Color sepia

La historia de mis bisabuelos fue la de un chico de veinte años que se enamoró de una mujer de cuarenta y siete. En aquel momento, en el pueblecito donde vivían, eran el Diablo. Ella aún era soltera.
Mi bisabuela era de joven una chica de cara agradable, esbelta, una chica de la época que jamás se bajó las bragas para mear si no podía disimular el sonido del chorro con cualquier otro ruido. Había tenido novios, pero no se había casado enseguida con cualquiera para conseguir llegar virgen al matrimonio. Para ella Dios no existía, y aunque la misa los domingos era un buen motivo para reunirse con sus amigas, eso era todo. Aun con todo su recato, eso de no ser virgen sin haberse casado y sobre todo la manía de tener opiniones propias, la convertían en la chica que todas las madres querían alejar de sus hijas. Cosa que no conseguían. Se llamaba Remedios. “Reme”. La furcia. La libertina. Era considerada la zorra del pueblo, y sin embargo cuando la mirabas sus ojos estaban cargados de cinismo, tristeza. Cuando ves fotos de ella en blanco y negro, se te pone la piel de gallina de pensar en que algunas chicas de hoy en día aún son más retrógradas de lo que lo era ella. Ella era la chica del futuro, un extraterrestre. La puta del lugar con mesa reservada junto a la ventana en el infierno.
Hablamos prácticamente del siglo XIX, y la realidad es que las cosas no han cambiado tanto. Lo mejor que hemos conseguido en tropecientos años son cosas como la bombilla o las drogas con receta. Por lo demás nos las hemos arreglado para adaptar nuestros prejuicios; hay gente a la que aún no le hace ninguna gracia descubrir que su hija de dieciocho años lleva un condón en el bolso. Realmente hay gente que aún piensa que sus hijos son suyos, cuando sólo son su responsabilidad. La mayoría de gente considera a su pareja un accesorio más, junto al Ipod o el coche. Un accesorio emocional. Presumimos de seres queridos diciendo cuánto les amamos, y después lo primero que queremos quitarles es lo más preciado. La mayoría de personas pensamos que nuestra libertad es más importante que la de los demás.

Mi bisabuelo de joven no era un tipo especialmente apuesto, no tenía dinero ni era carismático. Mi bisabuelo no era nadie de quien recordar grandes citas. No pintaba o escribía, no era un bohemio pero tampoco pensaba demasiado en lo tangible. No tenía sentido del humor. Según tengo entendido era un hombre de quien podías haber estado acompañado durante largo rato sin haber advertido su presencia. Era una pluma que se te posa en la cara mientras duermes; con él, te limitabas a darte la vuelta para seguir con tu vida. Mi bisabuelo no era nada, o menos que nada; de no ser por mi bisabuela, hubiera caído en el olvido. De no ser por ella yo no existiría. Y digo ella, porque según dicen, cuando él se enamoró, murió de algún modo. Si ella no le hubiera correspondido, ahora yo seguiría postrado sin sentir nada en la negrura de lo que hay antes de nacer y seguramente después de morir. Mi bisabuelo habría muerto solo y aburrido, probablemente suicidado de saber lo poco que importaba a nadie. Si investigas te darás cuenta de que la mayoría de tus antepasados ahora descansan en paz aliviados de haber muerto. Pero al final mi bisabuelo sorteó en parte ese malvivir, algo que seguro nunca había previsto cuando veía que no tenía amigos y mis tatarabuelos sentían poco más que vergüenza por él. Por desgracia esos tatarabuelos, sus padres, murieron en una riada antes de poder verle emparejado con Remedios. O por fortuna. O vete a saber. El caso es que un día de fiestas en el pueblo, mi bisabuelo de algún modo engatusó a Remedios, y desde ese día no volvieron a separarse. No se sabe lo que ella vio en él, y lo cierto es que nadie puso a trabajar su imaginación; él cambió de ser nada a ser feliz, pero para la gente seguía sin ser nadie, muerto por dentro, el vacío hecho ser humano.

