Estrella fugaz

La novia de Raúl pensaba que si observaba lo suficiente podía encontrarle el sentido a cualquier cosa. No había que conformarse con el cielo o los bonitos prados de postal. No sólo se trataba de cataratas o recién nacidos. Ella podía encontrar belleza y positivismo en todo cuanto la rodeaba. Esto es así, sólo depende de quién mire. Cualquier mendigo te podría hablar sobre lo atrayentes que pueden ser cuatro contenedores de basura puestos en fila. Un asesino en serie podría hablarte de lo sugerente que es alguien indefenso y solo durante la noche, podría disertar un buen rato sobre su sangre o su último grito. No es lo que se ve, sino la percepción del publico. En este mundo hay un buen espectáculo para cualquiera. Sólo hay que saber buscar.
La novia de Raúl un día bajó las escaleras de su bloque de pisos, y cuando llegó a la calle se encontró con el cadáver del huésped del quinto segunda espachurrado en la acera, rodeado de gente, suicidado. La novia de Raúl miró hacia arriba y vio la ventana del muerto abierta, y unas cortinas rosas ondeaban al viento. Al día siguiente se compró unas cortinas idénticas.
Sí, su vecino se había matado, pero si no llega a ser por eso ella aún hubiera seguido con las mismas cortinas grises y sucias, que por algún motivo nunca había pensado en quitar. Constructivismo. El vaso medio lleno.
Otro día la novia de Raúl se vio en medio de un bosque ardiendo y se puso a pintar un cuadro. Porque nadie lo haría, y sin embargo a todo el mundo le gusta mirar. Ella siempre llevaba un cuaderno y unas acuarelas en su bolso. En él también llevaba una cámara fotográfica. Cuando el día del incendio estaba acabando su obra, un bombero se la llevó del lugar mientras se acercaban las lenguas de fuego. Ella comenzó a hablar con él, y esa noche salieron juntos. El bosque se había quemado y el fuego había acabado con varías casas y extraviado decenas de propiedades privadas. Pero ella había sacado un novio de eso. El Amor había triunfado.
Si no hubiera sido por ese fuego ella hubiera continuado sola, y los bomberos se hubieran pasado otra semana entera encerrados y aburridos, algunos incluso pensando en cambiar de profesión. La vida era para quien sabía ver el lado positivo. Despierta los lunes con una sonrisa, hasta el trabajo más soso y repetitivo puede ser revitalizante. La novia de Raúl era reponedora. Tu mayor responsabilidad es la de mantener la fantasía estética de los clientes a salvo; que cuando entren a comprar a las nueve de la mañana parezca que un montón de pequeños robots han alineado a la perfección sus productos favoritos en otro nuevo día radiante y coherente. La novia de Raúl sabía que esas pequeñas tareas que nadie considera importantes son las que hacen que la gente crea en el orden y el concierto. Ella sabía que, aunque todo pudiera estar yéndose a la mierda, a la gente le gustaba ver su mundo acicalado. Era cuestión de saber presentar las cosas con elegancia. En lugar de querer convencer a todos sobre las ventajas de la legalización de las drogas o la prostitución, enséñales una cajetilla elegante de porros o viste a las prostitutas de Gucci. Si hay guerras en el mundo pero la cabecera del telediario es sobria y agradable, todos pueden respirar tranquilos.
Y sí, Raúl era el bombero. Y ella se llamaba Estrella. Raúl era mi amigo hasta que el piso cuco y femenino en el que vivió con Estrella una noche estalló matándolos a ellos y a parte de los vecinos. Uno puede ver las cosas de color de rosa y ser feliz y hasta algo descuidado. Pero nunca puedes dejarte el gas abierto. La reacción de éste con una llama no entiende de optimismo. La aleatoriedad de Dios, o la casualidad, no hace distinciones con los vitalistas. La vida está sujeta a las casualidades; cualquier sensación que te haga creer que lo tienes todo bajo control es igual que cuando entras al supermercado y todo está en orden. A todas horas dependes de todos. Tanto, que cuando sólo dependes de ti, para cuando te des cuenta ya puede ser demasiado tarde.

