Mendigar abrazos

Pero vamos a ver, qué es toda esa mierda de la guerra de clases. Yo estoy muy cómodo en mi traje de plata quemada, no quiero pelearme con nadie. Ya sé que hay mucha necesidad, pero nadie construyó todas nuestras vidas alrededor de un pozo sin fondo. Yo no puedo hacer nada. Bastante tengo ya con intentar ligarme a la chica de turno. Cada día me gano mi sustento a pulso y escalo posiciones. Todos tenemos que pelearnos con nosotros mismos y con todos los demás; no es que no crea en eso de reflexionar y filosofar, pero es que yo ya tengo el tiempo ocupado; ¿no me ves?, no puedo dar más de mí, y además cada tarde tengo sesión de Yoga. He encontrado el equilibrio. Ya hace años que descubrí que sólo puedo ocuparme de lo que me concierne a mí. Y uno se sorprende del trabajo que puede darse a sí mismo. Cuando no es un resfriado, es una chica, y cuando no es tu pelo, te has saltado dos sesiones de Spinning. Luego llega el verano y, chico, hay que ir a la playa… Así que en fin, uno no puede estar por todo, uno necesita un respiro. Y eso no quiere decir que no tenga sentimientos y todo eso, lo que pasa es que ya sé de qué va la historia, y a mí no me gustan esos personajes que se quedan por el camino.

Siempre llama alguien por teléfono cuando vas por tu abdominal ciento cincuenta. Te levantas para acabar mandando a la mierda a algún capullo que se ha equivocado, o a alguna vocecita depresiva y representante de tu compañía telefónica. Luego decides hacer brazos. Me amueblé una habitación entera con aparatos de gimnasia. No es que sea un obseso, sólo dedico una o dos horas al día a mi cuerpo, y además ya hace mucho que dejé los esteroides. Pero por si lo preguntas, sí, no soy gay, pero me follaría a mí mismo. Lo que hago es cuidar mucho el aspecto, el desnudo, aunque luego corra veinte metros y quede agotado; a la gente lo que le importa es poder imaginarse clavada en ti mientras endurecen tus músculos. Y no es que correr esté mal, ¿pero quién necesita hoy en día resistencia física? Lo que es yo, me saqué el carné con dieciocho años.

Lo malo de la vida, es que de algún modo donde tú dejas de tener razón es donde empiezan a tenerla los demás. Pero a mí eso ya no me importa. Sé que el trabajo dignifica y que yo soy digno; sé que el dinero vale si hay más cada vez; y sobre todo sé que no es que yo sea mejor que nadie, pero una buena máscara puede ayudar mucho más que la verdad. Eres tú o no según quién tengas delante; esa voz de gallito que te sale al hablar con las chicas no es casualidad.

Sólo de pensar en abandonarme me da urticaria. No concibo ese modo de vida que consiste más en pensar que en actuar. No quiero morirme pensando y dejando escapar mis oportunidades. Cada centímetro que recorro debe tener sentido. No me verás fácilmente vagando por la montaña en busca de paz, o para reencontrarme a mí mismo. Porque sé perfectamente quién soy, y que participar es una mierda si no ganas. Si entras en mi cuarto de baño y abres armarios y cajones sabrás que mi aspecto físico no es producto de mis genes. Tener éxito es vivir, y todo lo demás es amargarse por haber nacido. No voy a ser un perdedor, nadie va a conseguir eso. Sé que la gente te quiere por lo que das y muestras, no por lo que eres. Hablo en serio, sólo es Navidad una vez al año.

Vivo en un apartamento caro y bien situado. Vivo solo. No es que no quiera formar una familia, pero aún soy muy joven como para pensar en algo más que yo. Mis padres tienen mucho dinero, pero nunca me he avergonzado de ello. Sé que cualquiera de los que mueren de hambre cada día se cambiarían por mí en un abrir y cerrar de ojos, y no les remordería para nada la conciencia. La suerte es para quien sabe aprovecharla. Adoro las frases hechas, el haberlas aceptado como tu dogma significa que nunca se ha torcido lo suficiente tu vida. La realidad es que me encanta vivir en mi piel. No pienso pedir disculpas por ser feliz.

