Mi vibrador

Ahí fuera hace tres días que no sale el sol. Cada vez que salgo siento ese olor de antes de llover. Pero no ha llovido. Y por mí bien, el gris es mi color favorito, es el color que define más cosas. Los días soleados están sobrevalorados; joder, tanto que es ridículo; tanto, que el solo hecho de decirlo ya sólo suena a tópico, por muy cierto que sea.
Y es que me pone a parir que la gente tenga tan asociadas las nimiedades a la felicidad. No te confundas, tu felicidad depende de algo grande, no basta con que los prados florezcan.
Hoy sólo me quedaban unas bragas limpias en el cajón. Así que tendré que hacer colada.
Cuando decidí independizarme y vivir sola, no sabía que mi propio piso se convertiría en mi cárcel. El alquiler me mantiene en un zulo bajo llave. Y bueno, no es que no sospechara esta esclavitud, pero era esto o convertirme en otro de esos posadolescentes que matan a sus padres sin motivo aparente. Era convertirme en la veinteañera parricida o sumarme al inmenso tráfico de occidentales hasta arriba de pastillas para evitar la ansiedad y tener bajo control la depresión. Y yo estoy evitando elegir. Hoy en día ser buena persona puede significar sangrar por el culo hasta el último día de tu vida. Sí, se puede exagerar o hiperbolizar de mil maneras, pero la mayoría de la gente que se levanta todos los días temprano de verdad, se siente violada; cuando suena el despertador e interrumpe tu único rato de relajación, sabes de forma clara y sin filtros que no eres libre.

Ayer le supliqué sin ninguna vergüenza a mi jefe un día de descanso, hoy. En serio, estuve al borde de la mamada. No sé de los motivos por los cuales la gente consigue esas bajas tan largas por depresión, pero yo probablemente necesite una.
Me he levantado a las diez de la mañana, cuatro horas después de lo habitual. Ahora son las once. Fuera sigue gris y sin llover. He desayunado, por primera vez quizá desde los once o doce años. Seguramente la falta de costumbre haga que ahora no tenga hambre hasta las tres de la tarde.
Me ha llamado un medio novio, un pesado. Le he dicho que estoy ocupada y que no, que no estoy enferma, pero que no puedo verle. Le he mandado a la mierda con eufemismos, al más puro estilo occidental. Hipocresía al poder. O bueno, no es que haga falta esa reivindicación, la hipocresía ya gobierna desde que yo tengo uso de razón. Se ha perfeccionado hasta tal punto el eufemismo y la mentira elegante, que ya casi no distinguimos lo falso de lo real. Soy (somos) la versión virtual de una persona de verdad. Las buenas excusas encajan en nuestro contexto social igual de bien que un condón, como mi vibrador. Soy asocial, mentirosa y apolítica. Estoy perfectamente integrada en apariencia. Podrían correr ríos de sangre ajena por las calles y me daría igual siempre y cuando la mía no se añadiera a esa Venecia apocalíptica.
Justo después de comprobar que en la tele sólo hay tertulias en las que más que analizar la actualidad los cerebritos parecen intentar chupársela a sí mismos, vuelve a sonar el teléfono.
– ¿Si…?
– Vuelvo a ser yo…
– …
– ¿Me oyes…?
– Dime…
– ¿Estás enfadada conmigo?
– No.
– …
– …
– ¿Me oyes…?
– Sí.
– Es que antes me ha parecido que estabas enfadada…
– Pues no.
– Ya… bueno…
– Bueno… pues ya hablaremos…
– Ya, espera… no cuelgues…
– …
– Es que…
– …
– Nada, es igual, ya hablaremos…
– Muy bien.
– Hasta luego.
– Hasta luego.
Y colgamos. Mi “hasta luego” iba acompañado de un suspiro de desespero. Mi esperanza es que esos pequeños detalles le ahuyenten, pero ya parece considerarme su siguiente meta, el siguiente peldaño, el siguiente motivo para vivir. La mayoría de gente hace eso, dejan de considerar si las cosas que hacen tienen sentido; al final lo convierten casi todo en una cuestión de orgullo. Se olvidan de la practicidad o de la utilidad de sus acciones, o de si están enamorados realmente… Hay gente que se bebería un vaso de bromuro con tal de demostrarte que se atreven a hacerlo. Aún somos una especie subdesarrollada, seres que hacen que prevalezca la libertad de expresión para poder seguir haciendo programas del corazón. Si a otro nivel actuaras igual, al llegar a un restaurante cogerías tu tenedor y en lugar de usarlo para comer se lo clavarías a tu acompañante en la cabeza.

Al llegar las dos de la tarde sigo sin hambre. Antes he mencionado mi vibrador. Fue un regalo de cumpleaños. Es el típico detalle que te convierte en una guarra. Al principio pensé que nunca recurriría a él, y ahora no gano para pilas… Como si el hecho de no comprar un recargador me eximiese de ser una salida. El último novio que tuve siempre evitaba hablar de sexo con sus amigos cuando yo estaba delante. Esto es lo que te venden como evolución. Si actúas igual que ellos eres una puta, pero si actúas como “una chica”, entonces eres igual que todas las demás. No me extraña que haya gente que decida ponerse polla, o cambiarse de sexo, o ser mitad y mitad. Ellos saben que hagas lo que hagas todos te etiquetarán.
Llamo a una pizzería. Me dicen que si quiero el regalo sorpresa o las bebidas. Las bebidas. La chica me dice que el chico tardará cuarenta y cinco minutos. Esto se debe a la promesa que me hice a mí misma de no aprender nunca a cocinar. Prefiero tener una mente sana a ser una gilipollas con una dieta sana. La mayoría de gente elige la otra opción. Algunos/as ni tan siquiera saben que se puede elegir. Y los más optimistas te dirán que se pueden hacer ambas cosas. Pero a quién le importan los optimistas. ¿Esa gente ve el telediario?

