarás que son normales… del montón ¿no?
Asiento.
-Pues no los son – asegura.
El día parece pasar a cámara rápida, como esas películas antiguas, como esos días que llevas demasiadas horas esperando. Tres horas después, a las doce del mediodía, estamos aparcados a dos manzanas de donde tiene que explotar el pasado de Natalia, hecho añicos. Sus padres ya llevan un buen rato en casa. Yo miro mi reloj, nervioso. Natalia levanta unos prismáticos que no me gusta que use. Quiero verlo, me dice todo el rato; quiero ver cómo explota.
No debí sincronizar bien mi reloj. Tres segundos antes de lo previsto, la fachada del apartamento a pie de calle salta por los aires hecha escombros, haciendo mucho más ruido del esperado. Suenan algunas alarmas de coches cercanos que han pasado de sus colores de moda a ser blancos. De dentro de los escombros que fueron la sala de estar en la que Natalia pasó tantas navidades, sale una figura. Torpe y tropezando sale lo que queda de la madre de Natalia. Le falta un brazo; cae de rodillas al suelo, y vomita mientras muere; quizá también vomita el alma, con todo el lado derecho de su cuerpo negro; quemado. Deduzco que el padre ha muerto algún minuto antes; ha tenido más suerte. Natalia no para de levantar sus prismáticos, y yo no paro de intentar quitárselos. Al final (porque esto es el final) me los da, saca un sobre de su bolso y me lo deja en el regazo. Me da un beso en la mejilla, abre la puerta y sale del coche con una sonrisa. Yo tengo el sobre en la mano. Parece estar repleto de algo que podrían ser fotos. La última frase que oigo salir de la boca de Natalia es: Deshazte del sobre. Después cierra la puerta con su permanente sonrisa, que hubiese querido que durara años, y se va.
Me alejo de la escena del crimen, escuchando sirenas y viendo como todo el mundo corre hacia el desastre con la esperanza de poder ver algo horrible.
Llego a casa y dejo el sobre encima de la cama, sin fuerza para abrirlo, pensando que lo único que tengo de ella es su nombre de pila; ningún teléfono; nada. Sé que no volverá a su piso de soltera. Lo sé por cómo me miró antes de darme el sobre. Me siento engañado, o quizá autoengañado. Creo sin duda que ella conocía a alguien que conocía a alguien que conocía a alguien que sabía cosas de mí; que sabía que yo le puedo dar un doble uso terrible a mi bañera.
Y Natalia fue y ligó conmigo en un Bar, de la forma más barata, y yo me lo creí. Creí que realmente le gustaba. Creí que ella no sabía nada de mí. Creí que para ella sólo era un tío interesante bebiendo solo en un bar. Un tío interesante, quizá hasta guapo. Joder.

Tu vida es especial cuando hablan sobre algo que has hecho en el telediario. Incluso cuando lo que has hecho ha sido matar. Dos días después del desengaño hago algo que nunca he hecho: subo el volumen de la televisión hasta el máximo.
De la casa de Natalia la policía ha sacado cantidades ingentes de material pornográfico; pedofilia. Voy corriendo hasta mi cuarto y saco de un cajón el sobre que me dio, aún sin abrir. Eran fotos, sí. Deshazte del sobre. Fotos de una Natalia de cinco años; con su padre; con un desconocido; con un desconocido; con un desconocido; otra vez con su padre; y así durante más de cincuenta fotos.
“Por ahí no”
Y en el sobre, un papel, con solo unas palabras: “No lo tenía planeado, pero no puedo volver a verte”.
Lloro de felicidad como nunca, viendo imágenes congeladas de una Natalia infantil y violada. Porque me quería de verdad. No fue su último beso en la mejilla su único gesto sincero. Todo fue auténtico y yo lo viví. Ahora lo sé. No todo es una farsa. Nunca pensé que moriría con algo para recordar. Pero tampoco pensé nunca que moriría de forma tan precipitada.