Hace años tenía esa manía de fumar, cualquier cosa la podía solucionar con un pitillo; el rechazo de una tía, un mal día en el trabajo, el funeral de mi abuela… Sacabas un cigarro y fumabas y te tranquilizabas. Y así podía seguir con mi vida. Pero al paso del tiempo, el aburrimiento me consumía. Llega un punto en que el dinero y las drogas legales son algo tan rutinario que comienzas a menospreciar tu vida. Eres alguien vital y gracioso y atractivo, y sin embargo la vida siempre te ofrece la misma rutina, los mismos amigos y los mismos dolores de cabeza por las faldas. Y te vas a dormir, y no puedes relajarte porque sabes que mereces más, eres más, y la vida te debe mucho más de lo que te da. Lo cierto es que llega el día en que decides ir más allá. E ir más allá siempre tiene que ver con las demás personas. No quería hacer puenting o aprender chino. La idea que tenía sobre el cambio no tenía que ver con el conocimiento o los chutes de adrenalina. Era mucho más sencillo. Era todo lo que dicen que no debes hacer.

Toda esa gente que dice rechazar la violencia y luego se pasa las horas muertas viendo realitys o programas de testimonios, son un atajo de mentirosos. Esos tíos que lo que quieren es taladrar el culo de su novia de una vez, o esas tías que quieren jugar a eso que las convertiría en putas. Toda esa gente que se conforma con participar y la palmadita en el hombro. Esas vidas sin riesgo alguno que se detienen en un domingo por la tarde hasta la muerte. Yo no quería eso. Sí es cierto que había muchos caminos para evitar ese tedio, pero yo me limité a ir en dirección contraria. Te preguntas: ¿qué es lo más aberrante que puede hacerse? Y después lo haces, y te dices: ¿cómo puedo superarme?

Que la tragedia se arremoline a tu alrededor es algo indescriptible. La mayoría de gente no sabe que provocar el máximo dolor puede llegar a sugestionar tanto como provocar el máximo placer. Un orgasmo de dolor, hacer sufrir tanto a alguien que se te corta el aliento sólo de pensar en estar en su lugar. Yo no inventé el sadismo, pero si los sádicos existimos es porque hay algo más que buenas y malas personas, o mejor dicho, uno no es mala persona per se; en realidad tienes muchos motivos para hacer daño, y cuando no lo haces por dinero, todo el mundo te imagina con tu billete al infierno mucho antes que a los otros, lo cual les convierte en algo muy parecido a ti.

Con todo, desde que adopté este nuevo comportamiento mío, estoy deseando que me inviten a cualquier bautizo.

La primera vez que sentí algo distinto a mi rutina habitual, fue cuando una noche me quedé a dormir en casa de unos amigos. Estaba lejos de casa y me ofrecieron una habitación. Ese mismo día había acudido al bautizo de su bebé.

Fui de puntillas a la habitación del niño mientras todos dormían. Dormía boca abajo y respiraba hinchándose y deshinchándose, lleno de vida, de futuro. Era tan fácil. Era tan cruel y tan nuevo, tan novedoso. Era tan arriesgado, y aun así bastó con tapar sus vías respiratorias con mi mano derecha. Cuando dejó de moverse volví a mi habitación. Al día siguiente me despertaron los gemidos de su madre. Los gemidos de dolor. No se atrevieron a culparme, no daba el perfil. En la habitación sólo había huellas de su madre y de su padre. El día del entierro el ataúd era tan pequeño que parecía de juguete, de mentira, una broma. La hermana de la madre era una chica que me había traído loco durante todo un año. Y por fin tuve motivos para hablar con ella, para establecer un vínculo, para consolarla. Porque si has de hacer daño de verdad, siempre debe ser en pos de tus intereses; no hay que confundir el sadismo con el masoquismo. Pero aparte de mi affaire, lo más fuerte era tener ese secreto en mi poder. Ser Dios sin que nadie se entere es mucho mejor que jugar a ser de su rebaño.

