Archivos Mensuales: septiembre 2008

Matar a Elisa

A mitad de un bostezo a las cinco de la mañana, comenzó a sonar el teléfono. Llevaba cuatro horas dando vueltas en la cama harto de vivir sin dormir, y el teléfono fijo me hizo dar un salto y correr hasta el comedor. Descolgué, y una voz de mujer joven me dijo: “Me vas a matar… vamos a ver tus padres para darles la noticia”. Justo después sonó el despertador, y supe que sólo había dormido tres horas. Estoy tan acostumbrado al insomnio que muchas veces sueño que aún no me he dormido.
De todos modos ese sueño en particular me llamó la atención por lo elaborado, por esa idea sobre las llamadas de madrugada que nadie desea y que pueden traer malas noticias. El hecho de que me comunicara su muerte una mujer concreta acabó chocando con mi concepto de Realidad.
Esa voz femenina me vino una y otra vez al recuerdo, conocía ese tono sugerente y quería identificarlo. Viví mucho tiempo con esa sensación frustrante de estar a punto de recordar, con un nombre en la punta de la lengua. El sueño no volvió a repetirse (gracias a Dios), pero se quedó en mi cabeza, nítido y pesado, como si algo del futuro se hubiera colado en el presente para avisarme. Ésa era la sensación, iba a hacer algo terrible y nadie iba a poder evitarlo.

Continué viviendo mi vida sin excesivo miedo, o por lo menos no más acobardado de lo habitual. Cada día en el trabajo analizaba el timbre de voz de algunas compañeras, sin dar nunca con Ella. Hice zapping en casa esperando dar con la voz en cuestión en algún anuncio, en alguna actriz de doblaje; hasta llamé a una chica de la que anduve colgado tres años y que me dio calabazas, para estar seguro de que no era otra vez ella la que venía a mi mente en forma de pesadilla rosa interminable. Iba poniendo cruces a todas las mujeres a las que oía hablar. Fui de visita por todos los bares y lugares comunes, entablé conversaciones forzadas con camareras y mujeres con las que apenas si había cruzado un par de saludos. Me puse a investigar sin saber muy bien por qué, sin saber a dónde iba a llegar, pero seguro de que tenía que ir. Me pasaba algo que no le podía contar a nadie, cualquiera hubiera dicho que estaba buscando a mi víctima, para saber qué motivo podría impulsarme a acabar con ella, o de qué forma involuntaria ella iba a morir por culpa mia. Yo, que no creía en nada, comencé a creer en un sueño, lo encajé en la realidad con calzador buscando algo emocionante, como quien hace puenting o se tira de un avión. Era mi suicidio psicológico, la oportunidad de labrarme una enfermedad mental.

Lo que nunca pensé es que ese sueño se convertiría en el detonante de mi primer amor de verdad; eso que te convierte en un imbécil embobado que no hace más que supurar cursilería (*). Elisa era la mujer más guapa del mundo*, la perfección* hecha mujer, y educada e inteligente, y mi futura esposa y madre de mis hijos y la persona con quien quería que me enterraran, con quien quería agarrarme de la mano en el cielo*, etc. Elisa me cogió figuradamente por los huevos para no dejar que ni uno solo de mis latidos no fuera por ella. Todo mi dinero y mis muecas y mi poesía barata, todo el futuro y las esperanzas y el miedo y el sentido del humor y del horror y las frases echas y las ingeniosas; todas las erecciones y los gatillazos y las lágrimas. Todo para ella.
La conocí y todo a su alrededor resultaba mediocre. Hablé con ella y era Ella, la conocía antes de conocerla, como en las canciones cursis.
Ella me aceptó y comenzamos a salir. Yo iba por la calle flotando y viendo como todas las demás mujeres sólo eran peregrinas de lo simple, con sus buenas maneras de “chica-buena-pero-a-la-vez-un-poco-rebelde-y-aún-más-falsa”. Ella era la Voz y supuestamente yo iba a matarla. Sí es cierto que puedes matar a la persona que más quieres, pasa todos los días, el Amor y el Odio no son sentimientos contrapuestos, son sentimientos hermanos como sensaciones extremas que son; son la dictadura fascista y la comunista: ambos tienen un inmenso poder destructivo.

Fueron pasando los días, y la idea de matar al amor de mi vida se fue diluyendo por falta de sentido. Llegué a pensar que simplemente me había empeñado en creer que su voz era la del sueño. Mi plan inicial de volverme loco y feliz con mi paranoia se quedó en un simple enchochamiento crónico. Quería huir de la realidad y sólo me eché novia. Quería matar a alguien sin motivo y convertirme en la víctima de un suceso paranormal, el servidor de mi subconsciente; a veces no hay nada tan atractivo como la idea de hacer el mal de forma impune, ser el asesino en serie, el violador, la figura oscura que pasa a la historia y sobre la que se escriben libros, se ruedan películas o se montan sectas de adoración. Creo que pensé que podía haber sido el Diablo, y solo acabé arrodillado ante una mujer. Es cierto que solo eran fantasías oscuras, otra forma de rizar el rizo, páginas de internet que visitas sólo por curiosidad, por puro morbo gratuito. Yo no iba a matar a una mosca, pero me hubiese gustado ser alguna especie de abeja reina; una abeja reina del mal, por supuesto.

Hacía dos años que visitaba a un psicólogo con frecuencia semanal. No porque me viera potencialmente peligroso o autodestructivo, simplemente resultaba ser un ejercicio mental sano. O por lo menos lo fue hasta que comencé a ocultarle cosas importantes: mi sueño, a Elisa, etc. No quería que un profesional de las obsesiones supiera que me había enamorado sugestionado por una voz que encajé en una persona, como el zapato de cristal y la Cenicienta. A bote pronto, sin pensarlo dos veces, cualquiera hubiera dicho que estaba como una regadera, yo mismo lo pensaba. A esas alturas ya no sabía si era un psicópata o un romántico, y por supuesto no sabía qué era lo que le gustaba de mí a Elisa. Porque el hecho, la verdad, la clave de todo el asunto y de toda la historia de amor y de parte de la historia de la humanidad, era que Elisa nunca había logrado tener un orgasmo.
A ella le gustaba el sexo, los preliminares, la sensación inicial, el camino a seguir hasta la culminación del acto; pero para ella nunca había culminación del acto. El orgasmo podía vivir sin el camino a seguir, pero el camino a seguir no podía vivir sin el orgasmo. Este asunto venía a nuestra mente cada vez que algún conocido o amigo nos soltaba el topicazo sobre lo de no disfrutar tanto del objetivo como del proceso hasta llegar a conseguirlo; esa serie de frases hechas despertaban mi instinto asesino y hacían que Elisa se redujera a nada en las conversaciones.
Aunque por otro lado estaba claro que ella estaba conmigo por mi interior, ése era mi involuntario amor egoísta, ella me lo daba todo sin conseguir todo lo que yo podía darle. Y la historia ya había empezado desde su primer novio de instituto, por lo cual despejabas de la ecuación kilos de culpabilidad. “Enfermedad” fue mi palabra favorita durante un tiempo. No era mi culpa, mi novia estaba enferma, su entrepierna no funcionaba, defecto de fábrica, nada de impotencia, yo continuaba siendo un machote imbécil, un misógino que la miraba con cara de pena. Pero ella no notaba nada incorrecto en mí, a ella le pasaba conmigo lo mismo que a mí con ella. Aplicábamos una estricta autocensura a la hora de hablarnos, de tal manera que aun pasados varios meses éramos perfectos el uno para el otro.

Inmerso en mi papel de novio comprensivo, maduro y romántico, estuve durante mucho tiempo intentando convencer a Elisa para que consultara su problema con profesionales. Pero ella se negaba una y otra vez. La verdad es que no era fácil para mí ver como en la cama la chica cada vez estaba más triste y menos excitada; había un violento contraste entre mis muecas de placer y su cara de estar mirando el reloj de pared. Cada vez parecía sentir menos, cada vez era menos mi novia y más una muñeca hinchable; un objeto sexual al que tenía que convencer, como si ella tuviera que darle explicaciones a un vibrador.
Lo cierto es que ya había pensado en los juguetes sexuales, pero no dije nada con la esperanza de que ella tampoco lo dijera; me aterrorizaba la idea de que se comprara una polla de goma de treinta y cinco centímetros y tuviera el primer orgasmo de su vida con ella. Era una pesadilla. Pero al final, fue ella la que quiso hacerse con un juguete, un mamotreto, nada de vibradores o bolas chinas, nada de consoladores; Elisa se puso en contacto con un productor de cine porno.