No han pasado más de tres días desde que abrí el sobre de Natalia. Alguien ha puesto una bomba en el centro comercial más concurrido de la ciudad. Pero ha explotado por la noche. Nadie ha muerto. En la televisión alguien encapuchado apuntaba a la presentadora hoy. Y la presentadora, temblorosa, en prime time, a las diez de la noche, leyó: “La verdad está en la gente, no en vosotros”.
El papel también reconocía la autoría del atentado. Un Grupo sin nombre, que está creciendo, según los medios; que está día a día destruyendo negocios, tiendas, almacenes; todo en plena noche. Mucho déficit y ningún muerto. Lo del telediario no se vuelve a repetir. Pasan los días.
Por las paredes de las calles y por el suelo, y encima de las persianas se pueden leer frases de desconcierto. La anarquía flota en el ambiente. La gente, a esto, siempre lo llama anarquía. Y cada vez más se unen a la causa. Los expertos no tardan en asociar estos atentados a mis años de juventud. Estoy fichado, y aunque salí libre al poco tiempo, estoy llenando la bañera de agua; estoy mezclando ingredientes. Todo está hirviendo. Y digo todo.

Al paso de los días no paran de salir fotos de sospechosos en la tele. Sale Natalia, y muy pronto salgo yo, con muchos años menos. Todo esto me supera. Natalia lidera al Grupo Terrorista, eso dicen. He creado un monstruo a mi imagen y semejanza. Mi Frankenstein de ojos Manga. Pero he aquí lo más curioso: no estoy arrepentido. Luzco una sonrisa congelada constante.
Es cuestión de horas. Vendrán a por mí. Decido quedarme una noche más en casa. Sueño con la madre de Natalia sin un brazo. Al despertar pienso en lo poco que me impactó. Pienso en que si me lo hubieran contado, lo que hubiese pasado por mi cabeza hubiese sido terrible. Es peor imaginar que ver. Esa mañana, después de soñar, lo preparo todo. Mi apartamento explotará más o menos mientras estén golpeando mi puerta. Y no tengo que esperar demasiado.
A las ocho de la mañana un coche aparca fuera. La idea es poner en marcha la cuenta atrás mientras suben. Entonces tirarán la puerta abajo y moriremos todos. Esto es como un deja vu que se veía venir. Como eructar tres horas después de haber comido, y notar cierto aroma. Diez.

Nueve.

Oigo ruido abajo. La policía suele entrar siempre destrozándolo todo. La ley. Nuestra esperanza. Y nuestra esperanza siempre va armada. El orden depende de gente armada; de gente que manda a otra gente que se encarga de organizar a masas de gente armada, para establecer el orden. El protagonista aquí es un reloj despertador muy sencillo; sólo tienes que desmontarlo y substituir el altavoz por un hilo de cobre. Tienes que conectarlo a la sustancia explosiva y programarlo. No es fácil ni rápido, pero es lo último. Ocho.

Y yo pensaba que esto sólo iba a ser una sesión de sexo anal. En la tele no dan nada. Estoy enamorado y no voy a volver a verla. Cambio y un concurso, una película mala, sensacionalismo, sensacionalismo, sensacionalismo. Apago la tele. Siete.

Seis.

Cualquiera que crea que va impartir justicia subirá cualquier escalera haciendo un ruido atronador. Cinco.

Y al final tendrá razón la iglesia, tanta depravación y mira como he acabado. Comienza mezclando glicerina con ácido nítrico. Acomódate. Respira hondo. Y si voy a morir, ¿no debería estar viendo ya esa película de mi vida?

Cuatro.

Si es que hay algo que ver, el montador de tu vida nunca acabará la faena si tiene que complacerte. Tres.

Dos…

Y Ella me quería. Uno… Pero imagina un final espantoso.

6 comentarios en “Terror (Revisión)

  1. Hola Jordi, ¿qué tal? Uf, este me lo tengo que leer otra vez, antes de respirar hondo. Me despisté con la “sesión de sexo anal sin más” y luego perdí el carrete, digo el hilo. Pero promete… Saludos

  2. ¡Espectacular historia!
    Llegué hasta acá buscando la palabra “divagamos” en google, resulta que ayer hice un blog, por ahora muy malo, en wordpress con ese nombre y no aparece en ningún lado; me puse a leer tu blog por lo de la sesión de sexo anal”, según dicen “sexo” es la palabra más buscada por los internautas y el “por ahí no” es tan común que lo hace aún más apetecible, no pude parar de leer. ¡Genial! Felicitaciones por la obra.

  3. Palahniuk: “Cometed vuestros crímenes mientras no son ilegales”.
    Interesante relato, aunque la realidad siempre acaba superando a la ficción. Si yo te contara… Coincido: “la policía suele entrar destrozándolo todo”. A mí casi me destroza la vida. Estoy aún reuniendo restos del naufragio.

    Yo llegué aquí desde un sitio romántico: Filofobia.

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