Vivieron humildes y se dice que felices, aun con los veintisiete años de diferencia. Y con todo, es verdad que el amor no tiene edad, pero la muerte sí.
A Remedios le llegó con ochenta y dos. La causa, desconocida. Mi bisabuelo tenía cincuenta y cinco años para entonces, y jamás buscó otra mujer. Murió a los noventa y siete, cuarenta y dos años después. Otra vida entera en la que lo único que hizo fue recordar. Viudo durante lo que fue una entrega absoluta al alcohol, pasó de ser nadie a ser el borracho del pueblo, de que no le hicieran caso a que la gente evitara hacerle caso.
Buscas la historia de lo acontecido, del pasado, de los muertos, e intentas deducir por qué aún somos tan retrógrados, qué nos empuja a no evolucionar. Y nunca hay respuestas. La verdad es que la vida de la gente suele ser tan absurda que sólo puedes reírte para dejar tu sonrisa congelada. Si me apuras, te diría que no saber es la única respuesta.

Hace un año mi padre empujó a mi madre durante una discusión. Mi madre dio con la cabeza en el suelo y al día siguiente celebramos su funeral. Mi padre nunca había maltratado a mi madre. Dos días más tarde mi padre bajó a las vías del tren sin que nadie lo impidiera, y comenzó a caminar hasta que, dentro de un túnel, se topó con el tren de las ocho de frente. Murió, claro, y supe que el maquinista, afectado de problemas cardiacos, sufrió una crisis, debido al susto de ver esa figura caminando de frente hacia su tren.
Mi madre le sacaba quince años a mi padre. Las mujeres de mi familia siempre han sido mayores que los hombres. Mis tatarabuelos, los que murieron ahogados, pues bien, ella tenía dieciocho años más que él.

Parece que cuando el amor no tiene edad, sí conlleva un castigo. Cuando mis abuelos se conocieron, ella ya estaba casándose con otro. Mi abuelo era uno de los invitados a esa boda, tenía dieciséis años menos que ella. Y si has oído hablar de esa leyenda urbana en la que los amigos del novio le quieren cortar la corbata con una sierra eléctrica, pues bien, el novio murió. Y mi abuelo se pasó toda la noche consolando a la novia, sujetándola para que no hiciera una locura y aguantando sus lloros incontenibles. Ella fue al cabo de una semana a su casa a agradecerle el apoyo, y poco a poco comenzaron a verse con más frecuencia. Ella a menudo soñaba con su difunto marido en el suelo con el cuello desgarrado. Al despertar sudando, llamaba a mi abuelo y él hablaba con ella hasta que se tranquilizaba.
Mi abuela había tenido una hija fuera del matrimonio con su difunto marido. Pero ésta murió en un accidente de avión con su novio mientras viajaban hacia su luna de miel. El novio tenía quince años más que ella.
Así que mi abuelo tuvo la oportunidad de comenzar una nueva vida con esa mujer, que se había quedado sola. Con el tiempo, ella comenzó a contarle a mi abuelo confidencias sobre la habitual impotencia de su difunto esposo, que su mal humor a veces le perdía, y que en su familia todos los hombres eran siempre mucho mayores que las mujeres; hasta un hermano suyo había muerto en la cárcel asesinado mientras cumplía una condena por pederastia. Si no quieres descubrir que no existen familias normales, no investigues, no preguntes, no ojees álbumes de fotos acompañado de quien sepa qué se esconde detrás de esas instantáneas. Sigue creyendo que lo que hay que saber ya se ve a simple vista.
De vez en cuando mi abuelo acompañaba a mi abuela a ver la tumba del hombre de la leyenda. El difunto tenía trece años más que ella. Ella le quería tanto que mi abuelo muchas veces se ponía celoso de su lápida, deseando acompañarla a ver la tumba de la hija para no sentirse así. Si esa noche hacían el amor, mi abuelo se empleaba a fondo, intentando dejar su mensaje claro.

Siguiendo el ejemplo absurdo y trágico de mi familia, o quizá de todas las familias, mis abuelos murieron, pero a lo grande, al estilo de los álbumes de fotos antiguos, alimentando leyendas, dejando cuatro posesiones y un montón de versiones sobre lo que ocurrió.
La versión más popular cuenta que a mi abuelo, en una edad aún relativamente temprana, le dio un infarto durante un coito. Durante una de sus lecciones de virilidad en competición con su rival legendario, se le paralizó el brazo izquierdo y cayó inerte encima de mi abuela.
Lo que sigue, o la versión más popular, es que mi abuela a los dos días buscó un buen lugar para ahorcarse por el pueblo. Hay vecinas aún hoy día que cuentan que la vieron pasearse con una cuerda y dando los buenos días a quien se le cruzara. Quién o cómo la encontraron muerta son misterios o cosas que prefiero no saber. Con la palabra SUICIDIO me basta.