El tipo era un antiguo compañero suyo de la universidad, un tío que yo también conocí, y que desde los quince años iba diciendo por ahí que lo suyo era el porno, que iba a ganar una pasta gansa con eso. Y todos nos reíamos a sus espaldas.
Hablamos con él por teléfono, estaba en pleno rodaje de una película. Cuando se trata de pornografía se ruedan varias películas en una semana; según él, solo necesitas olvidarte de lo que te dicen que está bien y está mal. Así de fácil es. Y en ese sentido, Elisa ya estaba dispuesta a aceptar cualquier dogma; quería saber cuáles eran las ideas de Satán, los trucos sucios. Ya era una cuestión de engañar a su vagina, un desafío para su clítoris.
Nuestro colega de la industria hizo encargar para Elisa una maquina que según él nunca fallaba. Yo la pagué por adelantado. Decía que las actrices babeaban (literalmente) cuando la probaban. Y luego, con un tono algo lúgubre, nos dijo que si eso no funcionaba es que no había solución. Al parecer el problema de Elisa no parecía ser una cuestión psicológica, y en todo caso, si lo era, quizá solo tenía que convencerse de que la maquinita iba a funcionar. Mientras pasaban los días y esperábamos a que nos trajeran el artilugio, yo la tenía como un cacahuete, y no sabía si quería que el plan funcionara; por Dios, no podía competir con una maquina venida de una de las industrias más poderosas del mundo, algo que enchufas a la luz y funciona indefinidamente… Era algo de locos, pero yo tenía que seguir en mi papel, tenía que seguir siendo perfecto.

La maquina llegó al cabo de una semana a través de un servicio de mensajería; iba metida en una caja con fotos de una discreta aspiradora, algo moralmente aceptado. Le firmamos un papelito al mensajero y cargamos con la pesada máquina hasta nuestro dormitorio. Me sentía como si fuera a montar un trasto de Ikea que iba a cobrar vida para ligarse a mi novia. No todo el mundo tiene un mueble en casa que puede follar sin descanso. Sentía que me faltaba el aire mientras Elisa trasteaba con las piezas de la máquina y leía las instrucciones. El hecho de que tu pareja tenga tantas ganas de ponerte los cuernos con Cortocircuito es frustrante incluso aunque ella no haya logrado correrse en toda su vida. Pero tuve que comenzar a montar con ella aquel chisme. Era bastante sencillo; imagina una lámpara de pie, solo que en lugar de una bombilla tiene un mecanismo del que sale una barra de hierro de un metro con una polla de goma de treinta centímetros al final de esta. La máquina se sujeta al suelo gracias a su peso y a una superficie adherente para que sus buscadoras potenciales de orgasmos no tengan que estar continuamente recolocándola. Claro que, todo esto no tendría sentido sin su fabuloso mando a distancia, con el que mi novia podrá controlar el ritmo de la penetración, si quiere o no que la polla de mentira rote sobre sí misma, y algunas otras fantásticas y útiles opciones. La máquina tiene, por supuesto, distintas posiciones, puedes subir o bajar la altura de tu amante de goma como quien coloca el pie de un micro. Así que, una vez has montado el chisme, solo queda enchufarlo, acomodarse en la cama, y a disfrutar.
Elisa se comenzó a desnudar y yo me senté en una silla al lado de la cama. Quería echarme a llorar. Comenzó a trastear con el mando para probar. Escogió un ritmo lento, y toda la maquinaria comenzó a oírse dentro de la carcasa; la barra con el pene de goma iba hacia delante y hacia atrás con la misma velocidad que podría alcanzar un hombre, pero sin límite de tiempo ni riesgo de embarazo. Había cinco velocidades, las probó todas antes de empezar, la quinta prácticamente era inhumana.
Elisa se abrió de piernas y colocó el pene de goma en posición, después haberlo pringado con el aceite lubricante que venía como extra en la caja de la aspiradora. El pene entró en ella sin problemas, y la primera velocidad no suscitó ningún interés en Elisa. Probó el mecanismo de rotación y aumentó una velocidad. Una sacudida, dos, tres, cuatro. Nada. Pero Elisa se soltó la cola de caballo y yo comencé a sentir celos de aquel montón de chatarra que había convertido a mi novia en una adultera de la I. A. Ni tan siquiera podía liarme a puñetazos con aquella cosa y discutir con mi novia mis cuernos. Esto es lo que te venden como Futuro.
Aunque estaba negándome a mí mismo la eficacia de aquel trasto, durante la cuarta marcha Elisa comenzó a suspirar, a poner los ojos como platos e incluso a pedir más a gritos, para poco después darse cuenta que era ella la que tenía el mando. No sabía dónde meterme. Siendo realista, aquella cuarta velocidad no estaba a mi alcance, nadie puede ser tan insistente y cabezón. Elisa chorreaba por la entrepierna. Y puso la quinta velocidad. Para entonces no quería pensar en que no solo iba a correrse, sino que además ya se había corrido durante la tercera velocidad, y no parecía tener intención de dejar aquella máquina hasta acabar en desmayo o en coma con la sonrisa congelada. Al cabecear para echarse la melena hacia atrás su pelo me salpicaba gotas de sudor, durante su tercer o cuarto orgasmo. ¿Podía morir por un paro cardiaco? ¿Se podía morir de placer? No, no se podía, porque ella no hacía más que toquetear aquel mando para cambiar de velocidad; no actuaba como si yo no estuviera en la habitación, más bien era como si yo no estuviera en su vida.

Llegó al fin un momento -mi calvario duró una hora- en que mi novia apartó aquella polla de goma de su entrepierna y se recostó mirando hacia mí. Estaba chorreando de sudor, la sábana estaba empapada. Y cuando yo me disponía a recuperar la compostura, fue cuando ella comenzó a hablar. Me dijo que si había oído alguna vez esa expresión que existe en francés:

La petite mort.

Así lo llaman los franceses, me dijo. El orgasmo femenino es “la pequeña muerte”. Un orgasmo femenino intenso, me dijo, hace perder la conciencia por un segundo a las mujeres, es como morir un momento, es así de excitante. Pensé en mi sueño, y en si bastaba con haber sido yo el que pagara la máquina, en si la muerte como forma de placer también valía. Pensé muchas cosas, y mientras buscaba algo que poder decir, Elisa me dijo que cuándo le iba a presentar a mis padres, que quizá ahora sí había llegado el momento de oficializar un poco lo nuestro. Mientras tanto, yo seguía en silencio, en reposo, y la polla de goma goteaba, erecta, despreocupada.

[Me hace gracia esta monologuista chilena. Natalia Valdebenito. Me gusta por cómo le queda el acento, por el desparpajo y porque me pone.]

Gente honrada

Todo empieza con Dios, creándolo todo en una semana, pronto y mal. O con el Big Bang, esparciéndolo todo hasta que la casualidad nos creó, para dejarnos a la buena de Dios.
Luego nosotros comenzamos a follar y a matarnos, y de uno de esos coitos nazco yo, para escribir tonterías que no aportan nada a nadie y que de todos modos casi nadie lee. Así que se crea el mundo por alguna razón, la vida se abre paso, hay gente feliz a costa de una gran mayoría que no lo pueden ser, y mientras tanto yo me encargo de documentar guías de viaje. Mi trabajo es hacer que todos esos que están deseando huir de su rutina puedan planificar sus vacaciones hasta tal punto que acaban siendo tan solo otro tipo de rutina; las rutas adecuadas para no topar con indeseables, guerras, pobreza, y todo eso que entre todos ayudamos a crear y sostener. Léeme e imagina playas cristalinas y polvos brutales con tu novia en jakuzzis de cuatro estrellas; pasea por museos y conoce a esa gente que al igual que tú consiguió nacer en el lugar apropiado. Alimenta tu realismo de folletín.

Sé que solo soy otra pieza del engranaje de la vida, y que no voy a hacer que nada mejore; lo cual no me hace sentir bien, pero tampoco mal. Me alimento de la esperanza de que sea verdad eso de que los ciudadanos de a pie no podemos hacer nada para cambiar las cosas, y o hacer algo que vaya más allá del objetivo de sentirnos mejor con nosotros mismos. Hablo, claro, de pobreza y malestar lejano y televisivo. Y supongo que “lejos” es la palabra clave, lo que nos salva, no sólo de la miseria en sí, sino de los remordimientos.

Llegado un día concreto de mi mediana edad, teniendo ya alguna cana y quizá ganas de trabajar en algo con lo que no sentirme tan solo siempre, conduzco hacia una casa de lujo del primer mundo, de esas en las que la vida real solo se filtra a través del personal que trabaja en ellas.
Accedo a la casa con mi coche alquilado por una carretera estrecha a unos mil kilómetros de mi casa. Se dice que esta zona sureña se pretende cercar como parque natural. Salgo del coche y me estiro, abotargado de tanta carretera. La razón por la que no viajo siempre en avión tiene que ver con cierta idea romántica sobre el hecho de disfrutar de los paisajes y evitar la frialdad de los aeropuertos. Y así de paso evito lo potencialmente desagradable que puede llegar a ser el contacto con la gente. No quiero estar solo, y a la vez odio a la gente. Eso es todo.

