La gran periodista

La periodista aprieta el rec y le pregunta al gran escritor que si su último libro es un intento de hacer más comercial su carrera.
– En absoluto, y aunque fuera así, no hay nada malo en querer llegar a más gente. Me gusta la gente, cuando me saludan, yendo a comprar, haciendo colas, follándomelos. La gente me gusta y yo les gusto a ellos. ¿Qué hay de malo en eso?
La periodista, menuda, joven. Y guapa. La periodista apetitosa y fría, no sabe qué pensar, y dice que entonces es así, entonces el gran escritor pretende hacer su literatura más asequible.
– No, sólo es lo que me ha salido, mi forma de escribir es muy orgánica, tengo poco control sobre mis textos mientras los escribo, todo son estados de ánimo y por lo tanto las historias están muy condicionadas.
Ajá…, asiente la muchacha, ya… Y entonces le dice que si su inminente paternidad le ha influido a la hora de plasmar sus ideas. ¿Es el gran escritor un sentimental?
– Oh, creo que no… – sonríe, retocándose su cabello blanco de cincuentón -, pero estoy encantado de poder ser padre por fin, porque ya pensaba que eso nunca pasaría.
¿Entonces – sugiere la muchacha – ha sido padre porque se supone que es una de las cosas que hay que hacer antes de morir?
El gran escritor la mira, extrañado, y resopla mirando hacia el techo de la habitación de hotel de cinco estrellas.
– Es una pregunta interesante… Creo que sí, de algún modo tenemos el deber moral de procrear.
Pero en sus libros, en palabras textuales – prosigue la chica –, se presenta el mundo como un mal lugar en el que vivir y crecer. ¿No es contradictorio traer una vida al mundo cuando uno es tan rotundo? ¿No resta fuerza a sus textos ese acto de “moral” como usted dice?
El escritor no dice nada, y mira a la periodista, ausente de gestos.
– ¿No cree que usted es un hipócrita, teniendo en cuenta que su libro es un ensayo? ¿No cree que miente con el único ánimo de impresionar al lector con sus falsas diatribas nihilistas?
Y el escritor no dice nada. O bien: sigue diciendo nada.
– ¿Es cierto que su mujer tolera sus constantes escarceos con otras mujeres? ¿O eso también es mentira y forma parte de la provocación?
Y el escritor, nada.
– ¿Quiere venderse como un mujeriego para dar cierta dimensión a sus textos?
Nada.
– ¿Su nuevo libro es entonces de relatos? ¿Lo he malinterpretado? ¿El uso constante de la primera persona denota su incapacidad para distanciarse de los personajes? ¿O sólo es un recurso estilístico?
– Bueno… creo… – comienza a decir el hombre. Y la periodista no le deja seguir, y le dice:
– ¿Si esto ahora fuera un sueño, escribiría sobre él? Dígame, ¿cuando tenía veinte años y no existía Google, de dónde sacaba todos esos datos con los que llena tantos capítulos de sus novelas de ficción? ¿Está de acuerdo con quienes dicen que es el nuevo Dan Brown?
El escritor se levanta de su silla.
– ¿Por qué se levanta? – murmura la periodista. Y el escritor se dirige con tranquilidad hacia la ventana y aparta las cortinas, saca un cigarrillo.
– Es igual. ¿Cree que el suyo es un trabajo de verdad teniendo en cuenta que no aporta nada más allá del fútil entretenimiento que se desprende de sus libros?
El escritor se vuelve y mira a la chica;
– ¿No me vas a dejar contestar a nada, verdad?
– No.
– Por qué.
– Porque me he informado, y de llevarme usted la contraria sólo estaría dejándole mentir. Y no me gusta que me mientan.

