[F]elicidad (Revisión)

Podría ser pero no es. Y casi siempre es así. Según cómo, poco depende de lo que pongas de tu parte. Y aun así, hay que sacrificarse. Esa frase te la dicen los mismos que abogan por el optimismo como filosofía de vida básica. Pobre de ti si te abandonas o cedes o te rindes en lo que sea, aunque lo que sea te lleve por el camino erróneo.
Es verdad que hay cosas que son producto de la desesperación, pero no por ello han de perder valor significativo. Cosas, decisiones, acciones.
El día de los enamorados lo celebran las parejas. Como si los solteros que quizá estemos enamorados no pudiésemos entrar en la fiesta. Y venga, no, no entraremos a juzgar al porcentaje de parejas que no están realmente enamoradas, que fingen, y el hecho de si ése porcentaje es quizá mayor que el de las parejas que sí lo están.
Sólo diré que hay hombres y mujeres que creen que están enamorados, extasiados por alguien más allá de la carne; quieren creerlo, y eso es todo. Vale, a veces no quieres mojarte y ya estás empapado. Y es que juzgar a todo el mundo es muy feo, porque no toda la gente tiene esos rasgos comunes de carácter.
Lo que sí tienen en común todos es que siempre van a gastar dinero en regalos. Por eso el amor es complicado, porque es abstracto y muy pocas veces sabes si lo que sientes es amor o simplemente tienes hambre y unos ojos te miran, respondiendo a tu mirada como en las poesías baratas. Hay gente que acude a la comida rápida; poco importa si hablamos de eso que llaman sexo express, o si hablamos de prostitución. Y otros fuerzan el enamoramiento, como si realmente eso se pudiera provocar. Y sí, un amigo de toda la vida, Cristian, y yo, estamos muy enfadados. Enfadados en general, y por el tema en cuestión en particular. Quizá todo esto pueda estar resultando confuso, pero es que hablamos del amor. Amor. Cupido, si me oyes, nos da igual si no vas a bendecir nuestros actos; tú sabes muy bien de qué hablamos
Nos costó mucho conseguir un arma. Todo el puto día dos tíos dando vueltas por la ciudad. Hoy es el día de los enamorados.

Hace mucho que decidimos que acudiríamos a esa supuesta lacra de la sociedad que es la prostitución, la comida rápida del deseo sexual. El sexo sin amor; sí, como el que compra fruta en el supermercado, nosotros compramos sexo, desde hace mucho tiempo. No forzamos a nadie. No le insistimos a ninguna chica hasta el agotamiento para hacer pasar esa relación por algo poético o bonito. El amor y el sexo no se complementan ni van juntos ni tienen nada que ver; no, la mayoría de veces no es así. Es por algo que cuando te enamoras de una persona a la que hace poco que ves no tienes el sexo como prioridad; piensas en abrazarla y en cuidarla y en hacerla reír. El sexo no dista tanto de comerse una tableta de buen chocolate, o de mear cuando ya pensabas que ibas a reventar por dentro. Placer al tacto, nada más.

El Corte Inglés está lleno. La chica a la que quiero tiene novio. Trabaja en la última planta. Vamos a subir; Cristian y yo. Queremos hacer algunas cosas por el camino. Una cosa por planta. Hay que desfogarse. Hay gente que llora sola en casa, o disimula con un café delante. O simplemente presumen de su soltería. Nosotros compramos un arma.

Ella me dijo que me quería, pero que ya estaba comprometida. En definitiva me rechazó porque no soportaría el hecho de que todo el mundo (incluyéndose a sí misma) supiera que se ha equivocado, y que en realidad quiere a otro. A mí. Y ahora está en la última planta del Corte Inglés, esperando el día de su boda, para casarse con alguien al que no aprecia más que a un vecino o que a su plato favorito. Yo sólo quiero cambiar el rumbo de los acontecimientos. Lo demás no existe, porque lo demás ya ha tenido suficiente protagonismo. Ella morirá muy vieja, sabiendo que alguien hizo algo muy grande, terriblemente grande por ella. Y nadie la culpará.