A menudo hago un esfuerzo y procuro hablar con personas de la zona para escribir algo no demasiado frío sobre el lugar. La mansión de la que recorro ya paseando el jardín de la entrada quedaría justo en la periferia del futuro parque natural, que a la vez estaría muy cerca de Marbella. No sé si va a ser una buena idea hablar con este tipo de gente, quizá acostumbrados a tener el cuerpo aquí y la cabeza en el modo de añadir un cero más a sus cuentas, pero supongo que es injusto prejuzgar que alguien multimillonario no tiene escrúpulos o sentimientos.
Yo estoy aquí para enmarcar el lugar, el paisaje, para servirte en bandeja el verano, o los quince días de libertad momentánea que tengas. Estoy aquí, y llamo a la puerta. Oigo pasos a los pocos segundos. La gran madera blanca se abre y surge de dentro una cabeza con un moño, una mujer de unos cincuenta años, sudamericana: una sirvienta. No más de metro cincuenta y con cara de migraña. Me mira y acuclilla los ojos molesta por el sol. Se me queda mirando, murmura: “¿Si?”
Le cuento lo de mi trabajo y si están lo señores de la casa, que me gustaría tener una charla con ellos, tomar algún apunte amable sobre la tranquilidad de la zona, la comida o lo que sea que hacen aquí.
– Los señores no están, pero si quiere yo puedo ayudarle en eso.
Podría ser colombiana o ecuatoriana, o lo que sea menos argentina o mejicana, que son los único acentos latinoamericanos que sé distinguir de verdad. Le digo que sí, que si no hay inconveniente puedo hablar con ella.

La mujer se acomoda en un sillón y yo en otro, y ella habla con una voz fina y estridente que se me va clavando poco a poco en el cerebro, haciéndome vislumbrar un más que seguro dolor de cabeza. Me dice que el dueño de la casa tiene cincuenta años y que es vigoréxico, y que la dueña se opera una vez al año para estirarse, hincharse y agrandarse las tetas: la mujer hace una mueca y dice que ella prefiere ser pobre a parecer un muñeco. Sin dejarme abrir la boca, sigue hablando sobre sus “Señoritos”, como si fuera la primera oportunidad que tiene de desahogarse: drogas, adulterio, dos tentativas de divorcio, un tiroteo, gritos extraños por las noches, gemidos, golpes, manchas de sangre en las cortinas, llamadas de madrugada, hurtos inmobiliarios y los hijos, llega un momento en que comienza a hablar de los hijos de sus Señoritos: un chico y una chica. 22 años. Gemelos: riñas, gemidos por las noches, fiestas en casa, drogas, más manchas de sangre en las cortinas, tirones de pelo, novios, novias, un posible incesto, terapias de grupo, programas de rehabilitación de diez pasos para adictos al sexo, una muerte clínica de doce minutos, xanax, dormidina, metadona, crisis de ansiedad, exámenes, suspensos, exámenes de recuperación, suspensos, pornografía debajo de un colchón, excrementos debajo de la cama, vómitos repentinos y anécdotas y más anécdotas.
Escucho sin parpadear a la mujer, algo inquieto y con un repentino interés por lo que cuenta, como si pasados tan solo veinte minutos ya conociera a esa gente rica de toda la vida. Sumando algún suceso paranormal, en esta casa ya no podría pasar nada más. Aun con mi renovado interés por lo que me cuenta la voz estridente, corto su monólogo y le digo que yo venía en busca de detalles de interés turístico, tal y como le había dicho antes de entrar en la casa, le aclaro.
– Oh… en ese caso…
En ese caso: drogas, tiroteos, niñas malas en bikini, accidentes de tráfico, surfistas ahogados, mafias, discotecas, pastillas, sexo en las calles, robo a mano armada, ladrones de guante blanco, atracos, un buen restaurante (que atracaron), fiestas nocturnas todos los días, familias ricas que se van y no vuelven a aparecer, paraísos fiscales, chanchullos de suelo, clase media/baja, inmigrantes, inmigrantes, inmigrantes, inmigración, explotación de los inmigrantes, violencia de género, racismo, xenofobia, negocios turbios, mulas, tráfico de prostitutas, padres de familia que acuden al turismo sexual, niñas de catorce años embarazadas, padres conservadores, madres de quince años, coches de lujo, abogados, tai chi para madres solteras, críos de parvulario hasta arriba de ansiolíticos, pistas de tenis, kung fu para preescolares, una cala con jeringuillas, homosexuales (maricones, dice ella), lesbianas (bolleras), sida, enfermedades venéreas, hoteles con vistas al mar llenos de niños ricos, fiestas nocturnas en la playa, éxtasis, cocaína, cristal… Y la mujer pone los ojos como platos para contarme cómo una mañana encontraron a un chico de diecinueve años muerto en la playa.
– Sorprendente – me sorprendo diciendo.
– ¿Cómo dice?
– Oh… que es terrible…
– Sí…
– Pero bueno, este es un lugar bonito, también habrá otro ambiente, gente honrada, ¿no cree usted?
Después de decir esto me doy cuenta de que es la primera vez que defiendo a la raza humana. Después de oír poner a la misma altura moral a niños drogados, padres maltratadotes, traficantes y homosexuales, he quedado lo suficientemente desconcertado como para acabar indignándome. La mujer queda aturdida ante mi intento de sacar algo positivo de esta especie de infierno particular que me ha pintado.
– Bueno… – titubea- claro que no todo es malo, ya sabe usted…
– Pues justo esas cosas buenas son las que interesan a los compradores de las guías turísticas, ya sabe, como le he dicho antes de que me hiciera pasar; y más relacionadas con el parque natural que con los pueblos costeros.
– Ajá, ya veo, usted lo que quiere es hacer buena publicidad… bueno pues…
En ese caso: Aire respirable, tranquilidad, silencio, excursiones del inserso, bosques idílicos, claros en los que montar un picnic… La mujer titubea, mirando hacia el alto techo. De repente se tapa la boca con la mano derecha y comienza a respirar pesadamente.
– ¿Está bien? – murmuro.
Hace que no con la cabeza y solloza cerrando con fuerza lo ojos.
– ¿Me disculpa? -. Se levanta del sillón y se encamina hacia las escaleras que llevan al piso de arriba. Me incorporo y me voy hacia una de las grandes ventanas que hay en el inmenso salón.
Es la primera vez que una mujer huye de mí sin ser yo el que ha soltado el discurso brutal y farragoso sobre la inmundicia del mundo. Y aunque yo me hubiese ahorrado algún detalle xenófobo, la mujer hablaba con la misma convicción de quien realmente cree que tiene razón. Me siento como si ahora fuera yo el optimista, el tipo alegre con quien formar pareja para sonreír ante la adversidad. La ambigüedad moral e ideológica de esta mujer encaja muy bien con mi desestabilidad emocional. Miro por la inmensa ventana el camino de entrada, y mientras decido que no tiraré más de la lengua a la sirvienta, oigo un disparo.

[Hace poco he descubierto y escuchado a fondo a Damien Rice, un tipo que se hizo famoso por un tema incluido en la película “Closer”. El tema del video se llama “9 crimes” y es un ejemplo perfecto de la capacidad insolita que tiene este tipo de caminar por el filo de la navaja para crear temas que tratados por otros podrían ser increíblemente ñoños, (atención también a la chica que colabora con él).]

Halloween

Cuando tienes unos cuantos amigos de verdad, comienzas a coleccionar lo que llamamos conocidos, esa gente que apenas conocemos, y de la que probablemente ya nos hemos formado una idea -seguramente equivocada- sobre cómo son y qué intereses tienen. Es decir, hablamos de amigos de nuestros amigos, de primos de nuestros amigos, amigos de los primos de nuestros amigos, hermanos de nuestros amigos que a su vez tienen amigos, etc. Es ese tipo de gente a la que saludas tan solo con un asentimiento de cabeza cuando os cruzáis por la calle. Aún es gente lo suficientemente misteriosa para mitificarla u odiarla sin motivo. Esa gente es la razón por la cual cuando llegas a un restaurante siempre hay alguna mesa con veinticinco personas celebrando el cumpleaños de alguien… Queramos o no, no hay grupos de amigos tan grandes, ese tipo de Comunión no existe más allá de los álbumes de fotos.
Así que luego, cuando los amigos os separáis de los conocidos, es cuando llega el momento de hablar de las tetas de… o de lo gilipollas que era su novio. Normalmente cuanta más gente veas reunida, más navajazos por la espalda se producirán luego. Ya es casi una perogrullada decir todo esto, pero también lo es decir lo malas que son las guerras. A veces parece que no hemos arreglado el mundo todavía porque ya está pasado de moda hablar sobre los problemas que nos convierten en degenerados de la vida.

Uno de estos conocidos, fue el que tuvo la idea de montar una fiesta de disfraces. Como si todos viviéramos en zonas residenciales y guardáramos una escopeta en casa, este tipo se empeñó en improvisar un Halloween para una generación que, eso sí, había crecido viendo Salvados por la campana, Los vigilantes de la playa y Terminator. Y pensándolo bien, la idea no era descabellada; viviendo en un país lleno de inmigrantes de hace cuarenta años que condenan la inmigración actual, y de un montón de gente que se cortaría las venas por la bandera española habiendo crecido viendo películas americanas y cenando en restaurantes italianos y chinos. Digamos que, empieza a sonar muy desfasada cualquier reivindicación nacionalista.