Me he pasado semanas investigando sobre el árbol genealógico de mi familia. He descubierto que la sencillez y la felicidad no viajan en el tiempo. La gente que fue tirando más o menos conforme hasta su muerte no ha dejado nada que merezca la pena contar.
Más o menos sabes que algo así como la mitad de lo que has descubierto es mentira. A la gente mayor se le llena la boca hablando del pasado. Puedo imaginar a un bisnieto mío convirtiéndome en símbolo de mi época. En víctima consumista. Me lo imagino hablando sobre una época de zombis que sólo estaban contentos con tener todo aquello que pudieran tocar. De ir el mundo a mejor, me lo imagino protestando por tener que pasarse su futuro limpiando la mierda dejada por mi presente. Pero también puedo imaginarlo muriendo de forma absurda, en una tercera guerra mundial por la lucha de lo poco material que quede.

En tiempo presente, llevo diez días quedando con una chica por la tarde en una cafetería céntrica de la ciudad. Nueva York. Al saber de los delirantes destinos de mis antepasados, me siento más cómodo entre rascacielos. Ya no me impresiona nada la zona cero. Cuando murieron mis padres tuve que huir antes de quedar enterrado en la compasión ajena.
Apuro mi café con la cabeza llena de desgracias y gente muerta. Veo llegar a Raquel, la miro mientras entra en la cafetería y se sienta en la silla que hay justo frente a mí. Y sí, es española. Mi inglés aún deja mucho que desear, y quedar con ella está suponiendo un descanso para mí. Cuando ella ve los dos álbumes de fotos que tengo delante, empezamos a hablar sobre mi familia. Todos los muertos. Raquel tiene nueve años más que yo, pero la verdad es que eso ya no me impresiona nada. Sus treinta y dos años no pueden competir con mis antepasados. Comienza a ojear los álbumes y yo comienzo a hablarle por encima sobre esos fiambres congelados, esas fotos en blanco y negro de desconocidos. Lo único que ella sabe de mí es que me gusta, y ahora, mientras imagina cómo debía ser Remedios, o mis abuelos, o a mí abuelo muerto durante su boda… Mientras ella decide hasta qué punto miento o digo la verdad, podría ser un buen momento para contarle lo de mis padres. Esas muertes absurdas… Elegir el momento para contar algo así es cómo decidir cuándo vas a besarla, puede no ser fácil. Para cualquier cosa, sólo dame un grano de arena y en un periquete te devolveré la montaña.
Pero Raquel, interrumpiendo mi ensayo mental de cómo le voy a contar la historia, dice:
– A mí me han contado cosas de mis abuelos, pero no tan fuertes.
Y me dice que hace como un año se llevó un buen susto, que su padre es maquinista y lleva muchos años metido en la cabina de un tren. Me dice que tenía problemas de corazón. Que aún los tiene. Ya sabes, dice.
Y mientras me cuenta cómo su padre estuvo apunto de morir por haber matado al mío, decido que no. Ahora no puedo contar nada. La peor verdad es la que te podría convertir en un acosador o un psicópata. O en un fanático de la venganza. Me dice dónde y cómo pasó, y luego me pregunta que por qué me he quedado blanco, que igual no debería habérmelo contado. Puedes imaginar a Dios jugando a estas cosas. Cuando ella deja de hablar, suelto un par de frases hechas y me quedo en silencio, esperando que se disipe el infarto. Luego, para evitar el pasado y aniquilar cualquier posibilidad de que ella abunde en eso, le digo que hace mucho que me apetece besarla, y que no se preocupe, si a ella no le hace sentir incómoda la diferencia de edad, a mí tampoco.
Y ella murmura:
– ¿Ahora?

[Yo soy un flipado de Lynch. Soy de los que ha visto varias veces Carretera perdida y Mulholland drive, y cada vez que las veo disfruto, me río, paso miedo y me emociono con más intensidad. Inland Empire, su última película, vuelve a ser alucinante y pesadillesca, lo más parecido a que alguien hubiera podido grabar un sueño de los que despiertas sudando y necesitas lavarte la cara. Un servidor ya planea verla por tercera vez. El video es una de sus escenas, ya por si sola más oscura e inquietante que muchas películas enteras.]

5 comentarios en “Color sepia

  1. Son dos muy buenas películas, aunque hay que verlas más de una vez para no perderse. Ja ja ja. Muy buena la historia que cuentas. Dicen que el amor no tiene edad, no? Pues eso. Un abrazo.

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