Pasamos de la primera planta porque hay demasiada seguridad. Hay cinco plantas. En la segunda vemos a una pareja. Ella lleva un ramo de rosas rojas en la mano. Él lleva la mano derecha perpetuamente en el culo de ella. Nos lo ponen fácil. Él va al lavabo. Ella espera fuera. Cristian y yo nos acercamos. He venido con Cristian porque está loco. Yo sólo estoy enamorado. Cada uno tiene sus motivos. Por ambos se puede matar y morir. Metemos a la chica a empujones en el lavabo. No hay nadie más. El viento nos sopla a favor.
– A ver – les digo -, ¿sois pareja?
Los dos asienten, acojonados. Cristian está cargando la pistola. Era un plan hacerlo delante de ellos, para que se vea que esto no es una broma. Hablamos de Amor, del de verdad.
– ¿Os queréis?- les pregunto.
Vuelven a asentir. El plan es primero el chico, y en la siguiente planta la chica. La que sobra lo haremos a suerte.
– Tendrás que morir por ella – le digo, apuntándole. El tipo comienza a temblar.
– Oye, tío… – empieza a decir.
– A la mierda… – digo – o tú o ella. Elige. Tienes un minuto. – El hombre tiembla con más fuerza, llorando. Esto es cruel, sí, podríamos hablar un rato de la crueldad, y de sus diversas y múltiples capas. Es sencillo, ¿morirías por la persona que quieres? ¿Y si no, eso qué significa? Significa que mentías. ¿Estamos Cristian y yo intentando crear una nueva raza de personas sinceras? Imagina esta escena ocurriendo a la vez en todos los países del mundo, con una pistola cargándose delante de una pareja, con la importancia mediática que eso tendría. La revolución de Cupido, los ejércitos de su versión oscura y cínica. ¿Se pueden inculcar los buenos valores con miedo? ¿Lo hacen algunos padres con sus hijos? ¿Se hace en el colegio imponiendo según qué castigos? Es igual, es complicado, esto es una historia de amor, de las que acaban mal; por qué no llevárselo todo al extremo. Los sesos de la chica acaban manchando el blanco virgen de la pared. Él también muere. La gente ha comenzado a morir por falsedad conyugal, por mentir, aquí y ahora, en este Corte Inglés, feudo de la felicidad fingida.
El cojín que lleva Cristian ha amortiguado el ruido mejor de lo que cabía pensar. Y ya está. Subimos a la tercera planta. Yo llevo el ramo de rosas en la mano. A ella le gustan. Conjugar la crueldad, el amor y los regalos del día de San Valentín en un Corte Inglés, parece bastante cuerdo. La muerte, bueno, a veces está y a veces no; sencillamente forma parte de la vida, depende de las circunstancias. Todo tiene la tendencia siempre a ser cada vez más confuso.
La tercera planta está llena de parejas. Todo está lleno de corazones y motivos rosas y rojos, cupidos y una música suave de Eros Ramazzoti. Esta vez cuesta encontrar a alguien para intimidar.
Pero mira, al fondo, alguien desdoblando camisas, aquella mujer. Y su novio, sujetando el bolso femenino, resoplando.