La periodista se da la vuelta en la cama de matrimonio en la misma habitación de hotel pasadas unas tres horas, y dice:
¿Estás seguro de que quieres intentarlo por detrás? Yo no estoy segura de que eso…
– Muy bien… vale, pues no te voy a forzar, es mejor que lo dejemos así, no me encuentro muy bien.
– ¿Vas a dejarme a medias?
– Sí, hoy no va a funcionar – dice, y se acomoda en su lado de la cama.
– ¿Estás seguro?
– Sí.
– ¿Y no sabes que eso podría hacer menguar tu confianza en futuras relaciones sexuales?
Y el gran escritor no habla.
– Deberías tener en cuenta que las mujeres esperamos algo más que un trillón de neuronas trabajando en turnos de quince horas. ¿Estás seguro de que quieres que me vuelva a vestir? … ¿Crees que debería quedarme contigo y albergar la esperanza de que me veas como algo más que tres agujeros? ¿O me visto y me voy sin decir nada? ¿Te gustan más las cínicas o las románticas?… Podría chupártela y quizá así vuelvas a animarte…
Y el escritor suelta un breve ronquido, seguido de una respiración pesada. Y la periodista susurra: ¿Hablas mientras duermes? Porque tuve un novio que lo hacía… y… no me gustaba.
La periodista se da la vuelta en la cama, resopla, cierra los ojos.

Amaneciendo, el gran escritor acaricia el hombro de la periodista, para despertarla.
– Buenos días – susurra. Ella abre los ojos, mira hacia un lado y hacia el otro, y murmura:
– ¿Buenos días?… oh, sí, buenos días…
– Mi mujer ha llamado, dice que han surgido problemas con su embarazo. Dice que tendrá que abortar.
– Oh… ¿Debo darte el pésame… o algo?
– …
– Sabía que no querías ser padre. ¿Te entristece eso?
– La verdad es que… no mucho.
– ¿Quieres a tu mujer?
– Una vez, antes…
– ¿Quieres a tu mujer? – interrumpe la periodista.
– No.
– ¿Querrás volver a verme?
– Sí.
– ¿Soy una más?
– Creo que no.
– ¿Crees?

Pasa el tiempo y el gran escritor y la periodista siguen juntos despues de cierto divorcio. Las estaciones pasan rápido y cuando quieren darse cuenta pasan también los años. Tres años. Ahora pasean por un parque. La periodista ha conseguido que una gran editorial le publique su primera novela. Lleva por título: ¿Merece la pena tu vida?
– ¿Algún día querrás tener hijos? – pregunta de sopetón.
– Creía que ya habíamos hablado sobre eso.
– Sólo la primera vez que nos vimos, ¿cuenta la primera vez que dos personas hablan? Yo sólo quería hundir tu carrera y tú sólo querías follarme, así que, ¿cuenta?
– Puede que no.
– ¿Ya has acabado la novela nueva?
– Pues…
– Da igual –interrumpe ella –, va a ser un coñazo como las otras. ¿Tienes calor? ¿Quieres que saque tu gorra del bolso?
– No, no te preocupes… Pensaba que aquel ensayo te había gustado…
– Era entretenido, pero era mentira casi todo, era todo impostura; me fio de ti, pero no de tu vertiente como escritor. ¿Seguro que no quieres la gorra?
– No.
– ¿Qué te pasa?
– Nada.
– ¿Me estás poniendo los cuernos con alguien? Estás raro últimamente. Y no te molestes, pero tampoco me extrañaría mucho.
– Pues no, no te estoy poniendo los cuernos con nadie. Siento decepcionarte.
– No te enfades… ¿Estás enfadado?… uf… hace un calor de muerte… ¿seguro que no quieres tu gorra?… he oído que a la gente mayor el calor os afecta mucho más… no quisiera tener que arrastrarte a un hospital y tener que decirles a todos que eres mi padre.
– Vale… – suspira – dame la gorra… ¿te avergüenza mi edad?
– Sí, claro… me sacas veinticinco años. ¿Pensabas que no me avergonzaba eso? A veces eres tan iluso. Una cosa es que nosotros estemos bien, pero salir a comer significa ser observada por todas las mujeres mientras piensan: Se la chupa por dinero, guarra…
– ¿Y estás conmigo por dinero?
– ¿Es que acaso yo no gano dinero? ¡Oh!, piensas que como tú ganas más eso ya me convierte en una interesada…
– Bueno…
– No, si es normal… – interrumpe -, es normal que lo pienses.
– ¿Siempre tienes que decir la verdad?
– ¿Prefieres que no la diga? Si quieres…
– No, vale, está bien, vale…
– No, porque si quieres puedo aprender… Oh, qué bien te conservas cariño, ¿quieres que tomemos un granizado con dos pajitas? Las palomas son preciosas… ¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¿No lo hago bien?
– Cállate… Dónde quieres ir a comer.
– Vamos al mejicano…
– Muy bien.
– Y… ¿Y casarte?, ¿algún día querrás casarte conmigo?