Estrella salió la tarde justo antes de morir de paseo con Raúl. Vivían en un pueblo costero porque decían que preferían tener el mar cerca. Ni tan siquiera habían llegado a los treinta. Ese día habían estado cocinando juntos, haciendo la cena después del paseo y de ver la puesta de sol desde su terraza. Raúl estaba tan enamorado que ya no se ponía nervioso ni cuando tenía que salir pitando en el trabajo por alguna emergencia. Estaba tan enamorado, y él fue el último en salir de la cocina esa noche. Y después, a las tres de la mañana, se fue la luz.
Si entrabas en ese piso, podías ver enseguida que lo había decorado Estrella. Todas las paredes tenían acuarelas o murales llenos de fotografías. Le fascinaba lo que todo el mundo veía antiestético. La acuarela del incendio, un perro muerto, fotos de gente esperando en el aeropuerto durante un retraso de varias horas… El lado oscuro del arte, el absurdo.
Y todas sus obras, los muebles y todo cuanto habían logrado reunir, se quemó cuando Estrella se despertó, encendió una vela, abrió la puerta de la habitación y salió al pasillo camino a la cocina.
Detonación.
La vida explotó en trocitos mientras algunas parejas deambulaban tonteando muy cerca por el paseo marítimo. Toda esa gente de vacaciones vio cómo tres pisos volaban por los aires en mitad de agosto. La misma gente que hubiera visto absurdo el arte de Estrella sacó sus cámaras de fotos o sus móviles y comenzó a grabar. El veneno de la imprevisibilidad. Parecía que al final daba igual si tu vida era aburrida o no. Sólo tenías que dar gracias por estar vivo, conectar y desconectar los interruptores adecuados, y no dejarte cegar ni tan siquiera por el amor. Ninguna clase de amor. Estrella pintaba lo que nadie pintaba porque vivía como nadie vivía. Tal y como yo lo veo, Raúl fue una víctima. Yo reuní todas las versiones sobre la historia que me contaron y procuré montar una verdad propia. Y no sé muy bien por qué, pero desde entonces dejé de preocuparme por ir a dormir cada noche con mi vaso medio vacío.
Lo que ves o te cuentan te hacer pensar. Si paseas por un bosque y notas ese aire perfumado de pino, nunca te viene a la cabeza que ese mismo aire es el que alimenta los incendios, los hace crecer y devorar todo cuanto te rodea, quizá incluido tú. Es la naturaleza que se mata a sí misma. Es la versión natural de lo que te pasaría a ti si te duermes al volante. Es la lección del ser superior que te está diciendo que no puedes ordenar el caos. No puedes pretender creer que no naciste de la misma casualidad que todos los demás. Mi manía favorita es la de no fiarme de la gente que se muestra segura de sí misma. Cuando por las noches doy mil vueltas en mi cama haciendo el amor con mi insomnio, imagino a Estrella fotografiando a ángeles drogadictos, a estrellas del rock muertas que no buscaban seguir en ningún otro lugar. Imagino a Estrella hablando con Dios sin hacerle ninguna de las preguntas que yo le haría. Puedo llegar a ver otro mundo postmortem en el que todas las personas pueden llegar ser ellos mismos sin necesidad de subrayar su personalidad con disfraces y pinturas. Y estirando mucho mi fantasía erótica postanarquista, me veo volviendo a nacer, reencarnado en otro cuerpo y en un mundo en el que todo son ruinas, donde sólo queda la posibilidad de volver a empezar.

[Algún día tenía que hacer mención de Ángel Martín. Uno de los poco motivos por los que aún se puede poner la televisión. Un hurra por él.]

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3 comentarios en “Estrella fugaz

  1. “La reacción de éste con una llama no entiende de optimismo.” Buenisima frase dentro del contexto.

    No me ha parecido para nada autobiográfico, más bien una divagación sobre su manera de pensar, la del personaje.

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