Ella es bajita y rubia, alguien muy tierna que parece vaya a derrumbarse por cualquier cosa. Sin embargo, en el lavabo, mientras Cristian agarra al novio, ella coge el cañón de la pistola que yo sujeto, y se lo lleva a la cabeza, casi sin inmutarse, con la cara blanca.
Y fíjate en la cara de él, la sinceridad latiendo en sus ojos, sea cual sea.
Y no disparo.
– Muy bien – digo – lo habéis hecho bien. Dadnos vuestras carteras. Si decís algo a alguien de seguridad iremos a por vosotros. Disfrutad de la vida, vosotros que la vivís de una forma sincera.
Me encanta, amor auténtico. O algo cercano a serlo. Me da la sensación de que él no dormirá esta noche.
Salen escopeteados, según el plan. Los que se quieren de forma parecida a como se muestran al mundo, no morirán, evidentemente. Nos vamos a la cuarta planta. No debe quedar mucho para que los de seguridad comiencen a oler la sangre. También puede que alguien se chive; podemos ser héroes románticos y niñatos mentirosos en partes iguales; y además con toda la tranquilidad del mundo. Ya va siendo hora de que alguien nos explique el sentido de la vida.
Hay un tipo que me suena rondando por la cuarta planta. Va a haber un cambio de planes. Todo el que te diga que debes mostrarte tal y como eres con todo el mundo, debería saber que quizá no todo el mundo merezca esa coherencia por tu parte.
En principio teníamos que escoger a una pareja, como en las dos plantas anteriores, y decidir echándolo a suertes quién debería tomar la decisión de morir en lugar de su pareja. Pero no. Se lo digo a Cristian. El tipo en cuestión, el que me suena, es el prometido de mi novia, es decir, de la que quisiera que fuera mi novia. Antes de llegar a las escaleras mecánicas que le llevarán al piso de arriba para verla a ella, le detenemos. Le empujamos hacia el lavabo de la planta; se resiste y hasta llega con algún moratón, pero al final le tenemos, metido en uno de los habitáculos, con el cañón de la pistola en la cabeza. No me conoce. Hablo yo:
– Si no me equivoco, tu novia está arriba, trabajando.
Asiente.
Digo:
– Elige, si nos dejas matarte no morirá ella, si no quieres morir subimos y nos la cargamos. Sencillo, o tú o ella. No discutas, no fuerces una pelea, es el día de los enamorados… Veo que llevas un paquete en la mano, se lo podemos llevar nosotros…
El hombre acaba diciendo que sí, que sí, que adelante, que nos la carguemos. No está dispuesto a morir, ni de coña. Cuando Cristian está preparando el cojín para disparar, le detengo. Le digo que le deje ir. Le dejamos ir.
Al fin y al cabo ella se quiere casar con él. Decido en el último momento que no es muy razonable cargarse al tipo que ella dice que quiere, aunque esté mintiendo. Lo más voluble que posees son tus principios. Y si no, espera. Es verdad que habíamos prometido matar a los que mienten en cuanto al amor se refiere, pero ella no me lo perdonaría, y al fin y al cabo estoy haciendo todo esto por ella. Dejamos el paquete que llevaba el tipo en el suelo y nos vamos a acabar con esto. Vamos a la última planta.
Vamos sudando, con un aspecto lamentable. Cristian se da cuenta de que ya sobra y huye de la escena. Le doy un abrazo. Es un tío coherente con su locura, previsible en el mejor sentidos, y más fiable de lo que son la mayoría de las personas respetadas por la sociedad. Y cuando me doy cuenta me encuentro delante de Felicidad. Así se llama, y está con su uniforme, poniendo caliente al personal, a todos excepto a mí, que estoy enamorado de ella. Los demás piensan: “¿Has visto qué falda?”.Yo pienso: “Aquí, así, debe tener frío”.
Ella ve el ramo y me mira con amabilidad, porque aún no sabe lo que he hecho la última media hora. Meto una carta en el ramo. Siempre hay que dar explicaciones. Y luego, bueno, me llevo la pistola a la cabeza, delante de ella.
Pero, sin llegar a apretar el gatillo, como diez policías entran en tromba subiendo por las escaleras mecánicas. Y me echo atrás. No me atrevo. Mierda, pienso. Esto no tenía que ser así. Se supone que todo iba a ser muy romántico. Con mi sangre salpicando a Felicidad. Con ella en casa hecha un ovillo leyendo la carta que incluye el ramo. Pero no. Casi siempre es así.

Noto algo punzante en la espalda. Todo desaparece.

