(0-2008)

Aquel último día, al levantarme de la cama, abrí la persiana y aún era noche cerrada. Y ya eran las nueve de la mañana.
Las calles estaban a oscuras y sin luz artificial. Abajo había vecinos hablando entre ellos, comentando la jugada. Comencé a llamar a todo el mundo. Me di cuenta de que no había luz eléctrica tampoco en casa. Sólo me conectaban al mundo mi reloj de pulsera y mi móvil. Por todos lados, tanto en las calles como en las casas, veías luces sombrías de velas o linternas agitándose. Todo el mundo me contestó al teléfono menos mi novia. Y volví a llamarla repetidamente hasta preocuparme, encontrar una linterna, ponerle pilas y salir dirección a la casa de sus padres, con los que aún vivía.

Por las calles la gente se reunía en grupo, vecinos y familias. Todos mirando hacia todas partes, vigilando las sombras e intentando sintonizar alguna radio, buscando noticias, respuestas, el sol. El sol se fue el día anterior pasadas las nueve de la noche, y luego la luna se quedó arriba inamovible, entera, amenazante.
Caminé por calles desconocidas sin la vida que da la luz natural. Algunos negocios aún seguían abiertos, con velas y esperando. La mayoría cerraron cuando se dieron cuenta de que los saqueos podrían estar al caer. En una esquina había tirada en el suelo una chica, con la cara amoratada y el estómago con lo que parecían diez o doce puñaladas.

Me limité a aligerar el paso y a no asociar la oscuridad a lo que había visto. Creo que no llamé a la policía por no darle más dimensión al recuerdo, como cuando quitas el telediario si su temática se vuelve muy tercermundista.
A unas dos manzanas del bloque de pisos al que iba, un tío sujetaba a una mujer mientras otro se la sacaba y meaba en su cara; mi corazón me llevó al borde de la taquicardia. Los dos reían a carcajadas y un tercero se masturbaba muy cerca, sujetando una pistola, quizá auténtica, con la mano izquierda. Cambié de acera escuchando los gritos de auxilio. Cuando estaba más lejos volví a cruzar la calle, y para cuando miré hacia atrás ya la estaban violando. Me apoyé en una pared unos minutos, mirando de reojo a todos lados, intentando calmarme. Mi padre, que es muy religioso, llamaba a esto: pruebas de Dios. Tus exámenes vitales. Según él todo el mundo solía suspender. Según él la gente no le daba forma a nada que no pudiera incluir en su currículum. Ya muy cerca de mi destino escuché un disparo.
Yo formaba parte del sistema, y hasta ese día nunca me pareció algo de lo que avergonzarse. Hice lo que se hace, mirar sin observar, sin intervenir, y seguir con mi camino. Podías llamarlo egoísmo, o supervivencia si te suena mejor. Pero lo cierto es que ninguna de las dos cosas te excusaba. La nobleza tenía que ver con artilugios o papeles más que con actos. Tus medallas de atletismo, tus títulos firmados por el rey. No era tanto una cuestión de cualidades como de trofeos. No se trataba de hacer meritos, sino de ganar. Como quien dijo que el segundo sólo es el primero de los perdedores, yo me ligué a mi novia porque tenía cosas que mostrar, aunque no tuviera nada que aportarle. Aunque no tuvieras tu propia opinión sobre las cosas, podías presumir de haberte adaptado a ellas. Te pasabas la vida estudiando para evitar acabar en una cadena de montaje, y lo único que conseguías era ser la pieza básica de otra.