Y no, la mayoría de invitados e invitados de rebote, no era gente de zona residencial, pero el organizador de la fiesta y la casa, sí lo eran. Dicho conocido no dudó en cagarse en las costumbres y el calendario, realizando ese Halloween un sábado cualquiera, como una de esas fiestas universitarias yankees en las que todo son estudiantes cuyos padres millonarios llevan más o menos la misma vida que ellos. Piensa en esa imagen de un cincuentón esnifando cocaína de las tetas de una puta, esos ambientes en los que las mujeres son mercancía y los hombres testosterona.

Un amigo mío, yo y varios (muchos) conocidos (el hermano de mi amigo, amigos suyos, novias, etc.) llegamos a eso de las ocho, temprano, cuando en la casa solo estaba el organizador de la fiesta: primo de la hermana del novio de una amiga de la novia de mi amigo. Algo muy lejano a mí, pensaba yo. Dada mi actitud poco sociable aún en segundos y terceros contactos cuando me reúno con más de quince o veinte personas (cosa que para mucha gente te convierte en antipático, raro y hasta despreciable), se podría decir que estaba solo. Mi colega iba de un lado a otro hablando con unos y con otros. Puesto que habíamos llegado aún temprano, trajimos nuestros disfraces en bolsas. Los presentes -unas quince personas- cenaríamos en la casa, y luego llegarían el resto de invitados. Para antes de que llegaran, la idea era estar ya disfrazados, esa era la gracia.
Me presentaron a toda esa gente de la que ya no recordaba el nombre pasado un minuto después de cada presentación, y alguien llamó a una pizzería. Salimos a esperar a un patio con piscina incluida. Había muchas chicas, pero todas eran la pareja de algún conocido. Sabía que había más personas como yo, no del todo cómodas ante tanto (des)conocido, pero creo que todos supimos disimular muy bien. De haber sido menos gente se podría haber tenido una buena conversación para acortar distancias y no sentirnos como en la butaca de clase turista de un avión, pero al ser tantos pasó lo que siempre pasa: hubo conversaciones paralelas y miradas de reojo; de vez en cuando alguien preguntaba: “¿Cuánto han dicho que tardaban las pizzas?”.
Acabé formando grupito con mi único amigo de verdad, su hermano y su novia. Alguien intentó contar algo sobre sus vacaciones a todos los presentes, pero enseguida volvieron las conversaciones paralelas, las miradas fugaces a los escotes, entrepiernas y peinados. Había tanta charla previsible, frase hecha y discurso aburrido sobre trabajo, tiempo y tópicos varios, que de haber abierto la boca demasiado sólo hubiese conseguido dar la nota. A veces justo eso que te enorgullece en relación con tu actitud es lo que te separa de la gente. Si alguien pudiera darnos un consejo sincero justo antes de nacer, probablemente sería: “No seas tú mismo, olvídalo”.

Llegó el pizzero y todo el mundo quería pagar, invitar. Al final el anfitrión dijo que no, que él pagaba porque era su casa (mentira, era de sus padres, de vacaciones en California). Había tantas pizzas que se formaron dos torres de cartones en la mesita de jardín que utilizábamos.
Cuando acabamos de cenar vimos que habían sobrado tres pizzas grandes enteras (reflejo directo del buen número de parejas “tipo” que había, cuya forma de comer consiste en un régimen eterno por parte de ellas y un intento inútil de los novios por comer “lo justo” para no llamar la atención de sus chicas). Pero sobró comida, básicamente, porque podía sobrar, era más bien difícil calcular pizzas para quince personas, y como buenos occidentales lo que hicimos fue pasarnos, dar la nota y jactarnos de ello.

Para la hora de disfrazarnos, todas las chicas se metieron con sus bolsas en un amplio dormitorio en el piso de abajo. A esa hora, seis de las siete chicas que había (todas menos la novia de mi amigo), ya se reían y actuaban entre ellas como si fuesen amigas de toda la vida; eran de ese tipo de personas que se pasan la vida rechazando postres y no pueden dejar de ver series de moda de esas en las que entrarías con gusto en plató y matarías hasta la última script con una ametralladora. Sí, ese tipo de series españolas; y sí, su público potencial, el tipo de “chica que se cuida” que te follarías hasta desfallecer si no fuera porque luego no basta con gastar un klennex. Y vale, sí, acabo de decir que a veces hay tías tan tontas que es preferible hacerse una paja. Mi colega, el de la fiesta, siempre lo decía, hasta que dio con la apropiada; da gusto hablar con mujeres que no pretenden dejarte claro en cada puto momento lo precavidamente femeninas que son. Y éste, precisamente, es un ejemplo de discurso típico con el que quedar como un imbécil delante de grupos numerosos. Por eso mucha gente elige no expresarse de forma sincera. No seas tú mismo, olvídalo. Alimenta tu mundo interior y no lo dejes salir, hasta que un día tengas que irte a un descampado y gritar, para poder volver al mundo real y volver a clavar tu personaje.

Las chicas comenzaron a salir de la habitación: Catwoman, una Niña pequeña (o putón), una Chacha (o ídem), otra Niña pequeña, una Pantera, Marilyn Monroe, y la novia de mi amigo, que se disfrazó de Liza Minelli en Cabaret, cosa que tuvo que aclarar al resto de chicas. Entre los tíos hubo disfraces de poco interés, un par de Batmans cutres, un Spiderman (modelo pijama), un par de putones, etc. Yo me limité a ponerme una gabardina gris y un sombrero negro. Salí bastante airoso. Y una vez nos reunimos todos otra vez para esperar a los invitados, quedé estupefacto ante la facilidad con que la gente se desinhibe solo porque toca. No había chica sin escote o tío que no fuese susceptible de hacer un calvo a la más mínima. Hay que decir que el alcohol ya estaba ayudando, pero siempre he pensado que mucha gente, a lo largo de la historia, ha utilizado la excusa del alcohol para justificarse. Si se abre una pequeña ranura a través de la cual se ve lo que eres, siempre hay que tener una excusa a mano: “fue por el alcohol”, “fue por los disfraces”, “…nos dio un calentón y…”, “mi perro se comió mis deberes”, “mi padre me maltrataba”, “¿cómo voy a ir al trabajo si no?”, “se me fue la olla”, “esto pasa en las mejores familias”, etc. Podemos violar a nuestras novias, cargarnos a nuestros padres y arrasar el mundo siempre que tengamos una explicación a mano: “Es que nací humano”. Y mientras mis ojos iban de un escote a otro pensaba en que la culpa de todo la tenía el Big Bang. Eres libre, pero ya sabes, olvídalo. O búscate un buen abogado.
Comenzaron a llegar invitados, amigos de amigos de amigos, y primos y novias. Y hasta alguna pareja de veinteañeros ya casada. La creatividad en cuanto a los disfraces de los nuevos conocidos me sorprendió gratamente. Había un Kurt Cobain pos suicidio, con su maquillaje sangriento; una pareja iba de J. F. Kennedy y Jackie Onassis, había una Uma Thurman con el look Pulp Fiction y hasta un Frankenstein sorprendentemente logrado. Por supuesto había también otras tantas chicas que aprovecharon para explotar su potencial de calientapollas, y otros tantos tíos que pensaban que aún es original dejarse barba y ponerse un suéter y una falda. Por lo general el ambiente era colorido y más logrado de lo que había prejuzgado. Y cuando ya estuvimos todos (unas cincuenta personas abarrotando el patio), hicimos lo que se espera de personas jóvenes con una gran proyección de talento y posibilidades de cambiar el mundo: beber.

Había varios barriles de cerveza distribuidos por el patio y hasta una barra en la que podías servirte lo que quisieras. Había un montón de dinero invertido en nuestro probable desequilibrio etílico. Había llegado el momento -una vez acabó la eterna fase de las presentaciones- en que había que disfrutar de la fiesta, eso a lo que mucha gente se refiere de forma alegre como “conocer gente”. Es algo de lo que muchos y muchas presumen, la auténtica habilidad para romper el hielo enseguida y charlar de forma espontánea con extraños. Es el tipo de actitud recomendada para la juventud que, luego, choca (sí, choca) de frente con la idea de la monogamia y la familia. Supuestamente, de joven has de ser tan abierto como para confraternizar y poder ligar con cualquiera, y llegado el momento en que todos te dicen que lo más sano es formar una familia, entonces tu antigua habilidad para con las personas se convierte en tu auténtico obstáculo para mantenerte fiel. Creo que, la conclusión, es que ninguna actitud sirve a largo plazo: si te distancias de la gente cuando eres joven, sufres; y si desarrollas una habilidad asombrosa para caer bien, acabas sufriendo también. Este es otro de los discursos que siempre evito soltar en según qué ambientes. Ya sabes, olvídalo.