Después de preparativos y más preparativos… Meses, tiendas de ropa, invitaciones… Después de eso, la periodista sale un día de una limusina negra y enorme. Detrás de ella sale su madre, sujetando el vestido blanco y largo. Hay una alfombra roja hasta la puerta de la Iglesia.
– Espero que sepas, mamá, que me caso aquí por ti, y por nada más. Él tampoco es creyente y, joder, creo que hoy aquí nadie va a ser creyente excepto tú…
– Cállate, mujer, estás guapísima…
– Sí, igual que el pastel de bodas…
– Qué tonta eres…
– ¿Papá ya ha venido?
– Sí, le dije que estuviera preparado dos horas antes.
– No sé cómo aún no te ha puesto los cuernos…
– Pues porque aún me quiere.
– No digas esas cosas, por Dios, que me voy a casar…
Las dos entran en la Iglesia; la periodista comienza a caminar agarrada de su padre mientras suena el órgano de la Iglesia. El gran escritor espera al lado del cura. Todo el mundo está de pie.
– Papá…
– Dime, cariño.
– ¿Nunca le has puesto los cuernos a…?
– No – interrumpe -, qué manía tienes con eso, chica.
– ¿Y por qué?
– Pues porque nos queremos, hija.
– Y dale con eso…
Llegan justo al lado del gran escritor.
– Anda, ve con él – dice el hombre, sonriente.
– Hola – murmura el gran escritor. ¿Estás preparada?
– No fastidies…
El cura comienza a hacer de cura, comienza hablar mientras los invitados se cargan de paciencia. Llega el momento en el que murmura que si alguien no está de acuerdo con la unión que se lleva a cabo, hable ahora o calle para siempre. La periodista levanta el dedo.
– Perdone, creo que deberíamos hacer un minuto de silencio…
– Como quieras, hija – contesta el cura, desconcertado.
Así que todos callan, expectantes.
Luego la periodista señala hacia arriba con el dedo. Dice:
– No es por nada, quizá Él no estuviese de acuerdo con esta unión, y nunca se le da la oportunidad de expresarse.
Se oye un murmullo en toda la Iglesia. La periodista se vuelve hacia los invitados:
– Sólo era una broma, joder, ¿no se puede bromear en la casa del Señor?… ya lo sé, yo también sé que Dios no existe…