Odio la frase: “Hay que sacrificarse”. Lo más probable es que voy a acabar encerrado unos años. Ahora lo que importa es que un policía me ha disparado en una mala zona. Así que puede que acabe en la cárcel y lisiado. En la sala de interrogatorios estoy en una silla de ruedas; supuestamente en periodo de recuperación. ¿Sabes esa sensación vergonzante cuando de pequeño reconocías que te gustaba una chica? Pues esto ahora es más o menos así. Los cargos: inducción al asesinato. Y algo más. Pero lo que cuenta es que animé a Cristian a matar. Y lo que no creo es que mi abogado de oficio pueda alegar enamoramiento real. No creo que en un proceso legal un juez vaya a tener en cuenta a todas esas parejas que se consideran sólo carne el uno al otro.
Hay cosas que son producto de la desesperación, pero no por ello deben perder valor significativo, aunque muchas veces sea así. La ley es recta e imperfecta, y Cupido no va a poder declarar a mi favor.
Mi vida absurda, inútil y tan parecida a la de los demás, ahora además tiene un largo y complejo monologo de justificación que me va a llevar a la cárcel. Piensa en el jurado, en el que la mitad tendrán pareja estable o estarán casados. Piensa en el juez; seguramente un señor mayor, como treinta años casado, harto de todo, agotado, y juzgando mi caso. Esto se está convirtiendo en lo que podría llamarse un ejemplo más de lo que es el sentido de la vida. O el sin sentido. ¿Me lo he buscado yo?

De momento, lo que hacen después de mi declaración confusa, es meterme en el calabozo. Y todo, pienso, porque la que mentía era ella, y además a sí misma. E incluso así, me echo en la cama y pienso en Felicidad, en seguir queriéndola, en que todo ha sido por culpa suya.

(Ayer soñé con Scarlett Johansson. Y aunque ya no recuerdo nada, me dejó una sensación agradable; un sueño agradable en años. Así que en homenaje a ella y a mi subconsciente, aquí van los contundentes primeros treinta segundos de Lost in translation. ¿La gente que dice que se aburrió con esta película, por Dios, esa gente no debe tener alma, no?, vamos, digo yo…)

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5 comentarios en “[F]elicidad (Revisión)

  1. Joderrrrrrr!!!! tio! es que es empezar a leer las primeras 4 lineas y es como si me calvaran con una chincheta los ojos en lapantalla del pc. Me has recordado tanto a Palahniuk! tu manera de escribir, tu sarcasmao tu humor negro! SUTIL-ELEGANTE.
    Pero cuanto tiempo llevo yo buscando a una persona que describa el amor, el sexo y la verdad de esta manera…cuanto cuanto?
    Creo que toda la vida, desd que tengo uso de razon y uso del tan llamdo sexo express. El amor va mas alla del contacto sexual y tienes razon su vinculo con el sexo es nulo…por que se dice estar enamorado cuando la pasion habita en nuestros cuerpos por una temporada…pero cuando esta se va que?
    Y alli vuelve la cuenta desde cero.

    Un dia de san valentin me encontre con una amiga y le pregunte: Que haces para san valentin? y me respondio “ese es un dia para la gente que tiene pareja” No le respondi pero dentro de mi quedó la duda…y es que solo la gente que se llama “enamorada” es la unica que tiene derecho de tener un dia epecial? solo para ellos?

  2. Gracias Jordi.
    La narración me gusta; tiene sentido, sentimiento y una fuerza arrolladora. El texto, el diálogo, quizá podría haberse revisado exprimiendo más su mensaje. Digo esto porque siento tener muy presente la versión primera. Una vez que la leí no he podido dejar de pensar en ella, y pocos relatos me han marcado tanto.
    La sensación final es demoledora. A fin de cuentas, los diálogos son muy coherentes, pero yo demasiado duro y murciano.
    Ya sabes, si algún día quisieras rodarlo, yo te lo produciré. Estoy convencido de que daría la vuelta al mundo.

    Pd) Yo también sueño con Scarlett, pero despierto.

  3. Como Joaquín, es de los pocos relatos que recuerdo entero y nítido, desde que lo leí. Me ha gustado tanto como la primera vez que lo leí. Puede – sólo puede – que este y el de Mª Antonieta 😉 sean los dos que más me han gustado.

  4. Como han dicho por ahi arriba me ha recordado mucho a Phalaniuk, al club de la lucha. Un poco cuando cogen al encargado de una tienda y le hacen volver a estudiar en la universidad o lo matan. Simplemente genial

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