La pizza está bien, casi tan bien como el momento de tomarme mi café, fumar mi cigarrillo y sentir como las drogas legales hacen que todo mejore aunque solo sea durante unos minutos. Lo que yo soy acaba con la idea de princesa rebozada en sonrisitas estúpidas y ropa nueva casi a diario que los tíos tienen sobre las mujeres. Muchos de ellos quieren a la tonta que se convierte en puta cuando accionas el interruptor adecuado. A veces miro a mi alrededor y la idea de morir sola cada vez resulta menos triste. Yo sé que esto es pesimismo de diseño, y no me gusta ser así, pero hay actitudes peores, y en número ganan por goleada.

Por la tarde la cosa se anima. Después guardo mi vibrador y salgo a la calle. Afuera todo el mundo va a toda leche hacia todas partes. Entro en una cafetería. Saco un paquete de tabaco. Justo cuando voy a sentarme en una mesa, veo a mi pretendiente, al fondo, sentado con dos amigos. Salgo de la cafetería.
Ando lo suficiente como para asegurarme de que no volveré a verle hoy. Mi móvil suena y es él, pero decido que le diré que salí y me lo olvidé en casa. O que no, que no le vi en la cafetería. Lo siento, no puedo estar con un tío que no puede competir con un libro de chistes o mi vibrador. Por muy sentimental que sea. Por mucha penita que dé. Ya hay demasiadas parejas por ahí en las que él o ella se preguntan cada día qué coño están haciendo.
Cuando consigo encontrar un buen bar, me siento al lado de la ventana y comienzo a hojear el diario desde la última página. Desde aquí sigo teniendo una buena vista del objetivo. Tengo un aspecto bastante al uso, pantalón baquero, el pelo recogido en una cola de caballo, una blusa blanca, gafas de alta graduación… Soy la encarnación de lo normal, la mujer al uso, lo suficientemente atractiva como para conseguir sexo con cualquier hombre y lo suficientemente distante para que ninguno lo intente. Sólo alguien que revolviera los cajones de mi habitación, sabría que la mitad de mis braguitas llevan el símbolo anarquista en el pubis. Presta atención. Abajo en las cloacas sólo huele peor.
A dos manzanas estalla la sucursal bancaria y desde aquí puedo oír gritos y coches pitando. La explosión es como a cámara lenta. Todo el mundo sale del bar. El humo sube gris y decidido para apestar el centro atestado de la ciudad. Suena mi móvil y el número es desconocido.
– ¿Si…?
– ¿Lo ves o no?
– Lo veo. Pero la próxima vez te calzas tú las gafas de sol y yo me encargo de fabricarla.

Hoy de diez a once tenía una tarea. Mi paraguas era la confianza, las prisas de la gente, elegir al más torpe de seguridad, esconder un explosivo barato detrás de esa planta que da ambiente al lugar y esperar… Lo bueno de destruir es que basta con tener maña. Basta con tener mi aspecto. El intelecto se ha utilizado más para ir menguando poco a poco nuestra capacidad de análisis. Cuando te pones a hacer una torre con las cartas o las fichas del dominó, muchas veces la destruyes al segundo piso para volver a comenzar. Tú también eres un anarquista a pequeña escala. Da demasiado miedo pensar a lo grande.
De camino veo los desperfectos. La policía intenta separar a la gente viva de la muerta. Es curioso cómo demandan orden cuando muchas veces son ellos los que provocan el caos. Miro a mi alrededor y a lo lejos veo un rostro familiar. Mi pretendiente. Me acerco. Está en el suelo y le falta un brazo. Un policía me coge por detrás y me aparta del cuerpo; me llama “señorita”. Cuando hablo con desconocidos es fácil que se me caliente la boca. Cuando la conversación se vuelve política siempre saco a colación mi vibrador. Eso hace que la conversación se focalice tan sólo en los eufemismos que me sueltan para no llamarme puta, y así ya no se vuelve a hablar de orden o concierto.
Cuando llego por la noche a casa, duermo como un bebé, el caos es el nuevo orden que hay en mi cabeza. He hecho la colada, he cenado cereales y me he ido a dormir con todas las ventanas abiertas.

[Hace cuatro días, entro en un blog de cine y me encuentro con la noticia de que Russell Crow quiere interpretar a Bill Hicks en una peli. ¿Y quién coño es Bill Hicks?, le pregunté a Wikipedia. Pues es un señor que murió en el 94 (32 años) de cáncer de páncreas, monologuista, y que cuando ya sabía que iba a morir joven, se subía a los escenarios y hacía monólogos como el que podeis ver en el video. No os lo perdais. (Abstenerse los alergicos al humor negro).]

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2 comentarios en “Mi vibrador

  1. Qué mala es la soledad, y qué agradecida literariamente también…¿Y los vibradores no estarán también sobrevalorados, como los días de sol? (y no lo digo por tu relato, que como todos los tuyos me gusta mucho). Por cierto, le pega el papel del cómico moribundo a Crowe. Saludos y a seguir bien

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