Bebí, formando grupo con mi amigo (Batman, el de la serie de los setenta), Liza Minelli y Jackie Onassis, hasta que me noté realmente mareado. Kennedy estaba en otra zona del patio, flirteando con Catwoman, mientras Jackie Onassis hacía algo similar conmigo, creo que en una competición entre ellos para dar celos. Yendo lo suficientemente borracho le decía a todo el mundo que sí, que iba de Humphrey Bogart, y todos decían: “Guai, tío”. Alguien tiró a la piscina a Marilyn y todo el mundo comenzó a aplaudir. Y seguimos bebiendo. Y un grupo de tíos disfrazados de gangsters de los cincuenta hicieron una competición de beber chupitos, alguien disfrazado de Michael Jackson vomitó cerca de la piscina, Marilyn se paseaba borracha en ropa interior, alguien tiró un barril de cerveza y nos puso perdidos los zapatos a Jackie y a mí. Y seguimos bebiendo.
Reinaba una especie de caos controlado que, sumado al alcohol, te hacía ser realmente feliz por momentos. Jackie estaba cada vez más insinuante. Miré a mi alrededor y J. F. K. no estaba por ningún sitio. Catwoman tampoco. Atisbé hacia la casa y vi luces encendidas en el segundo y tercer piso. El anfitrión, que iba disfrazado de Peter Pan, hacía una hora que había desaparecido del patio. El anfitrión, de hecho, era verdad que no quería crecer.

La fiesta de Halloween, en realidad, tuvo unos orígenes poco (o nada) parecidos a la celebración típica que conocemos de tíos que beben hasta desfallecer, tías disfrazadas de putón y niños pidiendo caramelos puerta por puerta. La mayoría de gente no sabe que Halloween fue una tradición promovida por unos sacerdotes Druidas que llegado el día señalado iban casa por casa pidiendo todo tipo de comida para realizar sus rituales satánicos. Si eras brujo o simplemente querías hacer algún tipo de magia o sacrificar una virgen para beberte su sangre por el motivo que fuera, ese era tu día. Si querías maldecir a tu vecino o provocar la muerte de tu jefe y nunca daba resultado, en Halloween era la fecha adecuada para volver a intentarlo. Así que la gente, cuando ese día alguien llamaba a la puerta, en lugar de con los hijos del vecino, topaban con los Druidas; si no les dabas lo que pedían te lanzaban una maldición, y supuestamente durante el siguiente año alguien de tu familia moría. Esa es la historia que yo sabía desde bastante antes de aquella fiesta, y sea la auténtica o no, esa era la historia en la que creía Peter Pan, nuestro anfitrión.

Jackie Onassis y yo nos quedamos solos y ella me metió la lengua hasta la campanilla. Ese es el último buen recuerdo que tengo de ese día. Debió ser a eso de las cuatro de la mañana. Muchas parejas se habían metido en la casa, y si nos poníamos de acuerdo para no hacer ruido hasta se podía oír gemir a alguien. Había una orgía en el interior y borrachos en el patio. Y nadie sabía dónde narices se había metido Peter Pan. El cerebro lavado de Peter Pan.
El declive fue de repente, vi caer a Michael Jackson a la piscina y su cuerpo flotó inerte mientras se diluía en el agua el rojo de la sangre con su maquillaje blanco. Yo sujetaba mi octavo o noveno cubata y a Jackie, y vi como apenas cuatro o cinco personas nos dimos cuenta enseguida de que había habido un asesinato. Un tiro en la cabeza. Jackie me vio pasivo y sacó su lengua de mi boca. Miramos hacia arriba, hacia el tercer piso de la casa, donde había una terraza, y vimos a Peter Pan, que ya no iba de Peter Pan. El anfitrión llevaba un atuendo blanco en el que se distinguían dos cruces cristianas al revés. La gente comenzó a correr hacia el bosque en pendiente que había si conseguías saltar el muro del patio. Oí cómo la ametralladora que sujetaba Peter (nunca he sabido su nombre de verdad) escupía sus balas con sonidos sordos de silenciador. Todos corrimos hacia el muro mientras se levantaba el polvo detrás nuestro de los impactos de bala. Jackie llegó antes al muro, pero al disponerse a trepar por él recibió un balazo a la altura del sujetador. Fue cuando creía que mi vida acababa. Joder -pensé al cabo de los días-, ni tan siquiera era Halloween de verdad. Aquel tío necesitaba veinte litros de sangre. No era Halloween de verdad, pero quedaba poco para el de verdad. Y qué mejor idea que invitar a un montón de desconocidos que no te importan una mierda, y convertirlos en algo útil para tu ritual soñado. Eso debió pensar él. Era la versión psicótica de cuando de pequeño te dicen que no hagas caso a desconocidos. La casa del anfitrión era una construcción sólida que por un lado se sujetaba con tres patas de acero a la montaña y por el otro tenía una pendiente que iba a parar a una autopista. Y sí, conseguí saltar el muro y escapar dando tumbos entre árboles y desperdicios. Yo y buena parte del resto de borrachos y borrachas. De la gente que andaba por dentro de la casa no quedó nadie vivo o vestido.
Bajamos la pendiente boscosa hasta la autopista, y algunos intentaron cruzarla cuanto antes con el ansia de huir. Un coche atropelló de lleno a una chica y frenó de golpe. La chica debió haber muerto en el mismo instante, pero en lugar de eso pasó dos semanas en coma y murió. El conductor del coche bajó, y para cuando iba a decir algo una bala atravesó su cabeza. Peter Pan nos seguía. La chica muerta era Marilyn, una joven de diecinueve años que aún iba en ropa interior. El asfalto comenzó a estallar por todos lados debido a la ráfaga de ametralladora; muchos coches comenzaron a derrapar al ver tanta gente en medio de la autopista y cómo muchos de ellos caían muertos sin motivo aparente. Porque Peter Pan necesitaba veinte litros de sangre; porque según se supo con el tiempo, Peter Pan no tenía amigos auténticos. Peter reunió a todos los conocidos posibles para vengarse, para reafirmar su condición de inadaptado y echarnos a la cara su satanismo -según declaró más tarde- provocado por nuestra actitud ante la vida con la gente como él, poco agraciada, tímida y poco sociable. Era mi versión sin amigos. Podía ser yo pasado un tiempo. Eso creía entonces. Allí en medio de aquel caos vi cómo los coches pasaban pitando a mí alrededor y algunas personas agonizaban en el suelo pidiendo ayuda. Sentí un terror repentino invadirme cuando vi que seguía vivo y pensé en el porqué; o cuando pensé en dónde estaría mi amigo, en si había sido real mi amigo. Me detuve a fantasear con si podía esquivar las balas. Miré hacia las luces de los coches y vi cómo dos de ellos venían de frente, hasta cegarme. Los dos coches se detuvieron, eran dos coches patrulla.
Cuatro policías vinieron hacia mí y me hicieron dejar la ametralladora en el suelo y poner las manos en la cabeza. Y me vi pensando en la razón por la cual les había dicho a todos durante la noche que yo iba de Humphrey Bogart, y todos habían sonreído exageradamente: “Guai, tío”.

[Marilyn Manson siempre me ha caído bien. Es un tipo que siempre ha atacado justo donde más le duele a la gente, y ha demostrado que lo que más le duele a la gente son cosas como ver a alguien que se viste, maquilla y muestra como le da la gana. Criticando facilmente a tipos como él quedamos justo por debajo de ellos. Me parece uno de los grandes provocadores de los últimos años, y además con buenos temas y directos aún mejores.]

Mediana edad

Andaba yo vagando solo por casa y esperando alguna llamada, pensando en si me apetecía más masturbarme o comenzar a leer un libro de Tom Spanbauer que llevaba días cogiendo polvo, y al final me masturbé.
Luego me di una ducha y nada hacía pensar que sería justo ese día cuando me comencé a obsesionar con la muerte, con dejar de respirar y convertirme en bufé para gusanos. Miré por la ventana desde mi tercer piso segunda, y vi que si un día tenía la mala fortuna de caerme desde allí, podía quedarme paralítico. Eso me relajó momentáneamente, la muerte no era lo peor que podía pasarme. Luego pensé en si pensar eso era una falta de respeto a los paralíticos. Decidí que no, pero que nunca diría algo así en voz alta. Luego me preparé unos cereales y me pregunté si sería bueno comenzar a hacer ejercicio de forma habitual. Y después eché más cereales en la leche.