Ya casados, durante el convite, la periodista insiste en dar un discurso, aun en contra de la voluntad de toda su familia y también de su futuro marido, el gran escritor. Así que golpea con un tenedor su copa, repetidamente;
– Disculpad, quiero decir unas palabras…
Dice:
– Disculpad…
Todos se vuelven hacia ella, cuchichean entre sí.
– Ya sé que pensaréis que sí, pero no estoy borracha… Antes de nada, gracias por venir, ya sé que es un palo pasarse el domingo entero aguantando los zapatos nuevos para dar vuestra bendición a unos extraños que mañana mismo pueden divorciarse por cualquier tontería. Así que quiero agradeceros vuestro esfuerzo, al margen de lo hipócritas que podáis ser.
Muchas pensaréis que me caso por dinero. Y no os culpo, de hecho es verdad que él está forrado. Pero si lo que creéis es que mi intención es esperar a que se muera y quedarme su pasta, estáis muy equivocadas; si no le quisiera, no me iba a pasar los últimos cinco o diez años de su vida cambiándole los pañales ni loca. Y ni queriéndole ahora es una garantía de que eso vaya a pasar. Para los que os habéis pasado la mañana haciendo cuentas, me saca veinticinco años. Y sí, podría ser mi padre y me folla sin ningún remordimiento. No es la primera vez que esto pasa, ni la última. Quiero daros la oportunidad de iros ahora mismo si queréis, después de comer… No me mires así, mamá, esto es informativo, seguro que tu Dios agradece mi sinceridad… Lo que decía es que podéis iros cuando queráis. No vamos a alargar esto… Ni a él ni a mí nos gusta salir, así que esta noche no iremos a ninguna discoteca a beber para olvidarnos de la mierda de música que ponen siempre. No llores, mamá… si la gente lo está pasando teta, ¿no te das cuenta de que si hubiera soltado las gilipolleces que todo el mundo dice, luego la gente te mentiría al decirte que lo ha pasado bien? En fin… a lo que iba, que hagáis lo que queráis, que os caséis y os divorciéis con total libertad. Y que… bueno, supongo que la luna de miel podremos estar solos… ¿casarse por la Iglesia no significa tener al cura grabándonos mientras follamos, no? No… no creo, además creo que a ellos les va otro rollo… En fin, gracias a todos, no hace falta que aplaudáis. Y mamá, no te pongas así, en privado te digo cosas más fuertes y ni te inmutas…
La periodista se sienta en su silla. El gran escritor se esconde tras su cigarrillo. Se oyen algunos tímidos aplausos del sector más joven.
– No te avergüences de mí – le cuchichea a su marido -, deberías agradecérmelo, la gente que no valga la pena nos evitará cada vez que nos vea en el futuro. La verdad es que la ceremonia ha sido bonita, tengo que reconocerlo.
La periodista se levanta de su silla. El gran escritor no puede evitar seguirla con la mirada;
– ¿Dónde vas?
– Voy a hablar con el cura, mamá le ha invitado y ha venido. Creo que por mis sobrinos…
La periodista se acerca a la mesa donde está el hombre. Hay una silla vacía a su lado.
– Perdone, ¿puedo sentarme aquí?
El hombre asiente, aturdido.
– ¿Dígame, puede enseñarme alguna prueba palpable sobre la existencia de Dios? ¿Es verdad que muchos de sus compañeros se dan a Dios para poder conseguir sexo con menores?… O… con bebés o lo que sea, a mí puede decírmelo, nos es que lo apruebe, pero llegados a este punto ya me importa todo un carajo. Así que dígame, ¿ha conseguido mantener el celibato todos estos años?

Las hojas se empiezan a secar en los árboles, y caen muertas. Ha llegado el otoño. Dos meses desde que el gran escritor y la periodista se casaron. Una vez hecho el viaje de novios se instalaron en una de las casas del gran escritor.
La periodista escribe sin parar su segundo libro, después del éxito del anterior, obra de culto ya en el circuito de la literatura underground.
– Si escribes tacos y frases cortas ya te están empujando fuera de las listas de bestsellers, ¿lo puedes creer?… Bueno, claro que puedes, tú estás en esas listas…
La periodista cierra su ordenador y se acomoda en un enorme sillón de cuero en la sala de estar. El gran escritor asoma la cabeza desde la gran cocina;
– ¿Quieres cenar en casa o fuera?
– En casa, no me apetece encontrarme con tus compañeros escritores de los libros más vendidos.
– Vale, yo prepararé la cena.
– Y estaría bien que esta vez pudiera reconocer el plato y no fuera una masa viscosa y repugnante… Dios… parece lo que escribes llevado al mundo de la cocina.
– No te pases… – se le oye decir al escritor.
– Por cierto, el otro día vi la entrevista que te hicieron en la tele.
– ¿En serio? – dice él, ya trayendo una olla con dos trapos para no quemarse.
– ¿Y esto? ¿Ya has hecho la cena?…
– Sí, es lo que sobró de ayer…
– Oh, bueno, ya he comentado lo que opino al respecto de este plato.
– Es verdad, no has sido muy amable.
– Ya, no es mi estilo. El caso es que te vi en esa entrevista, y la verdad es que el tono con el que contestabas era… buf…
– ¿Cómo era?
– Vale, que conste que lo digo desde el cariño.
– Sí, ya, siempre has sido muy cariñosa…
– Pues digamos que si hubiera visto la entrevista sin conocerte previamente, a cada respuesta que dabas te hubiera pegado una patada en el estómago.
– …
– En serio, me recordabas a Ken Follet, con su barrigón, contando sus excursiones para ver catedrales…
– Pues sí que te di buena impresión…
– Ya, pero no te preocupes, todos queremos caer bien… Bueno, o queréis.
– Aún no entiendo por qué quisiste casarte conmigo…
– No lo sé… porque me soportas. De todas maneras puede que me pasara el día de la boda. Menos mal que tus padres ya estaban muertos hace años.
– Menos mal, sí.
– Pero… ¿sabes qué?…
– Qué pasa…
– No he sido consciente hasta hace poco, pero me casé por mi madre. Creo que pronto me querré divorciar de ti.
Se hace un silencio.
– ¿E… en serio?
– Claro, ¿alguna vez te he mentido con las cosas importantes?
– Y… bueno, yo sabía que podía esperar cualquier cosa de ti, pero… Entonces cuándo será eso.
– Hombre pues… quizá duremos unos dos años más, no sé, algo así. No pensarías que esto iba a ser para toda la vida? Tienes como… buf… ya mismo tendrás sesenta años, ¿no te has mirado al espejo? ¿No te has fijado en mí?
– Hombre, pues…
– ¿Tú me aguantarías toda la vida?
– La verdad es que me he acostumbrado a que siempre digas la verdad.
– Ya, pero hay cosas más fuertes que eso. ¿Te crees que no veo cómo miras a tus fans?… ¿esas chicas que te creen un gran escritor por contraste con las novelas rosas que leen siempre? ¿Tan tonta crees que soy? ¿O quizá te crees que pienso que siempre me has sido fiel?… La verdad es que todo gira alrededor de tu polla de tal manera que ni tan siquiera te has planteado que podría haber querido estar contigo para poder sacar adelante mi primera novela. Y puede que sea así o puede que no, pero sería muy feo decírtelo por mi parte, sentiría que menosprecio tu brillante intelecto; brillante, como te dicen en las entrevistas… ¿Qué miras?… Como si fuera la primera vez que me oyes hablar así… Mmh… esta mierda tiene un aspecto repugnante, pero está bien si no te fijas. Vaya… ¿te has dado cuenta?, tu plato es como la vida.