La decisión de actuar o ser cruel cuando no lo haces haciendo llamadas desde un despacho, o firmando penas de muerte, hace que no pases a los libros de Historia. Pero yo no busco fama. La fama elimina tu yo omnisciente para convertirte en un reflejo condicionado de ti.

Después del bebé tuve que repetir. Uno puede sentirse vivo y metido en la mierda en partes iguales, pero lo bueno de eso es que te ves con libertad total para seguir igual. Llegados a ese punto en el que ya nadie te va a considerar humano, tu paso por la vida se convierte en algo especial. Eres el motivo por el que mucha gente ve la tele, eres esa idea retorcida con la que a la gente le gusta convivir mientras cena. Eres el entretenimiento favorito de quien nunca se atreverá a ser como tú. El superhéroe moderno es alguien que pone su coche a noventa llevándose por delante la terraza atestada de un bar, o mata a su mujer, o va a la guerra, o toma decisiones que aniquilan a quienes sobreviven a su alrededor. El motivo de si lo haces por placer o no, es lo de menos. Simplemente a la gente le horroriza pensar en ti, y son felices por contraste. En el fondo soy un mensajero de la paz, el motivo por el que las estadísticas de suicidio no se disparan, o la razón por la que tu novia te va a querer más después de haber visto el telediario. Tú no serías una buena persona si yo no hubiera atropellado a la hermana pequeña de mi nueva novia dándome a la fuga, o si no hubiera intoxicado un día a su madre en una de esas reuniones familiares. Su sobrina y su madre muertas, y cuanto más malo era yo, más bueno me veía ella. Tú serías sólo un tipo aburrido más si yo no hubiera escondido y torturado a su padre durante dos días hasta la muerte en mi cuarto de gimnasia. Sólo debes pensar en cómo librarte después del cadáver, y luego tu chica te verá como su único eslabón hacia la felicidad.

Jugar al doble papel de bueno y malo no es fácil, pero cuando ves que la maldad potencia tu yo benigno, es como una droga. La vida era muy perra, y mi novia lloraba por su mala suerte hasta que yo llegaba del trabajo para hacerle la cena y ser el hombre ejemplar, alguien a quien no le asustan los desalmados, porque es uno de ellos.

Es cierto que me atraían los bebés, pero no como a esos capullos a los que les gusta follárselos pringándolos de ADN inculpatorio. Era más bien el interrogante de si alguien tan joven y poco consciente iba a saber que había vivido. Te preguntabas si era más cruel matar a un crio o a alguien de cuarenta años, que de existir el cielo a la larga podía acabar agradeciéndotelo. Entraba a hurtadillas en hospitales y al día siguiente había salas enteras de familias destrozadas alrededor de cunas que habían estado llenas de vida pocas horas antes. Eso fue cuando mi novia me dejó. Dijo que era demasiado para ella sobrellevar su depresión y además tener que estar pendiente de mí. Dijo que me quería, y que precisamente por eso no podía hacerme desgraciado. Es lo malo de llevar una máscara, no siempre puedes decir lo que sientes, y mucho menos la verdad. Así que merodeaba por esos hospitales y me acercaba a algún familiar hembra que se desentendiese de la familia para ir a alguna cafetería cercana. Me convertía en el consolador humano, el buen samaritano; como esos curas de confianza que no pueden contenerse cuando se trata de niños pequeños e indefensos. Y aunque lo mío no se trataba de una cuestión sexual, sí era eso en lo que respecta a hermanas jóvenes y guapas del reciente y diminuto difunto.