Mi miedo a la muerte fue apareciendo de forma habitual en los días, semanas y meses siguientes. El mundo es un lugar lleno de posibilidades cuando se trata de morir. Basta con sacarse el carné de conducir y puedes haber firmado tu sentencia de muerte. Basta con cruzar un paso de cebra en un mal momento o con echarse un novio que al principio parecía simpático. Seguramente es más fácil morir joven que cosas como la lotería o un matrimonio duradero. Así que no veo dónde está el problema en temer morir, es completamente natural, como la vida. Como la muerte de tus padres o tus abuelos; el solo hecho de vivir te garantiza el topar con la muerte en todas sus formas: tus seres queridos y tú. Así que, ¿te crees mejor que yo por no vivir pensando en la muerte? ¿Crees que omitirla te ayudará? Yo creo que no, que te golpeará cuando estés desprevenido, y luego pensarás: “No es posible, esto no le puede haber pasado a mi padre…”. Eres una mota de polvo en la historia de la Tierra, somos eso, y además no tenemos escrúpulos. Vivir no es una bendición, es la oportunidad de ser mejor que los demás, más rico y más guapo. Y inmortal.

Cuando era pequeño pensaba que si pasaba el tiempo suficiente escuchando el latido de mi corazón, en algún momento se pararía. No veía cómo era posible que no dejara de latir, y que continuara haciéndolo hasta pasados ochenta o noventa años. Aún me cuesta creerlo.
Cristina, una vecina que fue creciendo hasta convertirse en el sueño erótico del barrio, siempre me dijo que no. Tenía cuatro años menos que yo, y lloraba al verme cuando era un bebé, no quería jugar conmigo cuando era una niña, no quiso salir conmigo en la adolescencia, y siempre pasó de mí en la edad adulta. Cristina era el agujero de gusano a través del cual nunca pude pasar con mi nave de erecciones desaprovechadas, para poder viajar en el tiempo siendo alguien más que el colgado que no se rinde.

Aun siendo rechazado y humillado durante varios años por ella, hay algunas anécdotas agradables que se pueden explicar. Por ejemplo, cuando ella tenía quince años una vez me besó, aunque iba bebida. En otra ocasión tuvimos una conversación que no acabó con ella girándome la cara. Otro día me dijo de broma que al final tendría que ceder ante mi insistencia, de broma. Cuando ella ya tenía veinte años una noche llamó a la puerta de mi piso, para pedirle algo a mi madre, sal o algo así; yo estaba en la estancia y me dedicó una sonrisa fingida que parecía auténtica. Otro día, era navidad y me llamó por teléfono para desearme felices fiestas, y una vez hasta la invité a un cumpleaños mío y vino, aunque fuera en contra de su voluntad. Siempre fui el perrito faldero, el ser patético que no parecía querer desistir, aunque ya hiciera mucho que no me quedara dignidad. La última vez que la vi fue cuando un día fui al cine con ella, y con su novio; a él le caía bien, no debía verme como una amenaza. En realidad ese día no fue tan agradable, ir al cine con una pareja puede ser como meterse con ellos en la cama sin posibilidad de meter mano.
Al día siguiente ella murió en un accidente de tráfico. Y tres días después fue cuando andaba yo vagando por casa, masturbándome e incubando mi miedo a la muerte. De todas formas quien se llevó la peor parte fue su novio, que ya nunca ha podido hablar o hacer nada solo, lo cual instigó mi miedo a no morir. Así que ahora tengo miedo a la muerte y a no morir. ¿Si la que creías tu alma gemela muere, puedes ser tú el siguiente? Es decir, pasa en muchos matrimonios mayores; él muere y luego la viuda se abandona y muere. Mi caso no es el mismo porque no soy mayor, aunque sí me considero viudo. Podría comenzar a leer novelas de Jane Austen y abandonarme a la prostitución para dejar de luchar definitivamente. Lo que pasa es que no veo cómo se puede morir de pena sin tener ochenta años. Mírame, soy una ecuación hecha de semen desperdiciado y desesperanza.

Aunque no todo ha sido tan malo, en realidad tengo mucho de masoquista, y por lo menos yo no he muerto joven. Y hay otra gente que sí me ha hecho caso, o por lo menos lo han fingido lo suficientemente bien.
Desde que ella murió siempre que he hablado sobre mi pena en realidad me refería a los remordimientos. Supongo que sí es verdad que son tus actos los que te definen, pero raramente la gente se detiene a pensar en lo que te ha impulsado a dar el siguiente paso.
El día que fui al cine con ellos fue cuando entendí que no tenía ninguna posibilidad. Así que me puse a pensar en todas esas estadísticas en las que se regodean los telediarios para ganar audiencia y tapar agujeros. Las muertes en la carretera forman parte de todas esas posibilidades que te ofrece la vida cuando se trata de morir. Así que estuve pensando en toda esa gente que acaba triturada dentro de su coche, y tuve que aprovechar la coyuntura de la operación salida para que no me explotara la cabeza de celos.
Al día siguiente del cine, la parejita se iba a la torre que tiene Cristina, un plan de fin de semana entero de folleteo mientras yo continuaba siendo un perdedor. Ése era el plan, que yo perdiera otra vez, ella continuara engordando su ego, y él pudiera tener casi sin esfuerzo lo que yo llevaba toda la vida luchando por conseguir.
Alquilé un coche y les seguí a una distancia prudente. Salieron cuando comenzaba a anochecer, él conducía. Cuando comenzamos a tomar curvas para subir hasta la zona en la que estaba la casa, empecé a acercarme cada vez más al coche. Llegó un momento en que encendieron la luz interior del vehículo, y Cristina se quitó el cinturón y se agachó entre las piernas de él. Fue entonces cuando no pude esperar más y aceleré hasta pegarme a ellos. Hice que perdieran el control hasta salirse de la carretera y bajar por una pendiente para chocar de frente con un árbol lo suficientemente grueso. Paré el coche y, con la mente en blanco, salí y bajé después de haber sacado una navaja de la guantera. El cuerpo de ella estaba a unos cuatro metros del coche, me aseguré hasta el punto de ver que tenía medio pene fláccido de él en la boca. Él estaba en el interior del vehículo, pero la cabeza le colgaba de forma grotesca y sangraba sin parar por la entrepierna.

Desde entonces han pasado seis meses, y mi vida no ha sido el cielo en la Tierra, no me considero mejor ni peor que antes. Pero tengo una sensación de estabilidad que nunca he conocido. Tengo los mismos miedos, pero mucho más apego por mi mujer y mis hijos del que nunca he tenido. Ahora ya no sale el Sol cada día para humillarme en serio.

[De mayor quiero ser Edward Norton]

“Incorrección”

En el peor sueño que he tenido en mi vida, mi madre me despertaba de madrugada para decirme que mi padre había muerto. Cuando desperté tuve que comprobar que seguía vivo.
El resto de mi vida he tenido sueños demasiado extraños o vergonzantes como para hablar de ellos. Homosexualidad, relaciones que no llegaron cuajar, novias de amigos, perversiones, y todo tipo de sinsentidos. Mi subconsciente debe estar a reventar, he vivido tan escudado por culpa de los miedos a largo plazo que es ridículo. Soy capaz de amplificar la hostilidad de la vida hasta el punto de desear la muerte.

Bienvenido a mi cerebro. Aquí encontrarás de todo lo que puedas imaginar y más. Y casi nada agradable. Toparás con teorías desglosadas solo a medias que no querrás recordar nunca. Si empiezas a leer libros y ensayos a los quince años, para cuando tengas veinticinco sólo habrás conseguido ser un cultureta que no ve más que basura a su alrededor. En mi cabeza todo es exageración y malas vibraciones. Mis ojos, miren donde miren, se acuclillan más por una cuestión de desconfianza que por problemas con la vista. Considérame el vertedero de la cultura popular. Soy de los que pujaría por una prenda de Marilyn en una subasta si vagara por la clase social adecuada. Veo películas en blanco y negro, y odio cuando la gente saca las cartas eliminando así la posibilidad de que se produzca una conversación interesante. Me gusta esa imagen sempiterna de las películas en las que alguien se lleva la pistola a la cabeza y mancha la pared con sus sesos. Me gusta la Mujer, pero aún no sé quién es.
En mi cerebro puedes deslizarte por túneles y galerías llenos de recortes con las fotos de mis artistas favoritos, portadas de revistas y papelitos con números de teléfono. Encontrarás cubículos oscuros en los que se amontonan los libros que me han robado la felicidad. Verás espectáculos variopintos que van desde el horror más absoluto hasta el romanticismo más rosa. Pocas veces podrás regodearte en el Término Medio, y estarás deseando salir de mí para poder seguir con tu vida.
Pero si te quedas en mí, toparás con mis secretos, descubriendo así qué es lo que esconde mi mirada de cabrón cínico. Te dará la sensación de que te has metido en el charco sin las botas de agua, que ha empezado a llover pero no llevas paraguas, o mucho peor, que se te ha acabado el tabaco y no llevas dinero. Te verás inmerso en mí y vas a arrepentirte, porque podrías acabar siendo como yo, encerrado para siempre en tu idea sobre cuán gilipollas es la mayoría de la gente. Te verás atrapado por un huracán de obsesiones que van desde Kafka hasta la pornografía, verás que la Verdad aplastante nunca sale de dentro de la cabeza de nadie, pero que en todas hay una.

