La postergación

El truco es la parsimonia y la apariencia. A la gente que nunca mataría a nadie o que nunca atracaría un banco. La gente que jamás donaría dinero para el tercer mundo o que nunca miraría más allá de sus intereses. A esa gente, a la gente normal, a la mayoría. A toda esa gente le basta con tu parsimonia y tu apariencia. Nada más. Y ya tienes vía libre.

Así que el día anterior me preparo. Voy a la peluquería, compro ropa nueva. Se trata de conseguir austeridad. Tienes que ganarte el respeto y la confianza de antemano. Tienes que hacerlo por el mismo motivo por el que a tu hijo no le contratarán en ningún sitio con todos sus piercings y toda su ropa negra y raída.
Así de fácil puedes engañar a todo el mundo. De entrada, tu pericia y tu inteligencia se miden por la frecuencia con la que vas a la peluquería, o por la ropa que llevas puesta. Tanta estupidez hay. La gente que tuerce el gesto cuando ve a quien viste diferente o no sigue las tendencias comunes, esa gente probablemente acabará casada más con fondos de armario que con personas. Hay quien confunde el amor con estuches carísimos de maquillaje, con minifaldas o trajes de diseño. Te casas con una selección cuidada de detalles en lugar de con una persona. Dices que quieres a tu pareja, pero no podrías soportar que se rapara la cabeza. Así de frágiles somos, así de idiotas. Y ése es el tipo de vacíos intelectuales que se aprovechan. Por ahí es por donde les sale la sangre a todos.

Por la mañana, el día señalado, apuro el afeitado y me pongo ropa de tío respetable. La idea es entrar en el colegio de mi hija. Si tienes ya cierta edad, la forma de colarse en cualquier clase de primaria es pareciendo el sustituto eventual. Unos pantalones tejanos nuevos, camisa azul celeste, zapatos negros y un maletín negro. Peinado anodino y cara rasurada. El sustituto. O el inspector de turno. O alguien respetable, da igual. En todo caso debe parecer que deambulas por allí por motivos profesionales.

Camino por el patio del colegio y los niños no me hacen ni caso. Entro en un pórtico y sigo caminando. Si me cruzo con alguien mayor de edad, digo: “buenos días”. Y quedo estupendamente. Aun con mi aspecto de tío del montón con obligaciones del montón, podría llevar una bomba bajo mi camisa. Pero eso parece imposible dado mi look, con mi sonrisa de haber dormido ocho horas y mi maletín. Imposible que yo pueda querer hacer lo que quiero hacer. Todo el mundo me mira y piensa que si bien no me conocen y camino tranquilamente entre los niños, seguro que los demás saben perfectamente a qué he venido.
Me dirijo por un pasillo hacia la sala de profesores. Sólo vine a una reunión de padres, pero ya hace dos años de eso. Nadie me va a recordar. Entro, la puerta está abierta. Acciono un interruptor y dos fluorescentes se encienden relampagueando en el techo, vaticinando una tormenta. La tormenta.
Todo el proceso vital que me ha traído hasta aquí comienza con un divorcio, sigue con mi mujer apoderándose de mi hija, y va a acabar fatal. Un final infeliz en la vida real como los que emocionan tanto en las películas. El mundo al revés. El fin del mundo, el apocalipsis metido en mi maletín de falso profesor hastiado de EGB. Y digo fin, por aquello de que cuando mueres, pues sí, se acaba el mundo. No vas a resucitar para poder ver la sesión golfa del final de los tiempos. Porque no soy mi hija, y nadie podría evitar que envejezca hasta morir. Es una cuestión de amor, no de genética.
Y es verdad que esto comenzó con un divorcio, pero en rigor, uno siempre omite lo que le incomoda contar. En principio la gente no se divorcia por deporte. Uno se casa y cree que está enamorado; luego sigues enamorado durante un tiempo y decidís dejar de usar anticonceptivos. Tu mujer un día da a luz a tu hija, y con todo, es imposible que puedas prever que un día vas a volverte loco buscando libros serios sobre vampirismo. Nunca pensaste que tu vida acabaría condicionada por un mito, y que ese mito podía acabar intentando matar a los vecinos durante la noche cuando aún estaba aprendiendo a sumar. Tu hija tiene seis o siete u ocho años, y después de haberla llevado a todo tipo de matasanos titulados, acabas llevándola a ver a tíos de los que te ríes cuando salen en la tele. Tíos con pendientes y túnicas, jóvenes góticos que imaginas perfectamente durmiendo en un ataúd, lunáticos que se pasan la vida esperando ver un ovni. En eso se ha convertido tu familia. Tu vida es eso de lo que no le puedes hablar a nadie. Y llevas años atando a tu hija por las noches porque aparte de ser sonámbula, podrías despertar una noche con su mandíbula cerrada alrededor de tu cuello.

