Lituania (1)

Te va a sonar seco, me dijo, pero me da igual. Todo se reduce a la literatura, la música y el cine. O llámalo Arte si quieres. El resto suele ser trabajo y gente con la que estás o con la que te peleas. Sin embargo, una buena película siempre será una buena película. Tus libros favoritos nunca te van a decepcionar.

Debe ser eso, me dijo. La gente se debe referir a eso cuando habla de los pequeños detalles. Parece que lo que realmente aguanta el paso del tiempo es el legado de la gente; lo que la gente crea. Lo que la gente es pasa a ser discusiones, repartición de bienes, desconfianza, malos augurios y, finalmente, un bonito e hipócrita funeral en el que los mismos que hablaban pestes de ti besarán a tus seres queridos. Así que seguramente somos más lo que creamos que lo que somos. Porque pocos somos un ejemplo a seguir. Y es verdad que también hay buenos ratos, pero eso suele acabar machacado en tus vómitos para acabar yéndose por el desagüe. Muchos de tus buenos ratos van acompañados de un dolor de cabeza insoportable al día siguiente. Por eso la gente odia los domingos. No nos gusta enfrentarnos con eso, con la posibilidad de que la alegría surja de una felicidad más bien artificial.
Pero no cuando escuchas música o lloras con una película. Eso es auténtico en comparación con una botella de vodka.

Todo eso me decía la chica. Imagina el discurso con un marcado acento ruso. Toda esa retahíla de palabras saliendo de esa chica rubia de la que no recordaba el nombre aun habiéndose presentado. Esa chica rusa y azafata de vuelo. Imagínanos en un avión comercial, sentados en clase turista volando a setecientos kilómetros por hora y a diez kilómetros del suelo. Ésa era mi realidad de hace un año, viajando solo a Moscú. No más playas, me dije, quiero ir a la ciudad más jodidamente fría y europea que sepa. Y además en febrero. Quería caminar por calles nevadas y entrar en pubs en los que beber tuviera más que ver con aplacar los temblores que con emborracharse. Y quería hacerlo solo, o como mucho con extraños. Y de camino a eso una azafata se sienta a mi lado en el avión semivacío y me habla de la muerte como ese buen plan para el futuro, ese descanso eterno que los ateos nos merecemos. Imagina que te mueres, me decía, y encima te van a tener que juzgar por lo que has hecho en vida. Los católicos tienen ese modo sufrido de vivir, y encima no les molesta que pueda haber vida después de la muerte. ¿Quién quiere eso?, decía la muchacha enfatizando en la “r”. No, en serio, ¿quién quierrre eso? ¿Vivir para siempre? Vamos, no me jodas… la vida es vida por contraste con la muerte, si no de qué sirve todo esto.
Cada vez que el avión se ladeaba o había turbulencias, la muchacha me decía: No te prreocupes, no caerrrá esa breva. No podrías imaginarla diciendo eso ni en sueños. Si no la mirabas parecía que hablabas con el villano de una película de acción americana, y cuando lo hacías parecía que Heidi en realidad había sido rubia, había crecido y ahora trabajaba como azafata de vuelo nihilista. La cara de un ángel hablándote de morir abrasado por el combustible del avión. Me hubiera enamorado de ella en ese mismo vuelo si no fuera porque yo sí tenía miedo de estrellarme.

Mi deambular por Moscú se puede resumir con mi cara de estupor cada vez que me perdía intentando volver a mi hotel de dos estrellas. El conserje era un tipo alto de unos cuarenta años que no hablaba una palabra de inglés, y por la noche una chica de unos treinta años que no hablaba una palabra de inglés. Todo eran gestos y muecas. Por suerte ninguno de los dos me odió por no entender su idioma. Caminé durante cinco días por la ciudad sin notar mis orejas, y comprobando que mis guantes eran inútiles del todo igual que un paraguas en medio de una tormenta de verdad. Evité hacer ese tipo de rutas para turistas, la idea era simplemente desconectar. Y tampoco tiene mucho sentido ir a un museo cuando no tienes con quien disimular que estás impresionado.
La verdad es que la idea de largarme de allí la tenía desde el segundo día, pero el orgullo me hizo aguantar hasta el quinto; como esa gente que acaba carreras que odian por miedo a discutir con sus padres. Digamos que no quería parecerme a mí mismo un estúpido que vuelve a casa cuarenta y ocho horas después pensando que no hacía falta ese viaje, aunque fuera verdad. Así que al quinto día hice mis dos maletas pensando en si no será el orgullo lo que empuja el mundo, por delante del dinero y el amor.

No había tantas posibilidades de volver a encontrarme con la azafata. Pero pasó. O más bien lo busqué.
Después de dejar mis maletas en esas cintas transportadoras tan propensas a perdértelas, vagué por el aeropuerto como homenaje a los retrasos.
Encontré una cafetería en la que se podía fumar, cosa que ya no sabía que existiese en los aeropuertos del primer mundo. Y allí estaba, sola, sentada en una mesa con un vaso lleno de algo transparente que podía ser lo que fuera menos agua. Al verme sonrió, y yo me relajé. Me invitó a sentarme con ella.
– ¿Te ha gustado mi ciudad natal? – dijo.
– Bueno…
– Puedes decir la verdad, soy aficionada a la verdad – masculló, sin dejar de sonreír.
– La verdad es que no he salido mucho del hotel – mentí.
– No me lo creo.
– Bueno, sí he salido, pero no como un turista.
– ¿Y la gente?
– No lo sé… ¿serios?
– Sí, has acertado, serios… Somos el tercer país con la tasa de suicidio más alta.
– ¿Terceros? ¿Sólo? – bromeé.
– Bueno, danos tiempo, es bueno tener metas en la vida.
– ¿Es que piensas suicidarte?
– ¿Yo?… no. Tengo miedo de tener que seguir con esto en otro lugar y tener que reencontrarme con mis padres algún día.
No pude evitar una carcajada. Y luego dije:
– ¿Y cuál es el primero?
– ¿El primer país?
– Sí.
– Lituania.
– ¿Y cómo sabes eso?
– Wikipedia – sonrió.
– Y España cómo va…
– Creo que estáis por el cincuenta o así… Más o menos como en el fútbol, pero es normal, aún sois un país bastante penoso.
– ¿Te gusta el fútbol?
– A mí no… a mi padre.
– ¿Somos más penosos por ser más felices?
– No, sois más penosos porque allí hay más ignorancia. Yo viví tres años allí. Debería notarse…
– ¿Fuiste a alguna corrida de toros?
– Sí…
– Vale, entonces no tengo nada más que decir…
Se hizo un silencio. Y ella arrugó el ceño y dijo:
– ¿Te gustan las corridas de toros?
– No.
– Oh… – sonrió – menos mal…