El sueño que siempre tenía cuando era pequeño tenía que ver con una especie de nave que se llevaba a todo el mundo a un lugar mejor, excepto a mí. Me convertiría en un asesino en serie para matar a toda esa gente que quiere interpretar los sueños. Hay huellas nuestras en la Luna, pero poner orden aquí abajo es otra cosa. Tetas, verano, prostitu… Mañana tengo que pasarme por el supermercado y comprar embutido. La información se arremolina en tu cabeza de tal manera que ya nadie puede poner la mente en blanco, no creo en los ejercicios de relajación o en ese rollo zen; siempre que oigo a alguien hablar de esas cosas creo que me está tomando el pelo. Ya el solo hecho de poder dormir me parece fascinante… En la tele mezclan los asesinatos con los deportes con la cocina con el humor con la sociedad, y el resultado somos nosotros. La rigurosidad no existe, solo el entretenimiento. No queremos nadar, solo chapotear. Queremos ver a alguien llorando de dolor por haber perdido a su ser más querido. Sí, por favor, queremos ver sufrimiento, que reúnan a todos esos que no conocemos delante de una cámara y los maten con ácido. Nos la pone dura ver cómo alguien se lleva la decepción de su vida, cómo todos sus planes se van al traste. Queremos un ídolo que acabe en casa con una escopeta en la mano y un agujero en la cabeza, rodeado de pornografía infantil y fotos de su mujer muerta. Nos gustaría que otra bomba atómica arrasara todo un país para poder decir lo horroroso que es. Eres mejor, soy mejor, y ellos están lejos. Es una pena.

Bienvenido a mi cerebro, en serio, podrás ver circos sin animales y mujeres desnudas a las que luego no obligan a dar una rueda de prensa para disculparse. Si aún piensas que eres libre, bienvenido, prepararé una tapitas y beberemos cerveza hasta que se nos caiga la puta cabeza de tanto decir tonterías. Charla con mis neuronas y corre y escarba a ver si encuentras algo que me dé esperanza, sálvame con todas tus frases hechas y planes de boda; quiero creerte, quiero creer que te crees todo eso que dices a propósito de la bondad. Preséntale tu cerebro al mío y hagamos que surja una buena historia de amor neural.
Sácame toda la sangre y pinta con ella un buen cuadro si no estás de acuerdo conmigo, pero luego no digas que no te avisé. Lo que mi madre me decía era:
– Tu padre se ha muerto.
Decía:
– Esto va en serio, no es un sueño.

[El video son los diez primeros minutos de un documental llamado “Zeitgeist”. Es un documental interesante para aquellos que nos gusta oír segundas opiniones (nos las creamos o no). Empieza con la religión y luego sigue con temas más espinosos, 11-S, etc.. La voz que se oye al principio es la de George Carlin, un monologuista americano que murió hace poco. Quien quiera ver el documental entero, lo tiene fragmentado en Youtube o de una tacada en Google video.]

El Club Limbo

– Él era un cabrón. Vaya mamonazo era. Debía obrar a sus anchas. Debía jugar con nosotros. Vivía de las rentas de un pasado más que discutible. Era adorado y muchos no teníamos ni puta idea de por qué.
Entonces la ninfa me dijo:
– ¿Pero nunca hacía acto de presencia?
– No, no debía considerarlo necesario.
– Pues aquí abajo nunca se nos habla de él, a no ser los caídos.
– Bueno, no creo que les guste teneros informados.
– ¿Y entonces no había pruebas reales sobre sus actos?
– No. Pero mucha gente creía en él.
– ¿Eso es lo que decías antes, la fe ciega?
– Sí.
La ninfa reposó la cabeza en mi hombro y dijo:
– ¿Y tú por qué no creías?
– Nunca le vi, o le noté.
– Pero tampoco creías en esto.
– Es verdad.
La condenada se incorporó, se puso de pie y caminó desnuda con su melena negra, hacia la barra. Pidió dos cervezas mientras yo me encendía otro cigarrillo. Aquí ya no tengo de qué preocuparme, puedo dejar de dejar el tabaco.
La ninfa vuelve y dice que si esta noche acudiré a la orgía. Dice que le han dicho que hoy podría venir Kurt Cobain desde muy lejos.
– No lo sé, aún espero que me pase algo malo. Ya llevo bastante tiempo aquí y sólo veo ventajas. Se supone que esto tenía que ser terrible.
– Sigues sin fiarte…
– Sí.
– Pues si quieres podemos ir al Club Limbo.
– No suena muy bien… ¿El Limbo existe? O sea, el de verdad…
– No lo sé, yo soy natural de aquí. Me da igual si existe. ¿Te leíste el libro que te dejé?
– Sí, pero Stephen King ya se publicaba allí arriba.
– Me encanta Stephen King. Espero que muera pronto, quiero darle un beso, o… lo que se deje…
– ¿Y cómo sabes que vendrá aquí?
– Todos los artistas y escritores acaban aquí. El Arte siempre ha sido el enemigo natural del Orden Establecido. Y por lo que decís todos los caídos, allí arriba estabais obsesionados con el Control. Tú deberías saberlo…
– Aún no entiendo cómo vivís aquí, vuestro sistema.
– No es tan difícil, nadie puede morir o hacer daño. Por tanto la gente ceja en sus empeños de supervivencia o superioridad. Todos somos iguales. Es decir, no lo somos, pero lo somos.
– ¿Y entonces el cielo…?
– Oh… si existe me encantaría poder ir y saber cómo es…
– Y tú… ¿de dónde saliste?…
– Oh, las que somos naturales de aquí lo somos porque la muerte nos llegó aun siendo bebés. Ya sabes que aquí todo el mundo tiene apariencia de tener treinta años.
– Eso es lo que me pone nervioso, todo es demasiado perfecto, algo tiene que torcerse. Y además, ¿por qué acabaste aquí abajo?, no te dio tiempo a hacer nada malo…
– Ya, pero todas las mujeres acabamos aquí. Lo poco que sé de vuestro Dios es que falló en su intento de crear hermafroditas. Vuestro Dios o vuestra evolución, me da igual. Según nuestro Señor, la humanidad sólo es el fallo que hay entre el cielo y el infierno. Sería lo que tú llamarías Limbo, supongo, un lugar en el que sufrir durante un número de años indeterminado. Aún así conseguisteis cierto orden según tengo entendido, pero por lo que sé, todavía hay un porcentaje altísimo de gente que muere de forma absurda, está deprimida o fallece por lo que llamáis Hambre o Inanición. Creéis en la Verdad, la Monogamia… joder, creéis hasta en la Información o la Tecnología; ahí arriba la gente no sabe que desde el momento en que alguien supo que uno más uno eran dos, estabais todos acabados.
– Bueno, no deja de ser una opinión…
– ¿Una opinión? ¿Tú volverías a tu vida humana?
– No.
– Claro que no. Ni tan siquiera el infierno es como te lo pintaban. Has tenido que morir para empezar a vivir de verdad.
– Ya… y dime, la gente que se dedica aquí a los servicios, la gente que trabaja a cambio de nada, ¿por qué nunca dicen nada?
– No lo sabemos, están ahí desde siempre. Nadie nos ha dicho nada sobre por qué todo sigue funcionando como un reloj aquí abajo. Nos limitamos a ir tirando, con el tiempo verás que ya no vas a Sentir como allí arriba. El Señor dice que somos zombis felices; zombis, sí, pero felices. Te harás muchas preguntas y algunas se te contestarán y otras no, pero con el tiempo irás notando que ya no tienes conciencia más allá de tu yo personal. Dejarás de preocuparte de todo. El Señor ha procurado reunir los ingredientes necesarios para que seamos felices sin pensarlo dos veces.
– El Señor es…
– Sí…, el Diablo, ¿nunca le has visto aún? Siempre anda por ahí con media sonrisa en la cara, leyendo a Nietzshe. Él no es como el Dios mitológico que tenías allí arriba. Acude a casi todas las orgías que se celebran y hasta de vez en cuando se sienta con nosotros a beber una cerveza y charlar un rato. Se hace llamar el Señor de las Tinieblas, pero creo que sólo lo hace porque sabe reírse de sí mismo; es lo mismo por lo que a todos nos llama Los Condenados. Pronto verás que la única emoción que no podrás evitar será el sentido del humor. Aquí raramente entristeces o te deprimes.
– Yo aún me noto igual.
– Ya. No te preocupes, el cambio es gradual. ¿No te apetece venir a mi refugio a follar?
– Eh… bueno…
– Ja ja, sí que es verdad que aún reaccionas igual que esos tarados de ahí arriba.
– Y el sexo aquí abajo es igual…
– Pues sí, por desgracia también te cansarás, solo que si se te rompe el frenillo o yo tengo un desgarro vaginal, el cuerpo se regenera en unos segundos y ya está. Aunque tengas un infarto, no tienes de qué preocuparte, tu cuerpo siempre reacciona. Algunos días jugamos a tirarnos desde el acantilado de Judas. Cuando caes al suelo puedes oír cómo se rompen todos tus huesos, pero luego, al regenerarse todo, sientes un cosquilleo muy agradable. La gente suele hacerlo si nota que renace en ellos algún sentimiento incómodo, alguna depresión, enamoramiento no correspondido… Es muy efectivo. ¡Vamos!… hace horas que no tengo un orgasmo. Y tranquilo, que no nos podemos reproducir.