Nadie aparece por aquí, la sala de profesores soy yo, y parece ser que sólo veré a alguien después de la primera hora de clases. No me molesta esperar. Aunque yo no vaya a vivir para siempre, la paciencia me define.
Y ahora, tan cerca de mi muy probable final, sólo deseo que mi hija maldita no llore por mí. Pero sobre todo, espero que no llore nunca por su madre; la mujer que se quedó con su custodia pero no supo aceptar la realidad. Todas esas familias disfuncionales de padres divorciados y peleas por coches y pisos no tienen ni puta idea de lo que es tener que adaptarse a una situación límite. Mírame con mi hija, años atrás, la primera vez que hablamos con un parapsicólogo y éste ni tan siquiera parpadeaba, escuchando. ¿Que a cuánta gente ha matado ya? Pues a Seda, su primera mascota, a dos psiquiatras y a una enfermera; y eso que yo sepa. El tipo hacía preguntas una detrás de otra, y lo único que conseguimos fue saciar su curiosidad, proporcionarle material para su próximo libro. Mi hija, la fuente de dinero de la que sólo beben los crédulos. La fugitiva que me ha convertido en fugitivo, en caza vampiros a tiempo parcial y padre a tiempo completo. Soy yo quien la ve llegar a casa y escruta su ropa buscando sangre. ¿Y esa gota de sangre en la camisa?
– Es mía…
– ¿Seguro?
– …
– No es tuya.
– ¡Sólo le he mordido en un dedo!
– ¿A quién?
– Un chico, no sé…
Un chico. Otro vampiro. Imagíname teniendo conversaciones así, día sí día no. Mi vida hundida. Y mi mujer casada con otro, en otro país, en otra vida, alejada de la realidad hasta que el vampirismo se contagie lo suficiente. Sólo es cuestión de tiempo que todo el mundo sepa en qué mundo vive; es cuestión de tiempo que los vampiros ocupen cargos selectos; unos cuantos años más y unos de ellos se presentará a las elecciones generales, y la gente tendrá que votar por la vida conocida o por la inmortalidad. Parpadearás y ya no existirán las ideologías, sólo la opción de ser o no ser vampiro, de tener que mirar la carta de los restaurantes o no poder acudir nunca a uno porque tu plato preferido son los comensales que los llenan. Y toda esa parsimonia y apariencia de la que la gente es fanática, será la que te haga tener miedo de todo el mundo. La misma ropa y el mismo maquillaje que adorabas acabará por hacer que te encierres en casa; la ropa interior que te encantaba arrancarle a las chicas con los dientes será la que te haga dudar sobre si tu siguiente novia no es tan sólo un truco para ser el próximo banquete que ella se trague con sus amigas inmortales. Lo cierto es que, sólo es cuestión de tiempo que dejes de ser humano, y quizá morir no sea tan malo en comparación con otras cosas.
Abro mi maletín y echo un vistazo. No recuerdo el modelo, el nombre del arma. El silenciador está colocado, aunque eso no va a evitar poner todo esto perdido y que se entere todo el mundo de la masacre. Todas las balas que llenan el cargador llevan marcada una cruz cristiana en un costado. Y yo, que era ateo. Así que, con mi nueva condición de creyente suicida, sólo tengo que apuntar al corazón de las víctimas. Como no sé cuántos de los profesores están convertidos, tendré que hacer caso omiso a mi moral y disparar a todo el que entre; como un nazi que paseara por un campo de concentración; la razón por la que no seguiré vivo. Mi venganza. Mi muerte por amor.
Porque un día mi hija va y me cuenta quién la convirtió; un profesor que ejercía en el parvulario y que ahora da clases de primaria. Un tipo elegante y sobrio, el que dicen ha convertido a todos sus compañeros y a muchas de las madres que no estaban satisfechas con sus maridos y acabaron en sus brazos. El profesor del año; el tipo encantador que moja bragas a su paso.