Llegué al bloque de pisos y abrí la puerta de la calle con mis llaves. Tenía una copia que el padre de mi novia me hizo. Hasta ese punto se fiaba de mí. Unas llaves para el portal y otras para el piso. Eso era la confianza. Los amigos tenían que llamar al timbre de tu casa, la gente en la que confiabas tenía una copia de las llaves, y el amor consistía en que alguien pudiera sacar dinero con tu número de cuenta. Eso era el amor; tenía que haber llegado el día en que alguien incluyera eso en un cuento de hadas; un príncipe con sus enaguas dentro de una sucursal bancaria, con la tarjeta de crédito de su novia, la cenicienta del lugar, la princesa prometida. Mucha más gente se hubiese identificado con la historia, los niños hubiesen crecido preparados. Podrían haber imaginado a los personajes decidiendo quién se iba a quedar con el coche si se separaban, como papá y mamá, y se hubiesen sentido mejor con ellos mismos. Aunque muchos dijeran que no.
Ya arriba, el padre de mi novia me abrió la puerta antes de que pudiera usar mi llave. Sujetaba una vela y pocos pasos más atrás estaba su mujer, con cara de demacrada, como siempre pero llorando.
Me invitaron a pasar y enseguida me preguntaron por Alicia. Mi novia, su hija. El objetivo.
– ¿Sabes dónde está? – lloraba su madre.
Lo cierto es que sí, ya lo sabía, pero no me salían las palabras. Por suerte los dos hablaban atropelladamente y no acababa de tener turno de respuesta.
– Es que hace un rato salió a trabajar y no contesta al teléfono – decía el padre una y otra vez.
Yo ya sabía por qué no contestaba al teléfono.
– Estamos muy preocupados – murmuraban -. En serio, muy preocupados. Creemos que le ha podido pasar algo.
Y tanto que le había pasado algo.
– ¿Crees que estará en su trabajo? – lloriqueaba la madre.
La última vez que la vi alguien estaba meándose en su cara, un tío. Otro la apuntaba a la cabeza con una pistola. Parecía de verdad, lo prometo. El restante se limitaba a sujetarla, a mirar. Pero claro, no podía contarles eso a sus padres. No podía decirles que había escuchado un disparo poco esperanzador y que su hija ya sólo debía ser pienso para gusanos. Obviamente tampoco tenía ya que desvelar mi intención reciente de dejarla porque una chica en el trabajo me había estado tirando los trastos, y me gustaba. Lo único bueno de la muerte es lo oportuna que puede llegar a ser. Y yo en aquellos momentos era aún más insensible que ahora; prefería ser objetivo a tener ese orgullo de novio que se sube por las paredes si alguien le da dos besos a su chica y en el segundo le roza la comisura de los labios. Lo que yo era no me convertía en nada mejor que los demás, pero tampoco en nada peor. Quizá sólo en alguien más transparente.
Les dije a mis frustrados suegros potenciales que lo mejor que podían hacer era llamar a la policía, calmarse. Dije que estaba preocupado, pero que de momento no podíamos hacer gran cosa. Me libré de ellos como pude, salí del piso y les convencí de que me iba a buscarla, al trabajo, que les llamaría en cuanto supiera algo; que no se preocuparan demasiado, que todo esto al día siguiente sólo habría sido una pesadilla y ya habría salido el sol. Les dije que por nada del mundo salieran de casa. Y yo sólo esperaba que el sol no volviese a las diez de la noche, se cambiaran los horarios y tener jet lag sin haber salido de viaje. La practicidad es mi verdadera religión. Sentir, en aquel momento, ya venía a ser como ser hippie, estaba pasado de moda. La idea, básicamente, era salir del paso, acudir al funeral cuando se celebrara e insinuarme a mi compañera de trabajo. La vida consistía en pasar página un montón de veces y morir. Nada bueno ha llegado nunca para quedarse.

En la calle había algunos locales con los cristales rotos. Aún no veía que hubiese corriente en ninguna casa. Aún no se sabía qué narices pasaba o a qué escala. Pero eso a la gente poco le importaba si podía sacar tajada. La respuesta al porqué del vandalismo en ese día nocturno supongo que viene dada por la novedad. Sistemas de alarma que no van, colapso en las líneas, la policía no daba a basto, nadie tenía respuestas… Así que durante ese vacío en medio de toda la rutina, mucha gente se debía sentir más libre para actuar. Parecía ser uno de esos exámenes de Dios, y mucha gente estaba suspendiéndolo. Hubo gente mayor que se fue a las Iglesias. Y por pocos auténticos devotos que hubiera, éstas se llenaron. Según el grado de ignorancia, la gente creía que había llegado el apocalipsis o miraba al cielo buscando un eclipse inesperado. Y mientras tanto la luna seguía arriba, quieta y con el mismo reflejo del sol. La mínima noción científica insinuaba que la Tierra había dejado de girar. La imaginación te llevaba al otro lado del mundo si algún día querías volver a ver el sol. La paranoia te hacía pensar en extraterrestres o infinidad de posibilidades por las que además de no haber sol, no había luz eléctrica. Y a todo eso, mientras yo andaba de camino a mi casa, una masa de nubes comenzó a cubrir todo el cielo. Como esas tormentas en las que todo comienza de repente; estás paseando y comienzan a caer esos goterones que te empapan en un minuto. Mirabas al cielo y todo era de color rosa apagado. Sonaban truenos brutales poco después de haber visto toda la ciudad iluminada por relámpagos que parecían nacer del suelo de tan largos y ramificados. Llegando a mi casa me reía pensando en la gente que se había refugiado en las Iglesias.