Coincidimos. Embarcamos juntos en el avión, y ella, cuando las azafatas tenían que sentarse, lo hizo siempre a mi lado. Lo bueno de los aviones, me dijo, es que si te estrellas, mueres. No es mejor por la muerte en sí, dijo, sino porque hay cosas peores que la muerte. La gente conduce sus coches confiada porque están ahí abajo en el suelo. Sin embargo, si te estrellas con tu coche, no sólo puedes sobrevivir quedando como una planta más para tus padres, además te habrás pasado horas hasta que los bomberos consiguieran sacarte de la chatarra. No me gusta el término medio, me dijo; o viva o muerta, lo demás no me interesa; no quiero verme un día buscando en Google cuáles son las instalaciones que tienen rampas y cuáles no. Es cierto que pasaría un mal rato hasta que el avión cayera, pero eso no es nada en comparación con que te tengan que alimentar por una pajita durante el resto de tu vida. De hecho, dijo, no tengo ni carné de conducir.
Las demás azafatas miraban a su compañera con curiosidad. Esta vez el avión iba más lleno, así que la gente que oía hablar a mi nueva amiga, no podía evitar prestar atención. Llegó un momento en el que no pude contenerme más, y le tuve que decir que no recordaba su nombre.

– Oksana – me dijo -, con “k” y con “s”.

Oksana podía haberse llamado Natasha, o algo más recordable, me dijo, pero era así como se llamaba su madre, su abuela, y quién sabe cuánta gente más en su familia. Me dijo que había investigado su árbol genealógico, y que dada la actitud alicaída constante de su familia, le costaba creer que no se hubiera terminado todo hace tropecientos años. Me dijo que había habido repetidos suicidios e intentos de suicidio en sus antepasados, y que no le extrañaban nada las estadísticas estatales. En realidad yo existo de milagro, me dijo, y lo creas o no, mi fantasía es ir a vivir a Lituania. Si puedes vivir allí, dijo, puedes enfrentarte a cualquier país europeo. Aquello debe ser el Limbo del primer mundo.

(Esta vez el video es una fragmento de la película “Cashback”, que surge del cortometraje del mismo título nominado al oscar hace unos añitos. Dirige el debutante Sean Ellis. Una peli para los que buscáis pelis románticas que no den vergüenza ajena. En estos dos minutos podeis ver cómo se las gasta Ellis montando escenas (hay ecos de un tal Gondry). Y sí, está en inglés, pero este fragmentito lo entiendo hasta yo…)

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5 comentarios en “Lituania (1)

  1. Creo que es, como todos los que he leído hasta ahora, entretenido y bién hilvanado.
    De momento no me das motivo como para dejar de pasar por tu blog. Así que: hasta la próxima 🙂

    Saludos.

  2. Bueno afirtunadamente soy de las que habla, escribe y lee el ingles perfectamente no en vano soy la hija de un indio cherokee!!! vamos que soy yankee como me dicen aqui aunque mi apariencia de indijena americana diga lo contrario!
    A mi me sucedio algo parecido con una azafata pero esa paso de conversaciones interesantes y pasó a la accion me llevo al baño y bueno….
    Cuando nos vamos de viaje? a mitambien me gusta ir a lugares para no comportarme como un turista mas!

  3. Sobre el relato, ya me conoces, así que me ahorraré las palmaditas y, también, tirones de oreja.
    El blog, al que no entraba desde “Tautou”, veo que está cogiendo una dinámica cojonuda. Me parece estupendo que incluyas los vídeos, le dan una frescura a la página muy particular: no sólo creas, sino que, además, compartes algunas de tus personales miradas.

    Aunque he de reconocer que lo que más me ha impresionado es encontrarme a la hija de un indio cherokee. Te envidio.

    Con ello, y ante mi admiración desde niño por su cultura y resistencia, aprovecho para recomendar un peculiar film de 1997: Smoke Signals (también título del álbum de Dobphonic), de Chris Eyre; con la relevancia de significar la primera película hecha (guión, Sherman Alexie; producción y realización) íntegramente por indios americanos, partiendo de la historia de dos muchachos de tal etnia, con sus conflictos. Aparte de la importancia histórica, aporta una mirada sobre el particular relativamente objetiva, mediante un oficio cinematográfico de lo más digno. Cabe destacar que interviene Gary Farmer, el “Nobody” de Dead Man, entrevisto igualmente, actor y personaje, en Ghost Dog.
    Nunca llegué a encontrar subtítulos, pero, al menos la citada visitante, sabrá disfrutar de tan estimable cinta.
    Cuando quieras te la paso.

    Jordi: Es imposible detenerte; eso es lo que más me gusta de ti.

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