Varias moscas zumban cerca del techo. Sangre mortal corre por mis venas. El reloj corre para unos, y para otros simplemente está. Oigo un trueno fuera, el ruido atraviesa clases y paredes hasta llegar a mi sala de profesores. Y después, oigo movimiento por los pasillos.
Ruido. Mucho ruido. Alguien grita, una mujer. Saco la pistola del maletín y me pego a la pared al lado de la puerta. Se suponía que yo era el que iba a liarla hoy aquí. Oigo un golpe en la puerta. Un gorgoteo de alguien muriendo. Luego la voz de mi hija, un grito. Un charco de sangre entra creciendo por debajo de la puerta. Sangre oscura de vampiro, sangre de otros. Se oye a la gente correr y no me atrevo a salir de la habitación, muerto de miedo, tembloroso. ¿Así iba a matar a una cuadrilla de esos bichos? Sujeto la pistola apuntando al frente, procurando no dispararme en un pie. Se abre la puerta y asoma la cabeza de mi hija; mi hija de catorce años. Se me queda mirando y me dice que ya sabía que iba a venir, pero que no le haga preguntas. Me coge la pistola y dice que no puede permitirlo. Cualquier vampiro crecerá hasta la edad de veinte años, y ahí se detendrá. Cualquier vampiro convertido más allá de los veinte años tendrá el mismo aspecto para siempre, hasta que decida suicidarse, si lo hace. Mi hija deja la pistola en la mesa de la habitación. Yace en el suelo su profesor, el tipo encantador, con el pecho desgarrado. Algo que debe ser su corazón descansa desgajado a unos metros, en el suelo. Lo cierto es que nunca he oído hablar de vampiros suicidas. Y mi hija me dice que hasta cuándo voy a querer sufrir, que no me cree capaz para el suicidio. La miro a los ojos.
Y voy a mezclarme entre la multitud con mi sano aspecto. Voy a ser normal por fuera para parecerlo por dentro. Voy a seguir igual, pero con matices. Decido que sacaré mi entrada para poder presenciar la sesión golfa que nos enseñará el final de los tiempos. Mi final. El fin del mundo a lo grande. Porque no sólo Dios tiene derecho a verlo. Así qué, viendo pasar delante de mis ojos grandes avenidas abriéndose en dos por el suelo hasta dejarnos ver la luz del infierno; oyendo a la gente gritar en una orgía de miedo y dolor, viendo qué es lo que acaba con nosotros; atisbando el gran final que Dios y el Diablo nos preparan, veo cómo mi hija me coge la muñeca y acerca su boca a ella; me mira antes con sus ojos verdes eternos, y me promete que no me dolerá.

(Hace unos añitos, un guionista tremendamente cabreado y James Wan parieron un corto (el video en cuestión) llamado “Saw”. Luego se hizo un largometraje que todos conocereis, con un guión blindado y mucha mala leche. Y después llegaron todas las secuelas que hartaron a la gente de tanta maquinita de tortura. Y es que algunas ideas es mejor explotarlas hasta que dejan de tener frescura. Pero ya se sabe, el dinero…)

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3 comentarios en “La postergación

  1. A pesar de que podría agudizar el ingenio para hacer un comentario rimbombante y bonito, considero que hay veces en las que es ridículo hablar innecesariamente. Podría decirte que es de los relatos más redondos que he leído en tu blog, pero no lo haré. Hay veces en las que un relato deja sin nada que añadir.

  2. Este relato es cojonudo! Por fin alguien habla de vampiros sin caer en topicazos. Me ha encantado.

    Por otro lado no tenía ni idea de que Saw antes de todo fuera un corto. La verdad que bien se podría haber quedado ahí o, como mucho, en la primera película. La casquería, deberían saberlo, no nos pone nada.

    Un besito

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