(Para quien no lo haya visto, el spot realizado por Guy Ritchie para Nike. Espectacular. A ver si este hombre espavila y vuelve a recuperar el nervio de sus primeras películas. En cuanto a la publicidad, es una lástima que en España la gran mayoría de slogans y anuncios den ganas de construir campos de concentración para publicistas. Lo de “A por ellos” de la selección española es un claro ejemplo.)

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9 comentarios en “La gran periodista

  1. Joder! que mareo con la periodista de los c…. mira que me puso nerviosa la jodia! pero me gustó su sinceridad en todo momento …humor negro? no lo se pero me pinte a la chica que hace de Lorena en la serie de Aida interpretando ese papel!

  2. Joder Jordi, aprende a poner vídeos no tan buenos para que tus relatos luzcan como de verdad se merecen. Ahora sólo puedo pensar en el puto anuncio de Guy Ritchie: ¡Qué huevos tiene el cabrón, cómo se lo monta, vaya un desglose de medios y VALGAME DIOS por el resultado final!
    Efectivamente, Guy Ritchie DEBE pasar al siguiente nivel.

    Pd) Enhorabuena por el relato dialogal, interesante conversación. Me recuerda, en parte, a Pulp, de Bukowski. ¡Bien hecho!

  3. Saludos, Jordi. A mí me ha recordado un poco a Una chica cortada en dos, la última de Chabrol. Creo que periodistas así solo se dan en la ficción. Eso que los lectores salimos ganando… A seguir bien y tan inspirado!

  4. ¡No hay manera de que se calle la tía!
    Es una tiquismiquis de mucho cuidado con la mentira propia y ajena.
    Claro que dosifica la verdad que dice a su conveniencia, la ‘mu espabilá’.

  5. ¡¡¡Cuánto habla!!! Está muy bien. Es un personaje fresco, me gusta. Pero pobre Ken Follet (yo me lo imaginaba a él, hasta que lo has mencionado…)
    Buen relato. 😀

  6. Hola Jordim, el relato me ha gustado, como viene siendo habitual, enhorabuena por ello. Pero en la primera frase, ¿la periodista no debería apretar el botón del “rec” y no el del “play”? A lo mejor es que no lo he entendido y perdona si te parece ofensiva la apreciación. Saludos.

  7. Tienes razón Chanquete. Es lo que pasa cuando escribes a toda leche y no relees lo suficiente. Paso a corregirlo aunque sea demasiado tarde. A veces cometes un error y por alguna razón lo pasas por alto aun en la relectura.. en fin..
    Gracias por pasar por el blog.

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