Aquí la gente parece tener la misma actitud dejada y egoísta que allí arriba, con la diferencia de que con eso aquí nadie sale perdiendo. El narcisismo no es un defecto, sino el estilo de vida aconsejado. Perece que todo lo reprochable cobra sentido, como si todo lo que queríamos hacer allí arriba aquí abajo se pudiera hacer sin miedo a las consecuencias. No hay un cielo ni unas estrellas en las que ensimismarse, pero el placer liviano es sustituido por una libertad que entre los vivos sólo era una fantasía. Aquí nadie folla, come o duerme por una necesidad fisiológica, sino por placer. No existen los dolores de estómago, el insomnio ni los gatillazos. Cuando piensas en comer te entra hambre, cuando te apetece relajarte te duermes. Si te apetece follar, nadie tiene impedimentos morales para no hacerlo contigo. La atracción física por un tipo concreto de mujer se diluye día a día. Poco a poco encuentras belleza en todo el mundo. Me pregunto si también me volveré bisexual. Mires a donde mires todo el mundo es su versión más saludable y joven. No hay niños ni ancianos de los que cuidar. Da igual lo que comes o si te drogas o no haces ejercicio. Todo esto sería tétrico si no fuera tan fácil adaptarse. Aunque sigo pensando que hay gato encerrado, de momento prefiero dejarme llevar.

El sexo me recuerda a cierta vez en la que, aún estando vivo, me tome media viagra para probarla. Tu erección no baja fácilmente. Todas las cuevas en las que vive la gente aquí están acondicionadas más o menos como una residencia normal, aunque sin paredes con dos capas de pintura y sin televisión. Un vez la ninfa se cansa del sexo, le digo que ni tan siquiera sé su nombre.
– Me llamo Colibrí. Así de sencillo… La mayoría de gente cuando llega aquí se cambia el nombre. En mi caso, yo misma elegí uno justo después de morir. No sé qué nombre me pondrían mis padres, pero me da igual.
Colibrí se levanta de la cama y coge de un cajón un sencillo camisón rojo que parece de seda, se lo pone. Casi no le llega ni por debajo de la cintura.
– ¿Te gusta? – dice -, ahora los llevan muchas condenadas.
– Sí, está bien… Bueno… qué quieres hacer.
– Pues si no quieres ir a la orgía, creo que tocan los Lynyrd Skynyrd por esta zona.

En un lugar en que el suicidio sólo sirve para olvidar, se podría decir que no hay salida. Solo que casi nadie busca escapar, porque cuando estaban vivos ya sabían que algo no iba bien, pero continuaron adelante. Mientras paseo al lado de Colibrí veo cómo los yonquis y los alcohólicos han encontrado su paraíso en el infierno. La mayoría de la gente va desnuda o como mucho con algún complemento meramente estético. Nadie pasa frío o calor y nadie tiene por qué cuidarse. No hay deberes ni responsabilidades. De vez en cuando ves a alguien buscando el modo de huir o suicidarse. Colibrí me dice que esto es un nido de curas pederastas, tíos que, incluso habiendo abusado de los niños cuando estaban vivos, siguen teniendo una gran fe en Dios, por lo que atraviesan por un periodo de adaptación mucho más largo. Algunas parejas de enamorados se pelean hasta el punto de apuñalarse o arrancarse los ojos, para diez minutos después quizá hacer las paces. Otras parejas se rompen porque uno de los dos comienza a dudar y decide despeñarse para olvidar una vez regenerado, con lo cual quien queda de la pareja hace lo mismo. Algunas veces vuelven a enamorase y otras no. Cuando destrozas tu cabeza la regeneración conlleva la pérdida de tus recuerdos más significativos; sabes cómo te llamas y te acuerdas de dónde estás y de que estás muerto, pero comienzas de cero en lo que respecta a conocer a otra gente o volver a sentir un gran apego por alguien. Esto conlleva el hecho de que por aquí muy poca gente conserva muchos recuerdos.
En el infierno se siguen escribiendo libros y se siguen expresando los pensamientos a través del arte. Hay una gran biblioteca regentada por el Señor de las Tinieblas en la que es raro que no puedas encontrar el libro que se te antoje; el modo en que se nutren esas estanterías de todas las obras de la humanidad es un misterio. Es el gato encerrado.

Cuando llegamos hasta la zona del concierto nos enteramos de que sí era hoy cuando tocaban los Skynyrd, pero mucho antes. Decidimos entrar en el Club Limbo. Algo me hace pensar que Colibrí ya sabía lo del concierto y todo era una treta para llevarme al Limbo.
El club es como todos lo demás en los que he entrado aquí. Camareras y camareros que no hablan con nadie y solo se dedican a servir, y gente de todo tipo que bebe, charla, discute, muere en una pelea, se regenera… Pero por lo general el ambiente siempre es distendido y todo el mundo se jacta de estar en lo que parece ser la zona Vip del universo extracorporal.
Colibrí me lleva a una mesa situada en una de las zonas más oscuras. Cuando nos sentamos me dice que si no lo he reconocido.
– ¿Qué? ¿A Quien?
– El Señor de las Tinieblas. Hace mucho que no venía por esta zona, míralo, está en la barra, allí… – señala con el dedo.
Lo localizo sin ninguna dificultad. El Diablo es un hombre de unos cuarenta años a la vista, espaldas anchas. Lleva una gabardina como de cine negro, fuma en pipa, y cada vez que alguien le dice algo se carcajea a mandíbula batiente. Lleva una especie de boina, creo que de cuero, y su rostro recuerda a la típica instantánea de un mafioso. Gato encerrado.
Colibrí me coge de la mano y me dice que quiere presentármelo, que a Él siempre le gusta hablar con la gente que lleva poco tiempo aquí.
A regañadientes me levanto de mi silla y Colibrí me conduce hasta Él sin soltarme la mano. Hasta hace dos meses yo tenía cincuenta años y estaba casado, tenía dos niñas que eran mi vida, y ahora estoy muerto y voy a conocer al Diablo. Hasta hace dos meses siempre había pensado que era feliz, o por lo menos que no me iba mal. Mi mujer me quería más que yo a ella, y por eso me soportaba. Y ahora tengo treinta años, y el Diablo me ha cogido la mano, estrechándomela, y con un extraño castellano y una voz ronca, me ha dicho:
– ¿Cuánto tiempo llevas por aquí?
– U… unos dos meses.
– ¿Dos meses?… aún eres un bebé. – Y todos los que le rodean se carcajean con ganas, incluida Colibrí. El Señor de la Tinieblas mira por encima de mi hombro y la ve.
– ¡Colibrí!… cariño, ni me he dado cuenta de que eras tú la que me presentaba a este mocetón… – Colibrí se acerca algo tímida y Él la abraza bajando poco a poco para palpar sus glúteos y dar finalmente una palmadita en el glúteo izquierdo. Entonces El Señor de las Tinieblas me mira a mí y me dice:
– ¿La has catado?
Hago que sí con la cabeza, incómodo.
Él se vuelve a carcajear, y luego me dice que si todo va bien.
– Sí, creo que sí.
– Y dime, ¿qué te ha traído hasta aquí?
Tanto Colibrí como todos los demás se me quedan mirando, esperando.
– Bueno… eh…
– Oye… ¡oye!… no hace falta que lo digas – me interrumpe El Diablo – aquí estamos para pasar una eternidad tranquila, ¿verdad que sí?
– Sí…
– Era broma, nadie dice por qué está en el infierno. ¿Sabes por qué?
– No.
– Pues yo tampoco. – Todos se comienzan a carcajear otra vez.
Colibrí me coge de la mano y le dice al Diablo:
– Frank, nos vamos ya… espero volver a verte.
– Claro que sí, muñeca, ¡pasadlo bien!

Nos alejamos de la escena y volvemos a nuestro rincón oscuro. Noto que cada vez me afecta todo menos. Debe ser que ya me está haciendo efecto esa zombificación de la que hablaba Colibrí.
– ¿Frank? – digo yo, una vez ya sentados.
– Sí, le gusta que le llamen así…
Los dos nos quedamos en silencio durante unos minutos. En el Club se comienza a escuchar una balada de Elvis. Colibrí me dice:
– ¿Es mucha indiscreción preguntarte lo que te ha traído aquí?
– No lo sé. Al ver cómo hablas y cómo te mueves, me extraña que aquí la gente no tenga los mismos sentimientos que cuando estaban vivos. Temo que si te cuento lo que hice, nunca te suicides por mí.

[Como no sabía qué video poner, he recurrido a un clásico, el Let forever be de los Chemical brothers; los desconocedores de este video de Michel Gondry, que no parpadeen.]