Mi siguiente novia trabajaba en un bar cercano a mi casa. La hermana de un recién nacido muerto de forma inexplicable y misteriosa. Una tarde me acerqué y conseguí que se abriera conmigo. Decía que era una pena, que no podía creerlo, que el mundo estaba lleno de desalmados. Y yo asentía. Y ella dale con que cómo era posible, cinco bebés muertos de la noche a la mañana en el hospital. Y yo poniendo cara de lamento, y hablando de las películas, de la violencia, de los videojuegos, de que adónde vamos a ir a parar. Y así hasta que el bar quedó vacío, sólo con ella y yo dentro mientras ella recogía sillas y limpiaba mesas. Mientras me decía que si podía acompañarla a su casa, que ni tan siquiera ella se sentía segura. Y que conmigo podía hablar de cualquier cosa, que nunca había conocido a nadie como yo. Ni se imaginaba cuánta razón tenía.

Poco después su madre desapareció de forma misteriosa para acabar en mi habitación de gimnasia después de haber probado mi nueva taladradora. Tardó días en morir desangrada, tenía miedo de que alguien pudiera oír sus gritos debajo del esparadrapo. Los cadáveres los tiraba al mar. Sólo debes procurarte una bolsa de marca y alquilar una lancha a una hora prudente. Ahí es donde debe acabar mucha gente de la que desparece al ir a buscar tabaco. No es que la muerte sea caprichosa, se trata más de una cuestión de dinero y aburrimiento. La diferencia entre ser sicario y ser como yo, es que mi nivel de exigencia tiene que ver con mi necesidad de cariño. Estaba muy enamorado de mi nueva novia, así que podría haber bombardeado el mundo para quedarme a solas con ella. Sólo notaba hostilidad a mi alrededor. Su padre murió manos de otro de esos desalmados que tapan su matrícula y te atropellan sin dudar. Utilizaba cinta aislante de muchos colores para que los testigos se hiciesen la picha un lío. Actuaba con coches robados, y siempre llevaba conmigo un pequeño kit de limpieza para las huellas y toda la pesca. Durante esa época ella no se separó de mí, me necesitaba, no podía soportar la idea de seguir viviendo sola. Malditos asesinos en serie, malditos conductores sin corazón; sólo yo podía mantenerla a salvo de mí mismo. Si mi vida decaía, alguien más desaparecía o moría a manos de otro. Y yo era cada vez más bueno y comprensivo, el único salvavidas, siempre a punto para proporcionar el alivio que sucede a la tragedia. La conversación que la sedaba, la polla que la tranquilizaba momentáneamente. Yo proporcionaba tragedia y felicidad por contraste; a mí lado no existía el tedio ni el aburrimiento. Otra vez. Hasta que me dejó.

Siempre acaban por abandonarme o dejarme de llamar, algunas dejan de quererme, otras se suicidan. Pero cada historia es intensa y emotiva. Cada vez me enamoro y se enamoran. Más o menos cada cinco o seis meses me dejan, y cada cinco o seis meses noto ese nerviosismo de quien conoce a alguien nuevo y todo es maravilloso porque la vida es mala y tú eres a la vez el culpable y quien va a solucionar eso durante un tiempo. Yo me lo guiso y yo me lo como. Porque mi vida no va a ser un domingo por la tarde eterno. No me interesa mejorar o aprender. Soy autentico en mi sadismo, y vivir en el filo de la navaja es costoso, pero muy pocas vidas son comparables con la mía. Y sí, uno se sorprende con el trabajo que puede darse a sí mismo. Incluso teniendo una clase distinta de sentimientos. Aun viviendo para mendigar abrazos.

[Uno de mis ídolos en esta vida es Michel Gondry, director de Eternal sunshine of the spotlees mind, una de las mejores películas que he visto. Además su curriculum como realizador de videoclips y spots es tan extenso y brutal en cuanto a ingenio y calidad, que el capitalismo casi está justificado si son anuncios como éste los que lo potencian (radicalismo momentaneo).]

Anuncios

4 comentarios en “Mendigar abrazos

  1. Mola también. Sobre todo la primera parte. Y Michel Gondry sí que es la hostia, después de “Olvídate de Mí” le perdonas pelis flojillas como “La Ciencia del Sueño”. Al menos, “Rebobine, por favor” vuelve a dar esperanzas…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s