Ya en casa, pensé detenidamente en la chica muerta a navajazos que había visto. Su cara me resultaba en exceso familiar. Cogí dos álbumes de fotos de mi época más sentimental. En ellos había fotos desde que yo me cagaba encima. Revisé las fotos de cuando tenía siete u ocho años, rodeado de todos mis compañeros de clase; esas fotos por las que el colegio te cobraba lo que fuera porque sabían que casi todo el mundo iba a querer una; como la orla si terminabas la universidad. Todos esos trofeos. Y entre todos esos niños ya desconocidos para mí y en la actualidad respetados profesionales, o depresivos, o gente del montón, o incluso algún fiambre, me reconocí, sonriente, entre dos niñas. Estaba de pie, y la foto para sacar dinero a nuestros papás nos la habían hecho en el patio. Un de las niñas, la de la derecha, o a mi izquierda en la foto, era ella, la muerta. Miré detrás del papel raido y no me costó reconocer su nombre. Maria Robledo. Cogí un bolígrafo y casi sin darme cuenta, escribí al lado de su nombre: (1980-2008). Seguía siendo el señor bloque de hielo práctico, pero esa chica me había dado el primer beso a los doce años. La diferencia entre yo y la mayoría de la gente, es que ya hacía mucho que sólo me impresionaba lo realmente impresionante.

Mientras guardaba los álbumes de fotos y apagaba la linterna para encender un par de velas, fue cuando comenzó a temblar todo. Un terremoto. Miré por la ventana y vi cómo por la calle alguna gente corría sin saber dónde meterse. Abrí la ventana. Miré hacía ambos lados de la calle. Llovía sin parar y tronaba. Una brecha se abría en el suelo, a lo lejos, en mi misma calle. Dos coches quedaron incrustados en ella. Justo debajo de mi ventana, había un hombre y una mujer besándose mientras se desnudaban. Cuando volví a mirar a los coches, el temblor era menor, pero la brecha se hacía más amplia, y ya no había coches. Abajo, la pareja, seguramente de desconocidos, ya copulaba. Mi edificio se desplazaba acompañando a una de las partes de la brecha; de lo más profundo de ella se atisbaba una luz roja. Pensé en la gente que se había reunido en la Iglesia, en su concepto de Apocalipsis. Pensé en si no sería cierto todo eso que decían sobre la fe. Me quedé asomado por la ventana, esperando que algo me absorbiera, que una onda expansiva de algo me llevara al infierno o al Limbo. Esperaba poder hablar con Dios si realmente era algo más que un truco comercial, pensaba en el suicidio. Y mientras la Tierra se abría como se decía que Moisés separó el Mar rojo, mi teléfono fijo comenzó a sonar. Me metí en mi cuarto de estar sin que nada dejara de temblar, oyendo tronar y llover y gemir a la chica, que follaba tres pisos más abajo en la acera. Descolgué y la luz que se encendía en el teléfono siempre al hacerlo, continuó apagada. Aun así pegué el auricular a mi oreja.
– ¿Sí?
Y una voz de hombre, amable y educada, me dijo:
– Ahora que se acerca el final, dime, ¿cómo crees que lo has hecho?

[El video es el trailer de “Watchmen”, la adaptación al cine de la mítica novela gráfica (o sea cómic) de Alan Moore. Destaco el video por ser un trailer BIEN HECHO, cosa muy rara. Normalmente los trailers rajan la película entera, o son engañosos, meten en ellos canciones que no están incluidas en la peli, etc.. Hasta cambian diálogos para adaptarlos al ritmo del trailer… pfff, es horrible… Así que por lo menos este video hay que aplaudirlo; no desvela nada, sólo presenta más o menos la pinta de los personajes y una voz profunda suelta una par de frases amenazantes. Perfecto.
PERO. Y este “pero” viene en mayúsculas porque mucho me temo que el video venga en calidad de “teaser” aun durando más de dos minutos, los cual hace pensar en que harán otro trailer chusco de los que comentaba. En fin, os recomiendo que veáis este y ninguno más.]

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3 comentarios en “(0-2008)

  1. Me discuplo por alguna errata que hay. Por la razón que sea el blog no me deja editar la entrada como siempre las he editado, de hecho he sudado sangre para publicar el puñetero relato, y la verdad es que hablando pronto y mal el señor WordPress me está dando por culo de lo lindo. Uno no toca nada y…

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